Tema del Mes

NOVIEMBRE 2013

El biógrafo de los “outlaw”

23 / 11 / 2013 - Por Ezequiel Fernández Moores

De ídolo anticomunista a enemigo público de los Estados Unidos, Bobby Fischer terminó sus días exiliado en el borde del mundo. Su mente prodigiosa, capaz de recordar catorce mil movimientos de tablero, prefigura en sus odios irracionales y su paranoia, la aversión que sintió Einstein hacia un deporte que peligrosamente puede conjugar la lucidez y la misantropía.

Bobby Fischer se va quedando dormido mientras lee una biografía de Hitler. Baja la gorra casi a la altura de la barba plateada, afloja la panza y cierra los ojos. Está sentado en una vieja silla en un rincón de Huersfisgatif, en medio de afiches de Marilyn Monroe, Fidel Castro y Condoleezza Rice. Sus figuras cuelgan en las paredes de la hermosa y pequeña librería que está en la esquina de las calles Klapparstigur y Bokavardan, a cincuenta metros de la casa de Fischer, en pleno 101, como se llama al downtown de Reikiavik. Bragi Kristjonsson, dueño de la librería, observa a su amigo Fischer, mientras guarda un libro de 1890 de cocina húngara. En un estante cercano se ven libros de Borges, que en esa misma ciudad, según cuentan, conmovido por el paisaje, le declaró su amor a María Kodama. Fischer no es nazi. Sólo que, cree Kristjonsson, está obsesionado elaborando un posible libro sobre los outlaw. Los “fuera de la ley”. Exiliado en la capital más septentrional del mundo, Fischer, acaso el deportista más outsider del mundo, quiere saber qué tiene esa gente dentro de su cabeza. 

Nunca jugué ajedrez. Pero desde el día que confirmé mi viaje a Reikiavik, en noviembre de 2007, me impuse el objetivo de buscar a Bobby Fischer. Había sido ícono patriótico de Estados Unidos cuando en 1972, en plena Guerra Fría, destronó al ruso Boris Spassky en la capital islandesa. Reikiavik volvió a acogerlo tres décadas más tarde, después de que Estados Unidos quiso encarcelarlo porque en 1992 aceptó una oferta de 4 millones de dólares para reeditar su duelo ante Spassky en la ex Yugoslavia, violando un embargo declarado por la Guerra de los Balcanes. En la presentación del nuevo duelo, Fischer mostró el documento del Departamento del Tesoro de Estados Unidos que le recordaba el embargo y lo escupió ante las cámaras. La persecución aumentó después de su exabrupto tras el atentado a las Torres Gemelas, el 11 de setiembre de 2001. “¡Me cago en Estados Unidos!, ¡muerte a los Estados Unidos!”, gritó Fischer, que llamó personalmente a la emisora filipina Bombo Radio minutos después del ataque. En 2004, tras permanecer once años prófugo, Japón lo detuvo en un aeropuerto y lo mantuvo preso ocho meses. Si lo deportaba a Estados Unidos, Fischer iba derecho a una pena de hasta quince años de prisión. Reykjavik le dio asilo. Y él, un “outsider” del deporte, también se sintió un “outlaw”. 

Fischer no pudo siquiera iniciar su libro. El outsider, escribió Howard Becker en su libro “Outsiders”, publicado en 2009, es aquel que no cumple las reglas que fijan los grupos sociales en determinado momento y bajo ciertas circunstancias. Esa persona es considerada un outsider, un marginal. “Pero la persona etiquetada como outsider –sigue Becker- bien puede tener un punto de vista diferente sobre el tema…el infractor puede sentir que sus jueces son outsiders”. Acaso Fischer sintió  que todo el mundo era outsider.  Al fin y al cabo, su arresto, según le contó alguna vez a Kristjonsson, estaba pedido en 478 aeropuertos del mundo. Un documental de 2011 de la HBO, dirigido por Liz Garbus, se llama “Bobby Fischer contra el mundo”. Comienza con un pequeño Bobby, campeón nacional de Estados Unidos, con apenas 14 años de edad, diciéndole a la TV que él, igual que el Diego cebollita, quiere ser campeón mundial. “¿Tú odias a los rusos?”, le pregunta un periodista. Y Harry Sneider, su preparador físico, cuenta que Fischer entrenaba la fuerza de su mano. “Para cuando se la tenga que dar a los rusos”, le decía Bobby a Sneider.  

El ajedrez, sabemos, enseña a pensar, pero el documental de Garbus comienza con una advertencia de Albert Einstein: “El ajedrez detiene a su maestro dentro de sus propios vínculos, encadenando la mente y el cerebro, por lo que la libertad interior del más fuerte debe sufrir”. El dueño del cerebro acaso más estudiado del mundo, sentía “aversión” hacia el ajedrez primero por una cuestión “ética”. No le gustaba cierta agresividad del “juego-ciencia”, tener que “batir al adversario –decía Einstein- mediante la aplicación de distintos trucos y engaños”. Y luego, porque, si bien jugó durante su etapa de estudiante, el ajedrez no relajaba su mente, como sí le sucedía con la música y con la navegación a vela. Después de un primer movimiento, hay cuatrocientos movimientos potenciales para la réplica. Para el duelo de Reikiavik, Fischer memorizó mil páginas compiladas de 355 partidas de Spassky. Desafiaba a su interlocutor pidiéndole que indicara rival y ciudad. Y él describía una por una todas las jugadas. Había memorizado más de 14.000 jugadas. Pasar doce horas diarias ante un tablero desde los 7 años, o tocando piano o jugando tenis, implica un costo. También la competencia, dos personas que durante cuatro o cinco horas seguidas no se tocan ni se hablan y sólo expresan su creatividad en un tablero. “Eso –dice un especialista- quiere decir que el ajedrez es particularmente atractivo para personas muy introvertidas, con problemas de expresión”. Los especialistas dicen que Fischer no fue un niño prodigio al estilo del cubano José Raúl Capablanca. Pero que sí fue un “adolescente prodigio”. Hablaba cinco idiomas y había abandonado la educación formal. Tenía un coeficiente intelectual superior al de Einstein. Escuchaba a los Temptations y los Tour Tops, veía películas de James Dean y leía comics de Tarzán y Superman. A su estilo de autodidacta versátil y agresivo, sumaba el deseo de ganar como fuere. Garbus sugiere que esa obsesión por ganar, con la mente fija en un tablero de ajedrez, influyó en lo que sucedería luego.   

Primero fue el reclamo por el dinero de los premios y después el viaje tardío a Reikiavik. Luego protestó por la silla, supuestamente afectada por una contaminación química de la KGB para envenenarlo. Y después fueron el tablero, las piezas, la sala, la luz, el sonido, el público, la TV y el horario. “Sólo falta que pida que el sol se ponga tres horas antes”, ironizaron algunos. Henry Kissinger, entonces consejero de Seguridad Nacional del presidente Richard Nixon, le recordó a Fischer su condición de anticomunista furioso y lo llamó para decirle que Estados Unidos lo precisaba. Ya había aplastado a la maquinaria de campeones rusos con triunfos notables en las eliminatorias. Pero faltaba la final. En su libro “Endgame” (2011), Frank Brady cuenta que la conducta de Fischer era extraña ya antes de Spassky. En un torneo en Montecarlo, se negó a posar para la foto oficial con el Príncipe Rainiero y luego, al recibir el sobre que contenía su premio en efectivo de manos de la Princesa Grace, antes de saludarla, extrajo los billetes y se puso a contarlos delante de ella. En 1972, la invasión a Vietnam ya era una pesadilla, Irlanda del Norte había vivido su "Domingo Sangriento", Salvador Allende sufría conspiraciones en Chile, Idi Amin gobernaba con mano dura en Uganda y los Juegos Olímpicos de Munich 72 sufrían la matanza de atletas israelíes. Y ese año, “Bobby Fischer se fue a la guerra”, como titularon su libro de 2004 los periodistas ingleses David Edmonds y John Eidinow. Islandia, primero orgullosa porque el match era su carta de presentación al mundo, pasó a odiar luego los desplantes del estadounidense. Treinta y tres años más tarde sintió la obligación de abrirle las puertas a Fischer.  

Cuando en abril de 2005 se estableció en Reikiavik, en un departamento con vista al océano Atlántico, Fischer caminaba una y otra vez por Laugaveuk, "The main street shopping" (La principal calle para hacer compras), como decía el pasacalles, en medio de vidrieras de Gucci y Max Mara, autos Mercedes-Benz y Toyota. Caminaba o saltaba de un colectivo a otro, pedía cerveza en panaderías, jugaba ajedrez en la calle y saludaba a la empleada de un hotel que todas las mañanas lo saludaba diciéndole “Hi Míster Fischer”. Reikiavik, poblada por cien mil habitantes, con noches de invierno heladas y eternas y paisaje lunar que sirvió de entrenamiento a los astronautas de la NASA, es la capital de un país que en veinte años dejó de ser pobre y en 2005 pasó a ser uno de las más ricos de Europa, hasta que estalló la crisis que desnudó la burbuja. Famosa por su tolerancia, su vida democrática y pacífica, Reikiavik recibió con calidez a un Fischer cada vez más paranoico. En 2005, sólo aceptó ir a cenar con Spassky, un hombre amable, radicado en Francia, después de que el ruso fue hasta su casa en 101 para convencerlo de que había garantías absolutas de privacidad. Fischer, no obstante, revisó primero todos los rincones para asegurarse de que no hubiera nadie escondido.

El FBI vigilaba a Fischer desde niño. Lo vigilaba por las simpatías comunistas de Regina Wender, su madre, de familia judía, igual que su esposo Gerhardt Fischer, un biofísico alemán, posible agente soviético, a quien Bobby jamás conoció aunque creció creyendo que ese hombre era su padre. En rigor, su padre fue el ingeniero húngaro Paul Nemenyi, quien visitó y envió dinero hasta su muerte en 1952 para el cuidado de su hijo Bobby. La coronación en Reikiavik fue el final. Fischer no volvió a defender el título del que fue despojado en 1975, cuando inclusive rechazó una oferta del dictador filipino Ferdinando Marcos de 5 millones de dólares, algo así como 50 millones de hoy. Y, salvo el match de 1992 con Spassky, tampoco volvió a competir en público. Su vida personal ingresó en el misterio. Una relación con la húngara Zita Rajcanyi, un hijo en Filipinas que iba a visitar hasta antes de su arresto de 2004 en Japón y una breve detención en 1981 en una prisión de Pasadena, en la que denunció haber sido torturado, luego de romper su vínculo con la Iglesia Mundial de Dios. Furioso contra los Estados Unidos, antisemita virulento, paranoico y obsesionado con el nazismo, Fischer siguió peleándose hasta en la pacífica Reikiavik. Saemi Palsson, el policía islandés que fue su guardaespaldas en el partido de 1972, casi un hermano mayor para Fischer, con quien jugaba tenis, bowling o carreras de natación y que lo acompañó a una visita a Nixon en la Casa Blanca, también pasó a ser un "agente de la CIA", igual que muchos otros. La dirección del correo electrónico de Fischer en Japón  comenzaba con "us_is_shit" (Estados Unidos es mierda).

“Es imposible que una persona tan inteligente mantenga esas opiniones tan profundamente racistas y machistas”. Me lo dijo el periodista español Leontxo García, del diario El País. García quedó deslumbrado cuando en 1991 conoció personalmente a Fischer. Pero dolorido porque también asistió al costado sórdido de “un enfermo mental”. En esa charla, me contó García, Fischer “vomitó un lenguaje soez” contra comunistas, mujeres, negros y judíos. Lo mismo le sucedió a Kari Stefansson, el neurólogo islandés que lo acompañaba en largas caminatas por Reikiavik. “El desequilibrio mental de Fischer- me dijo García- es un claro ejemplo de lo peligrosa que resulta la obsesión por el ajedrez en los niños. Nunca deberían abandonar sus estudios por el ajedrez, sino formarse como jugadores y personas al mismo tiempo”. A García, algo cansado de que a los ajedrecistas se los pinte como locos, hay una escena que sí le gustó del filme “En busca de Bobby Fischer. En una competición escolar el árbitro expulsa a los padres de la sala y los obliga a permanecer en una especie de jaula, siguiendo las partidas desde lejos. Fischer, dice García, sólo creció dentro de un tablero de ajedrez. No lo ayudaron a crecer como persona. 

En mi recorrida de noviembre de 2007 por Reikiavik jamás pude verlo. Ya estaba internado en el Landspitalis. El problema renal era más grave que la paranoia. Murió dos meses después, el 18 de enero de 2008. Tenía 64 años. Según el documental “Bobby Fischer contra el mundo”, sus últimas palabras fueron: “Nada es más aliviador que el toque humano”.