Tema del Mes

NOVIEMBRE 2013

Literatura y ciencias sociales: fragmentos de un conflicto (segunda parte)

23 / 11 / 2013 - Por Damián Tabarovsky

La crisis de las ciencias sociales empujó al discurso teórico hacia el ámbito de la ficción. Damián Tabarovsky traza un mapa de relaciones entre el relato científico y el novelesco. Encuentra puntos de interés y zonas de trivialidad, donde los autores acuden a formas conservadoras y exitistas de la novela, refugiándose en un ámbito aún mas asfixiante que la propia teoría: el mercado.

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¿Entonces en qué momento las ciencias sociales se volvieron también narración, ficción?

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En algún momento del siglo XX, o más aún, en algún momento de la segunda mitad del siglo XX, las ciencias sociales, una cierta tradición de las ciencias sociales, tocó un límite. ¿Cómo llamarlo? ¿Déficit de historicidad? ¿Crisis del paradigma cientificista? Ese horizonte recorrió diversos caminos, como el funcionalismo extremo, la semiología (la ciencia que nació y murió en menos de dos décadas), el marxismo soviético (el punto en que las ciencias sociales se convierten en totalitarismo), el positivismo norteamericano (que terminó lindando con el funcionalismo que habían traído los exiliados centroeuropeos) y también, y sobre todo, el estructuralismo. De alguna manera, el estructuralismo fue la última vanguardia teórica. La fe en que la historia (el historicismo) no cabía en ella. La refundación de un futuro a través de un método. La delimitación de un campo y de un enemigo. La invención de una lengua propia. Como suele suceder, en el momento de su éxito pleno, yacía ya su cadáver (De la gramatología, de Derrida, es de 1967. Este es solo un ejemplo, hay muchos más: en sincronía ocurría el éxito de masas del estructuralismo, y su subversión interna, su demolición, su deconstrucción, que pronto adoptaría el prefijo “post” –poststructuralismo- detestado por Derrida). 

La crisis del estructuralismo es también la de la confianza en un conocimiento científico de lo social.

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La salida del estructuralismo fue, en muchos casos, un desbande. No en Foucault, que abrió una última y definitiva etapa de su obra hacia la “biopolítica”, término que no alcanza a describir la complejidad de su escritura tardía; no en Derrida, como ya fue dicho; tampoco en Barthes, el más creyente en el estructuralismo (es el Barthes que juega a ser semiólogo) y el más elegante en partir (hacia 1977, publica Fragmentos de un discurso amoroso coqueteando, de modo genial, con la ficción teórica), pero sí en una inmensa cantidad de corredores despavoridos que buscan refugio lisa y llanamente en la novela: Kristeva, Eco (que nunca fue estructuralista, pero que a nuestros fines es un ejemplo correcto), Sennet (que ya pidió las disculpas del caso), Steiner (que nunca fue “científico”, lo que no lo absuelve en absoluto, sino más bien agrava su caso), etc., etc., etc.

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¿Qué vienen a decir esos despavoridos? ¿Cuál es su diagnóstico inicial? Que las ciencias sociales no son capaces ya de informarnos sobre lo social. Que el método (estructuralista u otro) se ha vuelto asfixiante. Claustrofóbico. Y algo más, algo terrible: que la propia teoría es una ficción (una mentira). Qué nunca hubo “metodología”, ni “ciencia”, sino simulacro, un relato de ficción que, como metadiscurso, asumía el rol de “ciencia”. Los Kristeva y otros, extraen entonces la peor conclusión: ya que la “ciencia” no es más que ficción, porque no dedicarse entonces a la ficción “verdadera”, a la verdadera ficción: la novela. Pero es a la novela decimonónica a la que Kristeva se entrega, a la novela de mercado, a la novela vaciada de ese afuera vanguardista que su derrota con las ciencias sociales a fines del siglo XIX y comienzos del XX la forzó a adoptar. Steiner escribe parábolas sobre Hitler. Sennet escribe mamotretos sobre el París del Segundo Imperio. Umberto Eco se hizo primero novelista y luego millonario, la suya es una historia conocida.

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Los desbandados solo aportan trivialidad a las ciencias sociales y trivialidad a la literatura. Su diagnóstico es equivocado, su implementación es patética. Su devenir marca la derrota de cualquier atisbo de pensamiento crítico. 

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¿Por qué es fácil decir que hacía fines de los 60 la teoría se hizo asfixiante? Quiero decir: ¿por qué esto ya había sido dicho –no pretendo ser el primero en decirlo- y en cambio se escucha poco que el éxito de mercado es igual o más asfixiante? El mercado es el totalitarismo de nuestra época. 

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Por cierto, hubo otras vías menos pueriles, más interesantes, y también más agudas. Sobre esta escena deberíamos centrar nuestra atención; podría leerse entonces lo que sigue a continuación como un esbozo, un mapa inconcluso de una situación que deberíamos tratar más a fondo, llevarla hasta sus últimas consecuencias. No es este el espacio de hacerlo, y seguramente tampoco es mi capacidad pertinente. Dejo abierta la interrogación como un lector: me gustaría leer algo al respecto más profundo, más riguroso que lo que yo pueda enunciar aquí.

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Esta nueva escena podría definirse como el momento en que las ciencias sociales registran su incapacidad de instalarse como “ciencia” y, habiendo igualmente registrado el vuelco vanguardista de la literatura (el abandono de cualquier pretensión de describir tipos sociales a lo Flaubert), se imagina ahora a sí misma como “relato”, como “discurso”, como “ficción teórica”. En La sociología como forma de arte, de 1976, Robert Nisbert da cuenta de los “temas y estilos” de la escritura sociológica, de sus “paisajes” y sus “retratos”. Para Nisbet la sociología, ya desde el siglo XIX, ha sido una formidable constructora de retratos literarios (el burgués, el obrero, el burócrata, el intelectual), de paisajes y escenas (la fábrica, la revolución, la barricada), e incluso de temas extra-sociológicos (el poder, la dominación, el orden). El suyo es un pensamiento no muy lejano al de Deleuze, cuando describe a la filosofía como una “máquina de inventar personajes filosóficos” (el sujeto, etc.). Si usando las herramientas de la crítica literaria, o más ampliamente, los de la sociología de la literatura, Nisbet accede a cierta “verdad” de la teoría sociológica es, precisamente, porque antes la propia teoría realizó un cambio paradigmático, y pasó a pensarse como ficción teórica, como relato, como narración. 

El libro de Nisbet es la expresión acabada de ese cambio. En su tiempo, ni Marx, ni Weber ni Durkheim se pensaron a sí mismos como escritores de teoría, sino que es Nisbet quien los describe de ese modo; modo que solo es posible gracias al cambio de paradigma.

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Programático es el título del libro de Clifford Geertz: El antropólogo como autor, de 1987.  Geertz, él mismo antropólogo, lleva a cabo un análisis detallado del estilo de escritura en Levi-Strauss, Malinowski y Ruth Benedict bajo la figura de “escena de la escritura”: la antropología reside en llevar cabo una figura retórica que hace creer al lector que el autor “estuvo allí”, precisamente en la “escena”, en la Polinesia o en África o en las Indias o donde se desarrolle el exotismo de la investigación de terreno. El antropólogo es ahora sobre todo un escritor, lo que lleva a Geertz a realizar afirmaciones como: “Levi-Strauss es un ‘autor-escritor’ en el sentido barthesiano de la palabra. El, o más bien su obra, constituye un caso especialmente iluminador de la idea según la cual separar lo que uno dice de cómo lo dice –contenido y forma, sustancia y retórica, l’écrit y l’écriture- resulta tan tramposo en antropología como en poesía, pintura y oratoria”.

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¿Qué consecuencias debemos extraer de este devenir poesía de las ciencias sociales? ¿Qué consecuencias culturales, políticas, incluso literarias? ¿Qué consecuencias para la lengua? ¿Y cómo pensar este desplazamiento –la sociología avanzando sobre la poesía- desde la literatura? Esta es la pregunta que dejamos inconclusa. Es una pregunta crucial, que atraviesa todo el campo del pensamiento y de la narración. Las narraciones se han vuelto el escenario básico de nuestro tiempo. Las narraciones: nuestro entorno. La pregunta por los modos en que cada tipo de narración adquiere legitimidad es quizás la pregunta central de la época.

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¿Y si la teoría fuese la gran novela del siglo XX?

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