Tema del Mes

NOVIEMBRE 2013

¿Putín o Putin?: Y ahora, ¿adónde pondrá su acento el Punk? (Segunda Parte)

30 / 11 / 2013 - Por Pablo Schanton

Al margen de la “retromanía” que, al compás de la hiper-accesibilidad de Internet, parece haber condenado al Punk -y a todo el Rock- a un Post-Post-Post, las mujeres del colectivo ruso Pussy Riot se valen de todo lo ya usado (Punk, performance art, activismo urbano, provocación feminista) para generar una efectiva disonancia en el espacio público. Fueron encarceladas, pero no cooptadas por el mercado de la música.

Antes de seguir, un interludio cuasi teórico, ya que falta entender mejor cómo funciona esa Máquina Cultural Rock (MCR) al nivel de las Artes, el Pop y los Saberes. Conociendo esa ingeniería transcultural (bajar lo alto, subir lo bajo: un metabolismo cultural en una gran meseta media, “after the Great Divide”, como dijo Huyssen), se puede visualizar mejor el lugar que ocupó el Punk en la Historia rockera.
Si en 1967, el Rock expone en la tapa del Sargento Pepper –aquella donde se codean Marilyn y Burroughs, por decir- algunas de sus fuentes musicales (Dion, Stockhausen, Dylan, los mismo Beatles jóvenes), en 1976 parece haberlas probado todas (las bandas más avanzadas y jugadas de Rock Progresivo de los ´70 así lo demuestran: King Crimson, Can, Soft Machine, Faust, Henry Cow, RIO). El Punk vino a patear el tablero, a imponer una Tabula Rasa, un reset para abrir los ’80 con el cuaderno en blanco. ¿Qué es el Post Punk sino un nuevo balbuceo compositivo del rock, con ejemplos extremos como Joy Division (una composición es igual a una teoría de conjunto de rock: fíjense cómo los instrumentos se van sumando en cada tema) o la No Wave (un Brutismo o un “Bruitismo” o un 0)?
Con la popularización del sampler como herramienta compositiva se define ese funcionamiento collage que siempre tuvo el Rock. Eso sucedería en 1987, con el Hip Hop y la Cultura Rave como tendencias a la vanguardia, que al Rock finalmente le tocará seguir. En los ’90, The Young Gods, Beastie Boys, Eminem, Björk, Beck, Tortoise, Chemical Brothers, Radiohead son todos hijos de un Post-Post Punk, donde el sampler y las reediciones de catálogo en compact disc coinciden (vale decir: se imponen nuevos principios constructivos y materiales). Se use o no se use el bendito sampler, el hecho de citar una música del pasado -ahora accesible gracias al CD- mediante una banda, ya delinea el montaje como principio de construcción de época. Oasis y Blur también son Frankenstein de Funcionamiento Sampler, por más que lo suyo esté tocado con guitarras y demás.
A diferencia del ’67 y el ’79, en 1987 el rock ya tiene una Historia propia, entonces no se relaciona directamente con otras músicas como los folclores, el Jazz, la Clásica, la Contemporánea, las músicas afroamericanas, sino mediado por su propia digestión previa de esos géneros. “Pop will eat itself”, se le diagnostica a un Rock que se había vuelto post-productivo.
En los ’00, con la masiva adopción de Internet (eso implica: el free download, el free sharing, el mp3, la conexión global entre músicos, softwares de composición, en definitiva, la sobre-accesibilidad de la música viva y muerta vía computadora y módem), el gesto de tabula rasa arranca de vuelta, para una nueva generación. Aquí, el mash up o las echo jams vuelven a ser los palotes de un nuevo y lúdico entrenamiento en la composición. Géneros como el Witch House, el Dub Step o el Footwork, así como el síntoma de “Súperhibridez” que hoy detecta Simon Reynolds, sólo pueden existir en esta década merced a las posibilidades de Internet (capaces de alimentar o bloquear la creatividad por culpa del exceso de información). En este sentido, a fines de los ’80, el Hip Hop y la Electrónica dance representaron el mismo acicate de recomposición para el rock que el Punk en 1977, mientras que en los últimos años, una nueva generación se relacionó con el rock como “pop esponja” tras la democratización de los softwares y las redes virtuales.
¿Y si estuviéramos ante un contrargumento al de una unánime Retromanía inescapable?
Es decir, ¿y si el Punk no fue hacia atrás, sino hacia abajo, es decir, hacia la estructura rockera de Grito/Golpe/Ruido, con el fin de romper todo para empezar de la nada? Es uno de los primeros recalibramientos de la Máquina Cultural de Funcionamiento Sampler que es el Rock: un “retro” al Destino de desgaste que una generación ejerce sobre otra, imponiendo una Atemporalidad de Año Cero, cuyo motor resulta un gesto de inercia, pero que permite avanzar más casilleros luego como pasa en la Oca. Sin el cero del Punk no se habrían abierto las puertas del Post-Punk, y sin Psicodelia Hippie no habría habido nada…
Pero al continuar con la secuencia, nos enfrentamos a un problemita: tras el Post-Punk aterrizaron el Sampler y las Reediciones, y tiempo después, Internet y la sobre-accesibilidad global, virtual y digital, tal cual. O sea, el avance acabó siendo más tecnológico que técnico y artístico. Más aún cuando el cut&paste (actividad mínima del método de collage) se volvió tan doméstica como nuestra relación misma con la Sociedad y la Cultura. Entonces ahí sí quizá sea el vértigo de la sobre-accesibilidad el que nos haga darle la espalda al incierto futuro, con tal de regodearnos en la seguridad de un pasado (siempre más idealizado que vivido).


Las fotos de Sex Pistols firmando contratos fue parte de la obscenidad mediática que montó McLaren. El semanario Sounds citó en 1976 los argumentos por los que el gerente de EMI Nick Mobbs los chequeaba: “He aquí por fin a una banda con la gente joven puede identificarse; un grupo que los padres ciertamente no podrán tolerar. Pero no sólo serán los padres los que se beneficiarán de ser sacudidos un poquito, sino también el negocio de la música”. El Post Punk resolvería esta controversia entre Discográficas Corporativas y la Transa (el Sell Out) del Rock, fundando sellos independientes y hasta autogestionados. Pero no es hasta el 1991 del Nevermind (Nirvana) que el tema vuelve a estar en la picota: Cobain pone a un bebé tragándose un anzuelo de dinero, demostrando el trágico destino de cualquier actitud anti-sistema. Luego, sale en la tapa de Rolling Stone con una remera que dice “Todavía apestan las revistas corporativas”. Quiere reinterpretar el guión del Punk Perfecto, aunque sepa que volverá a fracasar (como el mismo punk se lo enseñó, ¿o no?). A pasar de Rotten a Vicious con su muerte.
Hoy la permisividad de una Industria Musical en ruinas, sumada a esa sobre-accesibilidad musical que habilita Internet, como nunca antes se había disfrutado con tal nivel de gratuidad, pone en jaque una actitud cínica contra el “negocio del rock” como la de los Sex Pistols. Por otra parte, aquello de “Hacelo por vos mismo”, ¿no es la propuesta de YouTube, como su nombre lo indica? El verdadero problema ahora, en la era del “Prosumer”, es la sobreoferta de propuestas, de ahí el éxito de los programas televisivos tipo Operación Triunfo, con jurados crueles, que ratifican que el Star System no tiene lugar para todos, por más que te lo hayas creído jugando al Guitar Hero o al Rock band.
¿Double Life, Wikileaks, el Hackerismo o lo virtual que sea, eso es finalmente “cyberpunk”? Hmmm. ¿Cuál sería la dimensión subversiva del Rock en Internet? Da la impresión de que todavía estamos demasiado entretenidos aprendiendo a manejarnos en la Matrix (subiendo temas y sets a Soundcloud; compartiendo el álbum en Bandcamp), como para preocuparnos por señalar la fisura y ocupar la realidad de nuevo.


                                                                  No insistí. Entonces no sabía –sigo sin saber–, cómo puede alguien imponer su voluntad a una muchacha punk (Fogwill, op. cit.)

El 26 de marzo del ’94, Melody Maker publica un reportaje que le hizo Simon Reynolds a Jon Savage. La excusa se reducía a que los representantes de la apocopada NWONW (la New Wave de la New Wave: grupos como S*M*A*S*H, Compulsion y These Animal Men) insistían en haberse devorado su citado England´s Dreaming. Este tomo de historia punk estaba inspirando a jóvenes músicos que eran niñitos en aquel mítico ‘77. ¿Punk de manual? Algo así. En aquellos años en que ya militaba a favor del modernismo contra el revivalismo, el autor de Retromanía no sospechaba que, una década y pico después, surgiría una generación de rockeros esta vez influida por la lectura de su propia mitología del Post Punk, Rip It Up and Start Again (05).
¿Y si Rip It Up… estuviera colaborando en la retromanía de una nueva generación?
Basta con leer los manifiestos que la banda británica de chicas Savages -que debutó hace un mes con su álbum Silence Yourself- ha colgado en su site, para olfatear un clima enciclópedico de época, sobre todo, en relación al idealizado Post Punk. Hacía mucho (¿desde los primeros Manic Street Preachers?) que un grupo de rock no abundaba en frases que arrancan con Our goal, Our aim o Our intention, aspirando a ser textuales de reportajes prêt à porter. “Querido público: nuestra finalidad es siempre descubrir mejores formas de vivir y experimentar la música”, explicitan en uno de esos manifiestos, que también usan como cartel de advertencia a la puerta de sus conciertos. “Creemos que el uso de celulares para filmar y sacar fotos durante un show/ nos previene a todos de zambullirnos por completo en lo que pasa… Hagamos cada noche especial/ Silencien sus celulares”. A caballo de un look estrictamente negro y clean que recuerda a Elastica y Electrelane, más un tipo de Post Punk femenino del que Siouxsie se sentiría menos orgullosa comparando con Yeah Yeah Yeahs, estas chicas parecen tan buenas alumnas de la “Materia Post Punk” que la aprueban apenas lanzan el término mágico: “Deconstrucción”. “Estamos en una era donde abundan los estímulos”, se lee. “Si estás enfocado, sos más difícil de capturar. Si estás distraído, sos presa fácil. Quizás/ Podríamos empezar a oír el ritmo distante de una canción joven e indignada – Y recomponernos./ Quizás/ Habiendo deconstruído todo/ Deberíamos estar pensando en juntar todas las partes de nuevo/ Hacé silencio.” Su apelación al silencio para dejar de oír el ruido de tantas voces exteriores distrayéndonos, y buscar intensificar experiencias propias -sin necesidad de denunciar explícitamente el abuso de conexiones, redes y demás, acaso por temor a desfasarse demasiado generacionalmente-, las transforma en enfermeras de lo que una vecina de Zizek, Renata Salecl, diagnostica como angustia provocada por “la actual tiranía de las opciones”: el exceso de estímulos congela como una Medusa (don Zizek ya lo había augurado: “¡El infinito del que Internet nos provea será sofocante!”).
Cuando las Savages deciden tocar en un antro “inadecuado” para el rock como es la cuadrofónica disco Ministry of Sound (objetivos, ellas no hacen nada sin intencionalidad, recuerden: 1. lograr mayor inmersión del público, y 2. que músicos y fans estén al mismo nivel) rubrican que su voluntad de shock es puro aggiornamiento, ya que les basta con agregarle un método al nuevo fetichismo del lanzamiento como evento en sí mismo (Bowie, Daft Punk, Gaga). 
Si algo les falta a las Savages es salvajismo: suenan demasiado programáticas. Sólo cuando se hacen cargo de incorrecciones feministas en sus letras (sobre goces masoquistas o a favor de la pornografía, o a bordo de un yo borderline, muy inspiradas por la primera Siouxsie y las primeras Throwing Muses), o también cuando se sueltan a rockearla un ratito (¿por qué no alcanzarán esos finales de canción el climax de desesperación buscada?) consiguen soslayar la neurosis del manifiesto preclaro, aprendido de bandas del pasado como Au Pairs o Bikini Kill.


Hoy el Punk se mudó a la Rusia post-soviética de Putin.
Evidentemente afectadas por lo que fue el movimiento Riot Grrrl a mediados de los ’90 en los EE. UU., desde hace dos años el colectivo artístico moscovita Pussy Riot recontextualizó las estéticas y la tácticas del Ataque 77 con el fin de aplicarlos a su activismo feminista contra el régimen de Vladimir Putin. Lo más original del proyecto de esta docena de mujeres a las que sólo la policía puede quitarles la balaclava de la cabeza y sacarlas del anonimato, radica en que la manifestación callejera (post-Indignados, Occupy, etc.), la performance instituida por el Arte, y la mismísima puesta de banda tocando Punk Rock, todo fue utilizado al servicio de la protesta social más efectiva. Reciclaron tácticas que parecían ya gastadas en Occidente, pero que habiendo encontrado el terreno sociopolítico más fértil fueron reactivadas con resonancia internacional.
Por eso, el caso Pussy Riot no puede medirse desde las críticas y los criterios de Retromanía: aquí la remake es mejor que el original. Comparen las tomas ilegales de un techo cercano a la penitenciaría con presos políticos post-soviéticos, de la Plaza Roja y de la máxima catedral ortodoxa a cargo de las rusitas, con el legendario episodio en que los Pistols tocaron su hit censurado God Save the Queen en pleno Jubileo, atravesando el Támesis en barco, gracias a la aplicación mediática de las propuestas situacionistas de McLaren, y todo a costas de Virgin Records. Es la diferencia entre el hecho de haber encontrado nuevas formas de hacer política con métodos viejos, y una mera provocación a la Moral Media con fines cínicos, tan artísticos como comerciales. Pensémoslo: si lo de las Riot consiguiera hacer caer el régimen putinesco, ¿no podría ser la mejor coda 2.0 a la historia secreta de las vanguardias del siglo XX sobre las que escribió tanto Marcus?
Y sí, al final, Las Pussy Riot podrían llegar a ser más punkistas que el punk.
“¿Tienen planes de editar oficialmente un álbum?”, le preguntaron vía Skype a
"Katya" Samutsevich -la Pussy que zafó de ir presa- durante una conferencia de prensa en el Festival de Sundance, quien respondió: “No, nosotros nos oponemos al comercialismo que sea, y no tenemos planes de editar nada comercial. Nunca transformaremos nuestro arte en mercancía”. En este sentido, tras agradecerles a Björk y a Madonna el apoyo, les advierten que nunca aceptarán compartir con ellas un escenario donde haya que pagar tickets. Hmmm, no creo que esas divas se animen a participar de una toma ilegal de Pussy Riot, ¿no les parece?
Pero, ¿por qué cuesta tanto entender que ellas no tengan nada que vender?
Que las pocas canciones que compusieron estén colgadas en Internet bajo el título “Maten al sexista” y listo. Que sus performances en lugares públicos (nunca un concierto) sean tan breves (justamente, dos minutos y gracias) y “poveras” (a los ojos occidentales, carecen de toda espectacularidad, lo cual se comprueba en los montajes estilo clip, y la superposición de música agregada para reforzar el “impacto”, en el documental sobre ellas de HBO). ¿Por qué? Porque la historia del Punk nos enseñó que finalmente a la anarquía se la compra enlatada. Que la protesta y la queja sólo pueden ser consumidas como bronca en forma de música rápida y letras en un disco más merchandising al tono. Y nosotros lo aceptamos sin chistar. Green day, una de las bandas más intrascendentes de los últimos años a la que le bastó reducir el Punk a un género más para hacer una carrera tan obvia, practica esa contención y venden ese contenido, sin mayores consecuencias que ratificar un consenso. Pussy Riot desafía lo que soportamos como Punk, al punto que nos aleccionan con su ejemplo: no quieren vender su anticapitalismo. Y que no sean víctimas de esa contradicción que mató a Cobain, eso es insoportable.


                 Y cayó la palabra de piedra/ Sobre mi pecho todavía vivo./ No importa. Estaba preparada./ De alguna manera me las apañaré (Anna Ajmátova, La sentencia, 1939)

                                                  Soy joven, tengo salud. Una celda no es algo que una persona pensante no pueda soportar (Nadya Tolokonnikova, integrante de Pussy Riot,
en el documental A Punk Prayer, 2013)

Lo de Pussy Riot no es exportable, no resulta un ready made para andar protestando por ahí. Igual, ¿qué banda o grupo artístico en Occidente estaría dispuesto a sacrificar su lugar en el mercado como las rusas? No obstante, periodistas como Lindsay Zoladz, del site Pitchfork, siente que a esta década le está faltando una música de protesta ad hoc, como sucedió en los ’60. “A ver, ¿dónde está el Woody Guthrie de Occupy?”, desafía aunque enseguida se oiga cri cri-cri. Hace dos meses, criticando en New York el régimen de Putin bajo sendas balaclavas, dos Pussy Riot se jugaron el retorno seguro a casa, una actitud valiente que las emparienta más con el caso aparentemente inverso de un Edward Snowden encontrando asilo político en Moscú que con una gira de Green Day por la ex URSS.
Slavoj Zizek les escribió una carta a las dos Pussy Riot que permanecen en prisión tras su performance en la Catedral de Cristo el Salvador en 2012. El consejo más significativo que les dio el esloveno fue que ignoraran a los falsos amigos, simplemente porque sienten lástima de ellas, pobrecitas, unas provocadoras punk que merecerían más clemencia. “Ustedes no son víctimas indefensas, pidiendo compasión y piedad, ustedes son luchadoras que piden solidaridad en medio de su pelea”, les escribió. Lo que Zizek y su cómplice teórico Mladen Dolar reivindican de ellas es básicamente su coraje. Pero Occidente necesita verlas como damnificadas, menos activistas que pasivas. Al decir del sociólogo Colin Cremin, “El miedo al otro está ahora enmascarado de compasión por el otro”, de ahí ese “fetichismo de la culpa”, que viendo al otro como víctima, carente, maltratado, nos redime de responsabilidad por su estado nos libera de exigirle nada al Sistema, nos basta con sentirnos más humanos mediante nuestra solidaridad hacia los que nos necesitan.
Si los del poder y los medios rusos quieren reducir su crítica feroz a Putin a un mero hecho de blasfemia religiosa y vandalismo, el Star System y las organizaciones no gubernamentales occidentales sólo pueden ver artistas perjudicadas en su libertad de expresión.
Pero las Pussy Riot son épicas en el sentido ruso: su juicio al borde del absurdo fue filmado como si se tratara de una escenificación dostoievskiana, protagonizada por tres reencarnaciones de Aleksandra Kolontái. Nada que ver con las feministas ucranianas de la banda Femen: a éstas les conforma la resonancia mediática de su queja, la cual consiste generalmente en garabatearse unos eslóganes en el pecho y mostrar las tetas. La acción de las Riot, en cambio, al tomar la Catedral fue precisa: se trata de todo un símbolo de cómo los rusos hacen y deshacen a piacere la Historia y sus monumentos, de cómo politizan la arquitectura. Construida entre 1838 y 1860 como ícono de la victoria rusa sobre las fuerzas napoleónicas, la Catedral sirvió para exhibir el poder de la Iglesia Ortodoxa en la Rusia pre-soviética. Asentada la Revolución fue demolida (¡Dios ha muerto!). Entonces, Stalin planeó levantar ahí su más grande edificio, el Palacio de los Soviéticos, pero las inversiones en  bélicas dejaron el proyecto sin construir. En la “desestalinización” de los ’60-‘70s, se convirtieron los cimientos en bases de piletones públicos al aire libre, humeantes durante los nevados inviernos. Boris Groys ve en esas piletas, el grado cero de la arquitectura rusa, “un lugar donde la población de Moscú podía limpiarse de los pecados cometidos durante su pasado estalinista”. Caída la Unión Soviética, las piscinas volvieron a su posición de cimientos, para reconstruir encima una réplica exacta de aquella Catedral del siglo XIX. Toda una recuperación de la identidad nacionalista y folclórica rusa, un exceso de chauvinismo, que neutralizó la violenta entrada al Capitalismo Internacional. Ahí, en el nervio de la nueva identidad nacional, las Pussy Riot hicieron sus cositas. No necesitaron ningún McLaren que les explique cómo ser estratégicas…


De este modo, en 2013, desde Rusia –donde la voluntad de cambiar la Historia siempre se escribió con MAYUSCULAS, designio personal más arrojo colectivo, cárceles, balas y ladrillos- nos vuelve refractada la rebelión absoluta del Punk.
Ahora bien, si las Spice Girls fueron la encarnación del Teen Pop de la era Riot Grrrls, las Pussy Riot son las terroristas que desenmascaran la tolerancia al falso feminismo impuesto por el dúo Tatu. La “transgresión moral” del ruso medio es aceptada si se puede comprar en forma de morboso lesbianismo mediático (colegialas besándose bajo la obscena lluvia). En el momento en que las Riots eran juzgadas, la Tatu morocha, Julia Volkova, lanzaba el hit Didn't Wanna Do It en inglés, a favor de las “Free Love Parties” como la orgiástica rave del clip que, obviamente, provocó la censura y demás desmanes amarillistas. Otra vez, la transgresión es tolerada siempre y cuando se pueda vender y comprar. Pero las Pussy Riot no tienen nada comercializable que ofrecer. ¿Todavía?


                                                                                             La Cultura Pop estaba en el Arte/ Ahora el Arte está en la Cultura Pop, en mí (Lady Gaga, Applause, 2013)

Hace dos años, el ex Rotten de John Lydon aplaudía a Lady Gaga porque era de las únicas estrellas pop que podía manipular “la corrupta industria musical” apropiadamente. La prefería antes que a confortables imitadores suyos como Green Day (a quien rebautizó “Green Peace”). La Gaga siempre aclaró que era demasiado fina para ser una punkie (y lo bien que hacía para no ser confundida con una Avril Lavigne o una Pink cualesquiera). Sin embargo, ¿no sería Stefani Germanotta la última versión del slogan punk “Hacete a vos mismo” (que, ojo, no es lo mismo que “Do It Yourself”, sino “DoYourself an It”)?
A los ojos de Jon Savage la primera “Sex Pistol” de la historia fue una tal Jordan, alias de la inglesa Pamela Rooke quien trabajara de empleada en la boutique Sex de McLaren (ahí donde se gestó el Punk inglés, vamos). Esta Jordan había trasformado su cuerpo en un objeto de arte. “Quería tratarme a mí misma como una pintura”, confesaba. “No considero si la gente se ofende o no al verme. Tiene que ver con la forma en que te llevás a vos mismo, con la forma en que caminás”. Basta ver el nuevo video de la Gaga para comprobar que la “autocreación de sí” puede entrar en una metástasis de metamorfosis donde cualquier shock es desactivado. La vertiginosa Applause monta una Jordan por segundo. El título del hit no tiene nada que envidiarle al meta-Star System que explotaron Bowie o Grace Jones cuando sólo les quedaba el ombligo por explorar: como si las relaciones afectivas de la diva estuvieran ya cosificadas por su relación de adoración con los fans.
Pero para realizar a fondo el “Proyecto Jordan” (que hoy suena a artesanía de costurera), la Germanotta aspira a ser considerada en el mundo del Arte. Entonces, qué mejor que asociarse a la Reina de las Performances y el Body Art, la serbia Marina Abramovic.
“Se están copiando nuestras performances en el mundo de la moda, en la MTV, en la danza contemporánea, sacándolas de contexto y rehaciéndolas a su manera”, se quejaba allá por enero del ’07 la Abramovic, quien por aquellos años consideraba injusto que el género performance estuviera fuera del mercado y las leyes de copyright. Todo cambió para ella hace tres años, cuando puso en escena la obra The Artist is Present en el  MoMA. Lady Gaga se sentó frente a la Artista, presente en el atrio del museo durante casi 750 horas, tal como podía hacerlo el público. Y lloró, lloró mucho… Se conocieron, se hicieron amigas. Hoy Lady Gaga apoya el proyecto que la serbia soñó en 3 D (sic): el MAI, vale decir, el Marina Abramovic Insitute. Bajo las órdenes de la Artista, la chica Pop Art se desnuda para ser filmada en poses de yoga que estimularán el crowdfunding para la construcción del instituto.
El crítico de arte Benjamin Buchloh anuncia que llegó la hora para que la Abramovic termine de abrazar la espectacularización del Arte que tanto buscó, tanto como hacer valer sus perfos en el Mercado. “Precisamente porque el rol del artista para abrir perspectivas políticas utópicas y semiológicas ha sido completamente vaciado, la posición original del artista y la nueva posición del empleado fulltime de la Industria Cultural no sólo se han vuelto similares, sino también más mutuamente atractivas que nunca”, escribió en revista Artforum. La Sociedad Abramovic-Gaga consiste en esta fusión del Arte y el Pop en el Mundo del Espectáculo. ¿Qué debería hacer el Arte entonces si quisiera evitar el totalitarismo de la espectacularización, que puede cooptar hasta la negación misma del Arte (lo que se llama “la subvención de la subversión”)? Eso se pregunta Buchloh, cuando todavía ni se imaginaba hasta dónde llegaría el matrimonio por conveniencia de Gaga-Abramovic.
¿Avant Gagaísmo? Pobre Marcus, nunca se le hubiera ocurrido pensar que las utopías de las vanguardias podían terminar ratificando la Cultura del Espectáculo contra la cual militaba Guy Debord. En Aplausse, Lady Gaga parece jugar con los últimos rastros de carmín que le queda al Pop.