Tema del Mes

DICIEMBRE 2013

La desobediencia: y un día Reutemann fue rebelde

07 / 12 / 2013 - Por Alejandro Di Giacomo

El 29 de marzo de 1981, en Río de Janeiro, Carlos “Lole” Reutemann decidió ganar, a pesar de haber recibido órdenes expresas de ceder el paso a Alan Jones, entonces la estrella de la escudería. "¿Por qué preocuparse por quién de ellos gana? Al fin de cuentas, sólo son empleados". Ese día, un desenlace deportivo se impuso al previsible resultado empresarial.

“Williams destruyó a todos” tituló en sus páginas interiores El Gráfico en su edición del 17 de marzo de 1981, tras la carrera de Long Beach, el Gran Premio del Oeste de Estados Unidos, la segunda de la temporada de Fórmula 1. Ganó con comodidad el entonces campeón del mundo, el australiano Alan Jones, escoltado por el argentino Carlos Reutemann, su compañero de escuadra. “La combinación Williams-Jones-Reutemann parece, por el momento, indestructible”, acotó la crónica de la revista, un emblema de la prensa deportiva de esos años en Argentina. El equipo de Frank Williams había adaptado el modelo FW07 al nuevo reglamento, que prohibía las polémicas “polleritas”, una argucia técnica del genio Colin Chapman y su efecto suelo. No obstante, uno de sus rivales, Brabham, mostraba en sus monoplazas una mejor respuesta a las limitantes normativas y se insinuaba como candidato. Poco antes, el 7 de febrero, Reutemann había ganado el Gran Premio de Sudáfrica, pero la carrera terminó anulada y excluida del certamen en medio de la puja entre la FISA (Federación Internacional del Deporte Automovilístico) y la FOCA (Asociación de Constructores de la F1). Que es lo mismo que decir la pelea entre Jean Marie Balestre y Bernie Ecclestone.
En Argentina, en medio de las sombras de una rabiosa y cruel dictadura, crecían ciertas ansiedades. El automovilismo seguía anhelando un maestro como Juan Manuel Fangio, cinco veces campeón del mundo de F-1, bajo los apoyos y elogios de Juan Domingo Perón. El seleccionado de fútbol de César Menotti, que tanto júbilo y orgullo había encendido en su conquista en el Mundial de 1978, fracasaba en el Mundialito de Uruguay y la prensa oficialista, que años antes se regodeaba, ahora se inquietaba de cara a España 1982. Mientras, el cardenal italiano Antonio Samoré, enviado del papa Juan Pablo II, hacía denodados esfuerzos diplomáticos para mantener a las dictaduras de Chile y Argentina lejos de una guerra en medio del diferendo austral del Canal de Beagle. El gobierno de facto de Jorge Rafael Videla había rechazado en diciembre la propuesta vaticana y la tensión iba en aumento. En medio de esos años de sangre y plomo, de desapariciones y torturas, de vidas robadas, Videla empezaba a afrontar duros cuestionamientos dentro de las Fuerzas Armadas. No por sus atrocidades y la dureza de la represión sino por los desatinos de la conducción económica, excusa que maquillaba la voracidad de jauría de sus camaradas de armas.
Otras impaciencias agitaban a Reutemann. “A ver si me dejan de joder con esa pregunta. No, no lo dejé pasar a Jones”, se fastidiaba el piloto de Santa Fe, cuando los reporteros argentinos le preguntaban una y otra vez qué pasó en la pista callejera de California, donde marchaba primero y terminó extrañamente relegado por su compañero. Desde los boxes, cuando Jones se adueñó de la punta, un cartel metálico se elevó con indicación precisa y tajante: “Hold positions” (mantener posiciones).  “No sé, tal vez tuve un momento de desconcentración. Yo quería ganar, pero me desconcentré y lo pagué caro”, insistía, reflexivo y meditabundo, Reutemann, con ese clásico gesto adusto que eclipsaba la sospecha de una mentira. El segundo puesto era su exclusiva responsabilidad, replicaba una y otra vez. Nadie sospechaba que en Brasil, en la siguiente cita, iba a aflorar una inesperada rebeldía. Mucho menos porque los contratos de los pilotos de Williams eran muy claros. Para el argentino había cláusulas restrictivas y perjudiciales: si Jones iba primero no lo podía pasar y si estaba delante del australiano, con una ventaja de menos de 10-12 segundos, debía cederle el paso. Ser campeón, le daba esos derechos al de Oceanía.
El domingo 29 de marzo de 1981 fue el día de la insubordinación de Reutemann en el trazado de Jacarepaguá, bajo la típica lluvia estival de Rio de Janeiro. Un día más, pero distinto. Otra hoja del calendario en la seguidilla de sucesos de un país. Un único e irrepetible casillero en el recorrido de casi 30 años de un torneo internacional de automovilismo. Apenas una jornada más para un deportista. Polvo en la historia, simplemente eso. Pero fatídicamente crucial. “En el tiempo, porque si el futuro y el pasado son infinitos, no habrá realmente un cuándo; en el espacio, porque si todo ser equidista de lo infinito y de lo infinitesimal, tampoco habrá un dónde. Nadie está en algún día, en algún lugar; nadie sabe el tamaño de su cara”, escribió Borges. Su sabia apreciación del paso del tiempo queda comprobada también al revisar algunos hechos de aquel presente ya lejano. Como el aleteo de la mariposa en la Teoría del Caos, episodios tan sutiles pueden desatar un encadenamiento de impredecibles consecuencias que, acaso, sólo logran apreciarse en el futuro.
Mientras Reutemann acunaba su inolvidable osadía, un autobús de Greyhound, con el tradicional galgo como logotipo, de la línea 8, trasladaba al estadounidense John Warnock Hinckley Jr. a Washington. Taciturno y callado, preparaba su gran acto del lunes sin que nadie lo sospechara. Sólo pensaba en  Jodie Foster, su obsesión. En halagar a la joven estrella de cine, la misma que lo había excitado en “Taxi driver”, en atraer de algún modo su atención luego del rechazo enfático de la actriz. Un día después, egocéntrico y brutal, ese joven rubio de 26 años, de aspecto inofensivo, disparó contra el presidente Ronald Reagan, quien sobrevivió a ese ataque que conmocionó al mundo. Ese mismo domingo, casi al mismo tiempo que Hinckley se alojaba en el Park Central Hotel de la capital estadounidense, y Reutemann consumaba su acto de indisciplina en Rio, en Buenos Aires asumía como presidente de la dictadura Roberto Eduardo Viola en reemplazo de Videla. Llegaba con la promesa de “una mano más blanda” y, obviamente, la prensa subordinada le rendía reverencias al “continuador del Proceso de Reorganización Nacional”. Iba a gobernar muy poco, hasta diciembre, cuando lo  reemplazó Carlos Alberto Lacoste –el hombre fuerte del Mundial 1978 y luego vicepresidente de la FIFA- de modo interino para dar inmediato paso a Leonardo Fortunato Galtieri, a quien Reagan, ya recuperado del balazo, osó calificar meses después de “general majestuoso”.
Ajeno a todo eso, en otro tiempo y en otro espacio, concentrado bajo la lluvia, Reutemann se alzaba con el Gran Premio de Brasil, tras decidir un reglaje impecable para su Williams, que corría en desventaja con la puesta a punto y el encubierto efecto suelo de los Brabham. Pese a que en las vueltas 55, 56, 57 y 58, Jeff Hazell, manager de Williams, alzara desde los boxes el cartel “Jones-Reut”. Un claro mensaje que ordenaba que primero pasaba el australiano y segundo el argentino, igual que en Long Beach. “No, a Jones no lo vi nunca. No vi nada. Ningún cartel. Tenía empañado el visor”, afirmó Reutemann, con pretendida ingenuidad, cuando los periodistas le preguntaron sobre su desobediencia. “No sé, me gustó ganar, ¿qué querés que te diga?”, deslizó ante otro reportero.
Casi en clave borgiana, el paso del tiempo hizo que ese hecho fuera otro, pero no en las revisiones históricas o en miradas más profundas de obcecados analistas, sino en las mismísimas declaraciones del protagonista, pero varios años después. “Claro que vi los carteles; vi la señales; lo vi todo. Pero también pensaba, mientras veía todo eso que si yo hacía caso a los carteles, era mucho más digno volver al box, preparar el bolso y despedirme de las carreras. Dedicarme a otra cosa. Desobedecí. Volvería a desobedecer si la circunstancia se repitiera. No tengo otra respuesta”, confesó el hoy senador nacional al desaparecido periodista Alfredo Parga, unos cuantos meses después, tal como lo reproduce en “Los días de Reutemann” (Editorial Cúpula, Buenos Aires, 1998). Otro discurso para el mismo hecho, aunque el mismo gesto adusto y los ojos de hielo.
“El equipo nunca le marcó la ventaja que le llevaba a Jones y ese sutil episodio fue subrayado varias veces por Reutemann. El contrato fijaba que de acuerdo a la diferencia que se llevaban uno podía pasar delante del otro, pero como no la mostraron, Williams incurrió en un error garrafal de procedimiento que legitimó la desobediencia de Reutemann. En decir no violó el contrato”, rememora hoy el periodista Bruno Passarelli, quien siguió muy de cerca la trayectoria del piloto argentino en aquellos años y es autor junto al firmante de este artículo de “Reutemann, rey sin corona” (Ediciones Al Arco, Buenos Aires, 2009). Esas antideportivas y comerciales condiciones contractuales no son raras en la categoría. En la F-1 muchos otros también las sufrieron y fueron relegados al rol de escuderos, como el brasileño Rubens Barrichello frente al múltiple campeón alemán Michael Schumacher, en Ferrari; el austríaco Gerhard Berger ante el legendario brasileño Ayrton Senna, en McLaren; el sueco Ronnie Peterson con el italo-estadounidense Mario Andretti, en Lotus; e incluso ahora mismo el australiano Mark Webber, aunque de vez en cuando es desobediente, ante el tetracampeón vigente, el germano Sebastian Vettel, en el brioso Red Bull. Todos subordinados a la estrella de la escuadra. Los patrones, y vaya si los dueños de los equipos de F1 son patrones, tienen muy claro cómo debe jugarse el juego. Alguna vez lo resumió con frialdad Frank Williams. “¿Por qué preocuparse por quién de ellos gana? Al fin de cuentas, sólo son empleados”, disparó tajante.
“Reutemann sabía que aquella temporada de 1981 era la última ocasión que tenía para ganar un Mundial y entonces decidió la gran osadía de Brasil. Nada lo hacía suponer, pues en Ferrari había mansamente obedecido la orden del box que en el Gran Premio de Montecarlo de 1977 le había ordenado dejarse pasar por Niki Lauda”, amplía Passarelli.
El volante argentino también sabía que, después de aquella rebelión en Río, la vuelta a las carreras de Europa sería para él “algo muy duro”, como lo definió horas después del GP de Brasil. “Jones es australiano, que es gente muy dura que no perdona”, deslizó en rueda de íntimos, aunque entonces insistía con que no había sido una desobediencia. “Es que no vi la indicación de boxes”, repitió otra vez. Pero Jones empezó a hacer de las suyas. Más cercano al equipo técnico británico de Williams por su condición de australiano, agitando sus pergaminos de campeón mundial vigente (ganó el título de 1980), tomaba distancia de un argentino hermético y meditabundo. Encima, extorsionaba a Frank Williams, por entonces sin la silla de ruedas actual a la que lo condenó un accidente automovilístico, con la renovación de su contrato, que vencía en diciembre de 1981.
La temporada se volvió extraña. Reutemann fue segundo en Argentina, en la tercera fecha del Mundial, detrás del Brabham del brasileño Nelson Piquet. Se impuso en Bélgica, fue segundo en Gran Bretaña, tercero en Italia y también en San Marino, cuarto en España, quinto en Austria y décimo en Francia, mientras que abandonó en Mónaco, Alemania y Holanda. Además, otra de sus victorias, la de Sudáfrica, no contó para el campeonato por problemas políticos. “Felicitaciones, con 17 puntos de ventaja es imposible que pierdas el campeonato”,  le dijo el periodista británico Alain Henry tras el Gran Premio de Gran Bretaña. “Te apuesto a que no lo gano”, le contestó Reutemann.
A mitad de año, en una maniobra inesperada, Williams cambió de proveedor de neumáticos, de Michelin (con los que el argentino se sentía a gusto) a Goodyear, que complicó su tarea. De hecho, había logrado 37 puntos en las primeras siete carreras con el neumático francés, y en los ocho siguientes con las cubiertas estadounidenses solo sumó 12.
Pese a todo, Reutemann había liderado la clasificación del Mundial casi toda la temporada, y llegó como líder al Gran Premio de Las Vegas, la carrera cierre. Se corría en un circuito armado en los gigantes estacionamientos de ostentosos hoteles de Las Vegas (entre ellos, el Caesars Palace). El argentino contaba con 49 puntos, Piquet (Brabham), 48, y el francés Jacques Laffite, 43. Las combinaciones eran variadas, pero mientras “Lole” puntuara por delante de Piquet y el francés no ganara, el título sería para él. El primero para un argentino desde la era Fangio.
“No perdió el campeonato en la última carrera de Las Vegas pero allí Williams, con Patrick Head –jefe técnico del equipo- como ejecutor, lo saboteó miserablemente, sobre todo no cambiándole la caja de velocidades después de las pruebas con tanques llenos, que se hacían por la mañana antes de las carreras. ‘Ponía la quinta y me entraba la tercera, pasaba a cuarta y saltaba a segunda’, me dijo Reutemann. Pero su gran error fue llegar a Las Vegas cabeza a cabeza con Piquet, consecuencia de fallas imperdonables, como la caja que rompió de puro desaforado y sin necesidad en Montecarlo y del choque absurdo con el Ligier de Laffite en Holanda”, rememora Passarelli.
“Las Vegas fue la única carrera de ese año en la cual yo no tuve completamente el control de lo que me pasaba. Estaba muy satisfecho con mi coche, lo quería tal cual para la carrera y le pedí a Patrick (por Head) que no lo tocara. El motor, el comportamiento, la caja estaban perfectos. Le dije ‘dejalo así como está’, pero no creo que a Patrick le gustara mucho”, le comentó Reutemann al periodista Henry en 1990 para su libro “Williams, el negocio de los Grands Prix” (Gran Bretaña, 1991).
Así, cuando las variables parecían bajo control, de pronto, lo inesperado. Algo así como el aleteo de una mariposa y el caos. En la segunda jornada de ensayos, el argentino golpeó al Brabham de Piquet y en el impacto se dobló uno de los brazos de suspensión. “Lo cambiaron, pero el coche nunca volvió a ser el mismo, no había manera de manejarlo”, reveló Reutemann. “Ni bien comenzó la carrera, sentí que si no ocurría un milagro, perdía el campeonato. Estaba intranquilo, sin la frialdad necesaria, pero no era un autómata: era un tipo impotente”, confesó años más tarde. “Los cambios fallaron cincuenta veces”, admitió. “Después de la carrera, Carlos nunca quiso hablar con nosotros”, afirmó ponzoñoso Head a la revista británica Motorsport, mucho tiempo después. “Era una persona muy reservada, con la que nunca sabías lo que estaba pensando. Abandonó el circuito y se fue directamente a Argentina. ¿Qué pasó con la caja de cambios? Cuando la desmontamos al llegar a casa, no vimos que nada estuviera mal”, mintió Head.  En “Los días de Reutemann”, Parga cuenta cómo, cuando abrieron la caja de velocidades con algún periodista notorio de aquellos años delante, se comprobó que los anillos que impedían saltar marchas estaban rotos para la tercera y la cuarta velocidad. Imposible manejar ese auto. Reutemann se derrumbó desde la salida y en la primera curva era quinto, mientras que Piquet estaba séptimo. En el giro 17, el brasileño lo sobrepasó. Allí el argentino pudo golpearlo y hacer que los dos bólidos acabaran la carrera, como lo hicieron Senna y Schumacher en 1990 y 1994, respectivamente. Una canallada como la que Flavio Briatore le ordenó a Nelsinho Piquet en Singapur 2008 y éste, obediente, estrelló su auto contra el muro provocando un accidente que facilitó el título para el español Fernando Alonso en Renault. Pero el padre de Nelsinho se cruzó con un caballero sudamericano y pudo ser campeón en 1981.
“Yo siempre corrí por deporte, me habría avergonzado de ganar un título así”, le dijo Reutemann a Passarelli, cuando ya estaba retirado de las pistas. Aquella tarde en Las Vegas, Piquet acabó quinto, y el argentino octavo. Jones ganó la carrera. Y el brasileño de Brabham festejó la primera de sus tres coronas, aunque no pudo subirse al podio, afiebrado y  deshidratado.
En 1982, desganado, Reutemann empezó una nueva temporada en Williams. Corrió en Sudáfrica, donde llegó segundo y luego en Brasil el 21 de marzo, donde abandonó. El 2 de abril, el “general majestuoso” Galtieri intentó salvar la decadencia del Proceso de Reorganización Nacional con una guerra. Tropas argentinas, tras su orden, invadieron las Islas Malvinas. Un piloto argentino en un equipo inglés se tornó incompatible, pensó Reutemnn y se lo mandó decir a Williams. El equipo inglés pensó lo mismo. El hombre de Santa Fe se fue entonces para siempre de las pistas de F1. Enjuto, una vez más se llamó a silencio. Orgulloso de sus decisiones, aunque, obviamente, sin corona.