Tema del Mes

DICIEMBRE 2013

Marcelo Bielsa

14 / 12 / 2013 - Por Ariel Senosian

Fue un outsider desde el principio, cuando decidió escapar de la tradición familiar de respetables abogados para dedicarse al fútbol. El hombre que ignoró a un presidente y que declaró públicamente ganar una cifra “obscena”, piensa que el fracaso puede ser formativo y el éxito un engaño. Y espera de la sociedad lo mismo que espera de él como técnico de un equipo: la ardua capacidad de respetar al distinto.

-No estoy bien.
-¿Pero qué quiere decir eso, Marcelo?
-No estoy bien, ¿no entendés?
Marcelo es Bielsa. El que no terminaba de entender se llama Carlos Altieri y es amigo de Bielsa desde hace décadas. Altieri había logrado permiso para tomarse dos semanas en la inmobiliaria en la que trabajaba y había soportado el enojo de su mujer cuando le contó que viajaría solo. En realidad, viajaría con Bielsa, que le había propuesto el viaje y había armado todo a su manera: con la planificación al detalle. El viaje a distintos puntos de Europa coincidía con varios clásicos y partidos decisivos de las ligas italiana, española y francesa.
-Lo que no entiendo es que me lo digas recién ahora.
Ya estaban arriba de la camioneta de Bielsa, desde Rosario rumbo a Ezeiza. Solo faltaban cinco horas para que saliera el avión.
-Te voy a decir qué me pasa. Me siento gordo.
-¿Gordo? Lo hubieses pensado antes y te ibas a desintoxicar a esa clínica a la que fuiste hace un tiempo. La de Puiggari, en Entre Ríos.
Los segundos siguientes fueron premonitorios para Altieri. Había dicho lo que no tenía que decir; había dado en la tecla equivocada para él y correcta para Bielsa, que frenó en la primera esquina.
-¿No te enojás?
-No me digas…
Altieri volvió a la casa. Bielsa se fue a Entre Ríos.
La anécdota, sucedida a fines de 1995, es una de las tantas que pintan la anatomía de la locura del extécnico de la selección argentina. Había terminado su etapa en el América de México. Cada final de un trabajo le depara un período de introspección. Aunque ningún final lo marcó tanto como cuando dejó el seleccionado por “falta de energías”, quizás su obra cumbre de las prácticas no habituales.
Una vez le contó a Gastón Gaudio: “Cuando me fui de la selección argentina, me encerré en un convento. Me llevé los libros que quería leer, no llevé teléfono, ni tuve televisión. Leo mucho y no creo que nadie lea tanto de fútbol como yo. Pero duré tres meses, porque empecé a hablar y responderme solo. Me estaba volviendo loco de verdad”.
Gaudio también reveló que Bielsa le contó cuáles cree que son los cinco motivos de la felicidad: “La solidaridad; hay que dar a quien no se conozca y no porque lo obliguen”; “creer en algo”; “el enamoramiento, aunque dure sólo un año”; “el éxito profesional”; y “un camino que todavía busco”.
En Chile se integró más a la sociedad. Aunque también sorprendió por varias actitudes, como cuando prácticamente ignoró al presidente Sebastián Piñera. Ya había hablado de él acerca de su victoria en las elecciones nacionales: “El día que ganó, dijo que Chile era el mejor país del mundo... Semejante mentira. Mentira para el 95% de los países del mundo, porque habrá cinco que pueden disputarse ser el mejor, pero seguro que Chile no es. Argentina tampoco, para que no me acusen”.
¿Imaginan a otros técnicos en una postura similar? En todo caso, dejó en evidencia dos aspectos de su personalidad: por un lado, la frontalidad al extremo; por otro, su necesidad de no ser ni parecer demagógico en lo más mínimo.
Pocas veces se lo vio tan involucrado como en los días siguientes al terremoto en Chile, en la zona de Constitución, en marzo de 2010. Algunas semanas después, en una charla en Viña del Mar, sorprendió con su reflexión: “Si hubiera podido, me habría robado un plasma. ¿Saben por qué? Porque yo estaba en ese momento en Pinto Durán, en el predio de la selección. Y tenía cerca un televisor Sony, que obviamente no había pagado. Era de la federación, un regalo, y yo estaba preocupado por si se caía. Y no era ni mío. ¿Qué quiere decir eso? Que haciendo la proyección, yo habría robado porque con todo lo que tengo materialmente, estaba preocupado por un televisor que no pagué. ¿Cómo un tipo medio, de a pie, como se dice aquí, no habría robado?”.
Y acusó también a la maquinaria publicitaria: “Te dicen que sos un tarado por no tener un plasma, y más cuando se está por jugar un Mundial. Te venden un televisor en cien cuotas, ni saben si lo podrás pagar. Las dos partes se engañan. Con una diferencia: cuando se venden todos los televisores en 100 cuotas, se gana el 20 por ciento, entonces todos los demás están en condiciones de arriesgar, porque ya pagaron el televisor y ya ganaron”. Sí, un técnico de fútbol preocupado por el “sistema”.
Claro, en algún punto es parte de ese sistema. Varias veces se pronunció en contra de los números que maneja puntualmente el fútbol. De hecho, cuando estaba por irse del Athletic Bilbao, recordó que “yo gano una cifra que resulta obscena”.
El costado marginal de Bielsa se refleja en anécdotas y en muchas de sus frases. La originalidad de su labor como técnico está puesta en detalles como su apego a la información. A los jugadores de Newell’s, en la época de su primer trabajo como entrenador de profesionales, les pedía que recortaran y resumieran información del rival siguiente. Tiempo después, hizo de los videos una marca registrada. Para eso arma un grupo que graba, mira y edita por él.
Esto a veces compone el mito Bielsa: de ninguna manera hubiese sido posible que llevara 7.000 videos al Mundial de Corea-Japón, pero en algún momento se habló de esa cantidad. En otras ocasiones él mismo alimenta la leyenda, lo que contribuye a que divida opiniones entre los que lo idolatran y los que lo notan ficticiamente exagerado: en una charla en Coquimbo, también en Chile, contó que “junto a veinte personas, vimos 700 partidos y armamos un estudio acerca de cómo se vinculan los jugadores cuando se dan un pase entre ellos. Hay 34 formas diferentes”.
A su salida de la selección chilena, a Claudio Borghi, su sucesor, solía molestarle la comparación: el Bichi llegó a decir que “me hacen ver como que a la selección llegó el gordito desorganizado. No voy a dejar de reconocer lo que se hizo pero no es lo que se pensaba. Es como una mina sentada; cuando se para es otra cosa. Está dentro de mi trabajo tomar riesgos. Y está dentro de ese riesgo chocar un Ferrari. Yo recibí un gran equipo, pero no un Ferrari”.
Iker Muniain, el mejor producto de la cantera del Athletic Bilbao que dirigió hasta mediados de este año, definió: “Impresiona sobre todo porque conoce a todos los equipos y a todos los jugadores, y por la cantidad de cosas y ejercicios que tiene en la cabeza. Utiliza a veces algunas palabras muy rebuscadas y nos quedamos mirando a ver qué significa, pero lo importante es entender el concepto y ahí no hay problemas”.
Ese Athletic fue un ejemplo de su carrera: le va mejor cuando asume en un equipo al que tiene que mejorar. Su fuerte es la tierra arrasada. En la primera temporada de Bielsa en Bilbao, Guardiola sostuvo que “el Athletic es la admiración de Europa este año, con una forma de jugar poco vista. Sus jugadores no dejan espacio para respirar. Bielsa dejará huella en Bilbao y mejorará a cualquier equipo donde vaya”.
Sin embargo, en su segunda temporada no pudo mantener la expectativa, quedó rápidamente afuera de las dos copas (la del Rey y la Europa League) en las que el año anterior había llegado a la final, e incluso en algún momento de la liga estuvo ligeramente comprometido con el descenso, una maldición que el Athletic nunca sufrió en su historia.
Su abuelo, su padre y su único hermano fueron abogados de renombre en Rosario. Él quiso jugar al fútbol. Pero para lograrlo debió escaparse de la casa. Tocó timbre en la pensión del club y el encargado no supo cómo explicarle que no había lugar allí para él, de quien decían que las empleadas de su casa lo llamaban “niño Marcelo”. Luego el padre nunca lo vería jugar: no porque no fuera futbolero, sino porque es hincha de Rosario Central.
En 1998, Rafael lo definió en una columna en Página 12. Allí contó algo que sucedió a mediados de la década del 60: “Estábamos con la barra de la esquina, éramos los más chicos del grupo. A Marcelo le preguntaron si no le gustaría que de lunes a viernes fuera fin de semana, y sábado y domingo fueran de lunes a viernes. Con el ceño de chimango tronador que todavía conserva, contestó que ‘no, porque el trabajo sería un descanso’”.
En su breve etapa como futbolista, Bielsa solía interrumpir los entrenamientos que le parecían aburridos o sin sentido. Se retiró a los 24 años, cuando advirtió que no llegaría a nada importante. Primero recorrió el país arriba de un Fiat 147 y manejó 25 mil kilómetros para rastrear en cada punto de la Argentina a los jugadores que sirvieran para las inferiores de Newell’s. Y antes de dedicarse a las divisiones juveniles, también fue el entrenador del equipo de la Universidad de Buenos Aires. Se lo recuerda por el rigor táctico de sus entrenamientos (¡frente a alumnos universitarios!) y porque estuvo a punto de pelearse a golpes de puño con el capitán del equipo, un tal Eloy del Val. Ya tendría tiempo de pelearse con más referentes de otros equipos: desde el mexicano Zague, con quien discutió en el América, hasta el paraguayo José Luis Chilavert, de quien lo tuvieron que separar a punto de pelearse a piñas en Vélez.
Bielsa fue cambiando parte de su percepción del fútbol. Cada trabajo en el exterior le sirvió para evolucionar. Su primera etapa en México, en el Atlas de Guadalajara en 1992, le permitió sentir que en el fútbol no es un drama la derrota, como creía cuando era técnico de Newell’s. En España, donde se trabaja mucho la técnica de los jugadores jóvenes, le resultó fácil y hasta necesario dotar a su equipo de más paciencia, más toques y más juegos. Y en Chile recuperó el bienestar personal y el amor por la profesión. “Hasta volvió a ir al teatro”, resumió su hermano Rafael.
Fue la época de charlas gratuitas, una manera de compensar que no diera entrevistas exclusivas, tal su manera desde que dirigió a la selección argentina. En noviembre de 2009, se abrió frente a los estudiantes de la Universidad Autónoma: “Soy un apasionado, pero puedo apasionarme por muchas más cosas que el fútbol. Lo peor que le puede pasar a una persona es saber sólo de una cosa. Hace muchos años que aprendo cada vez menos de fútbol porque me doy cuenta de que no necesito saber tanto”.
Esas charlas muestran probablemente lo mejor de Bielsa. El outsider en su esencia, el de los pensamientos rebuscados y profundos, el autocrítico y sincero. En el club Náutico Quilla de Santa Fe les dijo a quienes lo escuchaban que “los que tenemos que gobernar colectivos queremos que todos los jugadores sean iguales. Estamos en contra de los diferentes. Pero hay partidos de 0-0 en los que en el minuto 90 les pedimos a algún jugador que invente algo. Y nos miran diciendo: ‘¿Toda la semana uniformados y en el minuto 90 de un 0-0 inamovible hay que ser diferentes?’. Ahí empezamos a entender lo imprescindible del diferente. No basta con tolerar al distinto. Es indispensable respetarlo... Y lo digo yo, que no los respeto. ¡Pero sé que debo respetarlos! ¿Con qué condición hay que incluir al distinto? Que no arrastre a otros”.
Pero la charla más recordada fue una que dio en el que había sido su colegio, el Sagrado Corazón de Rosario, en el 2000. Allí habló de uno de los temas que más lo obsesionan. El de la victoria y la derrota. Y sobre todo, de las consecuencias de cada estado: “Quiero ganar en cuanto compito. Pero debo distinguir qué es lo formativo y qué es lo secundario. Lo formativo es el fracaso, que nos acerca a las convicciones. El éxito deforma, relaja, engaña, nos empeora, nos hace enamorarnos excesivamente de nosotros mismos”.
Dos años después, llegaría el gran fracaso de su carrera deportiva. Aquella eliminación mundialista lo marcó como pocos hechos en su vida. No la derrota en sí, sino lo que llegó luego: el tratamiento mediático y popular. Marcelo Bielsa pasó a dividir aguas entre los que siempre le recordarán aquel momento y los que, con el tiempo, encontraron un estímulo para reivindicarlo pese a todo. A él, personaje tan singular, un grupo le duele y el otro, le incomoda.