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ENERO 2014

Julio Velasco: el Sandokán que odiaba la siesta

11 / 01 / 2014 - Por Federico Bassahún

Julio Velasco es uno de los entrenadores que revolucionó el vóley mundial. Con la selección italiana, salió dos veces campeón del mundo, dos veces campeón de Europa, ganó cinco veces la Liga Mundial y la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Atlanta. Ya era una figura de culto, cuando, en un programa de la RAI, conmocionó con sus palabras a la Italia triunfalista: “La vida no se divide entre ganadores y perdedores; la vida se divide entre buenas y malas personas”.

Cuando niño, Julio Velasco odiaba dormir la siesta. “Me aburro”, le rezongaba a su mamá. Pero ella le apagaba la luz de la habitación y cerraba la puerta. Entonces, él se levantaba, la volvía a encender y se ponía a leer las aventuras de Sandokán.
Quería ser como el personaje de Emilio Salgari –príncipe de Borneo, pirata, aventurero– para conjurar el aburrimiento. También quería ser futbolista, pero llegó sólo hasta la Novena División de Estudiantes, el club del que era hincha. Más adelante quiso ser profesor de Filosofía y Letras, pero llegó hasta cuarto año en la Universidad de La Plata: temía que su militancia maoísta lo hiciera blanco de la dictadura genocida, y dejó. Hoy, Velasco tiene 61 años, vive en Teherán, la capital de Irán, y me confiesa entre risas durante una charla de dos horas por Skype: “De eso, lo único que realicé fue el sueño de Sandokán: nunca me aburrí”.
Velasco, cuando niño, nunca soñó con ser lo que es: uno de los entrenadores de voley más reconocidos de la historia, elegido en 2000 por la Federación Internacional de Voleibol (FIVB) como el mejor entrenador del siglo XX junto a Doug Beal y a Yoshida Matsudaira, miembro del Salón de la Fama de Voleibol, personaje de culto (no sólo) en Italia, donde dirigió a esa selección entre 1989 y 1996 y salió dos veces campeón del mundo, dos veces campeón de Europa, ganó cinco veces la Liga Mundial y la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996. Es, ésta, la semblanza de un entrenador que revolucionó al voley mundial y que, incluso, traspasó las fronteras del deporte: fue director deportivo de la Lazio y del Inter, y Silvio Berlusconi pensó en él como entrenador de fútbol del Milan.   
Pero Velasco es entrenador de voley, y lo es de casualidad.
Estudiaba y trabajaba en la Universidad de La Plata cuando sobrevino el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Lo despidieron casi enseguida. Le convenía, razonó entonces, pasar inadvertido. Ya habían asesinado a su mejor amigo de la Universidad, Guillermo Miceli, durante la primera semana del golpe. Pero todavía no había desaparecido su hermano Luis, que estaría secuestrado en 1978 durante un mes y medio. Tampoco, Rafael Tello, su mejor amigo de la vida, que aún hoy está desaparecido junto a sus dos hermanos. Entonces se mudó a Buenos Aires y consiguió un empleo: de limpiavidrios en un banco. Iba de seis a diez de la mañana. El día de la final del Mundial 78, Velasco bajó a la calle para festejar, pero las banderas argentinas le recordaron a sus amigos muertos y volvió a subir a su departamento.
Por entonces empezó a entrenar a un equipo de voley en Defensores de Banfield, un club de barrio. Velasco sabía de voley: jugaba desde los 15 años, cuando dejó el fútbol. Dirigir a ese equipo era otra oportunidad de ganar dinero. La mitad del salario se lo pagaba el club; la otra mitad, los jugadores. Así que viajaba desde su casa en Pacífico en subte hasta Constitución, en tren y en colectivo hasta Banfield: tardaba tres horas en llegar.
Después pasaría a entrenar a Ferro, club con el que ganaría cuatro campeonatos Metropolitanos entre 1979 y 1982. Pero Velasco no tiene fotos de ese entonces: las evitaba. No quería llamar la atención. “Tengo que ir al baño, pero saquen, saquen”, decía y se iba, y los jugadores posaban solos. “Siempre inventaba una excusa”, recuerda. El voley, para Velasco, era todavía un refugio. Por eso dudó, también, cuando lo llamó en 1981 la Federación para trabajar de segundo entrenador del coreano Young Wan Sohn en la selección. “Lo pensé bien, porque tenía miedo. Al final arriesgué, por el Mundial ’82 que se iba a jugar en la Argentina”. Velasco ya no era maoísta: se había desencantado por la “ideología cerrada” del partido. Pero estaba asustado. Argentina terminó tercera, mientras desde las tribunas del Luna Park se cantaba “el que no salta es un militar” y “se va acabar la dictadura militar”, y él pasó, de nuevo, inadvertido.
Vueltas de la vida: en ese 1982, ante la inminencia de la democracia, a Velasco le llegó una oferta de Italia. No tenía casa ni auto, y aceptó. Había soñado con vivir en Europa, en un altillo de París como Julio Cortázar, y no se pudo resistir. 
—Me voy, pero sólo por tres años—le avisó al secretario de Ferro, Héctor Kriscautzky.
—Yo te guardo el trabajo durante tres años, Julio, pero vos no vas a volver más.
Y Velasco no volvió.
Viajó a Pianello Vallesina, un pueblito de mil habitantes en la provincia de Ancona. El club, Tre Valli Jesi, le alquiló una casa con muebles viejos y un televisor, y le dio un auto a metano. El salario de Velasco era de seis mil dólares anuales. A los dos años pasó al Panini Modena. El dueño del club era Giuseppe Panini, el de las figuritas, y un día Velasco se quiso sacar una duda que tenía desde que era niño:
— ¿Cómo es eso de la figurita difícil? ¿Cómo la eligen?
—No la elegimos, ni lo hacemos a propósito. Es por ineficiencia.
Panini Modena ganó la Liga de Italia cuatro veces consecutivas, entre 1986 y 1989, y Velasco fue nombrado entrenador de la selección de Italia.
Velasco era ya, muy a su pesar, un personaje. “Ya no era propietario de mi propio personaje. Hiciera lo que hiciera, el personaje tenía vida propia. Ése es uno de los motivos por los que aún hoy tengo que volver una vez al año a la Argentina. En la Argentina, soy Julio. Pero en Italia, no. Por eso entiendo a los jugadores o entrenadores de fútbol. Lo de ellos es peor. Es un monstruito difícil de manejar ése, el personaje. El mecanismo de los medios de comunicación consiste en usarlo hasta gastarlo como un limón exprimido, total, después habrá otro”, me cuenta.
Velasco, además, era un entrenador que aplicaba al voley lo que había aprendido en su vida.
Cuando limpiaba vidrios en el banco, a Velasco lo enfurecía que los clientes abrieran la puerta tocando el vidrio que él acababa de limpiar. Pero así entendió, explica, que “en la vida hay, al menos, dos puntos de vista” (el del limpiavidrios y el del cliente). El dogmatismo de sus compañeros maoístas en la Universidad, que lo habían aislado ante “disidencias tácticas, no ideológicas”, también lo llevó a relativizar sus posturas. Incluso lo llevó a comprender a los jugadores cuando se equivocaban. Por eso, Velasco les aconseja a los entrenadores que lo consultan que aprendan a bailar tango, o salsa, o a esquiar, o a jugar al tenis, lo que sea, para apreciar cuán difícil es controlar el cuerpo. “Así, los entrenadores se van a poner del lado del que tiene que limpiar el vidrio.”
También Velasco, que leyó Rayuela tres veces, les aconseja que, en vez de libros de psicología o management deportivo, lean novelas, porque “es en las novelas donde se pone al descubierto la complejidad de los individuos”.
La militancia política –las asambleas, los actos, el haber sido presidente del Centro de Estudiantes de la Universidad de La Plata– lo preparó para hablar en público y, sobre todo, convencer a los demás. “Porque si uno no convence a los jugadores, no sirve. No sirve el profesor que va, da la clase y se va sin explicar por qué las cosas son como él dijo. Para un entrenador es peor: si no convenzo a los jugadores ni les explico por qué les pido lo que les pido, ellos no lo van a hacer. También hay cosas que un entrenador tiene que decir ‘esto es así y punto’ porque no se puede pasar todo el día hablando y explicando, y porque hay cosas que al jugador no le gusta hacer. Y eso no es dictatorial. El entrenador es como el presidente de una república presidencialista. Porque el deporte a veces es como una guerra simulada, y el equipo tiene que ver al jefe seguro, aunque uno no esté seguro. (El politólogo italiano) Norberto Bobbio dijo una vez que un intelectual puede terminar un libro con una duda; un político, no. Un entrenador, tampoco.”
El miedo a la dictadura también le enseñó a relativizar las derrotas. “A veces les digo a los jugadores: ‘¿Qué pasa si perdemos? Nada pasa. ¿Que nos critiquen? ¿Eso puede pasar?’ Yo digo: ¿en voley, qué puede pasar?” También, “a manejar el estrés, porque las cosas importantes en la vida son otras”. Un día, Velasco asistió a un programa televisivo de la RAI y conmocionó a la Italia triunfalista. “La vida no se divide entre ganadores y perdedores; la vida se divide entre buenas y malas personas”, dijo.
Una tarde de 2002, Josep Guardiola estaba en su casa de Roma, adonde jugaba, y veía la televisión. Iba y venía por los canales, hasta que le llamó la atención una entrevista. “Era –describió durante su disertación de este año en el teatro Gran Rex– un señor que hablaba en italiano, pero no como un italiano, y me quedé fascinado con las cosas que dijo y con cómo las dijo”. El señor de la tele era Velasco. Guardiola consiguió su teléfono pero no se animaba a llamarlo: “¿Lo llamo o no lo llamo?”. Lo llamó: “Señor Velasco, soy Pep Guardiola, y me encantaría juntarme con usted a comer”. Cuando se juntaron, Velasco le dio un consejo que el actual entrenador del Bayern Munich le llegó a agradecer hasta en público: que no tratara a todos los jugadores por igual. “Hay ciertas reglas –me explica Velasco– que tienen que ser para todos. Una cosa fundamental en la gestión de un grupo –fundamental– es, no solamente ser, sino además aparecer ante los ojos de los jugadores como una persona justa. Entonces no podemos permitir que el jugador importante haga lo que quiera mientras el otro cumple con todo. Pero los jugadores no son todos iguales: uno gana diez y el otro gana dos, ¿cómo van a ser iguales? No puedo ir con las mismas formas a todos, porque todos somos distintos, y con algunos va a funcionar esa forma pero con otros no. Por ahí, a un jugador la provocación le sirve y por ahí a otro no.”
Velasco puntualiza, también, que “un entrenador tiene que ser capaz, conocer su trabajo”. Por eso en 1992, al día siguiente de que Berlusconi, que estaba en campaña, anunció que quería que fuera el reemplazante de Arrigo Sacchi en el Milan, él lo rechazó a través de los medios. No quería ni se sentía capacitado para ser entrenador de fútbol. Sin embargo, aceptó en 1999 la propuesta de Sergio Cragnotti, entonces presidente de la Lazio, para ser el director general del club. Al año, Velasco renunció, cuando todavía tenía tres de contrato. “No me quería hacer el boludo y decir después que no sabía nada”, justifica. Cragnotti caería preso por la bancarrota de la alimentaria Cirio. También Massimo Moratti, presidente del Inter, le pidió que lo asesorara, y él aceptó.    
Durante sus primeros años en Italia, no quiso escuchar tango porque se le “piantaba un lagrimón”. Pero una noche, hace diez años, Velasco, que había aprendido a bailar en Roma, estaba en una tanguería de Bologna, cuando conoció a Roberta, su actual esposa, que está con él en Teherán. Velasco, que podría dirigir donde quisiera, dirige desde hace tres años a la selección de Irán. “Me interesaba hacer la experiencia en un país islámico en el mundo de hoy. Esta experiencia es impagable.” Velasco está preparando al equipo para el campeonato asiático, una competencia que ya ganó en 2011 y que se va a disputar en los Emiratos Árabes Unidos entre el 28 de septiembre y el 6 de octubre.
No se aburre en Teherán, me cuenta. Menos que menos, duerme la siesta.