Tema del Mes

ENERO 2014

Emanuel Ginóbili, un cruzado con espíritu de seminarista

25 / 01 / 2014 - Por Pablo Perantuono

A diferencia del resto de los integrantes del Olimpo deportivo nacional, donde la consagración se mezcla con tragedias, desmesuras o violencia, la personalidad de Emanuel Ginóbili, dentro y fuera de la cancha, carece de tensiones. Boy scout, moralista cristiano, escolta de bandera o favorito de las tías de clase media son las analogías que emanan del retrato elaborado por Pablo Perantuono.

“Hay momentos en que no tenés ganas de ver gente. Querés estar solo. Estoy con mis hijos, en un parque, y me piden una foto... No es el momento. Pero, bueno, ahí es donde pensás que por ahí ese chico que te lo pide vivió cosas importantes viéndote jugar, ese contacto de 15 segundos con vos es todo lo que va a saber de vos en la vida. Cómo hayas interactuado en ese tiempo queda grabado en su memoria. Es injusto, pero hacés un esfuerzo.” (La Nación, 20/8/13)


Deportista colosal, competidor despiadado, si hubiera que reducir a Emanuel Ginóbili (Bahía Blanca, 1977) a una “filosofía” bien podría condensarse en esa declaración de ecos judeocristianos: palpita en él la tentación de privilegiar el provecho personal en detrimento del bien común, pero lo que prima, finalmente, es el beneficio del prójimo y el deber ser. De no suceder así, los dientes de la culpa se clavarían en su espalda. Un crack universal con espíritu de seminarista.
Dueño de un cerebro súperalerta –aunque no paranoico-, Ginóbili parece desarrollar un registro permanente del lugar ajeno, sopesando cada unos de sus actos de acuerdo con la estatura moral, o la conveniencia, de la acción. Ya lo dice él: “No necesito hacer un gran esfuerzo para no mandarme cagadas”.
Sosegado y provincial, el bahiense transita una ética de la sobriedad y de la calma, pero eso no le pesa. Convertido desde muy joven en deportista modelo, no pareciera haber tensiones irresueltas en él. Su cuerpo no reclama una reivindicación histórica, una deuda familiar. Como buena parte de los deportistas surgidos en la Pampa gringa, “Manu” emerge de un hogar de sólida clase media inserto en un territorio donde la movilidad social es un hecho tangible y donde el deporte, la corrección y el estudio, como el viento de la ciudad, son partes constitutivas.
En las conversaciones que tenemos con nuestros recuerdos, es probable que el bahiense no aparezca con la capa y el escudo del superhéroe. Su idolatría es más una veneración de tránsito lento –una admiración inclaudicable- que una irrupción gloriosa montada a la ola de un grito decisivo. Los ha tenido, claro, pero el fenómeno Ginóbili se fue macerando lentamente en nuestros corazones durante todo el kirchnerismo. Es un amor suave, inapelable, que no tiene mayores contradicciones o que no está habitado por el rumor de una trampa.
Es en ese aspecto en el que “Manu” más se diferencia del resto de los integrantes del Olimpo deportivo nativo. No sólo en su biografía no hay drama ni deuda social con su pasado, sino que ni siquiera hay lugar para la sospecha, la tensión o aquello que repele a la opinión pública bienpensante: algún pliegue turbio, el divismo o la vulgaridad.
Es lógico que un país agónico produzca ídolos agónicos, referentes que nos emocionan y nos decepcionan y que dibujan en sus trayectorias una elipsis paradójica o absurda, bendecida por la consagración pero también interrumpida por el ruido negro de alguna tragedia o por la intervención inesperada de una vacilación, un desliz. 
Ginóbili no. Ginóbili, lo dice él, sin esfuerzo, siendo natural, es un muchacho que logra ser la adoración de todas nuestras tías de la clase media sonriente. Todo en él produce ese efecto, porque para mayor recato su rostro es algo asimétrico –en especial su nariz-, y se acerca más al perfil de un becado del Conicet que al de un deportista de elite que consume, con voracidad de chacal, defensores rivales y botineras fatales.
Repasemos los últimos genios o celebridades vernáculos: además de ego, hay desmesura (Maradona), cumbia (Agüero), PlayStation (Messi), violencia latente (Tevez), capricho (Riquelme) y Fernet (Nalbandian). En Ginóbili hay un relato con menos matices u oscilaciones pero urdido con la aplicación de un escolta de bandera. 
Al igual que Rafael Nadal, que aún perdiendo en primera ronda de Wimbledon con un rival desconocido se detiene, antes de retirarse del court, para firmar autógrafos a sus fans, Ginóbili pareciera anidar una adecuada comprensión de los mecanismos que hacen posible su fama y fortuna: el sistema y su componente capital, la gente. Hay algo en Ginóbili que logra entender, acaso sin proponérselo o, en todo caso, persiguiéndolo con poco esfuerzo, que tuvo la inmensa fortuna de ser contemporáneo de una era en la cual el deporte de alta competencia –aunque no todo- es una pieza esencial dentro de la maquinaria de la industria del entretenimiento, y que su condición de campeón y millonario sólo está sustentada en ese antojo de la civilización moderna. Del mismo modo que en la actualidad no reúne ningún valor elevado ser un ilustre divulgador de una religión decimonónica –donde podemos incluir al comunismo-, ¿cuál habría sido la fama de alguien que se hubiese dedicado al preciso arte de encestar una pelota en los tiempos de las Cruzadas? Quizás Ginóbili, como mucho, habría practicado arquería con algún éxito.

Murciélagos en la noche
Pero en Ginóbili centellan otros atributos, que convierten su excepcionalidad en modelo de admiración internacional, sobre todo, claro, en su país de trabajo. Hace algunos años, cuando en medio de un partido de la súperprofesional NBA un murciélago se metió en la cancha en la que su equipo, San Antonio, disputaba un partido de campeonato, el escolta bahiense no tuvo ninguna vacilación en arrojarse sobre él con la misma decisión con la que se trepa a los aros rivales. Mientras el resto de sus compañeros y de las autoridades miraban aturdidos y dudaban, él ejecutó la acción con la convicción de un cruzado. Aquello despertó la admiración de todos. Otra vez el boy scout Ginóbili se sacrificaba para salvaguardar el bienestar general.
La de un cruzado, o la de un montañista, podrían ser figuras que se asemejan a lo que Ginóbili representa para el básquetbol argentino. Porque si bien otros jugadores ya habían marcado el camino hacia la cumbre (NBA), fue él el primero en hacer cima en el techo del mundo, en el Everest del deporte. Hasta su llegada, los sudamericanos –y a excepción de Drazen Petrovic o Vlade Divac unos años antes, también los europeos-, eran actores de reparto en esa fantástica liga dominada por la raza negra, en la cancha, y por la cultura anglosajona, en los despachos. Ginóbili colonizó el mercado norteamericano con sus virtudes de tercer mundo blanco. Viniendo de la periferia, para conquistar esas alturas se debe tener talento y determinación, pero sobre todo ser un aventurero. Ser un aventurero implica tener un alto grado de ambición junto con una conciencia muy clara de los peligros que acarrea ese ascenso hacia las estrellas, de la meticulosidad que se necesita y de la importancia de los compañeros. Aun siendo una leyenda, Ginóbili tiene muy claro que su victoria es una victoria coral: tanto en su discurso como en su gestualidad la gloria siempre es del equipo o de un compañero, a los que privilegia, sin interrupción, por encima suyo. Buen ganador pero mejor perdedor, también es habitual en él el reconocimiento sincero hacia el rival que lo supera. Y no es un reconocimiento banal, un reconocimiento de casete, sino un análisis, crítico y depurado, sobre las virtudes ajenas y los defectos propios. 
Cartesiano, ordenado, locuaz, hábil usuario de las redes sociales, el bahiense es alguien que marca un hito pero que sabe que ese hito no fue conseguido sólo con destreza y aptitud física sino con un plus que proviene de su arrolladora fuerza mental y de una audacia especial para asumir riesgos. Esa convicción -talento y látigo, diría Truman Capote-, esa comprensión de la complejidad del asunto -podríamos decir que “Manu” puede alejarse y ver “the big picture”- y esa complexión al trabajo lo hacen muy consciente de sus limitaciones –que las tiene, claro-, de que por más que haya llegado a los 9 mil metros, nunca se es parte del cielo y que, peor aún, si se pierde de vista la pisada se puede caer en el abismo.
“Me sentí vulnerable… Esa es la palabra”, declaró hace poco en La Nación. La temporada 2012/2013 mostró a un Ginóbili más vacilante, más irregular. La razón: una serie de lesiones –desgarros- que lo tuvieron a maltraer. Se sabe que las lesiones –y más las que se repiten y que son musculares- tienen mucho que ver con una situación de estrés o de duda que otra cosa. Nunca antes, como ocurrió en estos meses, habíamos visto a un Ginóbili tan voluble a la presión, pese a que, irónicamente, estuvo a escasos segundos de volver a ser campeón. Era un Ginóbili golpeado y fatigado, acompañado por un ligero malestar emocional que, paradójicamente, lo hizo más cercano, tal vez más querible. Esa batalla por conservar el fuego sagrado que lo convirtió en estrella, esa presencia acechante de la debilidad y el vacío, lo colocaron en un lugar conmovedor, más empático. Es una épica distinta, la del campeón que lucha por no declinar.

Hábil declarante
Cerebral como es, es difícil encontrar en “Manu” una declaración que esté cargada de chauvinismo, de arrogancia o incluso de una promesa que pueda hipotecarlo. Es por eso que año tras año, cualquiera haya sido su performance en la NBA, Ginóbili pone en estado de pregunta su continuidad en el seleccionado argentino, como anticipándose al reproche por una posible deserción en el equipo nacional. Aun justificada, quizás esa distancia y esa falta de demagogia son los motivos que no permiten que él, pese a ser admirado y querido, logre fascinar, despertar pasiones. La pasión, y más la que está vinculada a cuestiones que involucran los colores de una nación, es un sentimiento desbordante y acrítico que no distingue razones sino que está inundado por la emoción y la demanda. El público, se sabe, enaltece a los héroes que prometen dejar la piel y el corazón en pos de un presunto patrimonio nacional en juego, un impulso gritón que no es otra cosa que la necesidad de mitigar nuestras propias angustias terrenales.