Tema del Mes

FEBRERO 2014

Claudio Abbado, el director, el político.

21 / 02 / 2014 - Por Franco Bronzini

Franco Bronzini encuentra en la vida y la obra este gran director (y en el mundo de relaciones del que formó parte) una de las preguntas que inspiran a Informe Escaleno: si la verdadera política, lejos de la adhesión indistinta que persigue la publicidad estatal o partidaria, no radica en la composición de singularidades en torno de algo común.

Fratelli d´Italia, l´Italia s'è desta: así comienza el himno italiano. La civilización que –se dice- posee el cincuenta por ciento del patrimonio cultural mundial, que es sinónimo de la belleza porque si, de la sofisticación de lo simple, del Made in Italy como marca registrada, esa cultura se canta a sí misma en un himno transitorio (nunca se creó el definitivo), ostentoso y no representativo. El va pensiero de Verdi, utilizado cada vez que las ocasiones extremas del país lo requieren (y son muchas), significa la italianidad. Empecé por el principio del himno de Mamelli porque mi intención era escribir sobre quien yo considero el hombre más importante de la cultura occidental de los últimos cincuenta años, el director de orquesta recientemente fallecido Claudio Abbado. Hace varios días que intento sentarme a escribir sobre el hacedor -como lo definimos en el título del artículo de Pablo Gianera para Informe Escaleno- y cada vez me paralizo un poco más. Siento que cualquier cosa que escriba es poca e injusta en relación a su legado. Entonces, obligado por las circunstancias que han generado su fallecimiento y la existencia de Informe Escaleno, escribo. Empecé a pensar en Abbado, pero de inmediato su nombre se relacionaba con otros, de manera directa o por simbiosis, también italianos, que marcaron parte de lo mejor que el mundo europeo en decadencia o transición cultural ha generado en el último medio siglo. Massimo Cacciari (filósofo e intendente de Venecia muchos años), Luigi Nono (compositor), Maurizio Pollini (pianista), Luciano Berio (compositor) Antonio Negri, Paolo Virno, Franco Berardi, Giorgio Agamben, y Roberto Esposito (filósofos), el movimiento Autonomia, Paolo Grassi (creador y director del Piccolo Teatro di Milano), Giorgio Strehler (para muchos el más importante director de teatro y regisseur  de ópera que haya existido), Manfredo Tafuri (urbanista), Renzo Piano (arquitecto), el neorrealismo italiano (incluyo a todos los grandes cineastas de ese periodo que transcurrió entre finales de los cuarenta y los sesenta, siguiendo el razonamiento de Deleuze, como también a Nanni Moretti, muy lejano en el tiempo pero continuador de esa escuela), y termino pensando en el movimiento Cinque Stelle de Beppe Grillo, que produjo el primer cimbronazo político mundial a través de un partido que rompe con las estructuras de comunicación exhibicionista de la política profesional.

Fratelli d´Italia, l´Italia s'è desta: dos sintagmas que no me abandonan al pensar en Abbado y sus relaciones.

Si, al pensar en Abbado, las relaciones surgen a borbotones con naturalidad, implica que esa condición está implícita en la personalidad del maestro milanés. Abbado fue un acérrimo creyente y cultor de la construcción colectiva, de la necesidad del otro para la existencia de cada uno, para la creación. No le dio tregua a este concepto en su larga vida de hacedor. Construcción (o reestructuración) de orquestas: las orquestas de La Scala, London Symphony, Filarmónica de Berlín, Filarmónica de Viena, Orchestra Mozart (juvenil Bologna), Chamber Orchestra of Europe, Orchestra Mahler (juvenil Ferrara), Orquesta Simón Bolívar (Venezuela) y la Lucerne Festival Orchestra (Suiza). Además de la participación activa en festivales de música contemporánea, el trabajo con orquestas juveniles le insumía gran parte de su vida.  A sus músicos les inculcaba la necesidad de formar grupos de cámara que les sirvieran para aprender a oír al otro, a construir la cultura de trabajar en equipo y alejarse de la frustración y el resentimiento que acompañan las ambiciones solistas, sobre todo en las orquestas latinas donde la cultura del ego y el éxito resultan devastadoras.

Lo popular para Abbado implicaba el concepto de lo colectivo. La idea de solidaridad es reciprocidad entre pares, opuesta a la de beneficencia, que es unilateral y genera favores. Acto de pudor o exhibición en las sociedades capitalistas, instrumento de poder y cooptación en los regímenes estatales populistas. En ninguno de estos dos casos las necesidades concretas de los ciudadanos movilizan al poder a activarse. Una sociedad que hace beneficencia tiende a mantener el statu quo de la desigualdad. Profundiza una de las peores facetas de la globalización que es la figura del endeudado, como lo define Antonio Negri. La beneficencia genera una sociedad igualada hacia abajo con la excepción teológica del benefactor. La solidaridad, en cambio, eleva la base de la misma.

Abbado transformó las sociedades en las que vivió en un campo de acción para su práctica. Para él la música era un elemento que dignificaba a quienes entraban en contacto. La obra tenía en cada cultura una forma distinta, porque el trabajo no era el de imponer un sonido, o una manera de hacer sonar a una orquesta, sino un descubrimiento conjunto, con sus músicos y con la sociedad. De ahí que durante sus gestiones los jóvenes, los obreros, los jubilados, accediesen a espacios a los que jamás les había sido permitido ingresar. Para él era una necesidad. Siempre recuerda que su experiencia en las fábricas italianas de los sesentas, donde desarrollaba con Pollini y Nono ciclos de música contemporánea con debates, fue uno de los momentos más productivos de su carrera.

Un concepto semejante llevaron adelante Grassi y Streheler con el Piccolo Teatro di Milano, apenas terminada la guerra, en una ciudad irreconocible, marcada por la destrucción, la muerte, el hambre. Solo a través de la reconstrucción conjunta la sociedad podía dejar atrás las heridas del fascismo y la derrota moral y económica que la guerra había significado. El teatro en su máxima expresión y exigencia (sus grandes autores), en contacto con una sociedad que dedicaba gran parte de sus días a remover escombros y cadáveres, actuando no como bálsamo ni espectáculo para la distracción sino como fuente de producción y reflexión colectiva, ayudaría a fortalecer las singularidades que conformaban la ciudadanía, devolviendo no a todos sino a cada uno la capacidad de afecto (en el sentido que le da Spinoza) necesarios para construir un nuevo lenguaje, una nueva sociedad.

A la par del otro (el primer concepto), la ontología del sonido (el segundo concepto) formaron parte de sus convicciones. Abbado profundizó como pocos la relación con el tiempo. Con él, el sonido ocupa un espacio/tiempo que la cotidianidad ha destruido con su instantaneidad. Quienes vivían en el Renacimiento eran capaces de distinguir casi veinte variaciones de azul. Muchos colores distintos que hoy sintetizamos en el azul. El color, como el sonido, son frecuencias de onda que se emiten y que decodificamos. Este proceso exige de un espacio-tiempo que no puede ser reducido. El mundo de la síntesis es el mundo de los prejuicios, los pre conceptos y la fungibilidad. La biopolítica, los totalitarismos, la voracidad del mercado, los campos de concentración, son síntomas de este lenguaje sintético, hobbessiano (es importante recordar a Hobbes cada vez que se piensa en el desprecio o el terror por la singularidades). Abbado, a través del culto del sonido, diversificando el instante, prolongando su experiencia, evidenciando los matices, afirmaba la existencia del otro, de la construcción común a partir de una experiencia común.  Es un concepto antitético a nuestra sintaxis del éxito.

Lo que ha caracterizado al pensamiento y la vida de los italianos a lo largo de su historia es su relación con la cotidianidad, lo que Foucault llamaría ontología de la actualidad, es decir la interpretación del presente realizada en clave política, según nos dice Roberto Esposito, quien agrega “la historia y la política fueron el lugar de paso obligatorio a partir del cual y a través del cual se constituyó en Italia la dimensión del pensamiento”. Abbado es un claro ejemplo de ello.

Es interesante analizar esta forma de pensar, de vivir la actualidad para  comprender que, para Abbado y muchos de su generación, sus profesiones estaban relacionadas con hacer política, no propaganda. Hacer política desde la cultura significa corresponder a la una con la otra, no desde la ideología panfletaria o el adoctrinamiento, sino desde el estímulo hacia la búsqueda de una construcción común. Actitud afirmativa, como la que según Deleuze define a la filosofía. Los conciertos de música contemporánea en las fábricas, precedidos de una introducción y concluidos con un debate, daban lugar a las preguntas “ignorantes” (al modo de “el maestro ignorante” de Ranciere) que evidenciaban la fragilidad de los conceptos académicos, y de esa comunión surgían estímulos y convicciones que promovían la construcción de un conocimiento común y no la transmisión de un saber.

Abbado, Pollini, Nono, Negri, Virno, Berardi, Tafuri, etc.: personajes incómodos para la política profesional que exige síntesis, inmediatez y previsibilidad. Marxistas en su formación, rechazaron con idéntico énfasis y convicción las políticas capitalistas y estatistas (comunismo y socialismo) que intentan, mediante la ignorancia del consumo o la ideología, reducir las singularidades en la sumisión unificada de un pueblo. Constituyendo a la política profesional en Katekon (lo que retiene, lo que mantiene, lo que perpetúa el poder bajo la excusa de impedir la llegada del Mal, dando seguridad y extendiendo el mensaje de su teología política).

A lo largo de los años cincuenta, sesenta y setenta, hasta la brutal aparición de las brigadas rojas, el marxismo italiano se había enfrentado con coraje al comunismo soviético y sus guerras criminales, al igual que lo había hecho con los norteamericanos en Vietnam.

Claudio Abbado desacralizó el poder en la acepción que Giorgio Agamben le da tanto en Profanaciones como en Extrema Pobreza: “profanar significa restituir al uso común lo que se encontraba separado en la esfera de lo sagrado”. Nada más fosilizado que la política profesional y la cultura entendida como espacio sacro. Claudio Abbado transformó la sociedad a través de la música y a través de la cultura profanó el poder y, por momentos, logró vencerlo. Ese cambio de lenguaje, que a su vez fue un modo de acción, lo convierte en el más grande hacedor cultural de los últimos cincuenta años. Con él la cultura se hizo política, en el sentido más puro del término, un sentido muy lejano a la lógica publicitaria de la política partidaria y profesional.







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