Tema del Mes

FEBRERO 2014

El rugby tucumano: la Naranja Mecánica en versión músculo

21 / 02 / 2014 - Por Leo Noli

Aquella tarde lluviosa de 1985 nunca se fue. Siempre es hoy. Ahora parece extraño pero hubo un tiempo en que Tucumán no era una plaza pesada en el mapa del rugby nacional. Lo que sucedió fue un milagro, sí, pero sustentado en un proceso de trabajo que le permitió a La Naranja convertirse en una referencia argentina y en una constante fuente de alimentación.

La escena sucede en el mediodía de 1993: se va el otoño cuando dos planteles coinciden a 10 mil metros de altura en un vuelo San Miguel de Tucumán-Aeroparque de Buenos Aires. Un equipo es de fútbol: Boca. El otro, de rugby: la selección tucumana. Los rugbiers conocen a los futbolistas. En algunos casos, incluso, los idolatran. Los futbolistas de Boca, en cambio, ignoran a los rugbiers: los dueños de la redonda no saben nada de la ovalada. Y menos, de un equipo provincial del norte. Y muchos menos, de deportistas amateurs. Pero muy pronto, a la salida de ese mismo vuelo, aprenderán por qué aquel equipo de rugby del que desconocen todo se merece mucho respeto. Demasiado respeto: la selección de Tucumán, que viaja a Buenos Aires, es un grupo que intimida las 24 horas. Cuando juega y cuando no. Por algo, y por más que el futbolero argentino promedio no lo sepa, está marcando un quiebre en la historia argentina de su deporte. Tucumán es un antes y después.
Aquella anécdota define su intensidad, incluso un grado por encima de lo convencional. En épocas de halcones y palomas en la intimidad de Boca, el desafío de los rugbiers, algo divertido, algo pendenciero, comienza a bordo. Uno de los cómicos de la Naranja Tucumana -conocida así por su camiseta- toma el altavoz y busca una complicidad con una parte del plantel de Boca. Se trata de Julio Coria, un don nadie para los futbolistas, un bárbaro capaz de cortar cabezas sin despeinarse para sus rivales rugbiers, y súbitamente convertido en el portavoz de una frase que pronto terminará en escándalo. “Hemos recibido un saludo de Alejandro Giuntini para el Maestro Tabárez... queremos limar asperezas”. No eran, claro, días de buena convivencia interna en el plantel de Boca.
La provocación podría haber quedado ahí, pero ya en tierra firme, Martín Terán, que a su presente como wing de rugby lo esperaba un futuro como futbolista de la Primera de Atlético Tucumán, volvió a encender la mecha. Boca pidió un ómnibus exclusivo para salir de Aeroparque y Terán, un poco en broma, un poco en serio, se subió a la tarima de acceso del colectivo. En verdad era fanático de Boca y, mientras algunos de sus compañeros acababan de burlarse de los futbolistas, él disfrutaba de la inesperada cercanía con sus ídolos. “Bajate, forro de mierda. Nos gastaron todo el viaje y ahora te hacés el bueno”, se descargó el utilero de Boca contra Terán, y fue el prólogo del escándalo: el wing no sólo no se bajó de la tarima, sino que de inmediato comenzó un tumulto del que otra vez fue protagonista Coria, aunque ahora en su versión más enojada.
Era la diferencia entre aquel Boca y el seleccionado tucumano. Unión contra desunión. Conventillo contra familia. Carlos Fernando Navarro Montoya encaró a Terán y Coria le saltó a la yugular. Lo tomó del cuello y ultimó al arquero con un grito patoteril: “Si alguien va a hacer cagar a alguien hoy, soy yo a vos”, mientras Navarro Montoya, dando un paso atrás, amenazaba con enviarle a barra brava de Boca, la Número 12. Con los tucumanos no se embromaba. O sólo se embromaba cuando ellos querían. Las trompadas también eran su plan de guerra fuera de la cancha. “Es primitivo pero en aquellos años donde todos querían probarse con nosotros, una pelea terminaba siendo un examen”, teoriza Coria sobre aquel equipo que daba miedo. Y que peleaba hasta en el cielo.
……
Ahora parece extraño pero hubo un tiempo en que Tucumán no era una plaza pesada en el mapa del rugby nacional. Ni el equipo capaz de enamorar a la prensa francesa. Ni la selección provincial que, todavía hoy, genera un cosquilleo cuando se lo invoca en el exterior. Ni el que le hizo sentir miedo al plantel de Boca. Lo que sucedió fue un milagro, sí, pero sustentado en un proceso de trabajo que le permitió a La Naranja convertirse en una referencia argentina y en una constante fuente de alimentación Puma, Pumita, Jaguar y Pampa.
Todo se resume a la década del 80 y comienzos del 90, a los años de esplendor del ombligo de Sudamérica, como lo bautizó un periodista del emblemático diario deportivo francés Midi Olympique (publicación exclusiva de rugby) después de ver cómo 15 rugbiers amateurs quebraban moralmente al subcampeón del mundo del 87.
Que 25.000 fanáticos cantaran sin parar y que la bruma de la cocción del choripán tapara el estadio Monumental de Atlético no era un espectáculo habitual para los franceses. “Era el Maracaná pero con 180.000 personas menos adentro”, dijo Jacques Fourox, el entrenador de una Francia golpeada en 1992 tras perder 25-23.
Ese triunfo supuso la consagración internacional, pero Tucumán venía construyendo su propio mito a partir de viejas enseñanzas del pasado: una serie de dolorosas derrotas en los campeonatos Argentinos de 1966, 1975, 1981 y 1982, todas contra la URBA, la unión que era, y sigue siendo, la más fuerte del país. En el mapa regional, y también en el rugby, Dios hace base en Buenos Aires: Los Pumas de aquellos tiempos prácticamente se nutrían de unas Águilas bonaerenses invencibles en los torneos de cabotaje. Para cualquier equipo del resto del país que quisiera romper el dominio ancestral porteño hacía falta algo más que esfuerzo: también se requería de una estrategia sin manchas que hiciera valer las creencias de que un equipo chico con DNI de Cenicienta.
El momento menos pensado para la Águilas porteñas llegó el 6 de octubre de 1985. La cancha del club San Martín, en Saenz Peña, fue testigo de una nueva cacería, pero esta vez triunfal, de 25 gauchos del Norte con alma de conquistadores. En un vestuario de tres metros por tres metros, Alejandro Petra, uno de los tres líderes tácticos de la pizarra tucumana, entregaba su arenga. Ricardo Le Fort, el hooker prodigio de la época, resume el discurso del Loco como “maravilloso”. “Era nuestro día”, recuerda el Gordo Le Fort, vestido ahora, 28 años después, con el traje de jefe del Pladar NOA (centro de alto rendimiento para las futuras generaciones de Pumas).
Quien desde lidera la UAR desde 2009, Luis Cacho Castillo, y Manolo Galindo (también actual empleado de la Unión Argentina de Rugby) completaron junto a Petra un trío de entrenadores exquisito que, según Le Fort, rescataron la herencia de generaciones anteriores.
El acierto del triunvirato fue unir piezas que ya estaban en el ADN tucumano y aggionarlas con sistemas de juego que, por ese tiempo, eran tierra virgen. Para el tridente técnico, los forwards eran la piedra basal del campeón que se presagiaba: aceitaron el scrum hasta la excelencia y pulieron el maul al punto de convertirlo en un tren sin frenos.
Aquella tarde de 1985 nunca se fue. Siempre es hoy. Llueve en San Martín y el clima favorece la estrategia visitante. La guinda es un jabón. Tucumán gana un scrum, Pablo Garretón se desprende de la formación, le da la espalda a la hache rival y espera a sus siete amigos para que se transformen en uno solo. Juntos avanzan como una manada. También repiten la acción en penales y lines out. Incluso Coria, el pilar izquierdo de la época dorada, el mismo que arrinconó a Navarro Montoya, se jacta de que Sudáfrica aprendió del maul Naranja en su paso por el Jardín de la República. Su frase puede sonar altanera, aunque periodistas de la época confirman que, en cierta medida, los Bocks tomaron retazos de los movimientos tucumanos para mejorar su exquisito juego.
Pero Buenos Aires no. Buenos Aires piensa que Tucumán es el anti rugby. Que ensucia y fortalece la acción por el lado de sus delanteros y no por soltarlo a los backs. Los bárbaros del norte rompen las cadenas y multiplican su fuerza. También tienen material entre los tres cuartos, pero se sienten más cómodos destruyendo con los gordos. Y el asunto es efectivo porque en un momento límite, en el momento elegido, la guinda va hacia el otro lateral y Martín Terán, un velocista natural, un Usain Bolt, se transforma en una ráfaga que marca try. Try y a empezar de cero. A empujar con los forwards.
Buenos Aires es ahora la imagen difusa del espejo de Tucumán. Con Hugo Porta como abanderado, la lógica era dejar al maestro que hiciera magia. Que abriera la pelota, que buscara los palos o que nutriera de juego a sus forwards, pero tampoco así hubo caso y ese domingo lluvioso de octubre de 1985 terminó con un 13-9 bien norteño. Tucumán consiguió ese día, un día que todavía no terminó, lo que ningún otro equipo había podido en 19 años de monarquía de las Águilas, que desde 1962 hasta esa tarde en San Martín apenas habían perdido una final (contra Rosario, en el 65).
Fue la victoria más sabrosa de una Naranja que fue recibida por una multitud en el aeropuerto Teniente Benjamín Matienzo. La selección se paseó en autobomba por las calles de una provincia futbolera y eternamente dividida en San Martín y Atlético. “Estuvimos de festejos una semana. Fuimos de un lado a otro, a la Casa de Gobierno, a la Municipalidad y a los clubes”, recuerda Le Fort.
Al año siguiente, 1986, llegó la venganza de Buenos Aires. O la de Los Pumas, como les gusta recordar a los tucumanos, porque Porta era la punta de un iceberg de enormes rugbiers que vestían la camiseta nacional y la de la URBA. “Hubo paridad, aunque ellos fueron un equipo mejor”, reconoce Le Fort. Pero a pesar de la derrota, el regreso a otra final le sirvió a Tucumán para seguir acomodándose en el plano nacional: ya era definitivamente una potencia regional y en 1987 terminó de marcar un camino en todo el país.
La goleada 32-3 a Córdoba en la final fue el pase a otra categoría: la que diferencia a los grandes equipos de los equipos campeones. En el partido decisivo de 1988, Buenos Aires sucumbió 25-10. En 1989, Rosario cayó 12-3. En 1990, Mendoza probó la medicina Naranja, 27-13, y Tucumán ganó el quinto título de los últimos seis años, el cuarto seguido. En 1991, es cierto, el tetracampeón consecutivo se fue antes de tiempo, pero el dolor sanó con otro bicampeonato, en 1992 y 1993, cuando dejó de rodillas a Córdoba (16-11) y a Mendoza (24-12). Siete títulos en nueve años. El mapa había cambiado de lugar. Y de color. Era Naranja.
Los libros hablan de un plantel exquisito, de un cuerpo técnico testarudo de sus creencias y de un grupo de 30 rugbiers que coincidió en el lugar y en el momento exacto. Eran hombres de corazón en llamas y de puños con dinamita. Si el baile pedía TNT, ellos lo detonaban.
Tucumán había renacido mirando en su casa y en la del vecino. Era una fuente de aprendizaje constante, de precisión. Y de nombres míticos. La derecha de Santiago Mesón hacía estragos ante las haches enemigas, la velocidad de Terán quemaba el césped de cualquier cancha. La energía de Pablo Garretón, José Santamarina, Pablo Buabse, el “Colarado Ricci”, Coria, Le Fort y Luis Molina eran plutonio enriquecido. A cada paso, La Naranja regalaba una enseñanza. Y cada partido contra Buenos Aires era una pulseada contra el orden establecido. Había que saltar etapas, nadar contra las adversidades. Las 51 coronas en el historial que hasta hoy suman las Águilas, divididas hasta 1960 en Provincia y Capital, ratifican que son la potencia.
Pero cuando Tucumán metió su hocico en el rugby federal, sus hombres saltaron a Los Pumas y al plano internacional. Ya no eran los mejores de una provincia: eran los mejores de un país. Y entonces viajaron al Mundial 1991 con Molina, Le Fort, Santamarina, Martín Terán, Pablo Buabse y Garretón. Y lo siguieron haciendo, en menor o mayor medida en 1995 (Le Fort, Santamarina, Terán y Buabse), y así sucesivamente. “Después del título del 85, nosotros estábamos enloquecidos, pero a su vez veía la felicidad de los más grandes, que habían sufrido mucho antes. Por eso digo que a nosotros nos tocó cosechar del pasado. Muchas veces se había estado cerca, pero no tanto como para consagrarnos”, es el tributo de Le Fort.
Y cuando Buenos Aires dejó de ser la vedete con la que los tucumanos soñaban bailar, apareció el premio extra de los campeonatos argentinos. Quien ganase el título, jugaría un test match con el seleccionado que visitara a Los Pumas. “Esa era nuestra motivación para seguir arriba”, recuerda Coria, un verdugo al que mejor no enfrentarse.
Por la cancha de Atlético pasaron los Maoríes, Francia, Sudáfrica, Inglaterra, Australia y los All Blacks, potencias que a la fuerza entendieron que, después de jugar contra Los Pumas, enfrentar a Tucumán también era difícil. Por supuesto había diferencia de técnica y de estado físico, pero no de furia. Eran los mejores del mundo contra amateurs que salían de sus casas, se reunían en un hotel, desayunaban café con leche y se preparaban mentalmente durante la tarde previa. Así le ganaron a Francia.
Y así entraron a la historia.