Tema del Mes

MARZO 2014

Memorias de la lengua

15 / 03 / 2014 - Por Damián Tabarovsky

En este dossier, D. Tabarovsky propone que hay acontecimientos que generan cambios en la lengua y otros que no. El menemismo logró apoyo porque permitió a las clases medias gozar de la política económica de la dictadura en un contexto democrático. Pero también logró que los fraseos siniestros de su programa penetraran en los diversos ámbitos del habla cotidiana. Uno de los aspectos perdidos por el kirchnerismo, en cambio, fue su incapacidad para generar un acontecimiento en la lengua.

Recuerdos personales: viví en otro país entre 1989 y 1994. Volví una vez en diciembre de 1990, y nunca más hasta el retorno definitivo. En esa época no existía Internet, pero mis amigos me mandaban cartas con recortes de diarios, me contaban lo que estaba pasando; creo que tenía una idea bastante clara, estaba bien informado sobre eso que se llamó menemismo. En esos años – 1 a 1 mediante- muchos argentinos viajaban al extranjero, algunos paraban unos días en mi casa, obteniendo yo buenas descripciones de los violentos cambios económicos y sociales que se abatieron en Argentina en esa época. Me acuerdo de N.P. diciéndome: “El menemismo es la continuación de la dictadura por medios democráticos”. Esa frase no es solo una idea ingeniosa, un eslogan de sobremesa. No, no es eso. Encierra un poderoso enigma sobre las líneas de continuidad en la historia argentina, sobre la posibilidad de sobrevida de aquello que suponemos terminado, acabado. Una sola vez escribí sobre el tema, y esa vez, también por única vez, incluí una cierta perspectiva psicoanalítica para comprender lo ocurrido. Por supuesto, lo hice en un uso libre de esa tradición (la noción misma de “uso libre” ameritaría ser puesta en suspenso, en escucha analítica, sospechar de la misma idea de libertad).
La hipótesis era más o menos esta: con Martínez de Hoz, la clase media experimentó un goce, el de consumo gracias a un dólar barato. El “déme dos”. El viaje a Brasil o a Miami. La sensación de que vía el consumo de artículos importados y el turismo, se estaba integrado al mundo. La abolición de cualquier vínculo entre las personas que no pasara por el consumo. Pero la crisis económica, y más tarde la crisis política –producto de la derrota de Malvinas- hizo entrar en crisis a la dictadura, y a partir de diciembre de 1983, irrumpe una pedagogía estatal –la de la democracia recién instituida- que se basa en la condena a la dictadura, en una oposición moral al régimen militar. La democracia alfonsinista nace bajo el mito de la inversión de valores: la opción era autoritarismo o democracia, pasado o futuro, ética de la solidaridad o egoísmo. De repente las clases medias se enteran de la gravedad y lo ominoso de lo ocurrido en la dictadura. Los Juicios a las Juntas tienen un efecto didáctico. El cine y la televisión oficialista también van en esa dirección. Se denuncia el horror acontecido. Las clases medias aprenden un rezo laico en nombre del Nunca Más. Y aprenden también que Martínez de Hoz quebró a la industria, envió a la desocupación y a la marginalidad de centenas de miles de personas. Pero, ¿y ese goce del viaje a Miami, del consumo de importados? ¿Y ese goce del dólar barato? ¿Y ese goce de sentirse un consumidor igual que los de Estados Unidos o Europa? Pensar por un minuto en eso, reconocerlo, implicaba, bajo el mandando castrador de la democracia naciente, reconocerse como cómplice. ¿Cómo podría la clase media reconocerse como cómplice de la dictadura? No podía. Nadie podría. Así, operó sobre la clase media un mecanismo de forclusión. Ese goce no tuvo lugar. No estuvo.
Y luego, en 1991 llegó la Convertibilidad. Y nuevamente el dólar barato, el consumo como lazo social, el turismo a Miami, las clases medias gozando. De repente la forclusión se había acabado: ahora se podía gozar sin culpa. Se podía gozar de la política económica de la dictadura en un contexto democrático. Se podría gozar sin ser cómplice de la represión, con libertad de opinión, con las instituciones funcionando. Y ese goce, la memoria del goce con Martínez de Hoz, reapareció con una fuerza que duró más allá de Menem. Fueron las clases medias las que instaron a Chacho Álvarez a mantener el 1 a 1, aún a sabiendas de que se iba hacia el desastre. El Frepaso fue un progresismo de encuestas y las encuestas marcaban que la clase media no quería que se cambiara la convertibilidad. Se podían cambiar las leyes laborales, se podían votar toda clase de flexibilizaciones, las leyes más anti-obreras en medio siglo, se podía llevar adelante políticas laborales que ni la propia dictadura llegó a implementar, pero no se podía tocar el uno a uno. Con el goce no se juega. Ese fue el triunfo original del menemismo: reponer ese goce, reivindicarlo, blanquearlo. A eso N.P llamaba “la continuidad de la política económica de la dictadura por medios democráticos”. Y esa continuidad era la forma en la que el menemismo obtenía legitimidad. Las clases medias, la sociedad en general, apoyó activamente esa continuidad.
Es hora de volver sobre mí, y sobre lo que encontré al volver al país en 1994, luego de cinco años de ausencia. Como decía, volví informado de lo que pasaba, sabía qué era el menemismo. Pero me faltaba algo. No información, sino experiencia. Eso que no se podía experimentar estando afuera. O mejor dicho, me faltaba un tipo específico de experiencia: la experiencia de vivir bajo el habla menemista. Me faltaba la experiencia de la lengua.
De inmediato, casi podría decir que en el taxi que me traía del aeropuerto, me encontré inmerso en una serie de palabras nuevas para mí. O mejor dicho, algunas las había leído, sabía que circulaban en Argentina, pero muchas veces –quizás porque mis amigos las escribían en bastardillas en las cartas que me enviaban- supuse que tenían un tono irónico, un uso en segundo grado. Pero no. Me encontré rodeado con una serie de términos que se decían “en serio”, sin pudor, sin segundo grado. Se usaban en los programas de entretenimiento de la televisión y en los programas políticos de la televisión; los decía el Presidente de la Nación, sus ministros, y los políticos de la oposición; los usaban los futbolistas, los relatores de fútbol y los taxistas; los escuché en la florería callejera de Plaza Italia y la única vez que fui a comer a Tomo I. Neustadt y Grondona hablaban en esos términos. Van de Kooy también. Maradona también. De repente, por todos lados, empecé a escuchar un conjunto de palabras y frases que me eran ajenas, que no estaban presentes en el habla cotidiana en 1989, cuando me fui. Escuchaba palabras y frases como esta: “Primer mundo”. Pero en el “Primer Mundo”, donde yo había vivido hasta hacía unos meses, nadie decía “Primer Mundo”. Los diarios franceses hablaban de “Países desarrollados” o, muy de vez en cuando, de “Países occidentales” u “Occidente”, expresiones heredadas de la guerra fría, y que dejaron de usarse poco a poco después de 1989, con la caída del Muro de Berlín. “Primer mundo” solo se decía en Argentina. Lo decía Menem y lo repetían todos. También se escuchaban y se repetían otras expresiones, palabras y siglas nuevas: “Multimedios”, “AFJP”, “convertibilidad”, “privatizaciones”, “relaciones carnales”, “capitalismo popular de mercado”, “consultoras”.
En unos meses, o tal vez mucho antes, en unos días, yo también comencé a usarlas.
Si el menemismo fue tan exitoso, si caló tan hondo en las clases medias (y en las altas y en las bajas: fue el último movimiento político que alió todas las clases sociales) no fue solo porque permitió volver a extraer un goce del dólar barato sin que se sienta culpa. No fue solo por volver a poner al consumo como destino último del lazo social. No fue solo por continuar con la política económica de la dictadura que las clases media habían amado. O mejor dicho: fue por eso. Pero también por algo más: por convertirse en un acontecimiento lingüístico. Por encontrar la lengua para narrar ese acontecimiento. Por encontrar una conexión íntima entre lengua y acontecimiento.
Escribo este artículo a mediados de febrero de 2014. Mal o bien –digamos, mal- se debate sobre si la década kirchnerista fue ganada o perdida. Pronto llegarán los balances de estos diez años, las prospectivas para los casi dos que quedan hasta diciembre de 2015, la discusión sobre las razones por las que se llegó a esta situación crítica en la economía y en la protesta social (saqueos, auto-acuertelamiento, muertos, etc.). No son esos debates el objeto de este texto. Pero quisiera, sí, remarcar un aspecto: la lengua del kirchnerismo no se expandió en la sociedad. No hay aquí juicio de valor, o mejor dicho, no hay aquí juicio de valor negativo: el habla menemista sí circuló en la sociedad, sí caló en la conversación cotidiana, situación que tiñe esos años de un tono siniestro. El momento en que el habla cotidiana es hablada por el habla del poder. Por un poder siniestro y destructor. El habla de la autodestrucción social. Nada de eso ocurrió en el kirchnerismo. Aún ganando las elecciones de 2011 con un porcentaje altísimo y con una diferencia también inmensa con el segundo, la lengua del gobierno no cuajó en la conversación diaria. Aparece a modo de discurso –de relato, para usar la palabra de moda- en la alocución de la Presidenta, en el aparato de medios oficialistas neotestaferrarios y para- estatales, en los cuadros intermedios que repiten lo que deben repetir, en algunos intelectuales –no todos, no todos los de Carta Abierta, solo alguno muy visible- que trabaja de recorrer despachos para luego ponerle adjetivos al discurso oficial hecho de sustantivos. Y también, en los militantes. Porque militancia sí hubo estos años. Pero en la sociedad, en el resto de la sociedad, no cuajó. No se escuchan frases como “ampliación de derechos”, “una sociedad más equitativa”, “monopolio”, “hegemonía”. Se instalaron discusiones, bienvenidas y necesarias: los que no lo sabían, los que lo sabían y lo disimulaban, ya no tienen forma de no saber (o de disimular) el poder político destructivo de los grandes multimedios y de los medios de comunicación concentrados. Pero instalar discusiones no implica instalar un habla. Una lengua.
Durante el menemismo, época y habla fueron una. Eso lo volvió todo irrespirable. El que no hablaba la lengua del menemismo estaba solo. Estaba loco. No tenía escucha. El kirchnerismo, en cambio, fue mucho menos interesante que la época que él mismo propició. Que ayudó a gestar. Abrió discusiones impensadas en un país como el nuestro, pero para las que no estaba a la altura. Esas discusiones le quedaron demasiado grandes. Es curioso, pero si escuchamos su discurso, su habla nunca cayó en el populismo. Quizás, vaya paradoja, por eso fracasó. Porque su lengua estuvo hecho de retazos de la jerga tecnocrática de las ciencias políticas, del discurso de la carrera de comunicación, de los publicistas de la ética social empresarial, de los golpes de efecto de la televisión mainstream. ¿Por qué el kircherismo habla de “distribución del ingreso” y no de justicia social? No es esta una pregunta retórica, sino una interrogación misma sobre el drama del habla pública. ¿Por qué el kirchnerismo habla de “ampliación de derechos”, como si los derechos fueran una autopista a la que se le suma un nuevo carril? A la lengua del kirchnerismo le faltó tragedia y le faltó también ser más de izquierda. Seguramente, si hubiera tenido esos componentes tampoco hubiera cuajado en la conversación cotidiana (es más: me atrevo a predecir que hubiera cuajado aún menos: la argentina es una sociedad decididamente reaccionaria) pero la pelea por la lengua hubiera sido más intensa, más seductora, y por eso, más crucial y definitiva.  Que el habla neo-analfabeta y populista de un Lanata, haya triunfado con tanta facilidad, informa sobremanera sobre el déficit del habla del kirncherismo. Informa sobre su pobreza intelectual. Populista, claro, la lengua de Lanata -como desde siempre fue también populista el habla de Clarín- hecha de golpes de efectos en el corto plazo (heredero directo del “Doña Rosa” de Neustadt), de frases que se articulan por eslóganes antes que por argumentos, populista por suponer de manera evidente que el receptor es menos inteligente que el emisor, por degradar temas complejos y convertirlo todo en show, por su anti-intelectualismo militante. Debemos pensar a los años 90 –y quizás desde antes- como los de la aparición de un populismo mediático de mercado, que continúa hasta el presente. Que ese habla, entonces, el de los Lanata, se haya impuesto casi sin sobresaltos, dice mucho de la debilidad intrínseca de la lengua del kirchnerismo.
En muchos aspectos, esta década fue un acontecimiento. En la lengua, no. La trivialidad del habla oficial no deja de ser un dato menor en los debates a venir.