Tema del Mes

ABRIL 2014

José Celestino Campusano: el narrador

03 / 04 / 2014 - Por Patricio Fontana

Patricio Fontana escribe sobre "Fantasmas de la ruta", el último film de José Celestino Capusano: un relato cercano al western que se define por el característico universo moral del realizador

Hay dos habilidades que conjuga el cine de José Celestino Campusano para hacerlo especialmente generoso con el espectador. Una, cuyo origen es de índole biográfica (aunque no solo), es su cercanía con un mundo –cierta zona del conurbano bonaerense: Ezeiza, Luis Guillón, Monte Grande, Esteban Echeverría– que por experiencia propia conoce bien y al que sabe acercarse con innegable sensibilidad. Al menos hasta ahora, el cine de Campusano surge de un universo delimitado que sabe registrar con su cámara, y al que ésta no incomoda ni perturba. Su cine podría haberse detenido ahí: en el registro observacional de una comunidad, tal como lo hizo en su documental Legión, de 2006. Ya con eso –con esos paisajes, con esos cuerpos, con esos rostros con los que sus filmes nos han venido familiarizando– podría haberse conformado.
Pero más importante aún en el cine de Campusano es su otra habilidad: su destreza como narrador, como contador de historias, como artífice. Su cine, su particularísimo cine, surge de la fusión de ese idiosincrásico mundo registrado y de una pulsión narrativa que hace de ese mundo –con ese mundo: con esa materia bruta– otra cosa: un depurado artificio. Las actuaciones no naturalistas (lo que no significa que sean poco creíbles; por el contrario, pocas películas argentinas presentan una homogeneidad interpretativa como las que ostentan estos filmes), la opción por ciertas convenciones genéricas (especialmente del western, en Vikingo (2009), o del melodrama, en Vil Romance (2008) y en Fango (2012)) y los diálogos literarios son, entre otros, algunos de los elementos que apuntan a esa artificialidad. Porque sería un error, o al menos una imprecisión, hablar del cine de Campusano como un cine realista y, menos aún, neorrealista (especialmente en el sentido que Cesare Zavattini le daba a ese concepto). Entre la absoluta artificialidad y el registro documental –vale decir: en el hábil anudamiento de esas dos destrezas de cineasta–, Campusano logró en pocos años construir un universo propio, fácilmente identificable. Por eso, podría pensarse Fango, en la que el objetivo del protagonista es armar un grupo que fusione de manera homogénea rock y tango, como una reflexión del director sobre los materiales heteróclitos que constituyen su cine y sobre las dificultades que esa búsqueda estética acarrea.
Las películas de Campusano están, por tanto, muy lejos del adelgazamiento narrativo y de la desconfianza hacia los géneros que caracterizaron al cine moderno, y que perduran en quienes en la actualidad aún insisten, mal o bien, en esa tradición. Me refiero a ese cine que tan bien caracterizó Pascal Bonitzer a comienzos de la década de 1980 como uno que busca programáticamente frustrar en el espectador el deseo de historias y de emociones. El visionado de los largometrajes de ficción de Campusano nos acerca, por el contrario, a un narrador prolífico y a un cine pletórico de historias, de emociones y de afecciones. Por ello, si con algún cineasta podría compararse a Campusano es, no especialmente con Caetano o con Trapero (aunque tiene innegables puntos de contacto con ellos), sino con el cine de la proliferación narrativa de Mariano Llinás.
En razón de lo anterior era casi lógico –habría que decir: inevitable– que Campusano se interesara en la realización de una serie. Fantasmas de la ruta, cuya duración total es de 210 minutos, fue en principio una miniserie de cinco horas y trece episodios que Campusano transformó en este extenso filme a pedido de los organizadores del Festival de Mar del Plata.
Las más de tres horas de Fantasmas de la ruta presentan un relato que tiene como nudo argumental el secuestro de Antonella, la muy reciente novia de Mauro, uno de los amigos de Rubén (alias Vikingo), y el consiguiente intento de rescatarla de la red de trata que la mantiene cautiva. Mauro, además, forma parte de lo que en el filme se denomina “gremio de las motos”, del que Rubén es algo así como el patriarca, la autoridad indiscutida, y que ya había sido tema de Vikingo (de hecho, en la casa de Rubén hay un póster de esa película: el mundo de Campusano es autorreferencial, como el del Quijote). Así, podríamos pensar a esta película como una suerte de remake vernácula de The Searchers, de John Ford, y su evidente inscripción en ciertas convenciones del western habilita esa comparación. Sin embargo, quien podría constituirse aquí en el equivalente del Ethan Edwards de The Searchers –Rubén– es, antes bien, la piedra de toque en relación con la cual se evalúa moralmente la enrevesada trayectoria del dubitativo Mauro en su intento por recuperar a Antonella. Porque como Vikingo y Fango, Fantasmas de la ruta se organiza en torno a problemas básicos de índole moral; el mundo se dispone entre aquellos que, de acuerdo a determinados códigos orales, se comportan bien, siguen la buena senda; aquellos que, por diversas razones (falta de voluntad o presión del medio), “se pierden” (para decirlo en los términos que usan los mismos personajes); y quienes, como Mauro, no deciden su inscripción clara en algunas de esas dos zonas.
 Es posible que, desde cierta perspectiva, el filme se resienta por cierta “veta concientizadora, moralista y políticamente correcta”, como escribió Diego Batlle en su página Otros Cines. Sin embargo, el universo moral del cine de Campusano se define por valores básicos, sencillos, casi anacrónicos. En Fantasmas de la ruta, por ejemplo, Antonella desea terminar el secundario y estudiar medicina; Mauro quiere emplazar su hogar en el terreno baldío que hay en el fondo de la casa materna; Rubén pretende recuperar su colectivo para poder seguir con el reparto de verduras y abandonar la menos lucrativa bicicleta de afilador. Fantasmas de la ruta, entonces, naturaliza y hace suyos discursos concientizadores o políticamente correctos que, en otras películas, chirriarían o molestarían. El cine de Campusano habilita la explotación de esa “veta”; esa veta no es algo que se le agrega, que se le adosa; es constitutiva de él, le es inherente. 


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Fantasmas de la ruta se proyecta hoy, jueves, a las 20:40 en el ARTEMULTIPLEX 3 (Belgrano) y vuelve a proyectarse el 12 de abril, a las 22:40, en la sala 7 del VILLAGE RECOLETA.

* Patricio Fontana (Buenos Aires, 1975), docente e investigador

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