Tema del Mes

ABRIL 2014

Ser otro: "El Congreso" de Ari Folman

03 / 04 / 2014 - Por Gonzalo Aguilar

¿Se puede ser libre en la sociedad del espectáculo? Gonzalo Aguilar profundiza sobre "The Congress", la película de Ari Folman

“The world of fantasy is my method of relaxation”
   Ari Folman

En un ensayo de 1933 que permaneció inédito durante muchos años, Jorge Luis Borges se detuvo en el deseo de querer ser otro: “Quisiera ser Joan Crawford, dice en cualquier platea o cualquier palco, cualquier voz de mujer”. Ese deseo –que comienza a expresarse desde los orígenes del cine– se continúa hasta nuestros días y tal vez nunca ha sido tan intenso, como lo muestra The Bling Ring de Sofía Coppola: los famosos son los seres más especiales de la tierra y todos quieren ser uno de ellos (o al menos, participar de su mundo). El deseo de ser otro, aliado con las redes sociales –y esa es la tesis de The Bling Ring–, provoca trastornos en los modos en los que entendemos la intimidad, la propiedad privada, las amistades, la relación con la justicia y con el amor.
Este deseo llega a constituir un género representado por películas como ¿Quieres ser John Malkovich? de Spike Jonze. En The Congress de Ari Folman, la estrella es Robin Wright pero el film nunca podría titularse ¿Quieres ser Robin Wright? ¿Por qué no? Porque la que quiere ser Robin Wright, en el film, es nada menos que la misma Robin Wright que, en la película, hace de ella misma. La sociedad del espectáculo separa a la persona de la actriz, de la estrella, de su propia imagen. Esta separación la vemos todos los días en las cirugías a las que se someten aún actrices que uno nunca se hubiera imaginado que la necesitaran, como Nicole Kidman o Meg Ryan. Estoy seguro que cuando Kim Novak salió al escenario de la entrega de las Oscars, convertida en un monstruo de sí misma (siendo este sí misma, la otra, la hermosa Judy/Madeleine de Vértigo), muchos de los que estaban ahí se preguntaron: ¿en este monstruo me voy a convertir? Ellen DeGeneres se lo sugirió en la cara cuando le dijo a una deformada Liza Minelli: “Creo que es uno de los mejores imitadores de Liza Minelli que he visto nunca. Buen trabajo, señor”. Afortunadamente, en The Congress, Robin Wright se resiste a convertirse en eso y lucha por mostrarse en toda su precariedad y, por ende, belleza.
The Congress, entonces, cuenta la historia de una actriz, llamada Robin Wright, interpretada por Robin Wright. El tema de la primera parte del film es la separación que la industria (una Miramount Studios que parodia a la Paramount) hace con ella: el productor (una suerte de Mefistófeles de escritorio) le propone scanear su cuerpo para hacer nuevos films con procedimientos digitales sin necesidad de contar con su presencia. “Debes salvarte de ti misma”, -le dice el productor a Robin Wright- “estás acabada y lo más prudente es retirarte”. Sin alternativas, Robin Wright termina aceptando y se somete al scaneo en una de las mejores escenas de la película.
Si la primera parte de The Congress plantea la cuestión del cine y la imagen tecnológica como vampirismo, la segunda (ligeramente inspirada en Congreso de futurología de Stanislaw Lem) gira alrededor del problema del libre albedrío: una vez convertida en actriz digital, Robin va a un congreso en el que, para ingresar debe inhalar un líquido de una ampolla y transformarse en un dibujo animado. Una vez allí, tiene que decidir si se queda a vivir en ese mundo en el que puede transformarse en quien ella quiera o si vuelve a la realidad. Es decir, el tema del deseo de querer ser otro pero en un mundo en el que eso es posible y muy fácil de lograr. Con solo una ampolla, cada uno puede transformarse en lo que quiera. Por ejemplo, inhalar y transformarse en Clint Eastwood. La dos partes se complementan: mientras en la primera, Robin no tiene elecciones y debe dejar de ser ella misma; en la segunda, es libre para ser quien ella quiera aunque para eso deba abandonar la vida y a su familia: sus hijos Sarah y Aaron que, para colmo de males, padece del Síndrome de Usher.
¿Pero se puede ser libre en la sociedad del espectáculo? ¿Se puede ser libre en un espacio en el que la relación entre deseo y realización es casi inmediata? ¿Un mundo que divide a las personas en dos (la Robin Wright que lucha por relacionarse con su familia y la imagen adorada de la pantalla) o que la lleva a vivir en un espacio en el que toda virtualidad puede transformarse en realidad?
La respuesta de la película es ambigua. Después de internarse en el país de las alucinaciones químicas y digitales, Robin decide abandonarlo y volver a la miserable vida real y cotidiana (así está representada en el film). Busca entonces a su hijo Aaron, que padece este particular síndrome. Hay algo simbólico en esa enfermedad: se trata de un trastorno genético que hace que se pierda paulatinamente la visión y la audición. Cuando Robin llega para encontrarse con Aaron, éste ya no está: cansado de esperarla, decide ingresar en ese mundo alucinante de dibujos animados. Robin entonces decide ir a buscarlo y también se convierte en una animación. Se encuentran pero no sabemos finalmente si él la reconoce o no. Los costos que se pagan por pasar al mundo de la fantasía son demasiado grandes: los deseos se pueden realizar, uno finalmente puede ser otro, pero el sufrimiento es demasiado grande. No faltan además, en la parte de animación, las hordas enfurecidas (en una escena que recuerda a The Wall), la policía de la Miramount y el productor mefistofélico. La tierra es insoportable por su miseria, pero la fantasía es intolerable por su descontrol.
De todos modos, dentro de su errático argumento, The Congress hace de la zona alucinante, en la que pululan las stars del espectáculo, algo mucho más interesante que la vida fuera de él (cuando regresa a la vida real, Robin debe atravesar a una cantidad de mendigos que parecen estar en un campo de concentración). Se supone que el mundo cotidiano –por lo que se dice en el film– está mucho más asociado a la verdad (“este lado de la verdad” dice el Doctor Barker, interpretado por Paul Giamatti), pero está claro que la verdad nada puede cuando está en juego la seducción o los afectos. En un mundo de simulacros tentadores y deliciosos, la verdad carece de poder o de importancia. Porque eso es lo que exhiben los dibujos animados: en un paisaje inspirado en El jardín de las delicias de El Bosco, están Elvis Presley, Ronald Reagan, Grace Jones, Picasso, Muhammad Ali, la Venus de Botticelli, Frida Kahlo, David Bowie, León Trotsky, Yoko Ono, Clint Eastwood, Tom Cruise (la sonrisa de Tom Cruise) y hasta el mismísimo Adolf Hitler saltando alegremente con una bola gigante de goma. Michael Jackson se transforma en nuestro sirviente. Están todos. Como en internet, todo es contiguo. Es un mundo de símbolos y para serlo Robin Wright debe entregarse al pacto con el diablo, a la industria vampírica: “Tú no eres un símbolo –le dice el productor–, la imagen que han creado de ti es un símbolo”. Fin de cita: en esa vida dañada, en esa separación que hace la sociedad del espectáculo, hay que volver a aprender a ver y a escuchar. Todos tenemos Síndrome de Usher.

***

The Congress de Ari Folman. Función de apertura, 2 de abril a las 20:00 hs en el Anfiteatro del Parque Centenario

* Gonzalo Aguilar (Buenos Aires, 1964) autor de Otros mundos (Un ensayo sobre el nuevo cine argentino)

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