Tema del Mes

ABRIL 2014

México 1968, Juegos Olímpicos en la luna

05 / 04 / 2014 - Por Andrés Burgo

Si el gol con la mano escondida de Diego contra los ingleses insinuó una venganza poética-diplomática, los guantes negros exhibidos al planeta en los puños de los atletas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos, embajadores con zapatillas de Martin Luther King y Malcom X, dejaron un testamento político-deportivo imperecedero.

Un argentino fanático de los deportes no sólo debería llevar a una isla desierta su recuerdo de México 86 sino también el de México 68, dos competiciones disimuladamente entrelazadas, con 18 años de diferencia, por magnificencia y nimiedades en común. Algo heroico se contagia en el Distrito Federal: no será el Nazaret donde nacen los mejores atletas de la historia, pero sí es el Shangri-La de la alta competencia. Fueron el Mundial y los Juegos Olímpicos que compartieron nombre (México), números (1968-1986) y épica: las piernas de Maradona hicieron el gol de todos los tiempos y las piernas de Bob Beamon inventaron el tipo de salto de quien escapa del fin del mundo. Y a pesar de la intrascendencia que despiertan en la memoria emotiva de los argentinos, aquellos Juegos de México 68 fueron, sobre todo, un legado de valor: si el gol con la mano escondida de Diego contra los ingleses insinuó una venganza poética-diplomática, los guantes negros exhibidos al planeta en los puños de los atletas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos, embajadores con zapatillas de Martin Luther King y Malcom X, dejaron un testamento político-deportivo imperecedero.
Entre el 12 y el 27 de octubre de 1968, algún fenómeno misterioso elevó al Distrito Federal a más altura de sus habituales 2.240 metros sobre el nivel del mar: esos Juegos parecieron jugarse en el Espacio, casi un prólogo (o una gestación) de la llegada del hombre a la luna, el zarpazo a lo desconocido que llegaría en 9 meses. En el DF los atletas no saltaban ni corrían: levitaban. ¿O acaso Beamon no alunizó con su vuelo a 8,90 metros? ¿O acaso Dick Fosbury no desafió las leyes de gravedad con un salto en alto que algunos creían un número circense y sin embargo era el advenimiento de una revolución?
¿Habrán sido los Juegos más fascinantes de la historia? Es posible. Berlín 1936 fue Jesse Owens enfureciendo a Adolf Hilter pero México 1968 fue Smith y Carlos reivindicando los derechos afroamericanos. Pekín 2008 fue Usain Bolt rompiendo la barrera del sonido pero México 1968 fue Jim Hines atravesando la barrera psicológica de los 10 segundos en los 100 metros. Londres 2012 fue Michael Phelps y su récord de medallas pero México 1968 fue Beamon y su marca mítica. Y Roma 60 fue Bikila ganando la maratón descalzo pero México 1968 fue Fosbury y su técnica convertida en metáfora: por primera vez, un atleta tomaba envión de costado y saltaba de espaldas, por lo que traspasaba el listón en posición horizontal y con la mirada apuntando al cielo (hasta entonces los atletas saltaban hechos un ovillo con la cabeza para abajo o al costado). Fosbury tenía tez blanca, pero el resto de aquella irrepetible generación de atletas estadounidenses eran negros clonados en portavoces de una raza que reclamaba mayores libertades: elevar la mirada fue su libre albedrío.
México 68 fueron, además, los primeros Juegos en ser organizados por un país del subdesarrollo: la competencia sólo había salido de Europa y de Estados Unidos para recaer en Tokio y Melbourne, pero el DF consiguió una sorpresiva victoria contra una Detroit que estaba amparada por su industria automotriz. Las señales de un antes y después se multiplican: México 68 también fue la primera vez en que los atletas corrieron en pista de tartán, y que se usó fibra de vidrio para garrochas y trampolines, y que los cronómetros comenzaron a marcar centésimas de segundo, y que se implementaron controles antidoping (el primer sancionado fue Hans Gunnar Liljenval, pentatlonista sueco, positivo por alcohol), y que el torneo fue televisado en vivo para varios países. O sea, fueron todos los Juegos Olímpicos concentrados en uno solo: el deporte como mensajero sociopolítico, apertura al Tercer Mundo, aplicación de nuevas tecnologías en competencias y transmisiones, atletas desafiando los límites humanos, récords inmortales y técnicas iconoclastas.
El mundo estaba en convulsión en 1968, y México también. El asesinato de Martin Luther King, el Mayo francés, la Primavera de Praga y las protestas contra la invasión a Vietnam tenían su correlato local: los Juegos se hicieron en medio de una frágil tregua entre el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz Bolaños y los estudiantes mexicanos. La matanza en la Plaza de Tlatelolco (o de Tres Culturas), en la que un número indeterminado de manifestantes fue asesinado (10 según el PRI, 200 según periodistas extranjeros) había sucedido el 2 de octubre, solo diez días antes del comienzo de las competencias.
En México hubo 18 disciplinas oficiales y dos de exhibición (los Juegos todavía eran para competidores amateurs), pero la estrella fue el atletismo, deporte en el que se rompieron 26 récords del mundo en 8 días, entre el 13 y el 20 de octubre (para poner en contexto: en Londres 2012 sólo se marcaron dos). Ya en la primera jornada hubo un signo de los nuevos tiempos: Naftali Temu ganó los 10 mil metros. Su nombre no dice mucho. Su país, sí: era keniata, y Temu se colgó la primera medalla de oro de las 25 que sus compatriotas se llevarían desde entonces (Argentina, en toda la historia, tiene 18).
El segundo día, el 14, fue como si se abriera el cielo del atletismo: ¡El hombre era capaz de correr los 100 metros en menos de 10 segundos! Como todavía no había explotado el biotipo de los caribeños, el innovador fue el estadounidense Jim Hines, que tardó 9’95’’ y consiguió una marca que recién sería superada 15 años después (su compatriota Calvin Smith, en 1983). La altura de México, la delgadez de su aire, el oxígeno en proporciones, empezaban a gestar la avalancha de récords: la rebaja de la resistencia en la atmósfera, un 23% menos que en una ciudad costera, se convertía en nafta súper para un grupo de atletas que corrían y saltaban desde el futuro. Aunque no lo sabían, eran adelantados a su tiempo.
Pero el triunfo de Hines, que tenía 22 años, no sólo fue histórico por la marca, sino también por el contexto. Por primera vez, las ocho calles de la final estuvieron ocupadas por atletas negros: tres de Estados Unidos, un jamaiquino, un francés, un cubano, un canadiense y un malgache. Atrás, en los cuartos de final de los 100 metros, había quedado eliminado un argentino, Andrés Calonge, que dos días después, entre el 15 y el 16 de octubre, también sería partícipe de otra prueba histórica, la de 200 metros, en la que compartió pista con tres atletas que estaban a horas de subirse al podio y al mito del olimpismo: Smith, el ganador, Carlos, el tercero, y el escolta, el australiano Peter Norman.
La final de 200 metros fue fabulosa: Smith perforó el muro de los 20 segundos en el doble hectómetro, un territorio hasta entonces también inexplorado, y tardó 19’83’’, una marca que sería récord mundial durante 11 años, pero que en aquella jornada apenas fue el prólogo del hecho que realmente trascendió. En la tribuna estaba Dense Pascal, la esposa de Smith, el ganador de origen afro (y que a la espera de los Juegos, para no ser profesional, trabajaba como lavador de autos). Su presencia, por supuesto anónima, escondía un mensaje: la mujer guardaba en el bolso un par de guantes negros que su marido quería mostrar en la ceremonia de premiación. Y como Carlos, vecino del Harlem y medalla de bronce en los 200 metros, se olvidó los suyos en la Villa Olímpica, entre los dos decidieron repartirse ese único par de guantes que simbolizaba al Black Power: los descubrieron en el podio, uno en el puño de cada atleta, en protesta por la segregación racial en Estados Unidos (y el régimen racista de Sudáfrica, entre otros pedidos). Smith también llevaba un pañuelo negro alrededor del cuello y Carlos se abrió la campera de Estados Unidos en solidaridad con los obreros de su país. Al terminar el himno, la multitud abucheó el gesto de los díscolos, pero Smith no se desanimó: “Si gano, soy americano, no afromericano. Si pierdo, soy un negro. Somos negros y estamos orgullosos. La América negra entenderá lo que hicimos hoy”. Recién muchos años después, también confesaría que su valentía no estuvo exenta de pánico: “No me podía sostener. Pensaba que me podían disparar con un rifle desde la tribuna”.
Lo que siguió fue un caos: el presidente del COI, el filonazi Avery Brundage, que como presidente del Comité Olímpico Estadounidense no había objetado el saludo nazi de los atletas alemanes en Berlín 36, despojó de las medallas a Smith y Carlos y los echó de la Villa Olímpica. La protesta de los velocistas, que también tuvo el aval de Norman, el medallista de plata que colgó en su pecho un cartel en apoyo, estaba influenciada por la militancia pro derechos humanos y civiles de Harry Edwards, un sociólogo de la UCLA que era el líder espiritual de varios atletas negros de la época, entre ellos Lew Alcindor, luego conocido como Kareem Abdul Jabbar, el mítico basquetbolista que tras su conversión al Islam se negó a participar en México 68.
Expulsados de México, a Smith y Carlos les esperaban años difíciles. Como mínimo, los trataron de antipatriotas. Time los trató en tapa, pero no como tributo: la revista tituló con el logotipo de los cinco anillos olímpicos aunque, en vez del clásico Faster, Higher, Stronger (Más rápido, más alto, más fuerte), publicó Angrier, Nastier, Uglier (Más furioso, más sucio, más feo). La esposa de Carlos se suicidó. Smith se divorció. Norman, en Australia, se contagió de su maldición, tuvo gangrena en una pierna y terminó alcoholizado. Se convirtieron en parias y vivieron, durante varios lustros, en una marginalidad solo aliviada por la comunión que se había gestado entre los tres. De hecho, cuando el australiano Norman murió en 2006, Carlos y Smith cruzaron el mundo y fueron los portadores de su féretro, justo cuando el mundo olímpico ya empezaba a canjear su hostigamiento inicial al trío del Black Power y reivindicarlo, definitivamente ahora, en los últimos años, por aquel gesto de coraje en México 68.
Disgustados con Brundage, algunos atletas de Estados Unidos amenazaron con renunciar a los Juegos en plena competición. Quien estuvo a punto de dejar México, en solidaridad con Smith y Carlos, fue el velocista Lee Evans, pero los hombres del guante negro lo convencieron de que debía participar en sus dos pruebas, los 400 metros llanos y la posta 4x400, y subir al podio para repetir la protesta racial que ellos habían iniciado. Y Evans, también afroamericano, también defensor de los derechos civiles en su país y en África, les hizo caso.
Su gesta no es muy recordada simplemente porque México 68 fue una sucesión bíblica de hazañas, pero como Hines debajo de los 10 segundos en los 100 metros, y como Smith pulverizando los 20 en los 200, Evans también perforó otro límite hasta entonces imposible, el de ser el primer hombre en correr los 400 en menos de 44 segundos: lo consiguió en 43’86’’, una marca insuperable durante 20 años, hasta 1988. Todavía mejor, su festejo fue una provocación a Brundage y un apoyo explícito a Smith y Carlos: en compañía de los otros medallistas, Larry James y Ron Freeman, también estadounidenses de raza negra, los tres subieron al podio y extendieron sus puños al cielo. Esta vez no tenían guantes en sus manos, pero sí boinas negras cubriéndoles las cabezas: Evans y Freeman evitaron la suspensión (el COI pareció resignarse) y dos días después, el 20, participarían en otro récord con fecha de vencimiento muy longeva, la posta 4x400 que recién sería superada 23 años después, en Barcelona 92.
Como si los oros (y los guiños reivindicatorios) de Evans llamaran a nuevas epopeyas, su legendaria doble jornada, la del viernes 18 con los 400 metros y la del domingo 20 con la posta 4x400, contagió al último gran capítulo de México 68: las pruebas de saltos. Primero el 18, con el impulso felino de Beamon. Y el 20, con la imaginación al poder de Fosbury.
Beamon era (es) un neoyorquino de South Jamaica, en Queens, que entonces tenía 21 años y merodeaba el récord del mundo. Había saltado a 8,33 metros y estaba a dos centímetros del (hasta entonces) límite humano. Tal vez porque su turno llegó en simultáneo a cuando Evans, James y Freeman debían salir disparados para los 400 metros, el propio Beamon también se convirtió en un velocista: corrió más rápido de lo normal, a 10,71 metros por segundo. El viento lo ayudó. Una tormenta estaba a punto de desatarse. Su salto duró 93 centésimas de segundo, pero es como si todavía estuviese en el aire: la imagen de aquel vuelo es la de un paracaidista que en pleno caída junta rodillas con codos. O la de un pájaro escapado de la mitología azteca. La altura promedio de un salto en largo es de 1,85 metros. Beamon llegó a 1,97.
Hasta la tecnología se rindió: por primera vez en los Juegos, la medición no era a mano sino a través de una célula óptica, pero el rail solo estaba preparado para 8,50. Prever una distancia mayor era un delirio. El aparato óptico se cayó al suelo antes de terminar de mensurar el salto y los jueces debieron volver a las fuentes, al método artesanal. Después de varios minutos, y mientras Beamon trotaba con la ansiedad que implica la espera de la confirmación de un salto sobrenatural, el mundo supo la noticia: 8,90 metros. El récord había sido destrozado en 55 centímetros y tardaría 23 años, hasta 1991, en volver a ser superado. Pero durante la convulsión, ni siquiera Beamon se enteró de cuánto había saltado. El estadounidense no se entrenaba con el sistema métrico decimal y tuvieron que traducírselo al código anglosajón: “No son 29 pies, son 29 y medio”.
Dos días después, en el cierre del atletismo, la revolución que faltaba no tuvo forma de marca, sino de estilo: el Fosbury flop. Ahora suena gracioso, pero hasta entonces el salto en alto consistía en hombres y mujeres que corrían de frente al listón y saltaban de costado o extendiendo las piernas hacia adelante, casi como si fuese una carrera con vallas, y aterrizaban a los ponchazos sobre un montículo de arena. El estilo ventral era la ortodoxia. Nadie imaginaba que el cuerpo humano fuera capaz de otra condición cuando Fosbury, hasta entonces sólo conocido por unos pocos especialistas de su país, se presentó el 20 de octubre de 1968.
Los espectadores se rieron al comienzo: alguien corría de costado, saltaba de espaldas y pasaba la varilla primero con la cabeza, después con el torso y recién al final con las piernas. ¿Aquel estadounidense lo hacía de verdad? ¿O era una simulación aparatosa para desviar la atención antes de la ronda final, la decisiva? Incluso los jueces dudaban de aprobar los saltos. Pero eran legítimos. Eran la táctica Fosbury, favorecida porque, por primera vez en los Juegos, se habían instalado colchonetas del otro lado del listón. Así llegó hasta los 2’44 metros, se colgó la medalla de oro y cambió el deporte. Desde entonces, salvo Munich 72, todos los campeones olímpicos usaron su salto.
En simultáneo a la revolución Fosbury y a la posta 4x400, aquel 20 de octubre, día de cierre del atletismo, también se corrieron las últimas dos pruebas de pista. Fue, como en la jornada inaugural, el símbolo de la nueva era: ganaron dos africanos. El keniata Kip Keino festejó en los 1.500 metros sobre el favorito americano, Jim Ryun, y adelantó la futura hegemonía de sus compatriotas, mientras que el etíope Mamo Wolde se quedó con el maratón.
En medio de tantos milagros inesperados, Argentina fue la Némesis: sus Juegos resultaron tan pobres que por primera vez, en diez participaciones, no ganó medallas de oro ni de plata. Desde su primera participación, en París 1924, hasta la anterior, en Tokio 1964, como mínimo se había subido al segundo puesto del podio, pero en México todo lo que sumó fueron dos bronces, uno del remero Alberto Demiddi y otro del boxeador Mario Guillotti.
Al menos, en sintonía con las hazañas de sus compañeros de pista, los cuatro representantes de la pequeña argentina de atletismo (Juan Carlos Dyrzka, Andrés Calonge, Domingo Amaison y Alicia Kaufmana, una de las únicas 5 mujeres entre 89 deportistas argentinos) también consiguieron récords nacionales que, en algún caso, mantiene su vigencia. Inspirado por tantos prodigios a su alrededor (y por los beneficios de la altura), Pelusa Calonge corrió los 100 metros en 10’39’’, la mejor marca nacional hasta que Carlos Gats la rompió en 1994. Calonge también quebró el récord de 200 metros con 20,81, y otra vez Gats se lo arrebató 26 años después. En 400 metros con vallas, Dyrzka se quedó con el mejor tiempo argentino, 46’85’’, que mantuvo hasta 1987 (el verdugo fue José María Beduino). Y aún más sorprendente, el propio Dyrzka también alcanzó el Everest albiceleste de los 400 metros con vallas y lo conservó hasta su muerte, en 2012 (aún nadie superó esos 49’82’’).
Además, en 3000 metros con obstáculos, los 8 minutos con 45 segundos de Amaison fueron el techo nacional hasta 1989 (superada por Marcelo Cascabelo), y la santafesina Kaufmana atrapó récords de 100 y 200 metros (11’90’’ y 24’57’’) que tuvieron una década de vigencia, hasta la irrupción de Beatriz Allocco.
Pero casi ningún argentino recuerda estos registros de México 68, ni los nacionales ni los extranjeros, conseguidos en todos los casos en el estadio Olímpico, una cancha mucho más familiar por haber sido la misma en la que Argentina inició su camino al título en el Mundial de fútbol México 86. Después sería el tiempo del Azteca, que en 1970 canonizó a Pelé y en 1986 a Maradona. Todo, por supuesto, en el Distrito Federal, el Shangri-La de la alta competencia.