Tema del Mes

ABRIL 2014

La laguna: un western natural

07 / 04 / 2014 - Por Gerardo Pignatiello

Alejándose de tiros y masacres, "La laguna" se sirve del western para retratar el viaje de sanación de Mario, un hombre que reemplaza camioneta por caballo para adentrarse en las sierras cordobesas.

Dado que no tenemos Segunda Enmienda de la Constitución, en nuestros westerns escasean las armas y los tiros. Es una ridícula primera impresión que uno podría tener después de ver La laguna, ópera prima de los argentinos Gastón Bottaro y Luciano Juncos que comenzó como una tesis final de sus estudios universitarios. En la historia nacional de este género, obviamente tenemos clásicos como Pampa bárbara (1945) de Lucas Demare y Hugo Fregonese lleno de tiros y no exento de masacres. O, para ir al extremo más reciente de esta historia, está Aballay (2010, Fernando Spiner), donde hay hasta un asalto a una diligencia.
Sin embargo, La laguna retoma otro elemento de la tradición del western. El largo viaje en la búsqueda de algo. Ese algo puede ser una venganza o un objetivo. True Grit (1969, Henry Hathaway y la reciente remake –2010– de Joel y Ethan Coen) es un ejemplo del primer tipo y la mencionada Aballay, una variante de esa misma historia donde un hijo busca a los asesinos de su padre. El gran western en busca de un objetivo es Stagecoach de John Ford, donde la diligencia va tomando la forma de una nación que va al oeste como un arca de Noé con un ejemplar de cada especie que habita el suelo norteamericano. Recientemente, la televisión ha retomado ese mismo motivo, como en el telefilm de HBO Broken Trail (2006, Walter Hill) en que un viejo cowboy (Robert Duvall) debe ayudar a su sobrino a trasladar una tropilla de caballos por las planicies del Midwest y en el medio le van sucediendo nuevos acontecimientos. La actual serie de AMC, Hell on Wheels (Joe y Tony Gayton) es otro ejemplo más de este último caso. Se vuelve a poner a la nación dentro de un transporte –el Union Pacific Railroad (en construcción)– que avanza hacia la costa oeste, después de la Guerra de Secesión, con todas sus contradicciones sociales a cuestas.
La laguna se queda con estos viajes, pero lo hace en un tono menor, íntimo, donde la naturaleza es la verdadera protagonista. El objetivo que se persigue es la salvación de un individuo, no de un país. Es un viaje cuyo enigma está sólo develado en el título. Mario busca una laguna para sanarse de alguna dolencia y esto lo lleva a la provincia de Córdoba, a la estancia perdida de un tal Funes. Desde ahí, el baqueano Ignacio lo va a acompañar por praderas y montañas, bosques, ríos y pastizales. La historia es mínima, silenciosa, casi sin diálogos: en gran medida porque lo imponen sus personajes; y en menor escala, por cierta falta de palabras que no se logra cubrir del todo con acciones. El enigma de Ignacio, el guía, tiene un peso demasiado grande en la historia como para que no se generen ni se sugieran informaciones o misterios a su alrededor. Ignacio carga con el peso significativo de la mitad de la historia de la cual no sabemos casi nada. Desconocemos qué porcentaje de su malhumor corresponde a tener que soportar a un inexperto hombre urbano por esa solitaria geografía que sólo él sabe leer, y cuánto tiene que ver con su pasado. A pesar del ritmo tranquilo de la película, por momentos hace pensar que faltan más minutos para desarrollar las historias, además de los 77 que la componen.
Hay, sin embargo, una gran calidad visual que sirve para resolver muy bien desde dónde se cuenta la narración. El punto de vista es la naturaleza, que observa todo el tiempo –como desconfiada– a los personajes, pero sobre todo a Mario, el forastero. La cámara se le pega durante todo el viaje y hace que el espectador se ponga en ese mismo lugar natural. Casi no hay panorámicas, muchos planos cortos, desde abajo, como si la tierra mirara. Hasta hay una persecución –único momento de acción que acelera el ritmo de la película– vista desde los ojos de un jabalí. El sonido es ambiente, la iluminación es natural. Todo lo técnico se dejó en el comienzo: la camioneta que lo lleva a Mario hasta la estancia de Funes, el celular, un reloj son reemplazados inmediatamente por caballos, silencio, amaneceres y ocasos.
El baqueano Ignacio guía al forastero Mario, pero también tiene su propio viaje. A pesar de no hablar, excepto para dar alguna orden, sabemos que hay algo detrás de ese gaucho que nos pone en alerta sobre lo que pueda hacer. El baqueano lleva un rosario sin cruz –“la llevo encima”, confiesa– que lo descubre como un expiador en su propio camino de salvación. La película narra el viaje de búsqueda propio del western y plantea esta doble sanación del alma y del cuerpo representada por estos dos personajes que peregrinan hacia no se sabe dónde.

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La laguna de Gastón Bottaro y Luciano Juncos. Sábado 5 de abril, 19:30 hs. en Centro Cultural San Martin, sábado 12 de abril, 13:25 hs. en Village Recoleta

* Gerardo Pignatiello es Doctor en Estudios Hispánicos por la University of Pennsylvania. Es profesor en la Universidad de Belgrano y en la Universidad Torcuato Di Tella. Investiga sobre literatura y cine policiales en Latinoamérica.

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