Tema del Mes

ABRIL 2014

Néstor Frenkel y su homenaje al Abasto

07 / 04 / 2014 - Por Diego Maté

Con la excusa del Abasto como construcción histórica y emblemática de la ciudad, "El mercado" de Néstor Frenkel se sirve del género documental para retratar las historias de las personas que conviven alrededor de este espacio urbano, superponiendo el antiguo barrio mercantil con la actual vida de este territorio que se transforma y muta constantemente.

En Construcción de una ciudad, Néstor Frenkel parecía contar la historia sin precedentes de una ciudad obligada a mudarse y a prácticamente refundarse a sí misma (Federación, en Entre Ríos), pero en realidad, más que a reponer el pasado, el documental se dedicaba a registrar un proceso vivo y en permanente actualización: la memoria de sus habitantes. De ahí que el título aludiera menos al levantamiento de la nueva Federación que a la construcción de un recuerdo colectivo (toda memoria lo es). No es casual que en ese documental sobre gente que utilizaba una ciudad como un disparador, Frenkel encontrara al que sería el protagonista de otra película suya, Amateur. Como Frenkel, Jorge Mario también hacía cine y tenía debilidad por los relatos ficcionales y por los géneros clásicos pero, antes que nada, poseía una inclinación por la leyenda, como si para él (y también para el director de Amateur) la realidad no bastara y hubiera que adornarla con los recursos de la ficción, a veces hasta insuflándole los aires nobles de la aventura.
En El mercado el director repite en parte la fórmula: toma como punto de partida el Abasto, su construcción, su pasado como mercado, el cierre que trajo aparejado el empobrecimiento del barrio, y su posterior resurgimiento en los 90 como shopping y el aumento del valor de las propiedades cercanas. Pero los espacios son, una vez más, la excusa para ir a buscar a las personas y para escucharlas hablar y observar cómo reaccionan ante la cámara. Con el paso de los años, desde la mítica Buscando a Reynols (ese milagro del documental argentino), Néstor Frenkel se convirtió en un documentalista único dentro del panorama local (y quizás de todo el mundo) capaz de entablar como ningún otro director un extrañísimo vínculo con sus entrevistados hecho de complicidades, camaradería y hasta de alguna que otra burla amable. Es como si las películas del director, en apenas unos pocos planos, se hicieran amigas de las personas que salen, y nos invitaran a nosotros también a entrar en comunión con ellas. Desde la aparición de los dos viejitos de una fábrica de balanzas y la intimidad que la cámara consigue al punto de volverlos cercanos y queribles en apenas unos pocos planos, uno sabe que la película que recién empieza va a ser mucho menos un documental sobre un emplazamiento porteño legendario que una galería de criaturas curiosas y amigables que, por un rato, van a compartir sus recuerdos sobre el shopping y el barrio.
¿Pero qué es el Abasto para El mercado, además de una oportunidad para ir a conocer a sus vecinos? Es, antes que nada, una geografía mutante y diversa en la que se entremezcla, como en ninguna otra parte de la ciudad, la vida del presente con su reflejo de otras épocas, como si los dos se encimaran y conformaran un todo indistinguible. Los viejitos recuerdan (o tratan de hacerlo, a veces sin éxito), mientras que gente mucho más joven que ellos atiende y mantiene un museo dedicado a Carlos Gardel. Allí, el mito de Gardel se actualiza con cada visita guiada y adquiere los signos del horror en detrimento de su estampa más tradicional: hay quienes dicen que Gardel no habría muerto en el accidente aéreo sino que habría quedado desfigurado y, viendo así su carrera arruinada, habría vuelto a Buenos Aires de incógnito con su madre y, tras fingir su muerte para dedicarse a cantar en bares de mala muerte, ocultó su identidad con unos vendajes que cubrirían su rostro deformado (como un fantasma de la ópera porteño). Otros, como los vigiladores del museo, juran haber escuchado ruidos fantasmales a la noche, y un guardia del shopping asegura que las cámaras una vez alcanzaron a mostrar a una figura vestida como un tanguero de los 30, con sombrero y los pies despegados del suelo, un “Gardel de ectoplasma”. Quienes hayan visto las películas anteriores del director adivinarán que Frenkel, lejos de ningunear esos testimonios de matiz fantástico, les deja el lugar necesario para que se ramifiquen y crezcan hasta que la película cobra una forma narrativa arbórea, un relato con incontables ramas que conducen a muchos destinos diferentes.
De allí en más, el set de personajes de El mercado aumenta y se expande hasta convertir al Abasto menos en un barrio pintoresco que en un estado de la mente y el cuerpo que cambia y se transforma siguiendo el ritmo psicológico de sus vecinos, nuevos y antiguos. Al relato del trabajo  en el mercado y a la readaptación del mito de Gardel le siguen, entre otros, la experiencia de una casa que abre sus puertas a chicos de la calle con actividades culturales; el testimonio de un mendigo parecidísimo a Will Smith que hace del shopping su hogar; o la presencia magnética de Fabián, un vendedor de baratijas que levanta su nutrido puesto junto a su casa rodante y es dueño de una simpatía y un carisma que le permiten apropiarse de la película entera en tan solo unos pocos segundos de metraje. A todo esto se le agregan las apariciones de algunas personalidades como Fernando Noy, que cuenta los actos y los proyectos truncos ideados en el barrio junto con Batato Barea; y Pedro Saborido, que recuerda los significados mezclados que tenía el barrio para él en su juventud: antes que el rock y la bohemia, el Abasto representaba el acceso a “un peligro disponible”. Teniendo a su disposición este conjunto de figuras notables, generadoras de un interés que nunca llega a agotarse (se podría hacer un documental entero sobre cualquiera de ellas, y no sería casual que, como en Construcción de una ciudad, Frenkel haya encontrado aquí a un futuro protagonista), es comprensible que la película se muestre tan poco interesada por el registro del pasado: el director parece incluir a desgana las imágenes de época, provenientes tanto de películas como de noticieros, casi como si estuviera llevando a cabo un trámite, el ritual obligado que demanda un documental sobre un lugar como el Abasto.
En vez de esas imágenes gastadas por el paso del tiempo el director prefiere el relato vivo de los vecinos, y con esos retazos trata de tejer una trama que recomponga, al menos en parte, la existencia de un barrio que no para de transformarse y en el que, como si fueran dos planchas transparentes, el pasado y el presente se aplastan y confunden hasta que ya no es posible separarlos. El mercado intenta fijar los contornos de una memoria, colectiva, alucinada y huidiza, mientras que nos acerca a sus artífices, todos personajes curiosos y amables tocados por un encanto que solo el cine de Néstor Frenkel pareciera estar en condiciones de capturar.

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El mercado de Néstor Frenkel. Lunes 7 de abril 20.25 hs. en Village Recoleta, viernes 11 de abril 16.55 hs en Village Recoleta y sábado 12 de abril 16.15 hs en Village Recoleta.

* Diego Maté crítico de cine, docente y editor en Cinemarama

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