Tema del Mes

ABRIL 2014

Lo siniestro familiar: sobre "Juana a los 12"

08 / 04 / 2014 - Por Mónica Szurmuk

En su ópera prima, Martín Shanly se sumerge en el mundo preadolescente, retratando el misterio y la aparente indiferencia que Juana mantiene con el mundo que la rodea

Dos nenas cuentan figuritas en el jardín de un colegio bilingüe inglés en el conurbano bonaerense. Cual letanía repiten “nola” o “late” – no la tengo, la tengo. El rito, un despliegue del espectáculo de la infancia, registra la comparación ¿quién tiene más? ¿a quién le falta? Para Juana, la protagonista de Juana a los 12, el recuento es siempre negativo. El film volverá sobre las figuritas: objeto manipulado durante las clases e incautado por la maestra de matemática como castigo. Torcuato, el único amigo de Juana, se interesa por las figuritas a pesar de ser varón y además le encanta bailar. Cuando Torcuato le muestra a Juana la rutina que ha preparado para su curso de comedia musical, ella mira hacia los costados, a través de las ventanas, consciente de ser mirada y de ser vista como espectadora de una transgresión. En el colegio y en el mundo que lo rodea, la diferencia y la falta son casi imperdonables. Juana parece tener algo, la revelación de lo que tiene parece inminente, pero al final no se sabe.
Juana es el eje del examen de sus compañeros y de un grupo de adultos especializados en las tramas de la infancia que incluye maestros, psicopedagogas, médicas, y los técnicos de la salud que llevan a cabo estudios médicos varios. Se hurga en su cabeza con cables y electrodos, se la encierra en un tomógrafo que le provoca cosquillas, se le realizan tests psicológicos cronometrados. Patricia, la mamá, lleva puntualmente a Juana a todas las citas, cumple con los turnos, ejerce con precisión los protocolos recomendados. La perplejidad frente a las carencias de la nena la tiene siempre en vilo, siempre atenta. Sin embargo, cada vez que Juana quiere intentar contar lo que le pasa, la madre se queja de que le interrumpe los estornudos, como si esa particular ansiedad preadolescente descripta por Juana a pincelazos –no poder concentrarse, no poder pensar– le quitara el aliento. Patricia pinta platos decorativos que según la nena son demasiado lindos, demasiado perfectos, imágenes idealizadas de pajaritos y paisajes. Como el césped impecable del colegio sobre el cual no se puede caminar, el deseo de belleza y orden de Patricia, explota en las cientos de particularidades de Juana, todas levemente discordantes, ninguna grave. “No todo tiene que ser tan lindo” dice Juana.
Juana a los 12 se desarrolla principalmente en el microcosmos del colegio, un mundo con un orden propio en el que el inglés y el castellano conviven con tensión naturalizada. El director, Martín Shanly, volvió al mismo colegio en el que fue alumno y filmó allí a sus profesores y a sus maestros. El staff es retratado mientras realiza sus actividades cotidianas; aumentando la verosimilitud documental del relato. La pálida Miss Hendrix explica la invasión de Guillermo el Conquistador a las Islas Británicas con un acento inglés tan perfecto como anacrónico. La misma frescura aunque en tono bizarro, tiene la escena de la sala de profesores donde dos profesores argentinos discuten sus próximas vacaciones en inglés, forcejeando para que este idioma pueda traducir “costa atlántica” o “estancia.”
El cine ha ahondado desde el principio en la escuela como agente de disciplinamiento y control. Dos films recientes arman mundos de angustia parecida en otros lustrados corredores de los colegios de élite: Wakolda dirigida por Lucía Puenzo ubica a la protagonista en un colegio alemán de Bariloche, en Hæven/In A Better World de Susanne Bier (estrenada en Argentina como Un mundo mejor) el niño asiste a un colegio perfecto en un pequeño pueblo danés. En esas dos películas, el angst del pre-adolescente es contrapunto de una situación de violencia mayor (el nazismo, las guerras tribales en Sudán). En Juana a los 12, la tensión del colegio no funciona metafóricamente, ni tampoco tiene un desenlace explosivo. No hay respuesta a la pregunta que todos parecen hacerse: ¿qué le pasa a Juana? Una pista la da una secuencia onírica inducida por anestesia en la que aparece el padre en medio de un asado grotesco de una familia extendida oscuramente normal; la nena, al borde del abismo. Lo siniestro se multiplica en los espacios idealizados de la clase media alta argentina: el colegio privado, la cuadra con garita de seguridad, el asado entre amigos, la playa.
Los días de Juana transcurren en un sinfín de actividades, que la maestra particular, el único personaje que no comparte la pertenencia de clase de los demás, define como innecesarias, excesivas. “Si yo pagara lo que ustedes pagan por ese colegio, no sé, lo usaría de spa. A mí me tendrían de princesita, me harían los deberes”, dice ajena a su propia ironía. El entrenamiento para el éxito en ciertas actividades se resume en una toma de un grupo de varoncitos en uniforme de colegio, pequeños ejecutivos de pantalones grises y camisas celestes charlando a la sombra de árboles añosos, sin pisar el césped.
El joven director Martín Shanly eligió a su hermana, Rosario Shanly para el rol de Juana y a su madre, María Passo para el de madre. El elenco de chicos es impecable: Camila Bontá (Luana) y Renata Toscano Bruzón (Teresa) son entrañables en los roles de amigas/enemigas de la protagonista; Javier Burín Heras (Torcuato) desborda frescura. Rosario Shanly tiene una amplitud interpretativa inusual: puede con un gesto, una sonrisa entrecortada, una mirada marcar toda una toma. El trabajo de cámara sobre ella es impecable: primeros planos oblicuos que registran la sutileza de los sentimientos de la nena.
Durante los títulos finales, un coro de voces infantiles en off (ya no anónimas, los conocemos a todos) hacen ejercicios vocales azuzados por la profesora de música: “I don´t see anybody singing,” dice la profesora, el sonido nasal de las voces de los chicos una prueba evidente de lo contrario. Ver, mirar, oír, sentir son la paleta de sentimientos del traslado de la infancia a la adolescencia con la que trabaja Martín Shanly en este mundo cerrado tan particular como común. Un mundo retratado desde lo minucioso, lo pequeño, lo familiar, mostrando los vericuetos que esos espacios han tenido siempre, desde lo desopilante a lo descorazonador, desde lo cómodamente conocido hasta lo conocido siniestro. Porque, como dice Juana, no todo tiene que ser tan lindo.

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Juana a los 12 de Martín Shanly. Jueves 4 de abril en Village Recoleta, viernes 5 de abril en Village Recoleta y martes 8 de abril 15.30 hs en Village Caballito

* Mónica Szurmuk es investigadora del CONICET

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