Tema del Mes

ABRIL 2014

Los pochoclos del cine independiente

08 / 04 / 2014 - Por Emiliano Jelicié

¿Qué es lo recomendable para ver? ¿Cuál es el corazón del festival? ¿De qué manera evitar los ensartes del año pasado? Un recorrido por la programación del BAFICI

Una conducta repetida cada vez que comienza una nueva edición del BAFICI es alarmarse por la ingente cantidad de películas exhibidas y de inmediato buscar un método para verlas sin morir en el intento. Nunca falta la postura extrema de quien interpreta la friolera –que este año alcanza a 490, entre cortos, medios y largos– como un atentado contra el deseo y la necesidad de verlo todo. Son los que espetan, como si hubiesen sido llamados a cubrir una guerra con la obligación de no perderse ningún frente de batalla: “¿Esa cantidad en apenas doce días? ¡Esto es inhumano, un verdadero despropósito!”. También son frecuentes los casos de personas que piden licencias en sus trabajos para entregarse por entero a la grilla, así como están los que por habitar en áreas suburbanas o incluso en zonas alejadas de la Capital (hay que decirlo: BAFICI no es muy solidario con el público excéntrico) se mudan a domicilios más cercanos de parientes o amigos. Conectarse a la lenta página web del BAFICI, por otra parte, se puede transformar en una aventura de película de suspenso, lo que obliga a muchos a aproximarse al paquete barrio de la Recoleta para tildar sus preferencias con la grilla en mano.
Pero más allá de estas circunstancias, una serie de interrogantes se vuelven lícitos y necesarios para todo baficero que se precie de tal. ¿Qué es lo recomendable para ver? ¿Cuál es el corazón del festival? ¿De qué manera evitar los ensartes del año pasado? ¿Según qué criterio o el de quién voy a ver las películas? ¿Cómo hacer la ruta de mi propio gusto? Preguntas que difícilmente pueda responder en estas breves líneas y que hacen saltar como un tapón otra más descarnada: ¿Tengo gusto?
Una forma bastante obvia de acceder a la programación es a través de las secciones. Es un modo de bucear, por otra parte, en lo que está pensando el director artístico y los programadores cuando apuntan a darle una determinada fisonomía artística/temática/epocal al evento. Uno de los criterios posibles, por ejemplo, es recorrer el festival exclusivamente en su faz de competencia. No importa cuál, si es una o son varias las competencias visitadas: lo importante es que de cada una de ellas el espectador tenga la certeza que conocerá la totalidad de sus componentes. De lo contrario, jamás podrá abrir un juicio definitivo sobre el resultado de las premiaciones. Habernos quedado sin ver solamente Tornado de Nacho Ceroi, dentro de la Competencia Oficial Cortos Argentinos, es no haber completado los veinte films exhibidos en esa sección, lo que es lo mismo que finalizar el festival sin saber a ciencia cierta, a pesar del esfuerzo asumido, hasta dónde llega nuestra simpatía (o nuestro rechazo) por las decisiones del jurado. Si el film ganador es el de Ceroi, entonces la incertidumbre estará amplificada tanto como nuestro malhumor.
Hay gente que pasa por el BAFICI sin despertársele ninguna expectativa sobre qué director o qué película va a obtener la mención especial del jurado, el premio del público o las becas BAL. Esto no quiere decir que no vea ninguna película en competencia sino que, si la ve, esa condición no le va a influir –puede que ni se entere- en su ejercicio mental del film o del festival en general. Este tipo de espectador convierte al BAFICI en una muestra. Y está en todo su derecho. Dentro de este grupo está el subgrupo que sí esquiva las competencias deliberadamente. Muchas veces responde a un tipo de espectador que se autoproclama amante del cine, del buen cine. Le interesan las retrospectivas, los focos, los retratos. Poco le importa la estricta contemporaneidad de las óperas primas o las novedades de los directores en ascenso, cuyo valor, dice, decantará por la acción del tiempo (y de los gestores que determinan qué films o qué autores serán los legítimos acreedores de una retrospectiva en el futuro). Un gran contento para esta modalidad cinéfila lo genera la exhibición de clásicos restaurados. Así se llama, de hecho, la sección que se inaugura este año con reestrenos como Fedora remastered, Nosferatu, Calles de fuego o la ya citada El último emperador 3D. Ver este tipo de cine que podríamos reservar para cualquier otro lugar y para cualquier otro momento es como apostar a algo que sabemos lejano, evanescente. La sala oscura es el espacio donde recreamos lo más certeramente posible las condiciones de que gozaron los espectadores cuando vieron estas películas en sus respectivos estrenos, unidos por un ritual que vaya a saber cuánto más sobrevivirá en la Tierra y que hoy es francamente minoritario. De ahí el plus de interés. Por eso, más que la nostalgia de un film o de un director, ir a ver estas películas reaviva la nostalgia del cine. De algún modo, el festival es una réplica en grande de esa situación particular.
El ordenamiento por secciones queda totalmente desbaratado si decidimos recurrir a uno más elemental, pero no por eso menos eficaz, que el catálogo nos ofrece en forma de índice: “por película”, “por director”, “por país”. Hay directores que son ficha puesta; hay países que están de moda. Este criterio también suele estimular recorridos personales, experiencias más íntimas. O que no están encuadrados en ningún género o compartimento. Tal podría ser el caso este año de la serie que forman las películas que tienen el 3D en sus títulos, formato que al parecer es usado con fines espectaculares en Necrofobia en 3D de Daniel de la Vega y en la restaurada El último emperador 3D de Bernardo Bertolucci; con fines reflexivos en los tres episodios de 3x3D correspondientes a Peter Greenaway, Edgar Pêra y el mismísimo Godard; y como mera excusa onomástica en Tres D de Rosendo Ruiz.
Otros prefieren los usos instrumentales del cine y eligen los films “por país” en busca de geografías, épocas, faunas, modas, costumbres, incluso idiomas. Recuerdo que en la edición 12º del festival me encontré con un excompañero de facultad que quería ver solo películas tailandesas porque estaba por hacer su primer viaje a Bangkok, después de largos y tediosos años de estudio del siamés. Como la motivación no era estética sino lingüística, y como en aquella edición se programó una sola película de Tailandia, esa persona se hizo presente en las tres funciones que había disponibles para el mismo film. Se trataba de Reincarnate, la formidable y discretamente parlante obra de Thunska Pansittivorakul.
Revisar estos índices es como observar lo que se arrumba en el cuarto de servicio y no se muestra en la sala principal. Así, por ejemplo, encontramos que este año hay una escasez de películas coreanas (solo tres), de las cuales una es un dibujo animado pochoclero para chicos (se llama Pororo) y otra es la reciente Our Sunhi, del gran Hong Sang-Soo. Cual autor de folletines, año tras año Hong Sang-Soo nos hace una nueva entrega de su ya dilatada obra, e incluso el año pasado casi nos visita. Hubo una retrospectiva de sus películas, un libro editado y se preparó una charla con el director, a la que acudimos con entusiasmo. Allí las autoridades comunicaron que el homenajeado a último momento avisó que no podía estar por cuestiones de salud, aunque nunca quedó bien en claro cuánto duró el intervalo entre ese “último momento” y la fecha pactada. Sin ánimo de echar culpas  -que prescribieron hace rato-, y para balancear un poco el asunto, nos enteramos de que en noviembre del año pasado Hong Sang-Soo también estuvo ausente del Festival de Gijón. En un portal español se puede leer de boca del director del certamen Nacho Carballo, con un sospechoso uso de la lítote, que la enfermedad “no es precisamente poco importante”. Acto seguido, la nota anuncia que Sang-Soo “grabará un video para tener, al menos, una presencia digital…”.
Todo para decir que queda una sola novedad de Corea en el grilla 2014: Han Gong-Ju de Lee Su-Jin. Tengamos en cuenta además la predilección argentina por el cine asiático y particularmente el coreano. Es curioso observar que este año la coreanidad también se filtra en dos films argentinos de la manera menos pensada. La salada de Juan Martín Hsu, en el marco del mítico balneario devenido shopping de ropa, cruza tres historias, una de las cuales está protagonizada por el coreano Huang y su hija Yun Jin. También narra la historia del taiwanés Huang, un pirata serial de DVD’s que mira fragmentos de films del Nuevo Cine Argentino mientras los copia para la venta. Esto lleva a Mercedes Halfon (en una reseña que se puede leer aquí) a hablar de un “nuevo cine argenchino” que, a diferencia del anterior, pone por primera vez en escena las subjetividades que emanan de estas redes inmigratorias en la Argentina (aunque tal vez debería matizarse esta idea si rememoramos el gesto pionero y neocostumbrista de un personaje como el de la taiwanesa Ailí en Solo por hoy, de Ariel Rotter).
El otro film filocoreano también es argentino y se llama Una canción coreana. Está dirigido por los debutantes Gustavo Tarrío y Yael Tujsnaider y documenta, en palabras de Marcelo Panozzo, la vida de la cantante “Ana Chung, acaso el personaje más hermoso de este BAFICI”. Los mismos directores explican que la idea del documental es “acercar su Corea natal a los argentinos a través del canto”. ¿Acaso seamos testigos de una nueva forma de vampirismo cinematográfico? Pregunta temeraria pero factible. En suma, queda “en veremos” lo que sucedió con esta prolífica cinematografía que no pudo desembarcar en nuestro país con la hospitalidad que merecía.
Otra forma de acceder a la programación es atendiendo a lo que el propio BAFICI dice de sí mismo. Porque el BAFICI también tiene una lectura del BAFICI. Y lo hace constar a través de diversos canales de publicidad como gacetillas de prensa, afiches, avisos institucionales, spots, diarios internos, página web, aplicaciones digitales (párrafo aparte para la muy chic aplicación diseñada para smartphones), etcétera. Es compresible que este año se haya notado una merma presupuestaria en un área sensible de la difusión como es la gráfica. La ola devaluatoria se expande por todos los rincones y el primer trimestre de 2014 no debe haber sido fácil para el abastecimiento de insumos y equipamientos varios. En cuanto a la gráfica, no me refiero tanto al modesto  y muy alcahuete  papel del catálogo, que nos hace añorar el papel ilustración de otrora como si se tratase de una conquista perdida, sino más bien a la desaparición en papel del diario Sin Aliento y, sobre todo, a la ausencia de afiches publicitarios en la vía pública, algo que en otras ediciones era parte activa del folclore baficero. Basta remontarse a los desafiantes eslóganes de la 9º y 10º edición (“Si no es para vos, no es para vos” o “Ya viste a Tarantino. Vení a ver lo nuevo”) para darse una idea de la imagen que se quería mostrar al “afuera”. Claro que esta carestía puede ser virtuosa si impide que vuelvan remates como los del año pasado: “Emocionate con un cine nuevo”, “Reite con un cine nuevo” y otras paparruchadas por el estilo. El trampantojo de la publicidad puede engañar el ojo del cazador más prevenido.
Hay otros modos de visualizar gestos e intenciones de los hacedores del festival. Es notable la manija que le vienen dando al deporte este año, con lo paradójico de tener por oficio sentarse en una butaca –o en su defecto, en un sillón– varias veces al día durante muchos días al año y resignarse a una inmovilidad motriz casi permanente. O habrá que ver si, más que Lombardi, fue el secretario de Deportes de la Ciudad Francisco Irarrazábal el que metió baza esta vez en la programación. Chistes aparte, la sección Sportivo BAFICI incorpora una variedad heterogénea de films que tienen al deporte como tema, como paisaje o como pretexto. Para destacar: Boxing gym de Frederick Wiseman (ya exhibida el año pasado), Fat city de John Houston, Hoop dreams de Steve James, Rush de Ron Howard y, con más vehemencia, los cortos y largometrajes del danés Jørgen Leth (sobre su corto Pelota se puede visitar aquí la nota hecha por Andrés Burgo). No así Ping pong o Soy Ringo, que pintan dramas lacrimógenos disfrazados de documental.
Pero sin dudas el afán editorialista no se termina de comprender si no tomamos en cuenta los tradicionales cortos institucionales (¿o debería decir spots?) que anteceden a las películas. Tuvimos la posibilidad de ver dos de los tres cortos, todos realizados por Mariano Cohn y Gastón Duprat, quienes participan también de la sección competitiva Vanguardia y Género con el film-casting Living stars. En Kill Bear, un Martín Piroyansky por enésima vez perfilado al absurdo se enfrenta a duelo de esgrima con…. un osito de peluche. En Baby Pong, otro actor fetiche del BAFICI, Esteban Lamothe, hace las delicias de grandes y chicos mientras juega el tenis de mesa más endogámico de la historia del cine argentino, con un elenco al que se suman su esposa Julieta Zylberberg y su bebé Luis.
La fiebre deportiva se completa con la presentación de El amante del tenis, una traducción al español de la compilación de notas que Serge Daney escribió para el periódico Libération durante la década del ochenta. El libro será presentado por la ensayista y tenista amateur Beatriz Sarlo y por el crítico Leonardo D’Espósito. Moderará la mesa Javier Porta Fouz. Allí estaremos.

* Emiliano Jelicié (Buenos Aires, 1974) es crítico, docente y realizador de cine

OTRAS NOTAS DEL INFORME