Tema del Mes

ABRIL 2014

Slapstick intelectual: El escarabajo de oro de Alejo Moguillansky y Fia-Stina Sandlund

08 / 04 / 2014 - Por Gonzalo Aguilar

Edgar Allan Poe y Robert Louis Stevenson conjugados en un viaje a Misiones en busca de un antiguo tesoro escondido. Con la influencia de Renoir y Rohmer, el argentino Alejo Moguillansky y la sueca Fia-Stina Sandlund codirigen "El escarabajo de oro": un film donde confluye la geometría con la aventura.

Todo comienza con una coproducción: una fundación sueca está interesada en financiar una película sobre una feminista y le encarga el proyecto al director argentino Alejo Moguillansky (Castro, El loro y el cisne) y a la realizadora sueca Fia-Stina Sandlund. En principio, el tema es el suicidio de la escritora feminista Victoria Benedictsson ocurrido en Copenhague a fines del siglo XIX. Pero una vez que comienza la ficción, todo cambia: un personaje (Rafael Spregelburd) que originalmente no participaba en el proyecto, llega con la noticia de que tiene en su poder un mapa de un tesoro escondido por un jesuita en Misiones, cerca de un pueblito llamado Leandro N. Alem. El equipo de filmación decide entonces reemplazar a un suicida por otro (ya que Alem, el político argentino, también se suicidó), y viajan a Misiones para, con la excusa de hacer la película, desenterrar el tesoro oculto. Mediante una serie de tretas y mentiras, el equipo argentino logra convencer a la directora sueca, quien acepta el nuevo proyecto a regañadientes.
Ya desde el inicio, el plano cerrado en el que los personajes se superponen y apenas pueden moverse indica que se trata de una comedia. Pero una comedia que se despliega en una historia de aventuras basada en el relato homónimo de Poe y en la novela La isla del tesoro de Stevenson. La música de Chwojnik, con una alegría mozartiana, impone un ritmo que desde el vamos recuerda al cine de Jean Renoir (no es la única referencia, también están la Nouvelle Vague –sobre todo Rohmer y Rivette–, Hal Hartley, Hugo Santiago). Comienza entonces la búsqueda denodada del tesoro, del escarabajo de oro, en un andante sin pausa (Moguillansky, básicamente, es un hacedor de ritmos) que va trazando un allegro ma non troppo (sobre todo para los hombres del equipo de filmación que encuentran cada vez más obstáculos para la realización de su objetivo). Sin embargo, una vez que llegan, se descubre que el tesoro final es el cine, la película misma, y entonces hay un allegro molto vivace, sobre todo para las mujeres, que, en homenaje a Victoria Benedictsson, ahora pueden cantar victoria. Como en Castro, los relatos en Moguillansky proliferan por los equívocos con los significantes: del Alem histórico que se suicidó, al Alem personaje y de ahí a la ciudad de Alem. El azar del lenguaje y las relaciones (imposible no percibir la presencia de Rohmer) se encuentra con la obsesión del director por el espíritu de cálculo y el dominio de las situaciones (no hay que olvidarse que Moguillansky es montajista y arma sus filmes como si fueran coreografías). Azar y cálculo: la voluntad de dominio que tropieza con lo real que se le resiste es el tema central del cine de Moguillansky. Si en Castro la interpretación del significante es obvia (se trata de un castrado, un personaje marcado por la carencia), en El escarabajo de oro no lo es menos: el tesoro es el falo y toda la cultura gira bailando a su alrededor (como lo muestra una escena). O sea que el tropiezo, que provoca tanto risa como desasosiego, es en este film el del dominio patriarcal del mundo que, en la búsqueda del tesoro, fracasa estrepitosamente. Mientras, las mujeres pueden decir, como lo dijo una vez el Che Guevara, “hasta la victoria siempre”. La revolución patriarcal y homofóbica de los sesenta (el Hombre Nuevo) se transformó, en los noventa, en la revolución del género.
En El escarabajo de oro la comedia de equívocos o enredos es la del propio cine y sus sistemas de coproducción, en los que el malentendido es la norma. Los directores establecen los dos polos que hacen mover la historia: una mujer (Fia-Stina Sandlund) y un hombre (Alejo Moguillansky), Europa y Latinoamérica (porque el argentino, para la mirada europea, se transforma en latinoamericano), el feminismo y el caudillismo (una de las formas latinas del machismo), el dinero y la pobreza, la eficiencia y la cháchara. Pero no se trata simplemente de una oposición binaria: ya todos los personajes son concientes del papel que desempeñan (por ejemplo, sudamericano pobre en busca de dinero europeo) y por lo tanto lo que queda es la ironía. No hay denuncia ni revelación (nada de modernismo): se trata de un juego, un juego serio porque hay dinero, en el que todos saben a qué atenerse. Por eso no es casual que tanto Moguillansky como Matías Piñeiro, otro director que le es afín, se sientan atraídos por las comedias de equívocos y enredos cuyo modelo es el juego. En sus historias, se pierde lo que se desea y se encuentra lo que no se busca. Su figura tragicómica por excelencia es el burlador burlado, y en Moguillansky eso significa básicamente dos cosas: o que al director hay una materia que se le resiste o que al hombre –el macho– hay una realidad que les es esquiva. Ojalá el mundo fuera un criptograma como en Poe, con sus leyes de desciframiento basadas en los códigos del lenguaje y en las convenciones. Sin embargo, también están los piratas de Stevenson que, en este caso, es una pirata: la directora que, engañando a los hombres tontos, los dejan hacer, creerse muy vivos para después sacarle el tesoro frente a sus propias narices. Quizás sea también el destino de esta crítica y todo lo que le atribuimos a Moguillansky sea arte y obra de la directora sueca.
Hay otro encuentro feliz en esta película y es menos azaroso: el guión está escrito por Alejo Moguillansky y Fia-Stina Sandlund en colaboración con Mariano Llinás, asociado a Moguillansky también como productor en El Pampero (junto con Laura Citarella y Agustín Mendilaharzu). Es la confluencia de la geometría con la aventura. Pese a que la crítica pretendió equipararlos confundiendo estética y producción, hay pocos temperamentos más diversos entre sí: porque mientras Llinás quiere recorrer el mundo, Moguillansky se conforma con ocupar un cuarto. A lo sumo, una ciudad. Siempre busca el trazado, mientras Llinás avanza hacia espacios incógnitos. La Plata vs. Siberia. Llinás es proliferación; Moguillansky, geometría: el tesoro del sentido sólo se encuentra con complicadas mediciones y cálculos. Moguillansky es el director más coreográfico del cine argentino, ama la danza y, a diferencia de otros, no la representa en sí misma sino que la diluye en la vida cotidiana. Se sabe que ha sido el montajista de muchísimos filmes argentinos y eso lo dotó de un sentido único de la aritmética de la imagen. Ahora, con El escarabajo de oro, sale a la búsqueda de la aventura: el obsesivo Poe (cuyo conocimiento del lenguaje lo llevó a decir que no había criptograma que no pudiera descifrar) se encuentra con el narrador aventurero y proliferante Stevenson (que era uno los inspiradores de Historias extraordinarias). Estamos ante el devenir Llinás de Moguillansky. Ahora sí los críticos perezosos o apurados van a poder hablar de la ‘mafia’ del Pampero comandada por ‘chicos ricos’ y todas esas pavadas. Mientras, Alejo Moguillansky y Fia-Stina Sandlund –acompañados por Mariano Llinás– nos entregan el único tesoro que vale la pena encontrar en un festival: el tesoro del cine.

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El escarabajo de oro de Alejo Moguillansky y Fia-Stina Sandlund. Lunes 7 de abril 22.35 hs en Village Recoleta, miércoles 9 de abril 18.05 hs en Village Recoleta y domingo 13 de abril 20.25 hs en Village Recoleta

* Gonzalo Aguilar (Buenos Aires, 1964) autor de Otros mundos (Un ensayo sobre el nuevo cine argentino)

 

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