Tema del Mes

ABRIL 2014

Dependencia independiente

09 / 04 / 2014 - Por Gonzalo de Miceu

Un parásito fétido negocia un narcótico nervioso a cambio de cerebros humanos. Efectos artesanales, bruscos movimientos de cámara y un gran uso de sintetizadores caracterizan a "Brain damage": el manierismo del cine beta de los ochenta en la obra de Frank Henenlotter.

Brain Damage (1988) es el segundo largometraje del director Frank Henenlotter, acompañado por Al Magliochetti en efectos visuales (The X Files, 1993-2002; Star Trek VI: The Undiscovered Country, 1991; Waterworld, 1995) y la música del dúo Clutch Reiser y Gus Russo en prácticamente su única incursión audiovisual. Muchas de las decisiones estéticas manieristas del cine beta de los ochenta se hacen presentes en el film de Henenlotter. Desde los efectos artesanales, los acercamientos y alejamientos violentos de la cámara, los graves y agudos del sintetizador que manipulan la curva dramática, la capitulación narrativa a partir de los numerosos fundidos a negros. Así como sucede en Evil Dead (1981) de Sam Raimi, el horror en Brain Damage surge de lo Otro, del exotismo lejano que permite un recorrido histórico para acercarnos a una criatura de maldad ancestral. Es a partir de la anormalidad mucilaginosa justificada planamente sobre un exotismo aborigen, de donde surge Elmer. Alrededor de esta marginalidad asesina se construyen personajes estereotipados y gestualmente exacerbados para romper con la media normativa de una sociedad degradada.
Podría trazarse cierto paralelismo estético en los motivos del cine de Henenlotter con las películas de los ochenta de David Cronenberg, desde Dead Ringers (1988), Videodrome (1983) e inclusive Rabid (1977). Ya sea a partir de decisiones funcionales en lo relativo a la construcción de los personajes, como en el abordaje de temáticas propensas a la configuración de un proto-humano y la mutación parasitaria que acarrea consigo la inevitable destrucción o intervención sin retorno del cuerpo. La diferencia crucial ante una tesis que proyecta el goce que deviene del ver sufrir a otro, radica principalmente en el tono del relato. Brain Damage transita la frontera de la caricaturización a la hora de emitir predicados que franquean lo obsceno, gore, tabú y freak, para establecer una fuerte premisa reaccionaria dentro de la cultura under en un recorrido por una urbanidad nocturna neoyorkina de espacios deteriorados.
El motor narrativo inicial de Brain Damage invoca la exhibición de una reacción ante una acción negada y su paulatino desvelamiento. Un parásito maldito con apariencia de excremento que habita en baños y baldes de agua, escapa de sus guardianes para tomar control de la voluntad de Brian y decretar un principio de intercambio parasitario. El engendro fétido denominado Elmer, le ofrece a Brian un narcótico nervioso a cambio de sumisión y asistencia indeseada para conseguir cerebros humanos y alimentarse. La forma de dispensar la substancia: una aguja fálica que penetra el cráneo de Brian y eyacula su cerebro en cortocircuito. Los fluidos de Elmer provocan euforia a partir de una sobre estimulación sensorial que tiene como base el color y la luz. Una suerte de erotismo sensorial, acompañado por una feminización del sujeto dependiente, dominado por el néctar viscoso que le propensa orgasmos al rociarle el cerebro. Los espacios enmarcados por orificios y aberturas que reencuadran las entradas y salidas de los personajes, replican la tendencia a la penetración constante. Las secuencias de pura infestación psicodélica se construyen a partir de una subjetividad que materializa los estados de hiperalteración interna del protagonista. Los rostros pálidos y los cuerpos fláccidos deambulan entre los colores saturados, ajenos al medio. Esta despersonalización a merced de un complemento biológico adhesivo pone en constante disputa el surgimiento de la identidad, o en todo caso la ausencia de identidad ante la voluntad de dominio por dependencia.
Partiendo de estas premisas, la estructura del relato encuentra su reflejo en determinados estadios de la drogadicción. La iniciación, el goce y la excitación, la abstinencia acompañada por un fuerte deseo de liberación y recuperación de la identidad; y en este caso, la perdición final del sujeto dependiente. De aquí se desprende un cine terriblemente moral, que a su vez juega, seduce y humoriza su propia idea de moralidad, en un discurso atravesado por múltiples facetas genéricas. Las producciones de Henenlotter recuerdan la invisibilidad milagrosa y necesaria de aquellos pequeños escritores que posibilitan la visibilidad de las grandes obras.
 ¿Será la retrospectiva nostálgica de Frank Henenlotter en el BAFICI el resabio de un sentimiento de independencia ahora enceguecido por las luces del Village Recoleta? La posibilidad de visualizar películas como Brain Damage, recuerdan aquel campo fértil del cine donde primaba la exploración. Sería impensado encontrarse con un film de estas características dentro de la Competencia Argentina del BAFICI, por ejemplo. Quizás el cine embrionario de Henenlotter nos ayude a meditar sobre un problema elemental que atraviesa la estructura de distribución del mercado cinematográfico argentino. Una fosa separa las numerosas pequeñas producciones nacionales, incapaces de solventar la marea de costos legales y exigencias críticas cristalizadas, a la hora de acomodar el producto dentro del mercado del cine independiente.

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Brain damage de Frank Henenlotter. Jueves 3 de abril 21.10 hs. en Village Recoleta, miércoles 9 de abril 20:40 en Village Recoleta y viernes 11 de abril 21:30 hs en Malba Cine

* Gonzalo de Miceu

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