Tema del Mes

ABRIL 2014

Belleza oriental

10 / 04 / 2014 - Por Mercedes Halfon

Una cantante coreana encanta con una sonrisa inmensa y una técnica depurada la película de Yael Tujsnaider y Gustavo Tarrío. "Una canción coreana": un bello instante en la vida de Ana Chung

Con un largo travelling lateral de animación en el que van apareciendo dibujados distintos paisajes por los que sobrevuela un avión, inicia Una canción coreana, de Yael Tujsnaider y Gustavo Tarrío. Si bien la película no narra la historia de un viaje, sí registra las consecuencias de uno fehacientemente ocurrido: el de la familia de Ana Chung que en 1983 partió de Corea del Sur rumbo a Argentina para instalarse. Mientras el avión está en lo alto, la música de fondo –  “The Words Are In My Heart”, de 1935-- crea un clima de lujosa fiesta de antaño. Y todo esto, la orquesta de señoritas, la frase que repite una y otra vez, de algún modo presentan a la protagonista: Ana. Una mujer que en muchos aspectos es representante de la comunidad coreana radicada en nuestro país, pero en otros tantos es una auténtica excepción. Por un lado atiende un negocio de bazar y regalos en Bajo Flores, lleva una comprometida vida religiosa con su Iglesia, y es la encargada de montar y atender un restaurante de comida típica, que se inaugura en el período que registra el documental y que además, lleva el mismo nombre. Pero las cuestiones que la vuelven única son sin duda las más relevantes: es una cantante dueña de una técnica depurada, es maestra y dirige un coro de niños y otro de ancianos con dedicación. Es además un personaje que genera empatía instantánea, con su inmensa sonrisa y una belleza oriental, que en la propuesta visual de la película muchas veces convierte a los planos en algo un poco indefinible por lo menos en cuanto a su origen e inspiración.
Y esto mismo se extiende a toda la película. A la pregunta por la denominación genérica de Una canción coreana las respuestas son múltiples. Un documental de rodaje, una biopic fallida, o una que pretende mostrar en profundidad sólo un momento de la vida de su protagonista; un relato de las dificultades en el entendimiento de dos personas o dos grupos de personas de diferentes nacionalidades: los argentinos representados por el equipo de filmación con Gustavo Tarrio y Yael Tujsnaider a la cabeza, y los coreanos representados por Ana y su marido Víctor. La cámara persigue a Ana en sus múltiples y agotadoras actividades diarias, pero también se repliega sobre sí misma para dar cuenta de cómo no siempre es liso el camino que conduce a la construcción de un personaje en un documental.
Ana revela cómo no sabe su edad exacta, debido a que no pudieron anotarla al nacer ya que estuvo un día entre la vida y la muerte –tenía algo atravesado en la garganta que no la dejaba llorar ni comer, algo sumamente relevante para alguien que luego decidió dedicarse a cantar--, cómo después del viaje a la Argentina a los pocos años se quedó sola ya que sus padres siguieron rumbo a Los Ángeles y ella quedó en el cono sur por su novio y después marido, Víctor.
Ana se compromete en el proyecto de Yael y Gustavo. Hay que saber que Tarrío es un director de cine, pero también de teatro, con una extensa trayectoria en el Off. De ahí la propuesta a Ana Chung, que comience a trabajar en una obra de teatro independiente. Esto es quizás lo más extraño y singular del filme. Verla a ella, con su hermoso vestido tradicional coreano, cantando justamente una canción coreana, en una sala llamada Abrancancha en el barrio de Villa Crespo. Pero la película no busca mostrar una historia de integración y sincretismo con happy end. Incluso podría pensarse lo contrario. Mientras organizan la función, ensayan con pianista y locutoras, se sobreimprime la cadena de mails que Víctor y la producción de la película se fueron enviando para ponerse de acuerdo. Como si fuera necesario ver eso, las palabras escritas, las dichas por uno y otro, como si el espectador tuviera que mediar, sintetizar o sacar sus propias conclusiones sobre una comunicación en la que sobra la buena voluntad, pero los puntos de vista son irreconciliables. De la obra que montan y que se llama también Una canción coreana –como la película, como el restaurante-- sólo se ve el ensayo y la salida de los espectadores. Esa escena de post-función se muestra en un blanco y negro suave, con poco contraste, en el que ella camina y saluda, con su vestido inflado, como una princesa oriental. Aparece nuevamente la cortina musical de los años 30, para resaltar esa cualidad majestuosa. Una diva sacada de múltiples contextos, de Corea primero, de Bajo Flores después, del teatro en sí por último, del que nos llega solamente esta imagen filmada, coloreada, muteada, subrayada con una música de ensueño. Después de tantos procedimientos de develación del rodaje, de despojamiento, aquí los artificios toman revancha. La singularidad y belleza de esa escena, hacen que valga la pena los esfuerzos tanto en uno, como en otro sentido.
Pero después de otros varios mails, la obra se levanta. Ana debe ocuparse de su familia y su restaurante. Luego, otra urgencia va a ocuparla. Debe viajar a Los Ángeles por una enfermedad de su madre. La película decide acompañarla hasta allá y filmar –mostrando la filmación también, las dudas respecto a qué hacer con ese viaje--  su reencuentro, en momentos bellos en los que madre e hija cantan, partituras en mano, viejos temas de Iglesia.  El documental, con sus tironeos, con sus pretensiones, aquí se serena. Ana dice que agradece poder tener la posibilidad de dejar filmado ese momento, quizás el último encuentro con su madre. Y allí, ante esa visita no programada, ante un atardecer de póster en la playa, la emotividad aparece. La película entonces, además de hacerse cargo de su existencia y sus intenciones, pasa a cumplir una función así de concreta. Hacer que cine y vida vayan, aunque sea por algunos minutos, por el mismo carril.

***

Una canción coreana de Yael Tujsnaider y Gustavo Tarrío. Sábado 5 de abril 19.55 hs. en Village Recoleta, domingo 6 de abril 14.40 hs. en Village Recoleta y jueves 10 de abril 15.30 hs. en Arte Multiplex Belgrano

* Mercedes Halfon nació en Buenos Aires en 1980. Escribe periodismo y poesía

OTRAS NOTAS DEL INFORME

OTRAS NOTAS DEL AUTOR