Tema del Mes

ABRIL 2014

Nada es lo que parece

13 / 04 / 2014 - Por Yaki Setton

En el BAFICI de este año se llevó adelante una retrospectiva de Uri Zohar (Tel Aviv, 1935).Olvidado director integrante de la llamada Nueva Sensibilidad del cine israelí de los ’60, Zohar abandonó la producción cinematográfica tras su giro del laicismo hacia la ortodoxia religiosa en 1977. En ese sentido, se ha despertado un interés creciente por su obra tras una retrospectiva en la Cinemateque Francaise de París 2012 y una futura en el MOMA de Nueva York en el 2015.

Las imágenes y la música percusiva de bossa nova que acompañan los títulos de Tres días y un niño (1967) de Uri Zohar prometen una dulce comedia. Dos jóvenes bellos y sonrientes, parecen jóvenes sixties, caminan a los arrumacos por las populosas calles y plazas de Jerusalem hasta llegar al cuarto de soltero de Eli, el protagonista. Allí se los ve desnudos mientras hacen el amor invadidos por la luz enceguecedora y desértica de medio oriente y rodeados de cardos y plantas espinosas que su joven novia, estudiante de ciencias, colecciona.
De esta manera, comienza Tres días y un niño de Uri Zohar, adaptación de un relato de A.B. Yehoshua y palma al mejor actor en Cannes, quizás la más “europea” y críptica de todas sus obras. Los encuadres en contraplano, la cámara en mano, la fotografía en blanco negro son señales inéquivocas de las influencias de la Nouvelle Vague. Pero la acción se ve interrumpida por un llamado telefónico para Eli: una mujer que ha deseado inútilmente le pide que cuide a su hijo de tres años por tres días. Mejor dicho, es el padre del chico, ex compañero de kibutz, quien lo hace y no se puede negar. Ellos quieren irse del Kibutz, comunidad agrícola socialista, hoy casi inexistente, que implicaba también la educación colectiva de los hijos fuera del círculo cerrado de la familia (esto quizás explica la desaprensión de los padres al dejar al chico a un extraño como Eli) .
Aquí se inicia de manera verdadera este inquietante film (“debería haberlo matado” dice en off el protagonista y narrador) y recordando el viejo dicho sobre los ciudadanos israelíes nacidos en Israel o “sabras” (del hebreo tsabar, nombre de un cactus y que como una cita escenográfica invade el cuarto del personaje), podemos llegar a imaginar que este muchacho bien parecido y con anteojos gruesos es “espinoso por fuera pero dulce por dentro”. Sin embargo, al igual que los engañosos títulos, Eli se vuelve más áspero cuanto más progresa el relato. Él se hace cargo del Shay de tal modo que el film vira en su climax más a cierto suspenso psicológico, heredero del Polanski británico de Repulsión (1965), aunque conserve en su forma la retrospecciones temporales del Resnais de los sesenta.
Del Kibutz, pasando por el ejército israelí, hasta llegar a Jerusalem, Eli parece demostrar un hastío, un apatía social y un desamor hacia el niño que obliga al espectador a temer constantemente por su vida, como si el único lazo que los uniera fuera la tensión larvada de su tedio. Así, Shay sobrevive al cruce de una autopista con autos a velocidad, a una posible caída desde gran altura, a una hamaca empujada frenéticamente y a una víbora venenosa suelta por “accidente” en el departamento de su guardián. Esto sucede sin golpes bajos ni música estridente hasta que en la mañana del tercer día bajo una luz blanca y enceguecedora sus padres, ignorantes absolutos de lo sucedido, lo retiran. Tomados de la mano se los ve partir felices.
En Tres días y un niño Uri Zohar percibe una serie de problemáticas invisibles todavía para la sociedad israelí de ese momento, en particular la que sufren los jóvenes con sus mandatos sociales y sus obligaciones hacia el estado, inmerso en una pérdida de ideales colectivos que se ven desplazados por cuestiones más pragmáticas e individualistas.
En definitiva, un mes más tarde estallará la Guerra de los Seis Días en la que sin duda todos los jóvenes israelíes lucharán. Quince años más tarde, será la del Libano en la que Shay, ese niño que se ha salvado de la maldad de Eli, tendrá también la obligación, como cualquier ciudadano, de participar. Pero eso será otra película.

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Tres días y un niño de Uri Zohar

* Yaki Setton es poeta y docente

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