Tema del Mes

ABRIL 2014

The Joycean Society y Meetings with a joung poet o cómo el Nuevo Cine Argentino redefinió el vínculo del cine con la literatura

18 / 04 / 2014 - Por Hernán Sassi

En el BAFICI se presentaron dos películas antitéticas que giran en torno a dos escritores no menos disímiles: Joyce y Beckett. Pensarlas en relación con nuestro contexto permite reflexionar acerca de un cambio introducido por aquél Nuevo Cine Argentino de fines de los noventa que aún sigue vigente.

En el BAFICI se presentaron dos películas antitéticas que giran en torno a dos escritores no menos disímiles: Joyce y Beckett. Pensarlas en relación con nuestro contexto permite reflexionar acerca de un cambio introducido por aquél Nuevo Cine Argentino (NCA) de fines de los noventa que aún sigue vigente.

Según se cuenta en The Joycean Society, en los márgenes de la introducción de una edición del Corán Joyce anotó que en ese libro cada palabra tiene setenta significados. En su Finnegans Wake este escritor irlandés se abocó a la ciclópea tarea de condensar, si no setenta, al menos decenas de significaciones en cada vocablo. Respecto de lo que tamaña decisión depararía para los lectores, Joyce dijo una vez: “Si a mí me llevó 17 años escribirlo, ¿por qué piensan que va a llevarles menos tiempo leerlo? En realidad, les va a llevar cientos de años. Mantendré a los críticos ocupados durante siglos”. A lo largo de todo este tiempo su objetivo parece haberse cumplido. Su última novela no sólo ocupó a la crítica –que, como quedará claro en esta reseña, no necesita de genialidades para encontrar objetos de estudio–, sino que también cautivó a miles de lectores ávidos de recuperar el juego atávico e infantil con las palabras.
The Joycean Society de la española Dora García es un documental de observación que explora la fascinación de un grupo de devotos lectores por el Finnegans Wake. Cual monjes que refrendan un ideal ascético acudiendo al encuentro con la palabra del Señor tras escuchar el tañido de las campanas (no es casual entonces que la película abra y cierre con esos sonidos), estos lectores, algunos de los cuales permanecen desde un comienzo, otros se han sumado recientemente y otros simplemente han abandonado, forman hoy, secularización mediante, casi una sociedad secreta que desde hace más de tres décadas se reúne regularmente en el Zurich James Joyce Centrum. Habiendo asistido a nueve de esas sesiones, grabado el sonido de siete y tan solo filmado tres, la directora sabiamente exhibe algunos minutos de esa aventura intelectual que en un solo encuentro puede avanzar tan sólo 20 líneas, y en el que podemos escuchar los comentarios de cada uno de ellos –que no son más de 10– sobre el sentido mitológico, onírico, lingüístico, alegórico, histórico o sexual que atesora cada palabra. Lo interesante del film es que en sus 53 minutos, lejos de ofrecer una amable y escolar introducción a la obra recurriendo a las eruditas apreciaciones de los críticos, o circunscribirse a registrar estos encuentros como ejemplo de una cruzada del conocimiento, decide más bien adentrarse en la inusual y adictiva experiencia que supone la lectura de un libro descomunal como ese –y la elección de mostrar largas conversaciones en torno a un término y minutos de lectura del texto así lo demuestra. Opta, de este modo, por aproximar al espectador al acto de lectura como encuentro con el sentido.
Para ser fiel a la experiencia de este libro –como lo es el film–, no basta con referirse a ella, hay que vivirla:
“río que discurre, más allá de Adam and Eve, desde el recodo de la orilla a la ensenada de la bahía, nos trae por un comodius vicus de circunvalación de vuelta al castillo de Howth y Environs.
Sir Tristán, viola d`amores, del otro lado del pequeño mar, no ha passencore vuelto a llegar de Norte Armórica a este lado del flaco istmo de Europa menor para librar su penuriósolo combate: ni los dentados riscos de junco al Oconee se habían recrecido aún en la exuberancia de Laurens county a fuerza de redublinar los pobres miembros: ni bramó una voz ardiente la pifia para cortarle el revesino al bautismo de Patricio: aún no, aunque very soon-Venyson-prontísimo, se había un novatillo entrometido con el templado isaac: aún no, aunque todo se lo justificase la vanidad, se habían las me(s)mas hermanas encolerizado con un tal (o dos) joe Nathan. Ni un Cuartillo de la cereza paterna habían fermentado Jhem ni Shem bajo la achispada bóveda y ya se veían los anillos de la juguetona cola del arco iris sobre el aqueface”.
Éstos son los dos primeros párrafos del Finnegans Wake. Ellos y todo el libro, así como este documental, son un cabal ejemplo del hechizo que puede producir el lenguaje cuando nos dejamos atrapar por el encanto de la palabra –hazaña doble del film, pues, como es de prever, trabaja con imágenes y no solo con palabras. Sin proponérselo, libro y film llevan a cabo aquello que pedía Susan Sontag en Contra la interpretación, un ensayo que combatía las abstrusas empresas hermenéuticas y proponía “la recuperación de la agudeza de nuestra experiencia sensorial”. Ambos, exhibiendo cómo el sentido, materia viva y arborescente, se libera de la tiranía del significado, vindican el placentero y no meramente erudito ejercicio de la lectura.

Meetings with a joung poet del canadiense Rudy Barichello es una ficción construida en torno a la correspondencia y los encuentros que mantuvieron durante años un joven poeta (Paul Susser) y un escritor consagrado (Samuel Beckett). Luego de un postergado primer encuentro, entre charlas sobre poesía, whisky y ajedrez, el joven poeta abstemio y no fumador, desconociendo la lección central de las rilkeanas Cartas a un joven poeta, logrará copiar lo único que puede copiar de su maestro –si no se anima a “matarlo” como hizo Beckett con Joyce al tomar un camino literario diametralmente opuesto–, y progresivamente compartirá con él unas copas de alcohol y muchos cigarrillos, al tiempo que juegan al ajedrez y citan versos de escritores famosos.
El curriculum de un publicista, más que curriculum, es un prontuario en el que se detallan sus éxitos en el arte del engaño. Según se cuenta en el catálogo de este festival, por más de una década Rudy Barichello dirigió una agencia de publicidad. En su codificado montaje, en la puesta de cámara y en la concepción de la fotografía y el arte, la puesta en escena del film no hace más que confirmar que el director ha cambiado un mercado por otro sin haber dejado atrás su profesión, y para cumplir con lo que un espectador culto espera encontrar en una “película sobre escritores”, adocena su film con recitados de versos y, en materia musical, no se priva de edulcorar momentos con acordes de violín; eso sí, con melodías más cercanas a Tchaikovski que a Eric Satie o Morton Felman, compositores mucho más afines a la estética de Beckett que el compositor ruso. Más cerca de Shakespeare enamorado, es decir, de una película sobre algún episodio de un autor prescindiendo absolutamente del tenor de su literatura y de su singular escritura, que de El tiempo recobrado de Raoul Ruiz, en la que el director chileno trataba de llevar al cine –asumiendo todos los riesgos– la experiencia con el tiempo de la escritura proustiana, el recorte que el director hace de la vida de Beckett se circunscribe, en general, a los clisés de la relación discípulo–maestro, y en particular al período post Premio Nobel en que Beckett estaba “condenado a la fama”, como se titula la minuciosa biografía de James Knowlson sobre el escritor irlandés. Más allá de un hallazgo menor del casting (es asombroso el parecido del actor que interpreta a Beckett con este lúgubre pájaro de las letras), de aquél escritor que encarnara la más radical antítesis de la apoteosis de la palabra alcanzada por Joyce en su obra y más precisamente en el Finnegans Wake, es decir, del artista del un-word o la “despalabra”, solo nos quedan un puñado de curiosidades biográficas (su pasión por el ajedrez, por la literatura y sobre todo por el sonido de las palabras), que ya no son tales si es que hemos leído algún artículo periodístico en uno de los aniversarios de su muerte o alguna de sus biografías, o tan siquiera consultado Wikipedia.
Meetings with a joung poet es una de esas películas que nunca faltan en el BAFICI y que siempre llevan a la misma pregunta: ¿Qué hace un film así en un festival de cine independiente? (Igual pregunta podemos hacer frente a Fantasmas en la ruta de Campusano, pero ése es otro tema y dilucidarlo me tomaría un espacio que no tengo en esta reseña.) Pero su inclusión no ha sido en vano, al menos nos sirve, en su contraste con The Joycean Society, para confirmar una tendencia en el cine argentino contemporáneo.
Un film basado en las desventuras de un escritor, con explícitas alusiones literarias, con parlamentos en off en los que se recitan versos de poemas reconocibles, con música incidental dispuesta a sensibilizar al espectador y planos que funcionan como metáforas, en el contexto argentino nos recuerda a un tipo de cine literario hecho por un director que, casualmente, tuvo análoga experiencia profesional que Barichello. Eliseo Subiela, y más precisamente El lado oscuro del corazón (1992), ha sido modelo de una clase de cine que, si bien se reedita en adaptaciones literarias contemporáneas, bien sabemos hace tiempo ha quedado en un segundo plano tras la aparición de aquél nuevo cine argentino de fines de los noventa.
Como quedó dicho, Meetings with a joung poet es el cine del pasado, mientras que The Joycean Society es un conciso ejemplo de sinergia entre los lenguajes, y en tanto acercamiento a la experiencia de lectura y trabajo sobre la literatura nos remite a films como La orilla que se abisma y el reciente El rostro de Gustavo Fontán, así como a Tierra de los padres de Nicolás Prividera y Réimon de Rodrigo Moreno, películas que bajo registros y búsquedas muy distintas –en el caso de Fontán, aproximando el lenguaje cinematográfico lo más posible a la poética de Juan L Ortiz, en el de Prividera, poniendo en juego un benjaminiano choque de citas, y en el Rodrigo Moreno, incluyendo la lectura de El Capital para destacar, entre otras cosas, el autismo de la misma clase social de la que surgió y aún se mantiene la renovación del cine argentino de los últimos años–, acercan el cine a la experiencia de la lectura.
Pero más allá de estas arbitrarias resonancias puntuales, el contraste entre estos dos films es útil para destacar una tendencia abierta por el NCA. Al contrario de lo que hace más de un lustro opinó Diego Trerotrola, según el cual en las últimas décadas nos encontramos ante un “cine mayoritariamente desliteraturizado de esta generación”, considero que si hay algo que demostró el NCA, y con innumerables ejemplos sigue haciéndolo, es haber encontrado en la literatura una fuente inagotable no sólo de historias, sino más bien de recursos para reinventar el lenguaje del cine.
Con nuevos referentes como Hugo Santiago (quien se lo menciona en no pocos films de las últimas generaciones y cumple un papel en uno de los muy buenos exponentes del cine literario actual, El escarabajo de oro de Alejo Moguillansky), y muchos de ellos con Borges como faro y más de un escritor como patrono y acompañante del panteón de directores que los formaron y con los que dialogan en las nuevas propuestas que emprenden, en el NCA hay quienes vienen consolidando una profunda renovación de los productivos vínculos que se establecen entre el cine y la literatura. Dicha renovación es visible en las lúcidas trasposiciones de Juan Villegas, Luis Ortega, Mariano Cohn y Gastón Duprat, Sergio Bellotti y de Daniel Rossenfeld, entre otros; así como en el innegable trasfondo literario del que se han nutrido los films de Mariano Llinás, Matías Piñeiro, Laura Citarella, Alejo Moguillansky, y más de una de las películas de Andrés Di Tella, así como también de Opus y Radiografía del desierto de Mariano Donoso, La rabia de Albertina Carri, Viaje sentimental de Verónica Chen, y la flamante Mauro de Hernán Rosselli; pero también son notorios los vasos comunicantes entre estos lenguajes en el trabajo de directores que al mismo tiempo son escritores como Martín Rejtman, Gonzalo Castro y Nicolás Prividera.
Un cineasta, no menos que un escritor, está llamado a crear su propia lengua (a Joyce y a Beckett les tomó una vida hacerlo, basta comprobarlo en la última novela del primero y el último poema publicado por el segundo). Muchos de los directores que mantienen vivo el NCA, apropiándose de la lengua literaria y particularmente redescubriendo los modos en que el cine moderno había redefinido la tensión entre cine y literatura, no buscan otra cosa.

* Hernán Sassi es investigador y crítico de cine y literatura

OTRAS NOTAS DEL INFORME