Tema del Mes

ABRIL 2014

Asir el presente

19 / 04 / 2014 - Por Damián Tabarovsky

Raros son los casos en que un intelectual logra asir las particularidades de una lengua en medio del acontecimiento, como hizo Fogwill en 1984. Más común es construir desde el presente la lengua de un acontecimiento pretérito. Tabarovsy se detiene en la perturbadora argumentación de Milner, quien reduce la agitación de Mayo del 68 a un fenómeno de la lengua parisina.

Solemos reparar en quien encuentra la lengua precisa frente a la irrupción del acontecimiento. Pienso, por supuesto, en Fogwill. Nadie como él comprendió la lengua de la transición democrática argentina, para criticarla, para ponerla en cuestión, para señalar, una y otra vez, sus limitaciones, que son también las limitaciones intelectuales del progresismo. Mientras el discurso político, o mejor aún, el discurso de la época giraba en un sentido –el del quiebre entre dictadura y democracia- Fogwill, solo, y seguramente mal comprendido, señalaba sus líneas de continuidad, los impensados del presente. En artículos como La herencia semántica del proceso y La herencia cultural del proceso, de abril y mayo de 1984, capta los movimientos de la lengua bajo una forma que Fogwill llama “trampas del léxico”. Esas trampas son el “eco” de una lengua –la de la dictadura- que todavía perdura en otra –la de la democracia naciente- que se imagina como virgen, como carente de cualquier línea de continuidad. Como un semiólogo salvaje, Fogwill rastrea esas continuidades semánticas hasta llegar a formular, casi, un diccionario de expresiones nuevas que en verdad conllevan el eco del autoritarismo anterior. Transcribo, como muestra, solo algunas. “Ecos del proceso: hablan de la ‘democracia’; siguiendo al General Bignone que propuso que el treinta de octubre –o el diez de diciembre- se reestablecía el gobierno del pueblo, cuando apenas se reestableció el régimen de consulta electoral y se ampliaron las libertades y garantías individuales.” “Más ecos del proceso: hablan de ‘dictadura militar’, recurso del léxico que legitima la operación (instaurada por el régimen de 1976) de oscurecer el verdadero carácter del Proceso (banquero, oligárquico, multinacional) poniéndole el nombre de los circunstanciales servidores de su política”. Poco antes de morir, Fogwill concedió una entrevista a una revista kirchnerista, que se publicó titulada con una frase que decía algo así como (cito de memoria, puede haber algún error”): “Si no estuviera loco votaría a Cristina”. Siempre entendí a esa frase, por detrás de la ironía, como un (auto) reconocimiento tardío. Buena parte de la comunicación kirchnerista –e incluso de ciertos procesos judiciales en curso- consiste en devolverle el carácter cívico-militar a la dictadura de 1976-1983. Hasta 6-7-8 suele hablar de dictadura en esos términos. En este tema, el kirchnerismo es fogwilliano avant la lettre.
Reparar en quien vislumbró la lengua exacta en el momento preciso es imprescindible como acto de ética de discurso. Ese talento suele arrojar a quien consigue esa iluminación a la soledad, e incluso a la locura solapada, como le pasó a Fogwill. Pero ya en los años noventa –años de circulación obscena de dinero- la palabra de Fogwill perdió justeza y radicalidad, para nunca más recuperar esos dones. No se le puede exigir a un intelectual que acierte siempre. Pero se le debe exigir a un intelectual que tenga la sensibilidad para hacer presente un hecho del pasado. Ahora que el propio Alfonsín parece ser reivindicado por el gobierno y los intelectuales kirchneristas, se hace crucial volver a leer la lengua de la transición democrática en clave fogwilliana.
Volvamos sobre una frase escrita unas líneas más arriba: “hacer presente un hecho del pasado”. Para eso también hace falta una lengua. O  mejor dicho: en determinada condiciones de enunciación, una legua es capaz de repensar un acontecimiento del pasado, hasta volverlo otro, diferente. Llegado a ese punto, el acontecimiento, o mejor, el acontecimiento en el sentido trivial del término, se vuelve sin importancia, un detalle, y el acontecimiento  -el acontecimiento en el sentido grave del concepto- aparece en la lengua que lo narra, que lo describe, que lo interpreta. La lengua que construye el acontecimiento pretérito. Decimos “Revolución de mayo”, pero ese hecho, eso que ocurrió ese 25 de mayo, es objeto de múltiples interpretaciones, procesos discursivos, lenguas. Decimos “Mayo del 68” y otro tanto ocurre. En esa dirección, precisamente acerca, o mejor dicho, a partir de Mayo del 68 hay un libro sobre el que debemos detenernos porque toca el nudo sobre el que venimos pensando. Y lo hace de un modo perturbador, de una manera que nos obliga a pensar contra nosotros mismos, aún en la disidencia. La arrogancia del presente. Miradas sobre una década: 1965-1975 de Jean-Claude Milner es uno de esos libros con los que es imposible estar de acuerdo, porque en su argumentación arbitraria -valga el oxímoron- suspende la idea de estar o no de acuerdo, minimiza ese accidente, porque no pretende nunca convencernos, sino más bien testimoniar. ¿Sobre qué testimonia La arrogancia del presente? Precisamente sobre el estado de la lengua en relación a un acontecimiento: el estado de la lengua francesa frente al Mayo del 68.
El tema del libro es una historia personal, pensado a partir de la militancia de Milner en Izquierda Proletaria, organización maoísta que llevó a cabo acciones de violencia directa en clave de lucha armada. Son los gauchistes años 70, y ese maoísmo duro ocupó un lugar no menor en la escena política y cultural francesa post 68. “Post 68” aquí no es tampoco una frase menor (casi me animaría a decir que nada en el libro es menor) porque de lo que se trata, o en todo caso lo que trata Milner, es de encontrar, recrear la lengua que surgió de ese acontecimiento. “Acontecimiento” –perdón por la repetición- es aún mucho menos un término menor. Al contrario es el término oficial con que el gobierno y el establishment se referían a lo que estaba sucediendo, y aún hoy el discurso de la derecha lo llama de ese modo, que pertenece a la retórica del eufemismo: Les événements du mai. Pues, entre ese acontecimiento y la extrema izquierda maoísta –con obvios toques foquistas- es que Milner busca en una lengua. ¿Qué lengua? Podríamos decir, para empezar, que busca una lengua franco-francesa: “Afirmo que Mayo del 68 y el izquierdismo concernieron a la pequeña burguesía francesa intelectual y a nadie más”. Mayo del 68 no fue ese “encuentro de hombres con los hombres, recibidos solo por ser hombres”, como lo define Blanchot; no fue tampoco ese momento instituyente del deseo, de la fiesta de la contracultura como lo recuerda Susan Sontag; ni mucho menos fue –lugar común de los lugares comunes- esa pegatina de eslóganes ingeniosos (“La imaginación al poder”, etc., etc., etc.). No, nada de eso. Para Milner fue otra cosa: un fenómeno de la pequeña burguesía parisina. Luego Milner intenta hacer de la crítica virtud, y declara que esa “no es una razón para despreciar ni a Mayo ni al izquierdismo. En esto me aparto del consenso”. Porque –mientras nos acercamos al asunto nodal- de lo que se trata, post mayo, es de encontrar la lengua para apartarse del consenso. Escribe Milner, largamente: “Lector de periódicos y lector de Marx, yo practicaba al menos dos lenguajes políticos, el del juego parlamentario y el de la lucha de clases. Sabía manejar, tanto como cualquiera, su alfabeto, su sintaxis, su léxico, su estilística; sabía, en particular, que había que insistir fuertemente sobre su radical diferencia a fin de interpretarlos mejor el uno por el otro; al ritmo preciso de determinar cuál de los dos lenguajes iba a tener la última palabra. A esto se le llamaba ‘elegir el propio bando’. De aquí se pueden resultar acciones no exentas de consecuencias ni de riesgos. La guerra de Argelia, todavía muy próxima, bastaba para recordarlo. Pero, cualquiera que fuese el desenlace, elegir a qué bando se pertenecía era primeramente, para los intelectuales de esa época, elegir un lenguaje”.
Para Milner, entonces, primero está la elección de un bando, lo que supone ante todo “elegir un lenguaje”, y luego, en un segundo momento, “pueden resultar acciones no exentas de consecuencias”. Todo ocurre como si Milner viniera a decirnos hoy –en 2009, cuando publicó su libro en francés- que primero estuvo la lengua y luego el acontecimiento, o mejor dicho, que el événemet ante todo es el de la elección de la lengua (y por ende del bando). Mayo del 68 –y luego el izquierdismo, desviación de mayo, o profundización de mayo, según como se lo vea- es ante todo el resultado de una lengua.
¿Qué lengua, entonces? La lengua franco-francesa, como ya dijimos. Pero más aún: es la lengua francesa de la revolución: “Los que hicieron Mayo del 68 no vacilaban. Pertenecían a la tradición de la izquierda de la lengua francesa” (y más tarde, para reforzar: “En el orden del discurso, Mayo del 68 es intrínsecamente franco-francés”). Allí, en ese movimiento hay una operación que remite el Mayo a una situación concreta; política, cultural y económicamente interna a Francia. Si la revolución francesa de 1789, es decir, la idea misma de revolución nace bajo la figura de lo universal (los Derechos Universales del Hombre), la herencia tardía de esa tradición, dice Milner, se ha vuelto absolutamente local. Mayo del 68, para Milner, no tiene nada de universal. Al contrario, se inscribe en un proceso nacional, o más aún, parisino. Es un choque interno en la cultura intelectual pequeña burguesa de la gran ciudad. Es ese doble movimiento el que tiene mucho de perturbador y a la vez de dogmático. En un punto, tanto tiempo después, habiendo pasado también por el lacanismo, Milner sigue pensando en términos maoístas. Lo que ocurrió en París, fue una chispa revolucionaria, una grieta entre diversos intereses burgueses, y precisamente por eso, tocó rápidamente un límite. La revolución no se extendió –no podía extenderse “objetivamente”- y por eso es necesario la creación de grupos de ultra izquierda que vayan hacia la acción directa y armada (como Izquierda Proletaria) para constituirse en foco revolucionario, para darle sentido a esa chispa. Allí hay un error, un límite, no del Mayo del 68, sino de Milner. Pero a la vez –y aquí reside el momento perturbador- al extirparle el sentido universal al Mayo (que leído en clave interna francesa no deja de ser una herida narcisística, casi una transgresión: implica el reconocimiento de que Francia dejó de ser “universal”), al convertirlo en un fenómeno local, Milner lo piensa sobre todo como un estado de situación de la lengua francesa. En Milner, Mayo y lengua francesa van juntos. Son uno.
Nuevamente, volvemos a la pregunta de más arriba. ¿De qué lengua se trata? De la lengua franco-francesa, ya fue dicho. Pero más aún: de la lengua franco-francesa que abandona la tradición de la revolución “universal” de 1879. Milner tiene una hipótesis sobre esa tensión entre lengua y revolución “universal”: “Es una paradoja largo tiempo ignorada, la lengua francesa, que fue la de la Revolución, retrocedió ante la Revolución”. Esa tensión, entonces, se expresa aquí como una especie de competencia, un combate entere saberes y prácticas. Dicho en términos de Milner: “Hay que ser claros; a partir de 1815, el pensamiento conceptual de la lengua francesa estuvo regulado por una prohibición: ‘la filosofía no hablará filosóficamente de la Revolución’ (…) según esa ley inflexible, la Revolución no es un objeto para el concepto; las inversiones no se dejan pensar, sino únicamente describir o contar. La lengua alemana eligió el camino opuesto. La filosofía no retrocedió ante la Revolución, ni ante las inversiones. Viene a la mente el nombre de Hegel, pero no es el único”. ¿Qué significa esta hipótesis? Que la lengua francesa, según Milner, no estuvo a la altura de la Revolución. La Revolución (universal) abrió un campo político, social, económico e incluso ideológico inédito en la historia moderna, un quiebre, tal vez, como nunca antes –el quiebre de origen de la modernidad- pero que la lengua, y más precisamente la lengua filosófica francesa, no logró asir en toda su envergadura.
Llegamos, entonces, a la paradoja final en Milner, que proviene precisamente de Mayo del 68. Deteniéndose en uno de los más agudos eslóganes franco-franceses –“Las estructuras no bajan a la calle”- por el cual se cuestionaba la falta de apoyo y la distancia fría que Barthes o incuso Lévi-Strauss –los estructuralistas- sentían por el Mayo (por considerarlo, ya demasiado espontaenista, y por lo tanto poco intelectual; ya por considerarlo como una vuelta a conceptos que el estructuralismo quiso superar, como Pueblo o Historia), Milner no deja de anotar su grano de arena en ese sentido: “La calle empujó a las estructuras hasta su punto de insuficiencia”. Y sin embargo (“sin embargo” es la expresión clave en cualquier pensamiento intelectual) pese a esa insuficiencia, o tal vez, en la insuficiencia misma, Milner detecta un vuelco en la lengua francesa, en el habla filosófica francés: “la lengua francesa podía convertirse (…) en la lengua de los saberes. Podía hacerlo en ese mismo momento, en todos los sitios en que la lengua era viva”. Todo ocurre, para Milner, como si Mayo, antes que una revolución universal, hubiera sido un revolucionador de la lengua francesa. Mayo del 68 revolucionó la lengua filosófica francesa, tal vez, como no lo había logrado la Revolución Universal de 1789. La mejor lengua de la filosofía francesa de la segunda mitad del siglo XX es deudora de esa paradoja. Mayo fue ante todo una lengua.