Tema del Mes

MAYO 2014

El regreso de la serie 24 y el estado de excepción

17 / 05 / 2014 - Por José Nesis

Como un héroe trágico, el protagonista de 24 atraviesa encrucijadas donde el cumplimiento de fines deseables lo lleva a desobedecer la ley. Como indica su nombre, la serie norteamericana dilata en meses de entrega un guión que abarca solamente 24 horas consecutivas de un día. José Nesis vincula esta contracción temporal al debate político sobre el estado de excepción y la suspensión del orden jurídico.

¿Cómo puede una anomia estar inscrita en el orden jurídico? De las muchas preguntas que Giorgio Agamben se formula en Estado de Excepción, esta es una de las que reaparece con diferentes vestiduras a lo largo del trabajo. El estado de excepción, es decir la suspensión del orden jurídico, suele presentarse como un estado transitorio que difícilmente se mantiene en su fugacidad y que rápidamente migra hacia formas crónicas para dar lugar, entre otras cosas, a los regímenes más abyectos y totalitarios. Como objeto de estudio, constituye una de las preocupaciones fundamentales de Agamben cuando se trata de abordar el curso de los acontecimientos políticos de los últimos años, particularmente desde el atentado del 11 de septiembre de 2001. Fue el estado de excepción el invocado para instaurar desde el Tercer Reich hasta la última dictadura militar en nuestro país. Se proclama un estado que se anuncia como transitorio y además de faltar a esa condición, se constituye en la puerta al régimen sin orden jurídico democrático y deliberativo. Sin embargo, la preocupación por la ruptura del orden jurídico es muy antigua, entre otras cosas, porque, como afirma René Girard en La Violencia y lo Sagrado, es el sistema jurídico el que mejores garantías ofrece frente al ciclo incesante de venganzas en la vida pública y privada. El monopolio de la fuerza por parte de los Estados democráticos, convertido en el brazo armado de la justicia, representa la mejor versión posible de la última palabra en los ciclos de la violencia. Aun así, tal como ocurre con algunos estudios sobre la corrupción que muestran cómo ella misma en pequeñas dosis puede llegar a ser beneficiosa para el funcionamiento ágil de las políticas públicas, la discrecionalidad en el uso de la fuerza por parte del Estado también parece ser necesaria  en un valor distinto de cero para resolver determinadas situaciones críticas. El problema decisivo está dado por las preguntas acerca de cuánto, cuándo y cómo establecer la magnitud de esa discrecionalidad. Y definitivamente no parece haber ninguna respuesta satisfactoria: quizás sea imposible escapar de la aporía de Agamben, desplegada en la pregunta del principio. En otras palabras, no se puede legislar el estado de excepción.

El 5 de mayo se produjo el retorno a las pantallas de la serie de televisión estadounidense 24, cuya octava y última temporada se proyectó cuatro años atrás. Para quienes jamás la vieron, se trata de un thriller de suspenso y acción enmarcado en la actualidad, en la que el personaje principal es el agente federal Jack Bauer, protagonizado por Kiefer Sutherland, quien a través de los capítulos se ve implicado en diversas encrucijadas en las que de sus acciones depende la supervivencia de los Estados Unidos y, en ocasiones, de vastas porciones de la población humana. Se puede o no estar de acuerdo con la mirada geopolítica e ideológica de la serie, aunque esto no parece representar un obstáculo para el éxito en la cantidad y variedad de público que ha seguido la saga. Hecha esta aclaración continúo con los aspectos centrales de la trama. Jack trabaja en contraterrorismo y está al servicio del sistema democrático, de modo que  reconoce a las autoridades y respeta sus jerarquías pero, puesto invariablemente ante disyuntivas como desobedecer para respetar valores más preciados como la vida, o a no respetar la vida para conservar el sistema de jerarquías del Estado,  va tomando decisiones en las que no hay otra alternativa que romper alguna regla. Puede matar un inocente, torturar a un sospechoso, robar y hasta perder a sus propios seres más queridos. Excepto por este último carácter sacrificial, no es muy diferente a las abundantes producciones fílmicas o literarias en las que alguien suficientemente motivado se siente justificado para quebrar las leyes que protegen a los demás de la violencia. Esta estructura dramática no es nueva. Está en la primera versión de Rambo, en la que un veterano de guerra tolera hasta el cansancio el maltrato y las torturas de la policía local de un pequeño pueblo típicamente conservador, que se agigantan como símbolo del no reconocimiento del Estado a su entrega en Vietnam. Los espectadores sólo ruegan que John Rambo deje de ser humillado y, en el cenit de su martirio, aliviados ven aparecer su reacción, que definitivamente no respeta ley alguna. Sólo al final, se restituye el tejido jurídico cuando a Rambo lo detiene su antiguo jefe militar, convocado para tal fin. Este retorno representa no solamente la rendición de Rambo sino el final del estado de excepción.  Además ese final ocurre en el punto exacto en el que confluyen el tiempo que suele durar un filme con la saciedad del público, que sufrió junto a John toda la primera parte. Esa relación entre el sufrimiento que va en ascenso hasta descargarse en forma placentera tampoco es nueva en la literatura o en el cine. Está en La Cenicienta, cuando los niños que escuchan o leen el relato, ya hartos de los maltratos de las hermanastras, sólo esperan que Cenicienta muestre todo su poder, más allá del baile con el príncipe, a través de su coincidencia entre su pie y el zapato, que la liberará del sufrimiento injusto y la encumbrará en el máximo del poder real, para el justo castigo de su familia despiadada.
En esta última dinámica - sufrimiento ascendente en personajes y espectadores/lectores - que integra a la obra con el público, es donde quisiera detenerme en el análisis de 24. La serie logró algo muy difícil de conseguir: mantener al público atrapado durante cada una de las temporadas - que suelen durar varios meses, los de mayor actividad del año -  en este ciclo de dolor/saciedad al precio permanente de la ruptura de la ley. ¿Cómo se logró eso sin perpetrar una apología del delito? Aquí estoy estableciendo claramente una posición en la que quisiera ser explícito: 24 resiste la acusación de apología del delito. Hay delito -en la ficción- pero no hay apología del delito en la propuesta. El público disfruta de los momentos en los que Jack Bauer rompe la ley. Pero los realizadores lograron evitar que puedan generalizarse esas acciones como deseables y positivas en forma permanente. Otra vez, ¿cómo se puede disfrutar de una acción legalmente disvaliosa sin proponerla como regla? ¿Cómo se puede mantener eso durante una temporada completa y que eso se repita durante ocho años? El secreto parece estar en el guión: 24 está estructurada como una historia que dura solamente 24 horas consecutivas. La historia, con algunos matices en función de las tandas publicitarias, transcurre en tiempo real, de modo que en alrededor de seis meses se cuenta una historia que sólo dura un día exacto. Como una especie de Ulises de Joyce, aquella novela que toma casi mil páginas para relatar las acciones de un sólo día, aquí parece estar la clave: es respetado el estado de excepción en su versión fugaz e inalterable. Incluso es llamativo que dentro de la trama misma son más las reglas del sistema democrático y republicano que se respetan que las que se quiebran, quizás porque sería imposible el efecto buscado sin un contraste importante entre cumplimiento y ruptura. Pero es cierto que el núcleo “atractor” de la serie está dado por los momentos límite, por los brevísimos estados de excepción. La coartada es perfecta: estamos durante seis meses viendo instantes anómicos pero recordando, una y otra vez, que la violencia discrecional del protagonista sólo durará un día, aunque lo entreguen tan lentamente que parezca una eternidad. Recuerda a la manera de Kung Fu, la serie con David Carradine que pregonaba la paz y el respeto por los demás, pero cuyo deleite no hubiera sido posible sin las escenas en las que Kwai Chang Caine golpeaba severamente a quienes habían lastimado los sentimientos del espectador mediante el maltrato y la humillación a los inocentes, por lo general pertenecientes a minorías desfavorecidas. Ambos personajes reciben un entrenamiento de elite, pero a diferencia de Caine, quien es a la vez un miembro de esas minorías, destinado a vengarlas, Jack Bauer representa, al menos desde el discurso que sostiene el guión,  a un elegido por el Estado gracias a sus méritos y entrega. Sin embargo, va a seguir también el camino del héroe fugitivo. Está destinado a pagar el precio por las veces que eligió la desobediencia a sus superiores, o por las oportunidades en las que optó por violar la ley. Es decir que, puesto a elegir, no tiene opción, y esto es lo que le confiere el carácter trágico, en tanto vector de lo inexorable que también forma parte de la dieta que la literatura y la pantalla proveen al público.
Así como los juegos y los deportes de equipo -como el fútbol- representan y a la vez morigeran las contiendas mortíferas del pasado, 24 parece condensar el impulso a la mano propia y la exigencia del estado de derecho, a través de un recurso narrativo que dosifica la violencia de la excepción a las reglas, en medidas que resulten metabolizables para el mantenimiento del orden jurídico.
Quizás el estado de excepción, en su mejor variante, sea un brevísimo instante político de traición, de altruísmo, de cobardía, de transgresión, de heroísmo o de cualquier otra forma de desmesura, que cobra significado a posteriori cuando la historia lo reconoce como un hecho necesario. Tal vez el verdadero estado de excepción sea aquel que ni siquiera figura en las crónicas, aquel destinado al anonimato. Cualquier prolongación en el tiempo pareciera desnaturalizarlo y pervertirlo. Los realizadores de 24 lograron esa extensión sin dañarlo. En lugar de comprimir, desplegaron un día en seis meses. Con bastante probabilidad habite allí el éxito de la serie. Comprender esta operación narrativo-político-afectiva puede ser una de las formas de acercarnos a las complejidades del estado de excepción.