Tema del Mes

JUNIO 2014

Los intelectuales y el debate político en la Argentina

07 / 06 / 2014 - Por Carlos Altamirano

El alfonsinismo inauguró la incorporación activa de los intelectuales en la política. El modelo menemista desplazó la figura del intelectual por la del técnico o experto. El kirchnerismo, en su etapa inicial, atrajo a pensadores de diverso signo. Desde 2008, ese pluralismo fue dejando paso a una polarización del campo. Entre las palabras de los intelectuales orgánicos y de los opositores, subyace un debate que continuará más allá del propio kirchnerismo.

La intervención política de los intelectuales ha sido un hecho recurrente en la Argentina, casi una constante. Los partidos que contaron con favor popular, sin embargo, como el radicalismo, en los primeros cuarenta años del siglo XX, y el peronismo desde 1945, nunca fueron demasiado hospitalarios con los “hombres de ideas”. Ricardo Rojas, la figura intelectual más importante que contó en sus filas el partido Radical, sólo se afilió al partido después del golpe de Estado que derrocó a Hipólito Yrigoyen. “Cualquiera que sean los errores individuales de los hombres, el radicalismo, estoy cierto, es una fuerza espiritual que resume al pueblo argentino con todos sus vicios y todas sus virtudes”, declaró Rojas en 1931. Durante décadas, los intelectuales que querían participar en la vida pública apoyaron por lo general a organizaciones minoritarias –el socialismo o el comunismo, en la franja izquierda del campo político; el nacionalismo, en la franja derecha–.   
Cuando Perón se reveló como la mejor cabeza política de la revolución militar de 1943, algunos ideólogos de la variada familia nacionalista se acercaron a él. Sin embargo, la experiencia con ese despierto coronel que cultivaba, simultáneamente, relaciones con el sindicalismo obrero, fue decepcionante para aquellos hombres de pluma. Como recordará en Ayer, hoy, mañana uno de ellos, Mario Amadeo, el jefe militar se apropiaba del temario de los nacionalistas, pero no encontraba conveniente seguir sus consejos políticos. En 1947, ya en la presidencia y convertido en líder de las masas trabajadoras, Perón exhortó a los intelectuales que lo apoyaban a unirse y organizarse “para luchar por la obtención del objetivo común a todos: el objetivo de la Nación”. A su juicio, el mal que afectaba al conjunto del país, el desorden, se verificaba también en el dominio de la cultura. Pero esa corporación de los cultos nunca logró hacer pie. En realidad, el peronismo de los intelectuales se desarrolló sólo tras la caída de Perón. La prueba más elocuente acaso sea la producción escrita de Arturo Jauretche, que escribió los ensayos que le darían notoriedad como pensador del peronismo después de 1955. En efecto, el primero de ellos, El plan Prebisch: retorno al coloniaje, es de 1956. Algo parecido puede decirse de Juan José Hernández Arregui, casi un desconocido hasta la publicación de Imperialismo y cultura, en 1957.
En el marco de la radicalización ideológica y política de los primeros años setenta, la búsqueda del encuentro con el pueblo llevó a numerosos universitarios marxistas y católicos a asumir la identidad política de los trabajadores, en quienes radicaba la fuerza de la revolución. ¿Qué era el proletariado en la Argentina si se suprimía la referencia al peronismo? Una categoría abstracta. Si se quería cambiar de raíz la sociedad, había que fusionarse con esas masas y asumir sus banderas, entre ellas, las de su líder exiliado. Revistas como Envido y Cuadernos del Tercer Mundo, y las autodenominadas Cátedras Nacionales en la carrera de Sociología de la Universidad de Buenos Aires, fueron espacios de definición y propaganda del proyecto de la izquierda peronista. La experiencia, que tendrá su vanguardia armada en los Montoneros, terminó mal y la dictadura militar instalada en 1976 le dio cruel conclusión a esa estrategia.
El retorno de la democracia y el gobierno de Raúl Alfonsín, que pertenecía al ala progresista del partido Radical, dejaron percibir que algo había cambiado, del lado de los políticos y del lado de los intelectuales. Alfonsín incorporó a numerosos intelectuales en puestos de gestión o como asesores de su gobierno. En su mayoría ellos no pertenecían al radicalismo (o su contacto con el partido gobernante era muy reciente) y, en general, procedían de la franja izquierda de la intelligentsia, como Dante Caputo, que se desempeñaría como canciller, Jorge Sábato, que sería ministro de Educación, Juan Carlos Torre, que integró el gabinete económico, Emilio de Ípola y Juan Carlos Portantiero, que fueron parte de un grupo de asesores. Aunque por breve tiempo, como se vería, el alfonsinismo generó algo así como un ambiente ideológico que excedió ampliamente lo que pueden decirnos los nombres de quienes fueron incorporados a alguna tarea de responsabilidad pública. Las relaciones entre democracia política y democracia social y las raíces del autoritarismo en la cultura política argentina se volvieron cuestiones corrientes en los ambientes ilustrados progresistas. Como expresiones de ese ambiente habría que recordar tres revistas, La ciudad futura, Punto de vista y Plural. La izquierda intelectual del peronismo, que provenía de la experiencia de los años setenta, no se mantuvo inactiva: se agrupó ligándose a los sectores renovadores del partido peronista, sobre todo a Antonio Cafiero, para rivalizar con el radicalismo en la lucha por una democracia avanzada. La revista Unidos fue el órgano característico del empeño por reunir la tradición de la izquierda nacional-popular con las formas de la democracia liberal. En ese contexto, el ejemplo del escritor revolucionario, que podía alternar la pluma con el fusil según las necesidades de la lucha, fue elevado a la condición de mito, pero ya no inspiraba como una década atrás comportamientos prácticos entre la gente de saber.
El escenario que surgió bajo el gobierno de Alfonsín se hundió en los dos últimos años de su administración. En 1987, los amotinamientos de militares que se negaban a ser juzgados por violación de los derechos humanos bajo la dictadura implantada en 1976 hicieron retroceder al gobierno de Alfonsín, que hizo concesiones a los sediciosos por temor al golpe de Estado. El daño que sufrió la imagen del presidente se reflejó en la aplastante derrota electoral que su partido sufrió ese mismo año. La hiperinflación de 1989 completó la demolición.
Un año antes, el triunfo de Carlos Menem en la competencia por la candidatura peronista a la presidencia de la república había puesto fin a las ilusiones de los redactores de la revista Unidos. Y el peronismo llegaría nuevamente al gobierno de la mano de quien era tenido por el más populista de sus dirigentes. La esperanza de que el político riojano encarnara un peronismo plebeyo, redentor del pueblo y de la nación, atrajo a algunos intelectuales. Por ejemplo, a José Pablo Feinmann, que hizo campaña por Menem en las páginas de Humor. Pero ya en el gobierno el nuevo jefe del peronismo dejaría ver que no quería representar el papel del caudillo anacrónico –la acusación corriente de sus adversarios políticos–, sino que pretendía gobernar de acuerdo con las ideas de su tiempo. Las ideas del “partido del mercado” tenían por entonces muchos propagandistas y estaban en el aire. Aliado con la derecha liberal, Menem hizo del peronismo el instrumento de las ideas de su adversario histórico. En sus diez años de gobierno casi no reclutó intelectuales, por cuyo consejo demostró poco interés. Incorporó, en cambio, a técnicos y expertos, elegidos para ejecutar las reformas que esa derecha había solicitado durante mucho tiempo. Podría decirse que en esos diez años la mayoría de los intelectuales públicos fue adversa a la administración de Menem. El colapso que conoció el país en el 2001 y que arrastró al gobierno de Fernando de la Rúa fue la clausura de la temporada neoliberal. 
El proceso actualmente en curso nació de ese gran tembladeral. El término corriente para designar el ciclo político que comenzó en 2003 con el gobierno de Néstor Kirchner es, precisamente, el de “kirchnerismo”, que evoca tanto una coalición gobernante como un estilo de gestión, un movimiento político y la jefatura de ese movimiento. Néstor Kirchner arribó al gobierno cuando el país iniciaba una nueva e inesperada etapa de crecimiento, cuya base era la producción agraria y el amplio mercado que China y otros países abrieron para ella. Aún permanecían, sin embargo, los enormes estragos sociales que habían producido las políticas neoliberales y la quiebra de 2001. Tanto Néstor como Cristina Kirchner, que hasta la muerte del ex presidente constituyeron el núcleo de la coalición gobernante, habían tenido su primer encuentro con la política como adeptos de la izquierda universitaria peronista de los años setenta. Aunque no habían hecho oposición al gobierno de Carlos Menem, desde su llegada al gobierno ambos hicieron del pasado juvenil un signo de identidad del kirchnerismo. “Formo parte de una generación diezmada. Castigada con dolorosas ausencias. Me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y convicciones a las que no pienso renunciar en la puerta de entrada de la Casa Rosada”, dijo Kirchner en su primer discurso como presidente.
La renovación de la Corte Suprema de Justicia, la política en el campo de los derechos humanos y el impulso que dio a los juicios a militares le darían al nuevo gobierno amplio apoyo en la opinión progresista. Reforzaron ese respaldo los enfrentamientos con el Fondo Monetario Internacional, el establishment empresario y las disputas con la jerarquía eclesiástica. El estímulo al mercado interno redujo fuertemente el desempleo y los salarios mejoraron en el marco de una administración que le devolvió al Estado un papel activo en la economía, junto con una política social reparadora de los daños producidos en la década del neoliberalismo.
A pocos meses de que Kirchner asumiera la presidencia, el matutino La Nación comenzó a publicar una serie de entrevistas a intelectuales argentinos de gran reconocimiento en diferentes sectores de la creación cultural, de historiadores a filósofos, novelistas, ensayistas, educadores, sociólogos y dramaturgos. Al año siguiente el diario editó las entrevistas en un volumen, Los intelectuales y el país de hoy. También desde el punto de vista de las posiciones políticas e ideológicas de la intelligentsia argentina, el elenco de entrevistados era representativo. Se encontraban allí intelectuales liberales, de izquierda, social-cristianos –se entiende: con variados matices dentro de cada una de esas categorías–, un conservador, dos nacionalistas, uno de los cuales representaba ya para entonces una reliquia: Marcelo Sánchez Sorondo. Algunos se manifestaban próximos al gobierno, como José Nun y José Pablo Feinmann, y otros no tenían expectativa en nada que procediera del peronismo, como Marcos Aguinis. Lo que sorprende hoy, al releer esas entrevistas, es comprobar la amplitud del arco de quienes consideraban con aprobación tanto la gestión del ministro de Economía, Roberto Lavagna, como varias de las medidas políticas adoptadas hasta entonces por el presidente Kirchner. La renovación de la Corte Suprema de Justicia, por ejemplo, era vista como una suerte de reparación por la frustración ética que había representado el gobierno de la alianza entre el Frepaso y la Unión Cívica Radical.  
Ese primer tiempo del gobierno elegido en el 2003, cuando la noción de “kirchnerismo” aún no evocaba un contenido claramente identificable y Néstor Kirchner parecía atenerse al aforismo de Perón de que “mejor que decir, es hacer”, el jefe de Estado fue un presidente de opinión. “Un gobierno no debe distinguirse por los discursos de sus funcionarios, sino por las acciones de sus equipos”, había dicho en su primera alocución como presidente. Aunque la personalización del gobierno fue evidente desde el principio, nadie podía afirmar con certeza si ese personalismo tenía como espejo  el gobierno de Chávez o el de Lula. También oscilaba la opinión de los intelectuales, al menos la de aquellos ubicados en la franja izquierda (o progresista, como también se la llama) del campo cultural.
Poco a poco el kirchnerismo dividirá a ese mismo universo intelectual que cautivó al principio. Por cierto, había atraído la colaboración de muchos intelectuales de izquierda y algunos de ellos se incorporaron al elenco de funcionarios –Torcuato Di Tella, José Nun, Horacio González–. Otros asumirían la defensa pública de la empresa kirchnerista en columnas periodísticas, sin ocupar cargos en el Estado, como el escritor José Pablo Feinmann. El diario Página/12 se convirtió poco a poco en órgano casi oficial. ¿Cuándo comenzó la secesión política de la franja progresista en torno del gobierno Kirchner? No creo que haya habido un hecho que iniciara la fisura; probablemente fueron varios y de diferente carácter los que fueron produciendo disidencias cada vez más agrias. Lo que parece indudable es que la polarización no comenzó hasta 2008, bajo la presidencia de Cristina Kirchner. Ese año, el conflicto entre el gobierno y el conjunto de las organizaciones rurales precipitó la formación de un vasto cuerpo de intelectuales que en lo sucesivo va a asumir el papel de personal ideológico del kirchnerismo. Se movilizaron y se constituyeron en un movimiento, “Carta Abierta”, que dará respaldo al gobierno incluso en manifestaciones callejeras. En el primero de sus documentos, o “cartas”, denunciarán que el gobierno democrático se veía jaqueado por una confluencia de intereses que reunía a las clases dominantes con el poder mediático. Los poderosos estaban entregados a una acción “destituyente”, el término que permitía evocar el golpe de Estado sin hablar de golpe de Estado.
Si durante su mandato Néstor Kirchner parecía regirse por la creencia de que no serían las palabras, sino los hechos de gobierno los que le conquistarían el favor del pueblo, ya no sería así a partir de 2008. Su esposa, con más lecturas y fluidez verbal, era más inclinada a la comunicación ideológica. Debe consignarse, por otra parte, los intelectuales que simpatizaban con la acción oficial habían solicitado, desde el comienzo, un discurso que aclarara al pueblo el sentido general de esos hechos de gobierno. Ahora bien, ¿no son acaso los llamados intelectuales orgánicos personas que, justamente, se asignan la misión de procurarle ese sentido general a un movimiento –conferirle identidad– y dar definición a los conflictos que enfrenta o debe enfrentar? El relato militante kirchnerista no tuvo un solo foco de producción, pero hubo intelectuales en cada uno de ellos. “La política es ambiciosa en sus proyectos, pero en el mundo de los mortales quiere ir a lo seguro”, escribió en Kirchnerismo. Una controversia cultural, Horacio González, uno de los pensadores del oficialismo intelectual. Había, pues, dos polos, el de la política como proyecto y el de la política terrena, el cielo de los propósitos y el mundo de los mortales. Podría decirse que el kirchnerismo de los intelectuales ha oscilado entre esos dos polos.                   
El debate sobre el kirchnerismo en el medio intelectual, que ya se había entablado, se volverá cada vez más enconado. Surgieron otros agrupamientos intelectuales, opuestos a la política en curso, como el Club Político y Plataforma 2012. Los intelectuales críticos –Beatriz Sarlo es la pluma más notoria– pondrán el acento en el carácter cesarista y autoritario del gobierno, en su aversión al pluralismo, la manipulación clientelista de sus políticas sociales, en la corrupción de los  funcionarios y la falsificación de la información estadística, en su desprecio por la deliberación democrática, en el carácter arcaico de su nacionalismo. 
Aunque en la actualidad se asiste al fin del ciclo Kirchner en el gobierno, puede vaticinarse que la discusión sobre la vía que permita enlazar la democracia política y el combate contra la desigualdad social, la autonomía nacional y la ampliación de las libertades, va a proseguir. ¿El cesarismo neopopulista es esa vía? ¿Cabe empeñarse en alguna versión local de la socialdemocracia?