Tema del Mes

JUNIO 2014

Mirar de cerca, mirar de lejos

12 / 06 / 2014 - Por Alejandro Wall

Hay quienes creen que un Mundial se mira mejor por televisión, como una panorámica. Pero también la otra posibilidad es acercarse al gigante, pegarle los ojos, descubrir los detalles, para después tomar distancia y volver mirar de lejos. Desde hoy -y durante todo el mes- en Informe Escaleno intentaremos contar esos bordes del Mundial de Brasil. Buscar en los pliegues del acontecimiento, que es un hecho deportivo pero también económico, político y social.

Hay quienes creen que un Mundial se mira mejor por televisión; se lo sigue partido por partido, sentado frente a la pantalla, con el fixture en la mano, y que en ese gesto sedentario radicaría el chiste del deseo por el acontecimiento: es eso lo que esperamos tanto cada cuatro años, digamos, ocupar los días en partidos que a simple vista, que en cualquier otro espacio de tiempo resultarían intrascendentes a nuestras vidas. Así de lejos y desde casa, para muchos, es la forma de mirar de cerca, para no perderse Costa de Marfil contra Japón un lunes a las diez de la noche.
Pero un Mundial no es sólo un hilo de partidos, no son sólo esas treinta y dos selecciones -tan distintas todas- que arrancan desde la primera fase. Sabemos que un Mundial -y el Mundial de Brasil no será en nada la excepción- no apenas es un hecho deportivo: es también un hecho cultural, político, social, económico y, también, un ámbito de negocios para el fútbol que no se ve, el fútbol de traje y corbata.
Siempre hay muchas maneras para contarlo porque un Mundial no sólo sucede donde se juega, sino que sucede en todas partes: en una plaza argentina donde los pibes quieren ser Lionel Messi o en una calle de Bangladesh en la que se imaginan ser Neymar. Pero aquí en Brasil, ahora, se concentra el mundo del fútbol. Al revés del plano panorámico, el sobrevuelo sobre los hechos, la otra posibilidad es mirar de cercar al gigante, pegarle los ojos, descubrir los detalles, meterse en las entrañas para después salir y tomar distancia: volver mirar de lejos, pensarlo, hurgar en sus rincones.
En Guarulhos, el aeropuerto de San Pablo, la ciudad en la que este jueves se jugará el partido inaugural entre Brasil-Croacia,  el movimiento no parece circular como es una costumbre obvia para estos lugares -o sea, con aviones que llegan y otros se van- sino que da la sensación de que todo va en el mismo sentido, hacia adentro, hacia la ciudad. Algunos llegan con las camisetas de sus selecciones, ya embebidos en la lógica mundialista, y otros indiferentes. Pero todos están llegando. En la metropoli con más habitantes de Sudamérica, unas veinte millones de personas, la vida sigue. San Pablo –nublada y cubierta con una llovizna en estos días previos al Mundial- absorbe el clima que se espera en un Mundial. La enormidad paulista, su rutina de tráfico lento, se lo come todo: lo disuelve. También el Mundial.
Durante los últimos días San Pablo fue el epicentro de las protestas contra la organización de la Copa. Las críticas apuntaron contra el gobierno que comanda Dilma Roussef y a la FIFA que conduce Joseph Blatter, que han llegado hasta aquí en una alianza sin demasiada armonía, una relación de tensión que tuvo sus episodios de guerra fría y no tanto. Los brasileños, dicen ellos mismos, no necesiten a la FIFA para jugar al fútbol. Este es el país del fútbol -del futebol- y no hace falta autorización burocrática para patear la pelota.
Pero el Mundial abrió en este país una suerte de grieta, esa palabra tan de moda en la Argentina. Los brasileños se dividen entre quienes apoyan la Copa y entre los que la repudian, que han pasado a ser mayoría. El paro de los trabajadores del metro, que llegaron a bloquear molinetes y fueron reprimido con gases por la policía a principios de la semana, puso en jaque a la organización. Las movilizaciones tocaron la puerta del Mundial. Y el gobierno del PT tuvo que apelar al ejército. Ahora hay una tregua. La anunció el Movimiento Sin Techo después de una promesa oficial de que habrá respuestas a sus demandas de vivienda digna. La huelga en el metro se levantó, al menos por cuarenta y ocho horas.
Brasil 2014 será un Mundial atravesado por esas contradicciones, acaso expuestas como en ningún otro. El último Mundial en Sudamérica había sido Argentina 78, en plena dictadura, con represión, torturas, y desapariciones como trasfondo. Pero todo oculto. Acá no. Brasil tiene las heridas abiertas. En 2008, el apoyo a la Copa entre los brasileños llegaba a 79%. Una encuesta de Datafolha publicada en abril marcaba que sólo el 48% estaba a favor de la organización. Algunos creen que son menos todavía.
A los dueños del Mundial no les importa esas cuentas. Blatter comenzó sus días en San Pablo, donde se realiza el Congreso FIFA, preocupado en garantizar su reelección para el año que viene y contener las embestidas europeas para correrlo. Sólo tuvo elogios para Brasil en la apertura de la ceremonia, en el Transamerica Expo Center, que se transmitió en directo por la web fifa.com. Lo que no se vio por televisión, en cambio, fue la reunión que previamente habían tenido los dirigentes, y en donde varios miembros de la UEFA le dijeron a Blatter que había llegado el momento de irse. Pero el suizo tiene el apoyo de muchas federaciones más pequeñas, en ellas se apoya. Y en Julio Grondona, el presidente de la multimillonaria comisión de finanzas.
 Esa rosca también es el Mundial.
Para buena parte de los brasileños, todo eso pasa de costado. Como si el Mundial se jugara en Brasil pero no fuera de ellos, sino de una elite, la única que puede acceder a los partidos, la única que podrá elegir ver de cerca. El resto está exiliado a los televisores -una mayoría de exiliados en su propio país- y sólo mira los estadios como grandes construcciones. Son los que no pueden –aunque quisieran- mirar de cerca. Y aunque estén afuera, en los bordes, también son protagonistas de esta historia.

Desde San Pablo.

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