Tema del Mes

JUNIO 2014

Una oportunidad histórica

12 / 06 / 2014 - Por Martín Kohan

¿Qué está en juego de nuestra argentinidad en este Mundial? ¿Cuál es la importancia de ganarlo en la tierra del pentacampeón? Una victoria argentina bastaría para demostrar, de un plumazo, nuestra superioridad al mundo, el reinado definitivo de Maradona y que la sangre de Messi –fuera ya de toda duda– es celeste y blanca.

No son tantas las ocasiones que se le ofrecen al destino de grandeza nacional para manifestarse y verse confirmado, sobre todo si se considera cuánta fuerza persuasiva han perdido con el tiempo la bendición de los cuatro climas y el privilegio de ser el granero del mundo. Por eso, qué duda cabe, no habría que desestimar el fútbol. El fútbol, expresión consumada del alma patria, brindará en muy pocos días la oportunidad de comprobar (¿o de probar?) ante el mundo la certeza (¿o la presunción?) de la neta supremacía argentina.

Para eso, sencillamente, bastará con ganar el Mundial que se avecina. Y sobre todo este Mundial, este más que cualquier otro, porque se va a jugar en Brasil. ¿O no es Brasil, al fin de cuentas, un obstáculo sensible, casi podría decirse que un impedimento, para que la evidencia del predominio blanquiceleste se imponga de una vez por todas al continente y al planeta?

No es que en el fútbol no existan disputas al respecto; las hay, y encarnizadas. Es incierto que los argumentos esgrimidos para demostrar que Maradona fue superior a Pelé (que Pelé no jugó nunca en el fútbol europeo, que “debutó con un pibe”, etcétera, etcétera.) hayan zanjado la cuestión de manera concluyente. Tanto más laborioso resulta contrarrestar la implacable frialdad de las constataciones numéricas: cinco mundiales ganados por Brasil contra dos ganados por Argentina.

Revertir esa estadística llevaría unos cuantos años. Pero con sólo alzar la Copa en pleno Río de Janeiro, en cambio, el problema quedará resuelto al instante. Messi será considerado argentino ya sin ninguna sombra de duda, cante el himno o no lo cante, y así siga en el destierro para siempre; y será aclamado a perpetuidad como el mejor del mundo, como argentino precisamente, por argentino. Ganar el Mundial en suelo propio, como ocurrió de hecho en el ’78, será poco en comparación con ganarlo en ese otro suelo: el de aquellos que, alguna vez, se denominaron imperio, y hoy componen una perturbadora sigla con los chinos y los rusos.

Y es que hay un punto ciego en las epifanías de la argentinidad, y ese es el Mundial de Brasil. No este, sino el de 1950. ¿Qué pasó con la Selección Nacional en ocasión de tamaña justa? Nada, no pasó nada, no participó. ¿Qué sucedió, una horrenda catástrofe como la de las eliminatorias para el Mundial del ’70? No, por cierto. Lo que ocurrió es que el general Perón, presidente de la República por entonces, decidió retirar al equipo del certamen. Retirarlo de la competencia, que no fuera, que no jugara.

Tiendo a pensar que, en un ranking de medidas impopulares de la historia argentina, aquella del general Perón estaría entre los primeros puestos. ¿Cómo pudo tomarla él, el líder popular por excelencia, el caudillo cuya sensibilidad se conjuga con la de la gran masa del pueblo? Yo, personalmente, no me lo explico. Pero en cualquier caso aquí llega, porque en la vida todo llega, un nuevo Mundial de Brasil. Oportunidad de privilegio: salir campeón y enderezarlo todo será una sola y misma cosa.

OTRAS NOTAS DEL INFORME

OTRAS NOTAS DEL AUTOR