Tema del Mes

JUNIO 2014

El álbum del Mundial: nacionalismo, negocio y globalización

14 / 06 / 2014 - Por Patricio Fontana

El Mundial es mucho más que fútbol, es -en gran medida- un buen negocio. Así lo entendieron quienes inventaron la crema helada blanquiceleste, pero con mucho mayor tino, los creadores del exitoso álbum de figuritas del Mundial: un negocio que resultó ser verdaderamente universal.

Un mundial de fútbol no es, por supuesto, tan solo un negocio. En el artículo que escribió para Informe Escaleno, Martín Kohan ya expuso con solvencia algunas de esas otras aristas no específicamente mercantiles. Pero, sin embargo, también es cierto que, si no fuera un negocio, el Mundial no existiría, no tendría lugar.

Ahora bien, en cuanto a los negocios mundialistas, hay, por un lado, algunas entonaciones que resultan tristes, mezquinas o absurdas; se trata, casi siempre, de entonaciones que apelan sin demasiados argumentos al sentimiento nacional. Por ejemplo, una cadena porteña de heladerías que hace poco tuvo también la lúcida idea de innovar su acotado repertorio de sabores con uno que homenajea al Papa –la “Crema di Francesco”, a la que los carteles promocionales describen como “una purísima crema blanca, aromatizada con miel y chaucha de vainilla, combinada con una crema de limón”– en estos días, esperablemente, ha puesto a consideración de sus clientes una “exclusiva selección de sabores mundialistas”, a saber: “una original crema celeste y blanca” dedicada a “nuestra selección” y un “mix carioca” –“exquisito sorbete con todos los sabores de las frutas típicas del Brasil (mango, banana, maracuyá y un toque de cachaza”)–. Evidentemente, fueron más eficaces al momento de pergeñar el “mix carioca” que al de concebir la “crema celeste y blanca”. Las frutas y la cachaza del primero efectivamente tienen o pueden tener, digamos, algo de gusto a Brasil –o, con más precisión, algo que evoque lo carioca–, mientras que difícilmente la tonalidad albiceleste de la crema vernácula se transforme en la boca del cliente en algo parecido al gusto de “nuestra selección”, si es que éste existe. Creo que, en este último caso, desde la trinchera culinaria, el maestro heladero milita por la sinestesia con un fanatismo al que pocos poetas, acaso con las solas excepciones de Rimbaud y su poema sobre las vocales, y Baudelaire y sus Correspondances, se han atrevido. 

Pero, por otro lado, hay negocios extraordinarios y atinadísimos: uno de ellos, quizá el menos fabuloso entre los fabulosos, es el álbum del Mundial. Que yo recuerde, cuando era chico –hace treinta años–, los álbumes tenían algo así como una centena de figuritas, como mucho. El álbum del Mundial Brasil-2014, por el contrario, y haciendo ostentación de un democratismo iconográfico digno de mejores causas, tiene la ambición de la totalidad: en más de setenta páginas contiene espacio para la friolera de 640 figuritas. Las figuritas incluyen no solo la imagen del rostro de 17 integrantes de cada una de las 32 selecciones que participan del torneo sino también otras: por ejemplo, las de los doce estadios en los que se juegan los partidos o la de la pelota oficial. 

Por ese motivo, e inevitablemente, esa ambición por la totalidad se traduce, del lado de los consumidores, en la necesidad de invertir, en el mejor de los casos, por lo menos 650 pesos –cada paquete de cinco figuritas cuesta cinco pesos– para llenar el álbum (y escribo “por lo menos” ya que, por supuesto, es imposible que se dé la circunstancia de que todos los paquetes que se compren contengan figuritas que no se repitan). Aun existiendo la posibilidad de cambiar las figuritas repetidas por otras –no hay, me comentan, figuritas difíciles–, quien pretenda llenar el álbum deberá haber comprado al menos 128 paquetes. Consecuentemente, no hay modo legal de llenar el álbum sin haber invertido, por lo bajo, 700 pesos. ¿No es demasiado para un país en el que el salario promedio es de 8500 pesos? ¿No es un abuso para un elemental álbum del Mundial, un objeto que, salvo para los fanáticos del coleccionismo, después del 13 de julio será mayoritariamente algo obsoleto, prescindible? 

Sobre el negocio del álbum –al frente del cual está la empresa italiana Panini Group–, y sobre el fanatismo que genera en todo el mundo (y no solo entre niños y adolescentes), puede leerse esta pintoresca nota en la edición del Wall Street Journal del 27 de mayo de este año, donde se cita además el testimonio de un improbable “Silvio Astier, a 36-year-old shopkeeper in [Caballito], Buenos Aires”.

Ahora bien, para pensar un poco más las características de ese negocio –que, seguramente, no es solo un negocio: hay, claro, usos del álbum, prácticas que lo retiran del mero consumismo– es preciso detenerse en algunos curiosos rasgos del objeto. Paradójicamente, el álbum oficial de un acontecimiento que incita hasta la extenuación los sentimientos nacionalistas es, sin embargo, un artefacto expurgado de esos sentimientos. Más allá de ligerísimas diferencias (el señalamiento del país donde se lo imprimió o la información sobre el “Servicio de álbum lleno”), el álbum es, creo entender, exactamente el mismo en la Argentina, en Francia, en Nigeria o en cualquiera de los países en los que se lo vende. Vale decir, el álbum per se no estimula sentimientos diferenciales con respecto al país natal del poseedor: es un álbum monótonamente objetivo, pura información sin marca alguna de afección nacionalista. Así, en razón de esta decisión editorial, no hay nada de argentinidad en el álbum del Mundial que consumen los argentinos.

Pero además, en el álbum se pone en práctica una glotopolítica singular: el idioma oficial del álbum es el inglés, esa es su koiné. En esa lengua están impresos, por ejemplo, unos pocos avisos publicitarios de la FIFA y la denominación del objeto: en la tapa se lee Official Licensed Sticker Album FIFA World Cup Brasil 2014 (y, en letra mucho más pequeña: Álbum de figuritas). No obstante, en la presentación de cada país y de su equipo se prioriza el nombre en la lengua oficial: en consecuencia, y por dar solo tres ejemplos, para el lector hispano-parlante –pero también para el ruso o para el francés– Croacia no es, en principio, Croacia, sino Hrvatska; en igual sentido, Camerún es Cameroun y Costa de Marfil es, con la misma lógica, Côte d’Ivoire. Por su parte, el índice y otras informaciones suplementarias están escritos en diez idiomas. El álbum, entonces, disimuladamente, y con el pretexto de un torneo deportivo entre naciones, adiestra en la globalización, en el cosmopolitismo y en la corrección política. Escrito en diez lenguas, el álbum es una babel sin conflicto alguno: no es poca cosa. 

Hace ya casi doscientos años, Johann Wolfgang von Goethe afirmó con esperanza algo que en la actualidad repiten una y otra vez los estudios sobre literatura mundial: “Hoy –le aseguró Goethe a Eckermann en 1827– la literatura nacional no quiere decir gran cosa; se acerca la época de la literatura universal, y todos debemos contribuir a apresurar su advenimiento”. ¿Será el Official Licensed Sticker Album FIFA World Cup Brasil 2014 editado por el multinacional Panini Group una de las más claras señales contemporáneas de ese advenimiento de la literatura universal? 

Desde Buenos Aires.

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