Tema del Mes

JUNIO 2014

Río de Janeiro, territorio del ecumenismo futbolero

16 / 06 / 2014 - Por Alejandro Wall

Hay hinchas de Boca y de River, de Independiente y de Racing, de Newell’s y Central, pero cantan por la selección. En Brasil se mezclan, demuestran que la convivencia que no sucede –o no dejan que suceda- en la Argentina es posible. Van en el metro desde Copacabana hasta el Maracaná, cada uno con sus identidades, con sus camisetas, pero confluyendo en un mismo lugar del sentimiento. Es eso que llaman el efecto patria.

Nos tomamos el metro en la estación Cardeal Arcoverde, en Copacabana, para llegar hasta el Maracaná. Hay que hacer una combinación en Botafogo y subirse ahí a la línea verde -la que va hasta Pavuna- que te deposita en el estadio. Mientras bajamos la escalera mecánica, un hincha de Racing comienza a cantar. No canta por Argentina, que es lo que vamos a ver, el equipo que nos reúne: canta por Racing. Pasan hinchas de Unión, con camisetas y gorritos. Se ríen. Pasa un hincha de Newell’s. Pasan varios de Boca. Sucede cada cuatro años: el Mundial es un territorio ecuménico. Pueden mezclarse hinchas de todos los colores y de todos los países.
Es mediodía en Copacabana y todavía faltan siete horas para que Argentina debute en Brasil 2014. Sobre la avenida Atlántica van y vienen hinchas de celeste y blanco. Aquí son todos del mismo equipo, pero fuera de las fronteras mundialistas las voluntades se dividen. Y se supone que no pueden estar juntos y, cuando van a la cancha, deben separarse por rejas y pulmones de seguridad. Acá no pasa, esta es otra historia.
-El Mundial te predispone distinto, no te importa si el de al lado es de Boca o River, te importa que sea argentino- dice Juan Manuel, treinta y cinco años, que no de Boca ni de River, sino de San Lorenzo, y que ya tiene experiencia en estos lugares. También estuvo en Alemania 2006.
Hace unos años tres sociólogos hicieron una propuesta: en vez de tener pulmones de seguridad, las canchas tendrían que tener pulmones de convivencia. O sea, lugares en la tribuna donde se pudieran fundir hinchas de los equipos rivales. Santiago Uliana, Sebastián Sustas y Diego Murzi dieron un ejemplo que podría ocurrir cualquier día en que se juegue el clásico de La Plata. Dos chicos están jugando a la pelota en una plaza. Uno tiene la camiseta de Gimnasia y el otro tiene la camiseta de Estudiantes. Cuando terminan de jugar, van juntos a la cancha. Pero al acercarse al estadio, los obligan a separarse: un policía le dice a uno que vaya por un lado y a otro que vaya por el otro. El Estado es el que pone la barrera.
Uliana, Sustas y Murzi dicen que para atacar los problemas de violencia en el fútbol hay que comenzar por un cambio cultural. Por tener una política inclusiva y no represiva. Hay que dejar de tener estadios que por momentos parecen prisiones, con rejas y grandes espacios de tribunas vacías. La propuesta la hicieron cuando todavía los hinchas visitantes podían ir a las canchas de Primera. Ahora, sólo van los locales aunque se sabe que el fenómeno de la violencia derivó en los últimos años en las internas de la barra brava del mismo club. Ya no se trata de los choques entre Boca y River, la disputa es por quien controla el negocio de la tribuna.
La convivencia, al menos entre lo que podríamos llamar hinchas genuinos, los no barras, es siempre posible. Ocurría en los bares durante los años del codificado: ahí se juntaban unos y otros para ver el partido, y se gritaban los goles, y se celebraban victorias y se lamentaban derrotas. Y ocurre acá en Brasil. También entre barras, que aunque regenteen distintas tribunas se organizan para hacer el viaje en conjunto y hasta comparten la estadía que consiguen por sus colegas brasileños.
Una voz de relator, con desmesura brasileña, avisa: “Maracanaaaaa”. Nos bajamos. Y los que cantaban por Racing, y los tienen la camiseta de Unión, y los que tienen la de Newell’s ahora cantan todos por Argentina. Aquí es donde se genera eso que Martín Caparrós llama el efecto patria, donde personajes tan disímiles pueden confluir en un mismo sensación; donde compartimos alegrías y tristezas con personas que detestamos. Se produce con River, con Boca, con San Lorenzo y, sobre todo, con la selección. El nacionalismo fluye y se expande. Acá afuera de nuestras fronteras –y adentro también- estamos todos juntos. Mucho más cuando esto es Brasil.
En el Maracaná, un estadio de leyenda, donde vivía lo popular, y ahora convertido en una casa de la elite bajo los estándares de FIFA, se ven a un hincha de Newell’s y a otro de Central, los abrazados y sacándose una foto. En las tribunas se mezclan argentinos, con bosnios y brasileños. Hubo algunas agarras, según dicen, pero lo que vemos es un duelo de hinchadas y nada más. Brasileños que gritan por Bosnia y argentinos que gritan por Argentina y contra Brasil. La cuestión es demostrar quién lo hace más fuerte, quién tapa a quién, quién es el local y quién el visitante. Lo que vemos también es una legitimación del otro y no una negación -el vos no existís-, que permite la mezcla de colores, del celeste y blanco al verde y amarillo. Argentina gana y todos salen hacia la calle. Toman el metro y se juntan, otra vez, en Copacabana, donde está la Fan Fest. Brasileños y argentinos, ingleses y chilenos, bosnios y croatas. Todos brindan con cerveza Budweiser, como le gusta a la FIFA, que la factura como su patrocinador oficial.

Desde Río de Janeiro.

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