Tema del Mes

JUNIO 2014

Lo inevitable en Bonn: crónica de unos peruanos que nunca van al Mundial

17 / 06 / 2014 - Por Víctor Vich

“Desde niño, yo había visto el fútbol alemán en la tele y figuras como Sepp Maier eran imposibles de olvidar. Esa semana yo solo fantaseaba imaginando los golazos que Pizarro iba a meter delante de nosotros, ahí en Alemania: goles que celebraríamos cantando a todo pulmón en el estadio del Colonia: ‘Corazón Alianza Lima, corazón para ganar…’.”

Cuando llegué a Bonn ocurrió lo inevitable: conocí a un grupo de estudiantes peruanos que me llevaron a un chifa1 malísimo y que comenzaron a contarme de sus éxitos y fracasos con las mujeres alemanas. Al principio no supe bien de qué se trataba, pero poco a poco fuimos haciéndonos muy amigos y terminé por quererlos muchísimo. Todos ellos fueron extremadamente generosos conmigo y al final del viaje era yo el que los buscaba para salir a dar vueltas y para ahogar por ahí alguna que otra pena. Aunque se trató de un exilio solo de tres semanas, contar con los peruanos terminó siendo algo sumamente valioso para mí. 

El punto es que el mismo día que los conocí les conté orgullosísimo que ni bien había bajado del avión, convencí a mi amigo alemán Elmar Schmidt para ir a comprar entradas para el partido de la Bundesliga entre el Colonia y el Werder Bremen. Claudio Pizarro, el goleador histórico de dicho campeonato y compatriota nuestro, sería titular en dicho encuentro. En ese momento se las enseñé para animarlos y todos ellos me miraron como siempre miramos los peruanos: con ilusión pero con bajo presupuesto. Sin embargo, poco tiempo después ya estábamos todos en el centro histórico de Bonn comprando entradas en la misma fila y bromeando acerca de todo lo que queríamos gritar ese día.

La semana no se me hizo larga: trabajé mucho, dicté clases, pasé muchas horas en la biblioteca pero confieso que mi cabeza siempre estuvo pensando en aquel partido que se me aparecía, seguro, como uno de los momentos más importantes de mi visita al país bávaro. Desde niño, yo había visto el fútbol alemán en la tele y figuras como Sepp Maier eran imposibles de olvidar. Esa semana yo solo fantaseaba imaginando los golazos que Pizarro iba a meter delante de nosotros, ahí en Alemania: goles que celebraríamos cantando a todo pulmón en el estadio del Colonia: “Corazón Alianza Lima, corazón para ganar…”.

Y llegó el día: me desperté muy tempranito –como siempre– dicté las cuatro horas que debía y que se me pasaron rapidísimo, regresé a mi cuarto a dejar mis apuntes y salí embalado hacia la estación central donde iba a encontrarme con mi amigo Elmar, pues el plan consistía en volver a visitar la catedral gótica de Colonia antes de ir al estadio. Así fue y no puedo dejar de mencionar que la experiencia de esa catedral volvió a impactarme muchísimo. “Documentos de cultura, documentos de barbarie”, era la máxima –lúcidamente propuesta por Walter Benjamin– de un tipo de crítica cultural con la que yo siempre me he sentido involucrado.

A las cinco en punto de la tarde nos dirigimos a la estación de los trenes y encontramos ahí a todos los hinchas del Colonia tomando cerveza y armando una fiesta increíble. Yo recordé aquella vez, cuando vivía en Washington D.C., en la que subí a un tren similar para ir a ver el partido definitivo con Chile, aquel para clasificar al mundial del 98 (sí, el que perdimos 4–0) y me encontré, al ingresar por las escaleras del subterráneo, con muchos otros peruanos llenos de chullos, bombos y camisetas del Sport Boys. Sí, del Boys, ahí en D.C., ese equipazo del puerto que siempre me pareció más interesante que cremas, celestes o cualquier otro. 

De hecho, buena parte de mi infancia y mi adolescencia la pasé en el estadio o, de manera más precisa, en la tribuna Sur que sigue siendo el lugar donde a mí me gusta ver los partidos. Primero, desde muy niño, iba con mi viejo, luego con algunos amigos, más adelante fui solo y ahora voy con mis hijos y con mi viejo otra vez. Entre 1983 y 1987, fui miembro del comando sur, mucho antes que se llamara \"comando\" y entraba gratis al estadio con mi carnet de barrista. Nos reuníamos todos los domingos, felices de la vida, en un restaurante de la calle Abtao y desde ahí nos íbamos en mancha al estadio con Alex Berrocal, el Loco garabato, el Pato (que tocaba el bombo) y el tío Aguilar. Fueron los años en los que nunca campeonamos y fracasamos siempre. Pero la verdad es que a mí eso nunca me quitó las ganas de seguir yendo al fútbol. Aunque infinitas veces he salido con las manos en los bolsillos y mirando fijamente al suelo, yo siempre he ido al estadio con muchísima ilusión. 

El punto es que ese día en Colonia la gente tomaba, fumaba y cantaba como loca al interior de los trenes. Mi amigo Elmar me contó que Colonia era una de las ciudades más tradicionales respecto de los carnavales y que aquella vieja tradición de suspender la ley en determinadas circunstancias era parte de la cultura política de la región. En efecto, una de las cosas que me impresionó bastante de la cultura alemana fue que el sistema social se basa en una alteridad entre la imposición de la ley y su trasgresión culturalmente acordada en determinados momentos. En los buses, por ejemplo, los conductores nunca piden el boleto (que uno siempre debe comprar antes) y el sistema se basa en la confianza de que todos han pagado. De vez en cuando, hay controladores que revisan pero por lo general no encuentran a nadie trasgrediendo. Sin embargo, ese día del partido mucha gente fumaba en los buses en el estadio a pesar de estar prohibido. En los EE.UU. aquello hubiera sido imposible y muchos gringos hubieran protestado alucinando que iban a morir de cáncer ese mismo día. Pero en Alemania nadie se quejaba, nadie protestaba porque todos asumen que el fútbol es un carnaval: un momento intenso de reconstitución de los lazos colectivos y por eso mismo de suspensión de cualquier discursividad legalista.

El estadio estaba lleno: 45.000 personas para un partido entre dos equipos que estaban debajo de la mitad de la tabla. La fiesta, sin embargo, era impresionante. “Los del Bremen son una mierda porque huelen a pescado”, cantaban las tribunas de todo el estadio según la traducción exacta de mi amigo Elmar Schmidt. Pizarro salió a jugar con chimpunes2 naranjas (ese naranja resaltador de fotocopias) y así fue más fácil reconocerlo durante todo el partido. Pero en realidad sirvió de muy poco. El Colonia ganó 3 a 0 con dos goles muy buenos de Lukas Podolski, el ídolo de la región que salió del Colonia, luego se fue al Bayern (como sucede con todas las estrellas en Alemania), pero que al poco tiempo contó con sinceridad que no se adaptaba a la ciudad de Munich y que quería regresarse al calor del hogar. Contra todas las críticas que le hicieron, Podolski, ganando mucho menos, decidió regresar a su equipo de toda la vida. Un verdadero ídolo.

Durante todo el partido el Colonia bailó al Bremen, y Pizarro no apareció por ningún lado. Estuvo desubicado por toda la cancha, siempre de espaladas al arco y muy torpe al momento de producir las gambetas. Casi no tocó la pelota y a nosotros solo nos quedó espacio para el humor negro: “Quizá Pizarro solo juega bien cuando no hay ningún peruano en el estadio. Quizá ése sea el problema, la mirada de los peruanos bloquea al delantero nacional. Solito, sin la mirada de ningún peruano, Pizarro juega mejor, decíamos entre nosotros.”

La salida del estadio fue espectacular. La ciudad era una fiesta (hacía varias fechas que el Colonia no ganaba) y en el tren de regreso mis amigos comenzaron a conversar con dos hinchas comentando el partido. Habíamos comprado nuevas cervezas y el tren no era obstáculo para seguir tomando. “Lo que me gusta de los alemanes es que son cheleros3”, me había dicho un peruano cuando llegué a Bonn. De pronto una revelación fue alucinante. Uno de los alemanes con quien conversábamos era ciego y había estado feliz en el estadio. Con su chalina del Colonia en el cuello disfrutaba de la conversación e intervenía a cada rato. Su amigo nos contó que el Estado alemán promueve la integración de los ciegos en todos los eventos de la vida nacional y por eso mismo no solo pagan media entrada sino que su acompañante ingresa gratis al estadio. Increíble pero cierto. 

Terminamos en el bar del centro de Bonn al que siempre íbamos y ahí tomamos muchísimo. A las dos de la mañana, mi amigo Elmar Schmidt me dejó en el autobús y se despidió de mí cantándome, una vez más, la canción principal de la barra del Colonia. Sin dar signos de malestar, y ya con muchas cervezas en el cuerpo, cogió su bicicleta y se regresó a su casa feliz de la vida. Yo llegue a la mía, contento, pero también mirando al suelo y preguntándome por muchas otras cosas en las que el fútbol aparecía como lo que es –un deporte– pero además como la intensa metáfora de problemas muchísimo más complicados. ¿De dónde nos viene esta pasión por algo que la mayoría de las veces funciona mal? ¿Por qué nuestro fútbol es tan asombrosamente irregular? ¿Qué satisfacciones y goces activa el fútbol en nuestro interior? Quizá, –pensé antes de dormirme– todavía seguíamos muy lejos del Mundial, bastante lejos, como muchas mujeres alemanas para mis amigos de Bonn; lejísimos, como los chifas del Perú esa noche tan bonita.

Desde Lima.

 

1 Chifa: Restaurante chino-peruano.
2 Chimpunes: zapatos de futbol, zapatos con cocos en la jerga peruana.
3 Cheleros: cerverceros. Dícese de quienes del gusta mucho tomar cerveza.

 

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