Tema del Mes

JUNIO 2014

Himnos: la supervivencia del nacionalismo de cotillón

17 / 06 / 2014 - Por Maximiliano Tomas

¿Cuál es el sentido de cantar el himno nacional antes de un partido? ¿A qué tipo de nacionalismo apela? Si se trata de cantarlo a voz en cuello para demostrar nuestro ADN, ¿es Messi menos argentino por no cantarlo?

Hasta hace muy poco, hasta antes de ayer en términos históricos, ese coro idiotizado en el que cada tanto nos convertimos todos los argentinos negaba a Lionel Messi. Lo negaba una y tres veces: que se había ido del país a los doce años y por eso no sentía la camiseta del seleccionado nacional (¿qué querrá significar hoy, concretamente, eso de sentir la camiseta?), que como no cobraba los millones que le pagaban en Europa sus actuaciones derivaban en apatías y errabundeos. Después del amistoso contra Albania de junio de 2011, hace exactamente tres años, cuando Messi ya era de manera indiscutida el mejor jugador del mundo y había ganado, con el Barcelona, los títulos más importantes del fútbol internacional, se lo seguía negando. El señalamiento tenía esta vez carácter de alta traición para aquellos que una o dos veces al año gustan de adornar sus automóviles y balcones con banderitas de plástico celestes y blancas, y se emocionan con las publicidades televisivas de la cerveza Quilmes: Messi no había cantado el himno nacional argentino

¿No lo quería cantar o no lo sabía? Muchos se hicieron esta pregunta, pero nadie quiso preguntarse por las razones por las que bien entrado el siglo XXI, y con las identidades y las fronteras nacionales barridas por la globalización económica, se siguen entonando viejas canciones patrias antes de un partido de fútbol. ¿Porque qué es un himno nacional, si no una apelación a una esencia que en el mejor de los casos ha sido enterrada o asimilada, y en el peor, reivindica las diferencias entre los pueblos, evoca batallas militares, convoca a las armas y celebra la destrucción del enemigo? El musicólogo, docente y ensayista Esteban Buch (Buenos Aires, 1963) lo puso claramente en su libro O juremos con gloria morir. Una historia del Himno Nacional Argentino, de la Asamblea del Año XIII a Charly García: “El himno no solo refleja y promueve el puro ideal de la emancipación y la libertad del pueblo. También ensalza el servicio de las armas, la muerte siempre posible, la violencia de Estado. En él se cruzan el eje horizontal de la igualdad y la vertical de la autoridad (…) La conclusión de ese regreso a los orígenes del relato nacional fue que el himno había sido fundamentalmente un instrumento de poder, una manera de hacer política, un artefacto de propaganda”. ¿Qué relación tiene todo esto con un evento deportivo? 

Por lo que se ha visto en los primeros días y dentro de las canchas, el de Brasil es un mundial vistoso (el promedio de gol es de tres tantos por partido) y abierto a los cambios y las actualizaciones: se usa la tecnología para determinar si una pelota entró al arco o no, se utilizan los aerosoles (¡Made in Argentina, como la birome, el colectivo y el dulce de leche!) para señalar la distancia correcta entre la pelota y la barrera. Si sus intenciones realmente son las que declaran, señores de la FIFA, va siendo hora de admitir que los himnos nacionales, esa encarnación de lo peor que tienen los nacionalismos, ya no deberían ser tocados en los mundiales: que bien valdría eliminar la épica guerrera y recuperar, para el fútbol, su costado más destacado, que no es otro que el del juego. 

Además, por un lado, como pudimos ver en los últimos días el protocolo es absurdo: obliga a la ejecución de las marchas nacionales pero reduce esa interpretación a noventa segundos. En el caso argentino, es por eso que apenas se reproduce la introducción de la versión actual del himno (que completo dura alrededor de tres minutos y parte de una reducción decretada por Julio Argentino Roca el 30 de marzo de 1900), fragmento que carece de letra. Y por el otro, por fortuna, también es falible: el domingo pasado, en el partido entre Francia y Honduras, los himnos no sonaron por un problema general de sonido. Mi teoría es que Messi, como cuando entra a la cancha, se había adelantado aquella vez al problema y ya había resuelto que no cantaría el himno argentino: él sabe que lo único importante, lo que une su voluntad con los sueños y el disfrute de los millones que lo veneran en todo el mundo, es dotar al juego de belleza y felicidad. Y eso no se hace con retórica patriotera sino con gambetas, paredes, caños y goles.

 

Desde Buenos Aires.

OTRAS NOTAS DEL INFORME