Tema del Mes

JUNIO 2014

De conquistados y conquistadores

21 / 06 / 2014 - Por Alejandro Wall

En el Maracaná de Río de Janeiro y el Itaquerao de San Pablo, con apenas 48 horas de diferencia, una parte de Sudamérica se cargó a una parte de la Europa monárquica. Chile dio el golpe para destronar a España, la selección campeona del 2010, dueña de un fútbol de toque y posesión. Uruguay dejó el alma para empujar a los ingleses, los inventores del fútbol, los que llevaron la pelota a Brasil. El Mundial tiene mandato para quedarse en estas tierras. Que vaya a cumplirlo es otra cosa.

Charles Miller nació en Bras, San Pablo, pero se fue muy joven para Inglaterra, de donde descendía su familia. Su papá proyectó la construcción de las vías del ferrocarril en la ciudad. Miller viajó para estudiar y terminó jugando al fútbol en Southampton. Cuando regresó a Brasil, trajo pelotas y camisetas. También un reglamento. Se hizo jugador del San Pablo, el primer equipo del país, y consiguió la fórmula para una nueva jugada: levantar la pelota con los pies, hacia atrás, para pegarle con el taco y que pase como un globo por arriba del cuerpo, hasta que vuelva a quedarse en los pies, de frente. A Miller le llaman el padre del fútbol brasileño.
Aunque mucho antes los indígenas también jugaban a un juego parecido a la pelota. No lo hacían como Wayne Rooney y Steve Gerrard, dos ingleses de estos tiempos que encontraron su veneno en la tierra de Miller. Porque las cosas cambiaron. Los inventores del fútbol hace mucho que ven cómo otros saben preparar la pócima de goles. Inglaterra sólo fue campeón una vez, en 1966, cuando organizó el Mundial. Los alemanes no olvidan que en la final el árbitro suizo Gottfried Dienst cobró un gol que no existió, un gol fantasma, el de Geoff Hurst. La pelota pegó en el travesaño, picó sobre la última línea y salió. El juez de línea azerbaijano, Tofiq Bahramov, dijo que había entrado. Dienst le hizo caso. Bahramov tiene una estatua en Bakú, la capital de Azerbaiyán, y con su nombre bautizaron un estadio. Los alemanes todavía gritan que fue un robo. “Two World Wars, one World Cup”, les cantan los ingleses. Dos Guerras Mundiales, una Copa del Mundo.
El juguete que los ingleses trajeron a Sudamérica ya no es el mismo. Porque acá otros lo reinventaron. Desde Pelé hasta Diego Maradona. Desde Alfredo Di Stéfano hasta Garrincha. Desde Lionel Messi hasta Neymar. Desde Ronaldo hasta, ay, Luis Suárez. El fútbol –el juego, los estilos- no es un bien destinado a convertirse en propiedad privada. Tampoco tiene una fórmula secreta. Lo juega el que quiere, cuando quiere y cómo quiere. Lo juega mejor el que posee talento. Ahora, dijeron los ingleses, tenemos jugadores que tocan, que gambetean, que saben hacer una pausa. Lo tenemos a Rooney y Gerrard. Ahora, dijeron, queremos jugar el fútbol que juegan ustedes. El que se juega en la Premier League y también el que juega España, el último campeón del toque y la posesión. Roy Hodgson, el técnico inglés, miró todo eso. Pero llegó a destiempo.
En el Maracaná y el Itaquerao, con un día de diferencia, en apenas 48 horas, una parte de Sudamérica se cargó a una parte de la Europa monárquica. El Mundial de Brasil tiene mandato para quedarse en estas tierras. Que vaya a cumplirlo es otra cosa. Pero cuando vimos el calendario de partidos nos dimos cuenta enseguida que había dos partidos para ver. Un clásico antiguo, sesentista, Inglaterra-Uruguay, y un clásico moderno, cruce de los últimos Mundiales, España-Chile. Lo que no sabíamos era que asistiríamos al entierro de los herederos de Charles Miller y al final de una época, la belle époque del fútbol español.
Hay un asunto de conquistados y conquistadores, ya no sólo por las tierras sino también por el fútbol. Los uruguayos celebraron el triunfo contra Inglaterra como un Maracanazo. Apenas comenzamos a bajar desde el estadio hacia el centro de prensa, vimos cómo la televisión japonesa entrevistaba a los periodistas de Uruguay como una rareza. Algunos de ellos tenían tanta emoción que festejaban haber eliminado a Inglaterra cuando eso todavía no había sucedido. La paradoja fue Luis Suárez, que juega en la Premier y en el Maracaná sometió a cinco de sus compañeros en ese equipo.
“Españoles, españoles/nos quisieron conquistar/bájense los pantalones/que los vamos a culear”, cantaban los chilenos en las playas de Copacabana. Las dos selecciones rojas habían jugado en primera fase durante el Mundial de Sudáfrica, la coronación del fútbol de posesión, el fútbol de paciencia. Esa selección chilena la administraba Marcelo Bielsa, un argentino. Ahora la gestión le pertenece a Jorge Sampaoli, un argentino bielsista.
-Han sido técnicos que han modificado sustancialmente la forma de jugar en la selección chilena –dice Patricio Yañez, que jugó para Chile en España 82 y ahora comenta para la televisión-. Ellos exigieron, trabajaron con una metodología distinta a lo que venían haciendo otros técnicos y alcanzaron un grado de compromiso del cien por ciento. Hicieron que de verdad el fútbol chileno haya dado un salto a nivel de selecciones.
Lo impresionante es que el fútbol español -el tiki taka, como le llaman allá- quedó clavado en el Maracaná, catedral del fútbol. La vida de dos mitos –el estilo y el estadio- se cruzaron en un momento fatal. La noche anterior al partido, Jorge, un periodista español, me repitió que morirían con las botas puestas, que no dejarían el fútbol en Río de Janeiro. Lo encuentro al día siguiente, en el entretiempo, cuando ya el final de España parecía decretado. Fumaba un cigarrillo con desesperación.
-Ya está, tío, esto se ha jodido.
Algún día España iba a perder. Le tocó con Chile. “Los aficionados exigen la eternidad, pero los equipos, como los jugadores, siempre se extinguen. A veces la extinción es repentina”, tuiteó Diego Torres, periodista del diario El País. España se ha ido, pero no ha desaparecido. Una frase bastante común pero que viene al caso acá: los equipos pasan, pero las ideas quedan. El juego de ataque seco y defensa brutal que le propuso Chile fue el Waterloo del fútbol total español. Esa noche, en Río de Janeiro llovió y quedaron bajo el agua los miles de chilenos que festejaban, acaso, una de las victorias más espectaculares de la historia de su selección.
Lo de Uruguay está más ligado a la épica; a morder de un lado y de otro, hasta golpear al rival y derribarlo. Es el fútbol defensivo, pero progresista. Un fútbol emocional. Todos queremos a los uruguayos porque quererlos es políticamente correcto. Mucho más cuando juegan contra los ingleses, que van por el metro de San Pablo como un ejército al grito de “Iiiingaland, Iiiingaland”. Los uruguayos bailan al ritmo de los tambores. Y salen a la cancha derramando sangre, como Luis Suárez, un futbolista de dibujo animado al que nada puede derribar.
Había una profecía para este Mundial. En 1966, Real Madrid ganó la Copa de Europa, que ahora se llama Champions League. Este año, también. En 1966, Atlético de Madrid ganó la liga española. Este año, también. En 1966, España ocupó el grupo B. Este año, también. En 1966, España perdió dos partidos –ganó uno- y quedó afuera. Este año, también. La profecía decía que, entonces, Inglaterra podía ser campeón del mundo, otra vez. La variante de ese asunto es que sea el local el que gane el título. Lo de Inglaterra ya no podrá ser. La tierra de Miller no era su lugar.

Desde Río de Janeiro y San Pablo.

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