Tema del Mes

JUNIO 2014

Mientras nos presten Brasil

23 / 06 / 2014 - Por Marcela Mora y Araujo

En el país del futebol nos tratan con buena onda. Hay una suerte de fiebre Messi en este Mundial. Y los brasileños hasta alientan por Argentina imaginando una final en el Maracaná entre ambos países. La gente levanta el pulgar y hasta acepta los cantos argentinos. Pero si llegara a pasar lo impensable, y Brasil quedara eliminado antes que nosotros, a quienes califican de "hermano" y a veces hasta de "hermano menor", ¿qué sucederá?

El 22 de junio se cumplieron 28 años del gol de mano de Maradona contra Inglaterra, en cuartos de final del 86. Yo estaba en Brasil en ese momento, viajando por el nordeste en una aventura que había comenzado con el objetivo de llegar a México para ir al Mundial, pero con eso de la juventud y las playas quedé anclada en Salvador y viví a Copa por televisión. En Brasil. Messi no había nacido.
Ya había quedado claro que para la mayoría de los brasileños el fútbol era algo más que importante. Los días de o jogo -cuando juega Brasil- cierra todo. Los bancos, los shopping, el correo… eso sigue siendo así. Una mirada panorámica por cualquier calle, playa, ciudad revela el verde y amarillo en las ropas, los banderines y los instrumentos musicales.
Brasil juega su tercer partido de este Mundial y me encuentro nuevamente en Río, donde hasta ahora la selección local no ha jugado. Cuando joga o Brasil se despliegan veredas tropicales con sillas, televisores, parrillitas portátiles y algún sentido comunitario a la hora de los goles en grito haciendo eco por los morros, pero la mayoría de los cariocas coinciden en que no sólo durante mundiales anteriores el cima de fiesta y frenesí patrio inspirado por el fútbol fue mayor, sino que también durante el carnaval se vive un clima más intenso.  
Quizás por eso la pasión argentina  -a la que sí le ha tocado ya jugar en Río- sacudió emociones: una señora que limpia baños aplaudía con deleite cuando dos mujeres entraron con coronas de plumas celestes y blancas. “¡Eso es lo que hace falta acá!”, gritó la trabajadora, “a carnavalada”. Río ha sido una fiesta argentina estos días, con el clima en el Maracaná en el debut de la selección ponderado hasta por los brasileños, y las decenas de miles de camisetas celestes y blancas en Copacabana atrapando la atención de las cámaras del mundo entero. “Casi te diría que hay demasiada buena onda”, dijo un porteño que vino para el primer partido con sus hijos y se quedó a disfrutar del resto del mundial en las playas.
Es verdad, hay fiebre Messi en este Mundial y mucha buena onda hacia quienes portan camisetas argentinas. Me preguntaba el otro día un carioca si hubiera una invasión de brasileños así en Buenos Aires, ¿serían tratados tan bien? La gente grita “Messi” y hace señales con el pulgar para arriba. Sonríen. Aceptan los cantos argentinos, incluso los groseramente anti-brasileños, con una cierta tolerancia; los más curiosos piden traducciones. Siguen sonriendo.
Remontándome a aquel 22 de junio de 1986, cuando Diego alzó su puño ante las cámaras del mundo, recuerdo el horror y la furia con la que Brasil respondió. Grupos de fanas portando facas gritaban que iban a matar a los argentinos. La injusticia a todas luces que terminó dándonos la Copa eclipsó el segundo gol de Diego y cualquier proeza válida que haya acompañado a la mano. No nos perdonaban. Es cierto que el día antes, el 21 de junio, Brasil había sido eliminado por la Francia de Michel Platini, y el país había caído en un luto extremo, una tristeza profunda y real, cómo yo nunca había visto a nivel masivo.  Llantos descontrolados de todo tipo de gente; un desconsuelo sin igual.
Por ahora, casi que los brasileños torçen por Argentina con la fantasía de una final entre ambos países. Pero si llegara a pasar lo impensable, y Brasil quedara eliminado antes que nosotros (a quienes califican de "hermano" y a veces hasta de "hermano menor"), ¿qué sucederá? Casi como una epifanía de la supremacía futbolística que consideran natural, en una escena sin duda de tantas que se viven y vivirán a lo largo del país durante todo el Mundial, un grupo de hinchas argentinos copó un vagón del metro, saltando y cantando, golpeando techos y paredes, gritando que Maradona es mejor que Pelé y Messi mejor que Neymar… El malón argentino dominaba tanto la escena que parecía que no había nadie más en el vagón, pero sí había: una nena brasileña asustada, lloraba. Un señor mayor sentado observaba. Esparcidos, sin camisetas ni banderas, de a uno, los brasileños fueron entonando sus propios cantos. En pocos segundos comenzaron a batir las palmas, con ritmo más intenso, a entonar sus propias sugerencias de que Messi es viado, y a recordar a todas voces el concepto clave del sentimiento futbolero patrio: “Pentacampeón”. En menos de un minuto eran la mayoría, sus batucadas espontáneas silenciando la soberbia argentina. “Hasta acá llegamos”, parecían decirnos. Cópense, pero no se desborden.
Por ahora nos prestaron Brasil. Pero, ¿hasta cuándo?

Desde Río de Janeiro.

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