Tema del Mes

JUNIO 2014

Con los dientes apretados

27 / 06 / 2014 - Por Alejandro Wall

Luis Suárez mordió en la cancha a un italiano y lo sacaron del Mundial de Brasil. Enseguida, se activó el arma preferida de los hinchas: la victimización. Sea en Uruguay como en Argentina. Ocurrió lo mismo veinte años atrás con el doping de Diego Maradona. Se buscan culpables y se observa la escena como una gran conspiración. Quizá el problema uruguayo sólo esté en los dientes de su héroe, que no puede evitar su gesto de caníbal.

Es muy impresionante ver a Luis Suárez morder en la cancha, reproducir una y otra vez el video en You Tube, y detenerse en el instante exacto en que la boca –la cabeza- va hacia el cuerpo del otro. Lo que primero se ve como un gesto de caníbal, el deseo por la carne humano, muta con la repetición hacia la imagen de un niño: parece la actitud de un infante con bronca. Los chicos también muerden como juego o como descarga por la presión que los dientes que nacen ejercen sobre las encías. Dijeron psicólogos sobre la mordedura de Suárez que algún trauma de la infancia se le juega con inconsciencia en ese momento de furia en el que enchufa sus paletas enormes al rival, como hizo en el hombro italiano de Giorgio Chiellini que lo sacó del Mundial.
Suárez era uno de los superhéroes de Brasil 2014. Llegó con el último suspiro, después de recuperarse de una lesión que no le permitió jugar contra Costa Rica, el primer partido –y derrota- de Uruguay en estas tierras. Suárez debutó recién en el Maracaná contra Inglaterra. Y fue un momento épico. En un duelo contra cinco de sus compañeros en el Liverpool, hizo el gol que le dio vida a su equipo, el que le permitió poder buscar la clasificación contra Italia y conseguirla. Sea lo que fuera que ocurriera después de ese minuto extático en el que corrió en llanto y se besó los tres dedos para su mujer y sus hijas, Suárez estaba destinado al Olimpo celeste. Nadie contaba con una nueva mordida.
Su expulsión del Mundial de Brasil se parece demasiado a lo que pasó veinte años atrás con el doping de Diego Maradona. Aunque siempre hay matices en las historias que se comparan, Uruguay –como Argentina aquella vez- es una selección que se apoya en su tótem, ahora castigado por la FIFA. En ambas ocasiones lo que salió a flote fue la victimización, uno de los refugios preferidos de los hinchas. Con Maradona, hace veinte años, se dijo que nunca una enfermera había entrado a buscar un partido. Aunque no fuera cierto. Se dijo que sólo fueron gotas para la nariz. Aunque no fuera cierto. Se dijo que fue la CIA o la DEA o quien fuera en el gobierno de Estados Unidos. Aunque no fuera cierto. Se leyó en un libro una teoría de la conspiración: la efedrina en una hostia para evitar que Diego le dedicara el título a Fidel. Y quisimos que fuera cierto, aunque se tratara de una novela.
Se dijeron muchas cosas porque necesitamos encontrar culpables. Nos permite digerir la angustia y la pena, que es lo que debe sentir Uruguay por su ídolo herido. La primera reacción cuando se anunció que Luis Suárez se quedaría sin Mundial fue putear contra la FIFA, un organismo rodeado por las denuncias de corrupción y falta de transparencia, liderado por dirigentes que hacen de la hipocresía una forma de vivir. Uruguay entró en trance y pensó en conspiraciones de italianos e ingleses, resentidos por haber quedado eliminados en la primera fase. A Suárez lo recibieron hinchas en el aeropuerto y hasta el presidente José Mujica.
El poder de Zurich hace y deshace. Sacó a Suárez del Mundial y le enchufó cuatro meses de prohibición para jugar al fútbol profesional, lo que parece desmedido. La FIFA es arbitraria en la aplicación de sus penas. Las letras de sus reglamentos pueden leerse con flexibilidad, lo que le permite acomodarse según la situación. Pero así como fue doping lo de Diego, ahora las imágenes muestran a Suárez mordiendo a un rival. Otra vez, como en Liverpool el año pasado y en el Ajax en 2010. Como cuentan que también hizo cuando jugaba en Uruguay. El mordiscón se sale de la naturalidad del fútbol, en el que muchas veces hay patadas y hasta codazos, como el que le dio el italiano Mauro Tassotti a Luis Enrique en 1994 y le rompió la nariz. La FIFA también actuó de oficio esa vez: le dieron siete fechas y Tassotti no volvió a jugar para su selección.
Es difícil sacarse la sensación de injusticia, la misma que se sintió con el cabezazo de Zinedine Zidane a Materazzi. Todos sabíamos que el italiano era quien utilizaba la violencia para el juego y que el francés era el artista. Eso no cambió. Pero el prestigio no vale para estos asuntos y ahí fue Zidane el que pegó el cabezazo, como fue Suárez el que dio el mordiscón a Chianelli. La FIFA aprovecha el caso para levantar su discurso de fair play y honor deportivo, ejes sobre los que insistió Joseph Blatter en el último congreso. Pero la credibilidad no es el fuerte de la FIFA. Es cada vez mayor la sospecha de que no hubo fair play en la elección de Qatar para el Mundial 2022, sino coimas.
Suárez es el primer responsable de haber regresado a Montevideo antes que el resto de sus compañeros. Y resulta demasiado probable que él mismo lo haya sabido apenas terminó el partido contra Italia, todavía aturdido por el episodio en el que perdió el control. Algo demasiado intenso debe ocurrirle a Suárez para la reincidencia, para volver a caer en la trampa que le tejen sus dientes, utilizados como plan de marketing por Adidas, que ahora decidió romper el contrato. Ahí sí, otro acto de la hipocresía de quienes muerden del fútbol. Las paletas de Suárez, su gesto salvaje, ya no le sirven a la empresa. Aunque sin él en Brasil, las calles de Río de Janeiro y San Pablo todavía lo muestren en carteles, con la boca abierta, a punto de dar el mordiscón.

Desde San Pablo.

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