Tema del Mes

JUNIO 2014

El campeón del mundo se despierta en un morro

28 / 06 / 2014 - Por Alejandro Wall

René Houseman vive el Mundial en la favela de Santa Marta, en Río de Janeiro, junto a los comunicadores de La Garganta Poderosa. Santa Marta, en Botafogo, a los pies del Cristo, es la primera favela "pacificada" del país. "Cuando entré -cuenta Romi, de Zavaleta- me sentí como en el barrio”. En Argentina y en Brasil, se sufre por lo mismo -la estigmatización- y se goza por lo mismo -el fútbol-. De eso se trató el picado en Ciudad de Dios. Con Houseman de DT.

René Houseman, campeón del mundo en 1978, abre los ojos en una cama de la favela de Santa Marta. Levanta apenas el cuerpo envuelto entre las sábanas. Dos noches atrás, después del partido de Argentina contra Bosnia en el Maracaná, Houseman volvió muy tarde, a una hora en la que el teleférico que utilizan los vecinos de la comunidad ya no funciona. El Loco, que sufre de artrosis, tuvo que subir caminando hasta el cuarto piso de la favela, donde vive junto a los comunicadores de La Garganta Poderosa que cubren el Mundial de Brasil. Tardó cincuenta minutos. Pero no le importó. Se echó a la cama y se durmió en plena felicidad.
Houseman también es comunicador de La Garganta, el brazo literario de la organización social La Poderosa, que desembarcó en Brasil con catorce enviados para ver –y contar- el Mundial desde las favelas y con una mirada villera. Son los ojos de lo que no se ve por televisión y no sale en las revistas. Porque el Mundial es, sobre todo, y mucho más que cualquier otra cosa, eso que pasa en los pasillos de Santa Marta cuando juega Brasil, o cuando juega Argentina y la tiene Lionel Messi, porque acá no juegan esas rivalidades. Acá vibran con el fútbol, venga de donde venga.
Santa Marta se extiende sobre el morro Doña Marta, entre el barrio de Botafogo. En 1996, Michael Jackson grabó acá el videoclip de They don’t care about us (Ellos no se preocupan por nosotros) y por eso hay un monumento en su homenaje. Hace seis años, se convirtió en la primera favela de Río de Janeiro en la que comenzó a funcionar la Unidad de Policía Pacificadora, que sacó a las cuadrillas de narcos que funcionaban en el lugar. La vida de la comunidad cambió desde entonces. Pero no todo es un cuento de hadas. Porque los vecinos aún sufren los abusos policiales, como también ocurre en los barrios de Buenos Aires. Y el crimen organizado, en todo caso, se mudó a algún otro lugar de la ciudad. “La pacificación, en realidad, no es otra cosa que la ‘relocalización de la marginalidad’ –se lee en el blog de La Poderosa. ¿O dónde creen que se fue la violencia, cuando limpiaron esos barrios barriendo la conciencia? De las 600 villas que hay en esta región del país, sólo 35 recibieron la ‘bendición’ de esa matriz”.
A Santa Marta se puede subir en teleférico, que no funciona por las noche, como lo supo el Loco Houseman, y que se para media hora antes y media hora después de cualquier partido de Brasil. Hoy anda con intermitencias, así que hay que subir escalón por escalón atravesando los pasillos de la favela. En las puertas un cartel pide mantener limpia Santa Marta. Los negocios comienzan a abrir y a tener movimiento. Un hombre carga una garrafa de gas. Cada tanto para a descansar. Dos trabajadores se encargan de las limpiezas en las callecitas y de vaciar los tachos de basura azules. Hasta que se llega al cuarto piso, ahí donde duerme René Houseman. Todavía es temprano y mientras el Loco sigue entre las sabanas, el resto desayuna.
Dada es de la Villa 31, Daniela es de la Villa Fátima, Jessi Jess es de la villa 21-24, y Roxana es de Zavaleta. Core y Romi, fotógrafos del grupo, también son de Zavaleta. Y René Houseman, que es de la villa del Bajo Belgrano. Son los comunicadores de La Garganta Poderosa, que hasta tiene un acreditado por la FIFA en el Mundial. Toman mate en el balcón de la casa donde viven en Santa Marta, a los pies del Corcovado, con vista carioca: ahí se ve la ciudad de Vinicius de Moraes y Tom Jobim, los edificios rodeados por la selva tropical y la laguna Rodrigo Freitas. Y la espalda del Cristo en las alturas.
La Garganta Poderosa llegó a Brasil sin el soporte de publicidad oficial o privada, sino gracias al Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, CLACSO, que decidió apoyar la construcción que se realiza desde las villas. “La Garganta –escribió Pablo Gentili, director de CLACSO- es mucho más que una revista donde se ejerce el periodismo popular sin concesiones. Es un espacio de organización y de lucha de jóvenes que viven en los barrios más pobres de Buenos Aires, en las villas, invisibilizadas por la ya histórica y persistente prepotencia de quienes han gobernado y gobiernan esa ciudad. Viven, militan y escriben en Zavaleta y la Villa 21-24, donde exigen la necesaria y urgente urbanización de los barrios populares”. La relación surgió en el Foro Mundial de Derechos Humanos, cuando Lula Da Silva abrió su intervención mencionando el caso de Kevin.
El mate dulce y el amargo pasa de mano en mano en el balcón de la casa de Gilson Fumaça, donde viven los corresponsales de La Garganta. Es una edificación colorida, verde y amarilla, con banderas de Brasil colgando como guirnaldas y también banderas de Argentina: una que dice Zavaleta y otra que dice La Poderosa y tiene la foto de Messi. También hay fotos en la pared: la redacción de La Garganta, coronada con una bandera cubana, Diego Maradona haciendo el grito poderoso, y Ángel Di María levantando una pared con cemento y ladrillos en reclamo de la urbanización. Hay clima mundialista acá y ellos, los comunicadores villeros, se sienten locales en Santa Marta.
-Cuando entré fue como entrar al barrio, esto es igual a Zavaleta pero arriba de un morro- dice Romina, que se enteró apenas unos días antes que su destino era cubrir el Mundial de Brasil.
A su lado, Roxana fuma y asiente con la cabeza. Y cuenta que si en las villas de Buenos Aires no entran las ambulancias por la estigmatización que sufren los barrios, en Santa Marta no entran porque el morro lo hace imposible. Pero dice que acá tienen un buen centro de salud y que le gustaría tenerlo allá. Roxana es la mamá de Kevin, el chico de nueve años asesinado el año pasado por una bala perdida durante las más de cien que fueron disparadas durante un tiroteo en Zavaleta, un fuego cruzado que contó con la zona liberada de la Prefectura y Gendarmería. Cuando eso sucedió, los vecinos organizados en las asambleas de La Poderosa idearon el “Control Popular de las Fuerzas de Seguridad”, una iniciativa que fue acompañada por el CELS, la PROCUVIN, organismos sociales y de Derechos Humanos.
-Mi sueño era conocer Ciudad de Dios- dice Romina.
Lo consiguió hace unos días, cuando la selección de las villas argentinas fue a jugar un partido contra un equipo de esa favela, que a diferencia de otras está en el llano. Bajaron del morro cantando y vestidos con camisetas argentinas que tienen la cara de Luciano Arruga, el pibe desaparecido en 2009 después de ser detenido por negarse a robar para la policía. Mientras entraban a Ciudad de Dios todos de celeste y blanco se pararon a pensar si eso no podía ser una provocación. Pero no. Los recibieron con abrazos y alegría. Y con una pelota. El técnico villero fue René Houseman.
-Esto es un partido de fútbol, no es una guerra- les dijo el Loco.
Y salieron a la cancha. De un lado la favela brasileña; del otro, las villas argentinas. Pero no eran rivales. Porque los dos jugaron contra lo mismo: la estigmatización. Ciudad de Dios quedó marcada por la película de Fernando Meirelles, que muestra un barrio en la que sólo habita el crimen y la violencia. La Argentina tuvo su réplica: Elefante Blanco, que retrata a una Ciudad Oculta donde sólo hay tiros, drogas, y sangre. En el partido contra la discriminación ganaron los brasileños. Uno de los goleadores se sacó la camiseta y le mostró a la cámara la que tenía abajo: “Nenhuma crianza nace ladrão”. En Brasil y en la Argentina, donde tampoco ningún pibe nace chorro.
-Mas allá de la derrota, es triunfo para la Argentina y para toda Latinoamérica- dice Germán, todavía agitado.
Habían jugado el partido más importante de sus vidas. Habían pateado una pelota junto con los pibes que viven y sufren las mismas condiciones. Que reclaman por lo mismo. Les dio bronca, apenas llegaron a Río de Janeiro, ver el muro que separa la avenida Brasil de las favelas que se extienden a los costados. La misma historia que Ciudad Oculta, llamada así porque la dictadura la tapó para que las venas abiertas del país no se vieran durante el Mundial 78. Acá en Santa Marta, sin embargo, no hay un sentimiento anti-Copa. Aunque se acompañen muchos de los reclamos que se hacen. Aunque haya algunos carteles que dicen “FIFA go home”. Pero lo que predomina son las ganas de ver fútbol. No viven acá los que insultaron a Dilma en el partido inaugural. Acá viven los que no pueden pagar las entradas. Son los negros, porque acá, según explican los comunicadores de La Garganta, se reivindican como negros. Y esto no es una favela, un nombre que genera un estigma: es una comunidad.
El fútbol es parte de nuestra cultura, como el guiso y la cumbia- dice Jessi, que se encargó de hacer un trabajo sobre los precios exorbitantes del mundo FIFA, la frontera entre el Brasil real y el Estado paralelo de Zurich que montó en el país.
Hace unos días estuvieron en una manifestación en Copacabana. “Distintos referentes del campo social y pancartas contra la violencia institucional, acompañaron la protesta contra el Mundial –escribieron en www.lapoderosa.org-, cuestionando los ingresos supuestos e interpelando los egresos de presupuestos que estaban destinados a otras cosas, antes de iniciarse estas obras monstruosas. Todo eso lo vimos, lo oímos y lo compartimos, pero no sería realista afirmar que existe una fiebre antimundialista, porque en las favelas no viven sólo militantes comprometidos, sino personas que tienen ganas de ver los partidos”. No paran de ver y contar, ver y contar. Y llevar adelante acciones de impacto, como sacarle fotos a los hinchas de todas las selecciones con un cartel contra los fondos buitres. Encontraron la solidaridad de todos lados. Y las fotos dieron vuelta por canales, diarios, revistas y redes sociales. Todo gracias al fútbol. Porque es gracias al fútbol es que ellos están acá.
-Y es gracias al fútbol que existe La Poderosa, que nació tirando una pelota para que los pibes jueguen.
A René Houseman lo despiertan y le dan unas galletitas. Hace unos comentarios sobre el partido de Argentina contra Bosnia. En unos días viajará a Belo Horizonte para ver el triunfo ajustado de la selección contra Irán. Y después llegará el turno de viajar a Porto Alegre para ver otra victoria argentina. Antes de eso, el Loco le envió una carta a Lionel Messi por su cumpleaños. “Lo mejor es lo que viene, porque vos jugás para el equipo y además en equipo, nene. ¿Sabés lo que significa eso, en este mundo?”, le escribió.
Ahora los enviados de La Garganta se ponen otra vez la camiseta argentina de Luciano Arruga. Suben hasta el quinto piso, el último de la favela Santa Marta. En una de las casas, Roberta cocina feijoada y su madre, María Helena, muestra la colección de relojes que tiene en sus paredes y modulares. El morro, bien arriba, se corona con una cancha de fútbol de césped sintético. La inauguró Lula en febrero de 2009. Unos chicos brasileños dejan las ojotas en la entrada y se meten a descalzos. La unidad de la UPP mira todo desde arriba. Los pibes juegan. No hay patrón FIFA en esta cancha. Acá mandan los vecinos. En unos días, cuando Houseman llegue a Belo Horizonte sólo pensará en volver. “Los tres que vinimos desde Río –dice en una de las crónicas- estamos alojados en un hotel, que supuestamente es mucho mejor, ¡pero yo extraño a los pibes y al Cristo Redentor!”
Cuando se va de Santa Marta, Houseman se siente lejos de casa.

Desde Río de Janeiro.

 

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