Tema del Mes

JUNIO 2014

Holanda 2014: Naranja y mecánica, sí, Naranja Mecánica, no.

28 / 06 / 2014 - Por Fernando García

Fue el primer equipo del Mundial en clasificar a la segunda ronda con puntaje perfecto y actualizó el sueño del fútbol total.

Holanda fue el primer equipo de Brasil 2014 en clasificar a la segunda ronda u octavos de final (esa jerga del tortuoso mundo de las fracciones) con puntaje perfecto. Nueve puntos conseguidos sobre nueve posibles volvieron a instalar en el discurso del periodismo deportivo una descripción remanida.

La selección de Holanda es, vuelve a ser, está determinada a ser: “La Naranja Mecánica”.

Es una curiosa metonimia sobre un equipo de fútbol. Como si los “Carasucias” que ganaron el torneo Sudamericano de 1957 nombraran para siempre a las selecciones argentinas. De Sívori a Messi.

Pocas escenas de la cultura masiva describen tan bien la aduana entre el sueño lisérgico de los 60 y la vigilia insoportable de los 70 como aquella en la que Alex, el protagonista de La Naranja Mecánica, es arrastrado a un tratamiento de shock. El filme de Stanley Kubrick que adaptaba la novela de Anthony Burgess resultó tanto una formidable fantasía pop como el paradigma de la violencia tolerable con sus reiteradas escaramuzas de prohibiciones y censura. 

El filme de Kubrick, por encima de la novela, vino a nombrar a un equipo de fútbol por la coincidencia en el color y un fucionamiento colectivo dinámico e inaudito asociado a la idea de máquina. Sin embargo hay una contradicción notoria entre el pathos de los habitués al bar Korova y los estilistas comandados por Johan Cruyff. 

La Naranja Mecánica de Burgess y Kubrick es la consumación de una distopía mientras que, espejada, la otra “Naranja Mecánica” ofrece la imagen invertida: es la utopía del fútbol total (total voetball).

 

La utopía del fútbol total podría ser explicada a partir de un olvidado manual del fútbol que fue el “Soccer Revolution” del profesor austríaco Willy Meisl. Editado a principios de los años cincuenta el canon del profesor Meisl se apoyaba en el análisis exhaustivo de nueve estilos de juego: Austria, Brasil, Dinamarca, Inglaterra, Francia, Alemania, Hungría, Italia y Uruguay. Holanda era entonces un equipo menor, inadvertido. Pero para el estratega Rinus Michaels el tratado de Meisl funcionaría como una versión íntima y particular de El Capital de Marx.

 

El mensaje de Meisl traía al universo de los 90 minutos reverberaciones de los manifiestos vanguardistas. Nombraba un futuro perfecto y posible para el fútbol, un orden intimidatorio donde los defensores podían pasar al ataque y los atacantes reconvertirse en la primera línea de defensa. Ningún equipo hizo tan suyas las premisas de Meisl como el Ajax de la segunda mitad de los 60, plataforma de lanzamiento de Johan Cruyff y la luego llamada “Naranja Mecánica”. Si resulta casi obvio decir que la revolución de Meisl encontró sus intérpretes perfectos en Michels y la joven (van)guardia holandesa es lícito preguntarse por qué esas ideas pudieron llevarse a cabo con semejante radicalidad en un país pequeño sin historia futbolística. 

 

Como Greil Marcus con el punk en Lipstick Traces (Rastros de Carmín, editado en castellano por Anagrama), el periodista inglés David Winner encuentra en su investigación “Brilliant Orange, the neurotic genius of Dutch Football” que las bases del fútbol total como táctica del espacio se remontan al menos cuatro siglos hacia atrás cuando los neerlandeses aprovecharon su geografía anfibia para defenderse de los españoles. Inundar el territorio para anegar el camino del invasor fue apenas el primer paso en lo que sería un programa de diseño para la geografía holandesa. Tal que para el siglo XX el neoplasticismo de De Stijl (El estilo) impulsado por Piet Mondrian y Theo Van Doesburg vendría a representar subrepticiamente la forma más humana de paisaje. La cuadrícula mondriana como el punto de vista de una cámara aérea autotripulada sobre las superficies rurales holandesas. Una naturaleza diseñada, pura proyección geometrizante en manos del hombre. Michels, Cruyff, el Ajax y la selección de Holanda (en estricto orden de aparición) continuaron la praxis de De Stijl en el campo de juego. El espacio se reformulaba en tiempo real como si los movimientos del equipo dibujaran una cuadrícula imaginaria que podía adaptarse a las necesidades del match. Así, los naranjas podían achicar y agrandar la cancha a conveniencia, adelantando lo que hoy es táctica naturalizada, espontaneidad pos laboratorio. Como obreros-autores, los jugadores holandeses se aplicaban a la táctica (línea de montaje) con intransferible aura individual (por cada pieza, un original). Tal apego a la táctica parecía, de todos modos, subsumido al carisma liberador que trasuntaba el acaso mayor campeón moral de la historia. Holanda 74 era así por el trabajo de Michels y Cruyff, el primer jugador-técnico, pero también porque en su forma pop de estar en el mundo del fútbol representaba el proceso de cambios que eclosionó en Amsterdam a partir de 1966.

 

Marzo de 1966 es la fecha del posible Mayo Francés de los Países Bajos, cuando el movimiento “Provo” se hizo visible a toda la ciudad. Anarquista y lúdico hizo de la “White bycicle” (el grupo de acid rock Tomorrow le dedicaría un tema) un emblema del absurdo como ariete contra la forma de vida holandesa de la posguerra. El happening que venía desparramándose como una mancha desde 1959 tomó a la ciudad y a las autoridades por sorpresa. No al tabaco, sí a la marihuana; no al automóvil, sí a la bicicleta. No a la Reina Beatriz y su consorte alemán con sospechas de SS. “Provo” devino una forma de re-ocupación del espacio urbano al mismo tiempo que Ajax mostraba una manera revolucionaria de disponer del espacio de juego. 

 

En Brilliant Orange David Winner explica que “Cruyff se había vuelto una presencia electrificante dentro y fuera de la cancha gracias a una cualidad insurreccional a la que los jóvenes de Amsterdam rápidamente adhirieron”. Karel Gabler, un entrenador nacido en las ruinas del barrio judío le dice que “Cruyff resultó para nosotros una especie de modelo, lo más parecido a lo que los ingleses tuvieron con John Lennon”. En ese mix de ética y estilo campea la vida paralela de la contracultura holandesa de los Provos y la del seleccionado holandés de 1974. Winner cita luego a Maarten Hajer, profesor de Politicas Públicas de la Universidad de Amsterdam. “La conexión se dio en la forma de una nueva actitud liberal hacia la autoridad. Estos chicos fueron jugadores revolucionarios, extremadamente carismáticos. Van Hanegem, Cruyff, Ruud Krol, Wim Suurbier. Rinus Michels era obviamente una figura autoritaria pero aun así no tenía real control sobre ellos”.

 

El auténtico proceso de “La Naranja Mecánica” terminó en la final de la Copa del Mundo de Alemania Federal, el 7 de julio de 1974. Holanda no solo perdió su chance de ser el mejor equipo del mundo sino que la caída en Munich representó un sintomático trauma nacional frente al vecino alemán. Como en el resignado “It’s only rock & roll” de los Rolling Stones, editado casi al mismo tiempo, la revolución no solo no sería televisada sino que no lo sería del todo. Si al proceso liberalizador holandés no lo detuvo un neo-Gaullismo ni la entronización de un Nixon neerlandés, sí lo hizo la pragmática selección alemana de Franz Beckenbauer. Pero como en las mejores historias de la cultura popular el sobreviviente aquí fue el perdedor. Cuarenta años después seguimos usando aquella fórmula mágica de “Naranja Mecánica” para nombrar a cualquier selección holandesa que camine a paso firme en una competencia internacional. Aunque esta no sea la emergencia en pantalones cortos de la contracultura sino una máquina calculadora y mortífera agazapada tras una sociedad miedosa que elige la inyección de la derecha eurófoba como prevención al contagio. 

 

Desde Buenos Aires.

 

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