Tema del Mes

JULIO 2014

Elogio del morbo

01 / 07 / 2014 - Por Alejandro Wall

Miles de brasileños se entregaron al rezo para que su selección no cayera con Chile. "¡Eu acredito!", gritaron con cara de espanto. Sólo algo sobrenatural podía salvarlos de la monstruosidad. No hubo buen juego, sólo un rito para saber quién ganaba y quién perdía. Pero el partido nos hipnotizó y una pelota en el palo pudo cambiar todo en el último minuto. El fútbol es estilo, toque y gambeta, pero también conflicto y suspenso. Eso fue lo que hubo en el Mineirao.

Vemos fútbol y no podemos dejar de escaparle a la neutralidad. Aunque no jueguen nuestros equipos nos lleva puesto el deseo de tomar partido. Aún cuando sea inconfesable queremos que gane uno o que gane el otro, que empaten porque nos conviene, que pierdan los dos, pero siempre nos tira para un lado: no da lo mismo cualquier cosa. Siempre encontramos un argumento para elegir, hasta el más absurdo. Podemos hinchar, aún en el silencio y sin sufrimiento, por el más débil o por el que mejor juega, y también podemos cambiar en medio del río porque algo nos pasó en el medio, algo nuevo nos gustó del otro, del que antes queríamos que perdiera. Es lo más lindo de ver fútbol porque sí, porque nos da la gana; es lo más lindo de mirar desde afuera, como nos pasó con Brasil y Chile, y fantasear sobre nuestras pequeñas batallas internas.
¿Qué queríamos que pasara en el Mineirao? ¿Qué íbamos a ver de ese partido? ¿Qué esperábamos? ¿Que perdiera Brasil para revivir el Maracanazo? ¿Que ganara Chile porque nos cae simpático que juegue al ataque? ¿Que perdiera Brasil porque nos gustan los momentos históricos, los partidos de efeméride, esas estacas en el calendario de los futboleros? ¿Que ganara Brasil porque preferimos la paz social durante el Mundial y sospechamos que con una derrota no la habrá? ¿Qué perdiera Brasil porque nos gusta verle de cerca la cara al espanto? ¿Qué ganara Brasil porque queremos la final en el Maracaná? ¿Que ganara Chile por ese héroe mapuche llamado Gary Medel? ¿Que perdiera Brasil porque queremos ver qué pasa? ¿Qué? ¿Que perdiera Chile porque los chilenos ya están muy agrandados? ¿Que ganara Chile porque Jorge Sampaoli? ¿Que ganara Chile porque Brasil otra vez campeón por favor no? ¿Que empataran y fueran a los penales porque el fútbol también es nervio y tensión?
Y así, miles de veces.
En la manzana de enfrente al Mineirao está el Mineirinho, un estadio con diminutivo que, sin embargo, parece que alguna vez fue muy grande. Se usó para partidos de básquet, voley, recitales y ahora, abandonado, se utiliza como estacionamiento. Es una especie de coliseo, una ruina romana que se huele en la prehistoria. Mientras caminamos por el costado del Mineirinho hacia la mole, el centro del mundo, el Brasil-Chile, se aparecen todos esos destinos separados por un resultado. Aunque no sepamos todavía que serán diez centímetros, tal vez cinco, un puto palo, la diferencia entre unos y otros. El fútbol, que es tiempo y espacio, se define en lo que pasa durante noventa minutos -o ciento veinte- en dos arcos. Caminamos hacia un lugar que quizá recordemos por siempre o que tal vez sólo sea el escenario de una anécdota.
Adentro el clima es de batalla y no de fútbol. Los brasileños dedican sus pulmones a silbar el himno chileno, a pisarlo hasta taparlo por completo. A estos partidos, los que definen de una vez quién sigue y quién se despide, acá los llaman mata-mata y no parece una metáfora. Los brasileños cantan el himno como un ejército a punto del combate, a capela. Van a volver a cantarlo cuando el tiempo y el espacio no los favorezca, cuando en vez de salir a la lucha se encuentren temerosos, tratándose de esconderse en sí mismos. A ver si eso espanta a la parka del Maracanazo. No queda otra. Y cuando no hay nacionalismo, hay religión. Porque siempre tiene que haber algo de lo que aferrarse.
-¡Eu acredito! ¡Eu acredito!
Es un grito de autodefensa de una masa guiada por un pastor de la medianoche de televisión. Brasil es el país con la mayor cantidad de católicos del mundo, el único de Latinoamérica que visitó el Papa Francisco en el subcontinente desde que comenzó su tarea a reconstruir el proyecto político del Vaticano. A los católicos les siguen los evangelistas y los protestantes. A todos ellos los une y los supera otra religión: el fútbol. Mauricio Pinilla pega la pelota en el travesaño. Los brasileños se agachan y rezan. Se persignan. Miran al cielo, al techo circular que cubre las tribunas del Mineirao. Repiten todas las muletillas de la superstición.
-¡Eu acredito! ¡Eu acredito!
Cuando no hay hombres en quienes confiar, cuando no hay fútbol -cuando no hay Neymar que te rescate- los hinchas se entregan a Dios, cualquiera sea ese Dios. Brasil se entrega a Dios. Sólo algo sobrenatural puede salvarlos de esta monstruosidad. El estadio es un lugar de ritos. En el Mineirao faltan las velas alrededor de los gladiadores, los pulgares arriba y los pulgares abajo. Seres poseídos habitan las tribunas. Mujeres que se muerden los dedos y abrazan a sus hijos. Borrachos que revolean la cerveza oficial. Grandotes que lanzan puteadas rápidas. Aunque esta no es una tribuna tradicional, es una tribuna FIFA, donde no hay negros. Sólo se ve el Brasil rico y branco. Y se festejan los despejes. En el país de Garrincha y Ronaldinho, hay grito y celebración cuando una pelota chilena vuela lejos del arco brasileño. Brasil tiene la precisión más baja en sus pases de los últimos cincuenta años. Algo funciona mal.
Los brasileños no miran fútbol en el Mineirao, lo padecen. Son enfermos que rezan y se santiguan. Necesitan el milagro del triunfo, no el placer del juego. Por eso se dedican más a la plegaria que a la práctica del toque. Luiz Felipe Scolari es un devoto de Nossa Señora de Caravaggio, la virgen que acompaña al equipo. Y le ha hecho escuchar canciones religiosas a los jugadores como ejercicio espiritual. David Luiz es evangélico y suele llevar una camiseta con la frase “Cristo es vida”. Thiago Silva, el capitán, dice que Dios lo salvó de una tuberculosis que sufrió en Rusia. Julio César colocó un amuleto atrás del arco para la tanda de los penales contra Chile: una pulsera que le dio Víctor, su compañero de equipo. Atajó dos y una se la sacó el palo. “Si la macumba ganase partidos, el campeonato baiano terminaría empatado”, decía Neném Prancha, un técnico brasileño.
Hubo un muerto en el estadio y otro afuera. Hubo afectados cardíacos en todo Brasil. Terminamos también afectados incluso los que mirábamos desde afuera, los que no éramos chilenos y brasileños. El fútbol tiene la costumbre de enredarte en situaciones de angustia. Ningún otro partido acumuló tanto desasosiego como el del Mineirao. Tampoco se podía fantasear con semejante crueldad. Ya no había más nada para pensar. La perilla había llegado a tope con el palo y los penales. Nos gusta ese fútbol en estado de límite, un fútbol extremo, una frecuencia que sólo supera el juego. El fútbol es estilo, toque y gambeta, pero también conflicto y suspenso. Un choque de intereses que demanda una resolución. Si un partido tuviese dos goles del mismo equipo a los quince minutos perdería sentido, como si una película adelantara su final. Por eso vinimos a ver Brasil-Chile hasta Belo Horizonte. Acá podía ocurrir el fin del mundo, se podía terminar todo, y casi se termina. Con todos nosotros adentro.

Desde Belo Horizonte.

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