Tema del Mes

JULIO 2014

Tatuado (La sorpresa del Pocho Lavezzi)

01 / 07 / 2014 - Por Lucía de Leone

Cosita linda o el objeto de deseo de las argentinas. Lejos del cuerpo mudo y aniñado de Messi, el cuerpo de la diversión y la belleza del Pocho.

Caminar por las calles de la ciudad cuando juega la selección argentina es transitar un páramo en el que aún muchos de los comerciantes más inflexibles bajan sus persianas por cuestiones “de seguridad”. “Cuando juega la Argentina, al supermercado sólo viene alguna que otra mujer inoportuna”, asegura el relato sexista de la cajera de una sucursal de una de las cadenas más importantes de hipermercados que reproduce el cliché de que el fútbol es para los varones. Un relato que seguro desoyó los lamentos de la periodista Ángela Lerena por no haber podido ocupar el trono tradicionalmente masculino de la cobertura desde el campo de juego, o que desconoce la cantidad cada vez más cuantiosa de mujeres que no sólo miran sino que también juegan fútbol. 

 El Mundial se nos impone. Hasta bebés y mascotas son arropados con trapitos blancos y celestes. Al mundial lo miran todos… ¡las mujeres también! Y quizá hoy más que nunca. Pero esa totalidad frente a la pantalla no presupone una misma mirada. Esa multitud de ojos ven en el Mundial escenas diferentes, difíciles de seriar. 

A esta altura ya no puede negarse que así como del partido Uruguay–Italia nos queda, antes que nada, la mordida de Luis Suárez (se habló mucho más de la extrema sanción de la FIFA al canibalismo pulsional del uruguayo que de alguna jugada crucial), el encuentro Argentina–Nigeria potenció la imagen de un cuerpo trabajado doblemente por el entrenamiento y el tatuaje: el del delantero Ezequiel “El Pocho” Lavezzi. Repeticiones televisivas ad nauseam, extensos debates radiales, páginas y páginas en los medios gráficos, charlas cotidianas y una catarata de twits y posteos femeninos en Facebook (y las páginas creadas ad hoc con títulos deudores de la retórica de los piropeadores más hot) hicieron de Lavezzi el tema de todas las agendas. No quedan dudas de que hoy Lavezzi está en boca de todxs. 

Pero confesémonos: más allá de la indudable trayectoria exitosa de Lavezzi –pasó por el Napoli, es parte de las filas del exquisito París Saint-Germain–, la gente como uno (digamos la hinchada que rebrota cada cuatro años con el episodio deportivo mundial) no identificaba inmediatamente nombre con rostro. Quizá entonces uno de los efectos laterales de la Copa del Mundo sea también el de reimportar una bella imagen, y pasar por alto y hasta exportar una destacada actuación deportiva –la del propio Pocho– como si fueran aquellos –los eróticos– los cuerpos que importan

Mientras que en la cancha se veían las destrezas de Messi, parecerían ser los entretiempos, el fuera de cancha, la raya de cal, el recambio de jugadores y el pospartido los escenarios preferidos para el lucimiento del ex jugador de San Lorenzo, “el gordito crack”, el “gracioso” que de golpe (y desde el banco de suplentes) pasó a figurar entre la lista de los metrosexuales del Mundial Brasil 2014 a partir de un gag: tirarle agua en la cara a Alejandro Sabella para calmarlo, según dijo.

Si en los últimos tiempos el cuerpo de Messi –el mesías goleador del equipo al menos en los dos primeros partidos– adoptó formas de expresión atribuidas tradicionalmente a la mujer histérica (el vómito), tras la humorada del chorrito de agua a la cara de un preocupado DT el cuerpo del hacedor de chistes fue el blanco del encuentro de la mirada y el deseo femeninos. El cuerpo padeciente y mudo de Messi frente al cuerpo de la diversión y la cargada de Lavezzi, de la expresión de la felicidad de tener una nueva anatomía moldeada por la cosmética del dinero del fútbol. El derrotero se cumple de manera casi arquetípica: corte de pelo moderno, barba canchera, el paso por el gimnasio, la ropa cool, los rolex, las producciones publicitarias sugerentes con chicas lindas (como Calu Rivero), el Mercedes Benz y la Ferrari, el viaje en primera clase, el infaltable noviazgo con una modelo (la bellísima Yanina Strepante), el escándalo (Lavezzi fue causal de pelea entre los capos de la mafia de los tatuajes), que dejan atrás al pibe de barrio de origen humilde al que, en honor a un perro de la familia, apodaban Pocholo por ser molesto (ya de niño dio sus primeros pasos de comedia).

Podrían extenderse las comparaciones entre estos dos jugadores cuyos apellidos arman una rima consonante perfecta: Messi-Lavezzi. Mientras el cuerpo de uno, negado al crecimiento, es hoy un as del balón, y casi asexuado, más cercano al de un ángel o de un niño que juega a la PlayStation –y que se encapricha en no cantar el himno–, el otro, cuya imagen semidesnuda fue creciendo día a día durante esta última semana en fotos y reproducciones televisivas, funcionaría como una suerte de cifra de la sexualidad deportiva. Un cuerpo de pectorales marcados que despierta pasiones y al que, por caso, podría leerse, como en una suerte de écfrasis, siguiendo los caminos heterodoxos que marcan sus tatuajes para imaginar escenas.

Así se puede empezar por el hombro izquierdo y seguir la línea de flores, cruces y estrellas y llegar primero al nombre de su madre sacrificada por sus hijos (Doris) y bajar por el antebrazo interior hasta el nombre del hijo (Tomás). O se puede optar por atravesar las máscaras grandes de la zona alta de la espalda y seguir dos vías por el torso delantero: la derecha, donde Cristo y un dibujo que honra al cuadro Rosario Central se alinean prolijamente; o tomar la ruta de la izquierda (la sinistra) que vincula una especie de cadena larga con una cruz con la controvertida pistola que dio que hablar y que se ubica un poco más arriba nomás del bajo vientre que el futbolista insinúa en los festejos de gol sin camiseta. El cristal con que se miran esos detalles determinaría una u otra versión de Lavezzi: ¿una suerte de Aquiles, el de los pies ligeros, con escudo incorporado donde la madre –Tetis o Doris– cumple un rol fundamental? ¿Una versión estetizada del famoso pibe chorro o malandrín protagonista de las cumbias villeras, o del tumbero que prepara su cuerpo tras años de encierro y acoso sexual de otros presos como el que corporiza Robert de Niro en Cabo de miedo? Quizá Lavezzi en tiempos mundialistas dé para todo eso y mucho más.

Lo cierto es que los suspiros, cánticos y frases subidas de tono de muchas mujeres que sintieron deseo sexual por Lavezzi se hicieron públicos por el impacto que produjeron entre algunas pocas feministas que las condenaron, pero ante todo por los mismos varones que se sintieron en desigualdad de condiciones a la hora de ser juzgados por cosificar cuerpos. Esa fue la palabra: cosificar. El reclamo varonil podría condensarse en esta pregunta: ¿por qué si decimos algo así de una mujer nos acusan de cosificar cuerpos, de reducirlos a meros fragmentos eróticos diseñados por la mirada deseante del varón? Y las frases célebres que las mujeres regalaban al Pocho iban desde un cálido “¡Papito!”, pasando por expresiones creativas como “Te doy hasta que Don Ramón pague la renta” y otras más sofisticadas como “Te doy hasta que el Indio reconozca que sí lo soñó”, o el extremo “Lavezzi lávame bien las tetas en tu tablita”. Un arco que acaso puede leerse en estos testimonios de tres mujeres que respondieron a la pregunta “¿Qué te provoca Lavezzi”:

 

–Cecilia (28 años, casada, diseñadora y estudiante): “No me divorciaría por él, peeero… tiene un algo impactante… no es el típico modelo, pero ese aire canchero, de barrio, de pícaro, y sus musculitos marcados ganan mucho. Es que los músculos marcados y el humor hacen salir lo más primitivo en las mujeres, opino yo, el grito de Vení que te parto en dos. Lo primero que hizo mi marido cuando me vio mirar con insistencia a Lavezzi fue mandarme un mail con la foto de la infartante novia”.

 

–Valeria (46 años, madre y esposa, docente): “Confieso. Lavezzi me encanta. No es que me gusten los chicos jóvenes o los tipos con cuerpos trabajados, tatuados, depilados, tostados. Tampoco me fijo en los exhibicionistas y, sin embargo, me gustaría que el Pocho jugara sin camiseta o al menos que se bajara un poco más los calzones y mostrara sus partes. Lavezzi me ha vuelto en este Mundial un poco más mirona, hasta me hice seguidora de una página para que se saque la 22, y –sobre todo– me ha permitido sentirme libremente caliente ¿Qué problema tendría en anunciarlo cuando hay más de 300.000 personas que abiertamente declaran su calentura por el Pocho?”.

 

–Virginia (35 años, lesbiana–feminista, docente), cuya foto de perfil en Facebook es hoy la de Lavezzi sin camiseta, dice: “Yo creo que hay un efecto reactivo de lo que pasa en torno al fenómeno Pocho por parte de muchos tipos (no todos claro, y desde ya que no todas las masculinidades son así), y que tiene su mayor expresión en el pedido de ‘corrección política’. Estoy pensando en todos esos que se quejan por no poder decirle un piropo a una chica en la calle y salen a pedir que no los cosifiquen comparando incluso el acoso callejero a lo que está ocurriendo aquí. Un jugador que gana millones mostrando sus abdominales, y que es alabado en todas las redes sociales poco tiene que ver con la experiencia de que te digan una y otra vez que sos linda o fea, flaca o gorda, que estás para darte y hacerte el orto, o que no te tocan ni con un palo, que opinen de tu ropa, tu cuerpo o tu cara de amarga cuando circulás por el espacio público. Una de las cosas que se disputa acá es el derecho y la exclusividad de la palabra deseante, de ser sujeto de deseo. Son las mujeres, los homosexuales, e incluso algunas tortas (entre otrxs) las que dicen ‘me gustás mucho’, y se corren de ser el objeto pasivo del deseo a ser agentes de sexualización. Ese movimiento, incluso cuando no está exento de violencia, es interesante, potente y a mi juicio necesario. Yo no festejo la envidia por el cuerpo ideal, ni la idealización de parámetros estéticos excluyentes, yo –en todo caso– festejo la lucha por redistribuir el deseo y la sexualidad. Y lo grito: ¡Viva su torso desnudo!”.

 

A pocas horas del partido contra Suiza en octavos de final, seguramente muchas y también muchos esperan gritar el esperado gol del Pocho Lavezzi, que jugará como titular tras la lesión de Agüero –el galán entristecido–, para pasar a la siguiente instancia y no desclasificar, pero también para que el pitufo bromista –consciente, entusiasta y en parte responsable de la supuesta cosificación que se le achaca– se saque la camiseta 22 (la del loco), corra por la cancha de San Pablo, y quizá se anime esta vez a mostrar la sorpresita del día.

Desde Buenos Aires.

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