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JULIO 2014

Historias de elefantes blancos: los brasileños eliminados del Mundial

02 / 07 / 2014 - Por Alejandro Wall

Estuvieron en la primera fase y ya se quedaron afuera de la Copa. Son los estadios de Natal, Curitiba, Manaos, y Cuiabá. El futuro de los cuatro es incierto. Algunos ya tienen programados partidos de Serie B y C, muy diferentes a los encuentros mundialistas que recibieron en los primeros días del Mundial. Otros tendrán que mantenerse y se desconoce para qué servirán.

Fueron los cuatro gigantes eliminados en la primera fase, aunque casi nadie se haya dado cuenta. Jugaron apenas un puñado de partidos. Unos pocos resultaron trascendentes y quedarán en la memoria, aunque sea por polémicas; otros pasarán al olvido con rapidez, si es que ya no lo hicieron. Su gente, en cambio, no olvida: viven demasiado temprano la resaca mundialista y todavía discute qué pasó con ellos, revisa cada detalle; hay quejas y lamentos, lo lógico para cualquier salida inmediata. Los cuatro tendrán que replantearse el futuro, qué será de ellos aquí para adelante, conocer otras experiencias, porque a la primera plana que supone ser parte de la Copa es posible que le siga el ostracismo.
Los cuatro gigantes no son selecciones, son estadios, los primeros brasileños que dejaron el Mundial. A diferencia de los equipos eliminados, ya sabían desde mucho antes que no llegarían a la segunda fase. No tenían derecho a la ilusión, al gol sobre el final, a que un crack los rescate. Además, una vez que todo se les terminó, cuando la Copa dejó de tener sentido para ellos, no dejaron Brasil. Se quedaron acá, lejos de las luces. Y se supone que salvo muchas décadas después -quién sabe las decisiones que pueda tomar la FIFA sobre su máximo producto, el más rentable- no volverán a jugar el Mundial.
Apenas dos días después de que se juegue la final en el Maracaná de Río de Janeiro, habrá partido en Arena das Dunas de Natal. Tendrá que pasar de ser escenario mundialista al campo de juego donde el martes 15 de junio se enfrenten América y RN Bragantino. Fue la sede en primera fase de México-Camerún, Japón-Grecia, Italia-Uruguay, Ghana-EEUU. Fue ahí que Luis Suárez mordió a Giorgio Chiellini. En Natal, el nordeste brasileño, el uruguayo comenzó su pesadilla: el infierno que lo llevó a clavarle los colmillos al hombro del italiano y que lo terminó por sacar del Mundial. El estadio de Natal, con capacidad para 38.958 personas, tenía un presupuesto inicial de 175 millones de dólares. Al final, costó 200 millones de dólares. La constructora fue la empresa OAS, que se quedó con la explotación por veinte años.
Los comerciantes de Natal, según se lee en los diarios brasileños, dicen que el Mundial no fue el boom de ingresos que esperaban. Al contrario, sostienen que junio fue el peor mes en quince años. En los bares dicen que no cayeron en la ruina, pero costará mucho recuperar lo invertido. El cálculo, una vez que se terminó la experiencia mundialista, es que sólo se ocupó el 70 por ciento de la capacidad hotelera. A pesar de que Natal recibió a hinchas de Estados Unidos, uno de los países donde más se compraron entradas para el Mundial, y de dos selecciones que suelen movilizar a miles de fanáticos: México y Uruguay. La mayoría de los fanáticos llegaron como mochileros.
En el Arena da Amazônia se jugó lo que se esperaba como un partidazo: Inglaterra-Italia. Era atractivo: esas dos selecciones, sus hinchas, sus jugadores, en la selva amazónica: el decorado de una gran novela futbolera. Manaos, cuyo estadio tiene capacidad para casi cuarenta mil personas y costó unos 330 millones de dólares -casi 80 millones más de lo presupuestado- fue también la sede de Croacia-Camerún, Honduras-Suiza, y EEUU-Portugal. El gobierno estadual pretende que una empresa privada se haga cargo del Arena da Amazônia porque ni siquiera podría sostener el costo que implica su mantenimiento, unos tres millones de dólares anuales. Su destino es convertirse en un elefante blanco. Un elefante en la amazona. Durante su construcción murieron tres obreros.
En el Arena Pantanal de Cuaiabá habrá partido el 20 de julio, una semana después de que se cierre el Mundial en Brasil. Con una capacidad para unas cuarenta mil personas y un gastó total de 275 millones de dólares, pasará de haber recibido a Chile-Australia, Japón-Colombia, Nigeria-Bosnia y Rusia-Corea y Curitiba habrá partidos en julio. Mohamed Ali Maciel Afonso, de 32 años, un trabajador tercerizado de la empresa Etel, murió electrocutado durante la construcción.
También en el Arena de Baixada, en Curitiba, habrá partidos por lo utilizará como local el Atlético Paranaense. Costó casi el doble de lo previsto, 180 millones de dólares, y fue la sede de Honduras-Ecuador, Irán-Nigeria, Argelia-Rusia, y el escenario de despedida de la última selección campeona del mundo, España, en su partido contra Australia.
Brasil presentó doce sedes para el Mundial, cuatro más de lo que le exigía la FIFA. La presión de los gobernadores para llevar el Mundial a sus estados y el negocio de la obra pública pesaron más. Incluso, en los inicios, Lula quiso hacer diecisiete sedes. Odebrecht fue uno de los consorcios más beneficiados por la Copa del Mundo: le adjudicaron los contratos para la construcción del Itaquerao de San Pablo, el Maracaná en Río de Janeiro, el Arena Fonte Nova de Salvador, y el Arena Pernambuco de Recife. Ocho obreros murieron en total durante la construcción de los doce estadios. Apenas se los recordó con una mención durante el partido inaugural.

Desde San Pablo

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