Tema del Mes

JULIO 2014

Motivos (humanitarios) para desear que gane Brasil

03 / 07 / 2014 - Por Andrés Burgo

La presión que sufre la selección brasileña en cada partido del Mundial es una tortura. Su capitán, Thiago Silva, está a punto de convertirse en el nuevo Barbosa, el arquero apestado por la maldición del Maracanazo en 1950. La prensa ridiculizó su plegaria en soledad antes de la definición por penales contra Chile y hasta su esposa tuvo que salir a defenderlo. Una psicóloga salió al rescate del plantel que juega entre la adrenalina y la angustia.

Los partidos de Brasil en el Mundial 2014 son una curva de Ayrton Senna (o de Nelson Piquet, o de Emerson Fittipaldi) a 300 kilómetros por hora en versión nacional: 200 millones de personas se sujetan dentro del cockpit. El país viaja entre la adrenalina y la angustia de un Fórmula 1 pintado de verde y amarillo. Los deportistas se juegan la supervivencia emocional de su carrera. Si pierden, un aura de fatalidad los perseguirá hasta su retiro. Los hinchas más fanáticos tampoco arriesgan menos: algunos parecen dispuestos a inmolarse.
Suena a exageración, pero no conviene burlarse de la paixão, menos en un Mundial jugado en Tierra Santa, Brasil. El sábado, antes, durante y después del triunfo por penales contra Chile, dos hinchas murieron en Belo Horizonte por ataques al corazón. Uno estaba en las tribunas del Mineirao, justo en el día en que cumplía 69 años. El otro alentaba en un bar en las inmediaciones del estadio. Eran hipertensos y diabéticos. Algo, posiblemente el sofoco, terminó de fulminarlos.
Fueron los únicos pero pudieron haber sido más en una tarde taquicárdica: de las decenas de personas que resultaron atendidas por diversos motivos en los puestos médicos del Mineirao, tres debieron ser derivadas a los hospitales de Belo Horizonte. Habían sufrido problemas cardíacos durante el partido. Parecen las referencias de un parte de guerra. O las de un parto deportivo y social.
La presión que recae sobre los futbolistas brasileños es tan descomunal que parecen estar jugando el Mundial de la Luna 2014. Salen a la cancha bajo leyes de gravedad muy diferentes a las de sus rivales. Su atmósfera es irrespirable. Deberían jugar con una máscara de oxígeno y borceguíes: no patean una pelota sino un grillete. No se pasan la Brazuca: se pasan la bola de metal que acarreaban los esclavos y los reos.
Hasta dan ganas de desearles el bien. Por misericordia, no por merecimientos. Simplemente para que el viernes contra Colombia, un equipo con menos peso individual pero con mejor funcionamiento grupal, Neymar y sus empleados no sufran como contra Chile en los octavos de final. Aquel partido fue devastador. Una tortura en pantalones cortos. Un título del diario El País lo sintetizó: “Silencio mortal en el Mineirao”.
Los diarios brasileños se dedicaron el domingo a reivindicar a los palos y a Julio César por haber evitado el Apocalipsis pero en sus ediciones siguientes, ya más repuestos de una tarde que pasó a diez centímetros de la implosión, Folha do S.Paulo, Globo, Estado do Minas y Lance! publicaron las fotos que en el día del partido habían pasado de largo. Imágenes menos urgentes pero más simbólicas, y repetidas durante toda la semana.
La tapa de Lance! a 36 horas del remate de Mauricio Pinilla que jugó a la ruleta rusa con el Maracanazo generaba compasión: un brasileño en estado de shock, llorando de rodillas en el suelo, en la catarsis de quien acaba de sobrevivir a una tensión brutal. Era una apología del desamparo. Podría haber sido un hincha en las tribunas del Mineirao. O la indefensión de un niño que rompe a llorar en la orilla después de haber sido tragado por el mar y rescatado por los guardavidas. O cualquiera de nosotros después del primer desengaño amoroso. Pero el muchacho que lloraba en la tapa de Lance! era un jugador de la selección brasileña, Thiago Silva, que no pudo esperar a la intimidad del vestuario y se descargó a la vista de todo el estadio. Tenía serios motivos para hacerlo: le había ganado una falta envido al destino.
La imagen valía doble porque Thiago Silva, de 29 años, es más que un jugador: es el capitán del seleccionado brasileño, un extraordinario defensor, un hombre multimillonario gracias a los petrodólares del París Saint Germain, una referencia mediática (fue la tapa en el especial que la revista francesa Onze publicó para el Mundial), un modelo publicitario (en Brasil basta con salir a la calle para ver su imagen asociado a las grandes empresas), y un caudillo que antes del partido contra Chile (o antes de cada curva de Ayrton Senna a 300 kilómetros por hora) había cantado el himno con estampa de prócer, con los ojos cerrados y con el pecho inflado.
Tres horas después, el líder del equipo que debe llevarle el hexacampeonato al país organizador se había reciclado en una presencia fantasmagórica. El capitán estaba desbordado, había sufrido una crisis nerviosa y un ayudante del entrenador Felipe Scolari debió consolarlo y tenderle una mano para levantarlo del pasto. “Levanta, capitán”, era el título de Lance! a modo de aliento, pero también de reproche.
Esa foto de Thiago Silva rescatado del piso fue posterior a los penales, cuando el Titanic se habían mantenido a flote, pero el capitán ya había arriado sus barreras emocionales antes de la definición. Apenas terminaron los 120 minutos, el sucesor en la capitanía de Brasil en los Mundiales (como Cafú en 2002, Dunga en 1994 o Carlos Alberto Torres en 1970) se separó de sus compañeros y buscó la soledad. Fue extraño. Mientras sus compañeros se juntaban en mitad de cancha para aflojar músculos, darse ánimos y definir quiénes patearían los penales, Thiago Silva buscó un refugio a un costado y se sentó sobre una pelota. Estaba solo. Le temblaban los labios. Se puso a rezar. Parecía un asceta de los Himalayas buscando la misericordia del dios de los penales.
Lo que dictan la cátedra y el sentido común para esos momentos en los que las pulsaciones repiquetean a más de 220 latidos por minuto es que el capitán debe hacer algo más que rezar: debe, sobre todo, arengar a la tropa. Si no, sería como el célebre capitán del Costa Concordia, Francesco Schettino, el hombre que huyó en medio del hundimiento.
Al rato de su contemplación en solitario, es cierto, Thiago Silva volvió con sus compañeros para presenciar la definición. Pero rezar no le había inspirado más confianza. Scolari le ofreció patear el sexto penal y el capitán dijo que no. El defensor del PSG seguramente recordó su error en la definición ante Paraguay, por los cuartos de final de la Copa América Argentina 2011, cuando Brasil quedó eliminado.
Neymar también fue protagonista de las catárticas fotos que los diarios brasileños publicaron a partir del lunes, todavía con la resaca posterior al triunfo ante Chile, pero ya pensando en el partido ante Colombia. Una de esas imágenes lo mostraba arrodillado en mitad de cancha, rezando con un crucifijo en la mano, mientras allá a los lejos se ejecutaban los penales. El detalle que hacía grande a la escena es que un futbolista chileno, también sentado en mitad de cancha, miraba impactado a Neymar, como sin creerse la desesperación que carcomía al 10 brasileño. Pero a diferencia de Thiago Silva, Neymar aceptó el desafío y convirtió lo que en definitiva fue el penal del triunfo. Había terminado el partido cojeando, en una pierna, devastado físicamente.
Al día siguiente a su desconcertante reacción, el capitán solitario quedó en la mira. Carlos Alberto Torres, con la autoridad que le confiere haber levantado la Copa Jules Rimet en México 70, criticó a Thiago Silva. Dijo, palabras más palabras menos, que no había dado la imagen que debe mostrar el hombre que lleva la cinta. El acusado tuvo que salir a defenderse por las redes sociales. En Instagram publicó la foto de su rezo sentado sobre una pelota y explicó que, después de un partido tan difícil, necesitaba un momento para comunicarse con Dios.
Según una estadística publicada por ESPN Brasil, el porcentaje de pases acertados por el equipo de Scolari ante Chile fue una miseria, apenas del 64%, el menor registro de Brasil en los últimos 50 años de Copa del Mundo. Los locales hasta perdieron en la posesión de pelota: Chile la tuvo 51% contra 49% de los locales. Puede parecer una nimiedad, pero es el reflejo de algo impensado en la historia del fútbol: ¿Cómo Chile, en un Mundial jugado en Brasil, tuvo más tiempo la pelota que los reyes de este deporte?
Algo le pasa a este equipo. Las razones son muchas. Futbolísticas, técnicas, tácticas y también emocionales. Como dijo Marcio Santos, campeón del mundo en 1994, “nadie quiere ser el nuevo (Moacir) Barbosa”, el arquero del equipo de 1950 que sufrió el Maracanazo, la derrota ante Uruguay en el primer Mundial jugado en Brasil, hace 64 años.
Aquel arquero entró en desgracia. Simbólicamente su carrera se acabó. Siguió jugando 12 años más, pero ya no pudo revertir su posdata de derrota. Los hinchas lo acusaron de maldito, de yeta, de traidor a la patria. “En este país, la condena por matar es de 20 años. A mí, por convertirme un gol, me dieron cadena perpetua”, dijo Barbosa poco antes de morir, en 2000, cuando su nombre era mala palabra.
Brasil también juega contra la maldición de 1950. Thiago Silva estuvo a punto de ser el Barbosa de 2014. En la página 2 de su suplemento deportivo de este miércoles, Folha de Sao Paulo se tomó en broma (y un poco en burla) las lágrimas del capitán contra Chile. Bajo el título “Oh capitán mi capitán”, el diario recordó los “grandes capitanes” extrafutbolísticos de la historia. Uno era el personaje de Robin Williams en la Sociedad de los Poetas Muertos, el profesor John Keating, “el capitán sensible” al que sus alumnos llamaban “oh capitán mi capitán” (de ahí el título). “El capitán héroe” era el Capitán América que sin embargo, recordó Folha do S. Paulo, también lloró más de una vez. Por supuesto, el texto estaba acompañado por una viñeta en la que el personaje de cómic aparece con lágrimas por una desventura. Y también estaba “el capitán aventura”, Jack Sparrow, el papel de Johnny Deep en Piratas del Caribe, relacionado con el capitán de Brasil: “Sparrow tenía buen corazón, pero cuando la cosa se ponía peligrosa, apelaba a la bebida y otros estupefacientes que no serían bien vistos por la FIFA. Una solución que Thiago Silva no se puede dar el lujo de hacer”.
En otro diario del miércoles, O Estado de Sao Paulo, fueron incluidas declaraciones de la mujer de Thiago Silva. “Estoy triste por los comentarios. Fueron innecesarios. Él siempre fue muy querido y de repente la gente dice que se borró. Eso lo dejó trastornado”, se quejó Isabelle. Sin embargo, la defensa de su esposa no pareció cambiar la opinión de los periodistas del diario. Al lado de ese recuadro había otro título peor: “David Luiz, el verdadero capitán”, publicó O Estado, en referencia al compañero de defensa de Thiago Silva, y acompañado por una bajada categórica: “David Luiz se destaca por su liderazgo y carisma y oscurece el papel de Thiago Silva como el representante de la selección en la cancha”.
El jugador número 12 de Brasil para su partido contra Colombia será, paradójicamente, una mujer: Regina Brandao, la psicóloga del plantel. Aunque sea por misericordia, y por más que perjudique al equipo que mejor jugó hasta ahora en el torneo (y sin contar la histórica rivalidad con Argentina), hay motivos para desear que Brasil no pierda. Motivos humanitarios.

Desde San Pablo.

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