Tema del Mes

JULIO 2014

Confesiones de un hincha de Messi

03 / 07 / 2014 - Por Maximiliano Tomas

Soñar una y mil veces con él, saber de memoria sus jugadas, defenderlo de españoles y argentinos, comprar todas sus camisetas y llorar sin pudor con sus goles, pases y gambetas.

A los 38 años, uno ya sabe que los sueños de la infancia quedarán fijados para siempre en una categoría anhelante, la de los deseos: no hay ninguna chance de llegar a ser futbolista profesional, ni astronauta, ni corredor de autos, ni actor de cine o estrella de rock. En realidad, pisando los cuarenta, uno está demasiado grande para casi cualquier cosa, y no es de buen gusto andar confesando públicamente que se ha llorado o soñado con otro hombre, más de una vez, a lo largo de los últimos años. Y sin embargo lo confieso: me ha pasado. No una sino varias veces me emocioné hasta las lágrimas con las corridas, las gambetas y los goles de Lionel Messi. He soñado no una sino muchas veces que jugaba al fútbol con él, que le devolvía paredes, e incluso que mantenía largas caminatas y conversaciones en las que cimentábamos una amistad indestructible. Ya dentro del terreno de la vigilia, lo he defendido durante años de los ataques argentinos, asumiendo el papel de rabioso catalán y sintiendo que llevaba a cabo una tarea ridícula y paradojal, como pretender demostrar frente a un tribunal la inteligencia de Einstein o el talento narrativo de Proust. Ahora es fácil, porque después de las eliminatorias y de los primeros partidos de este Mundial intuyo que lo mismo le debe suceder a cientos de miles de otros hombres. Pero tendrían que haberle visto la cara a mi mujer todo este tiempo cuando, cada tanto, después de despertarme, levantaba la vista y le decía: “Soñé con Messi. Otra vez”.

He visto videos en Internet hasta quedar casi ciego, he grabado especiales y compilados de goles en la televisión. He comprado camisetas titulares y suplentes del Barcelona durante las últimas seis temporadas (y he evitado, porque lo contrario hubiera sido patético, estamparle el apellido “Messi” en la espalda). He discutido con un taxista madrileño, camino al aeropuerto de Barajas, que se animó a llamarlo “enano hormonado”. Lo he visto jugar en el Camp Nou y en el Estadio Único de La Plata, y comprobé que en vivo la velocidad de su carrera es incluso más inverosímil (otros jugadores profesionales me han contado que más de una vez quisieron pegarle de atrás, pero no llegaron). Me he preocupado por las patadas que le daban y por las lesiones que sufría como si se tratara de la enfermedad grave de un familiar directo. He dormido en el mismo hotel de la ciudad de Barcelona, frente a las torres venecianas de Plaza España, en el que Messi se alojara a los trece años junto a su padre, mientras esperaba que Carles Rexach convenciera a los directivos del club de que había que contratarlo (ese compromiso que se rubricó a último momento en una servilleta de papel). He pasado un fin de semana completo viviendo algunos pisos debajo de él, en un edificio céntrico de Rosario donde tiene algunos departamentos, a pocos metros del monumento a la Bandera, sin animarme a tocarle el timbre pero tomando una y otra vez el ascensor hacia la terraza y hasta la planta baja para ver si lo cruzaba e imaginando qué podría llegar a decirle en ese caso. Mi mujer ha decorado tortas de cumpleaños con figuras de Messi de cerámica y mis suegros han conseguido, milagrosamente, una camiseta del Barcelona que sobre una de las rayas verticales rojas tiene una leyenda y una firma que dice así: “Para Maxi Tomas, con cariño: Leo”.

Jamás me haría un tatuaje con su cara, porque tengo buen gusto y todavía, aun después de estas líneas, me queda un resto de pudor. Pero tampoco tengo problema en decir que si Lionel Messi hubiera nacido en Varsovia o en Puerto España en lugar de Rosario, este Mundial yo hubiera militado en las filas de Polonia o Trinidad y Tobago, desentendido sin más del destino de los otros veintidós jugadores convocados por Sabella. Si soporto los partidos de Argentina es porque finalmente hubo un director técnico que se decidió a armar un equipo a su alrededor y eliminar (como lo hiciera Guardiola en el Barcelona con figuras como Ibrahimovic o Villa) cualquier elemento que pudiera perturbar la aparición de su genio. Y Messi respondió, por supuesto, como tenía que pasar. Enganchó de derecha a izquierda contra Bosnia, como cientos de veces en el Barcelona, y puso la pelota allá al lado del palo. Volvió a enganchar contra Irán, desde más lejos todavía, pero en la misma diagonal, y lo hizo de nuevo. El primero contra Nigeria es calcado al gol que le marcó al Real Madrid en el primer clásico que jugó en el Camp Nou, donde hizo tres. El segundo, de tiro libre, es parte de un repertorio que desarrolló más tarde, y perfeccionó con el tiempo. El pase a Di María contra Suiza, tras una gambeta que solo él puede hacer después de 118 minutos de juego, es más de medio gol.

Por todo esto quería dejar escrito acá que, pase lo que pase en el futuro (si Argentina gana en cuartos y a Holanda en semifinales y logra vencer a Brasil en la final, aprovechando la llave más favorable de la que se tenga memoria) no me verán en el Obelisco ni en Plaza de Mayo, abrazando a extraños con los que no siempre tengo cosas en común. Voy a estar en mi casa brindando por Messi, porque no será la Argentina la que haya salido campeón gracias a él, será Messi el que ha salido campeón a pesar de la Argentina.

Desde Buenos Aires.

 

 

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