Tema del Mes

JULIO 2014

Messi juega en el Azteca

06 / 07 / 2014 - Por Alejandro Wall

El Mané Garrincha tiene un parecido con el estadio mexicano. Puede ser por el color rojo de las plateas, sus tribunas altísimas, o por cómo Messi estuvo rodeado de belgas, como le pasó a Maradona veintiocho años atrás. Lo que refuerza la idea de que los héroes del presente no se explican sin los héroes del pasado.

El Mané Garrincha tiene algo del estadio Azteca. Es grande aunque no tan majestuoso como el mexicano. Pero algo tiene. No se sabe si son las plateas rojas, esas especies de mini tribunas como entrepisos que separan las bandejas de arriba y abajo, o si es lo que pasa en la cancha. Argentina juega contra Bélgica
-igual que en México pero ahora por los cuartos de final y no por las semifinales- y ahí abajo hay un argentino rodeado; un argentino que tiene que buscar una salida. Lionel Messi, entonces, decide poner un pase que está afuera de la lógica humana: la pelota hace un movimiento de curva y atraviesa a cinco belgas y también a otros argentinos, porque en realidad a quien tenía que llegar era a Di María. Y llegó.
Olvidemos que Di María se lastimó justo ahí, que se pierde el Mundial, una fatalidad que no estaba en los cálculos. Pensemos en Messi. Para hacer ese pase, Messi debió medir tiempo y espacio con su pie, saber en qué momento Di María llegaría hasta ahí para encontrarse con la pelota, pero además evitar que nadie frustre la maniobra. Meter ese pase es más difícil que hacer un gol y mucho más genial. Depende de qué gol, por supuesto. Pero el ejercicio del pase –un pase como el de Messi, un pase como los de Bochini- tiene la dificultad del movimiento. Tenés que darle a alguien la pelota en otro lugar del que está ahora cuando le pegás: un lugar distinto, una zona vacía. Lo tenés que hacer sin anunciarlo. Se lo podés marcar, podés practicarlo, conocer a tu compañero -hay una comunicación muda en el fútbol, casi mental- y calcular su velocidad, pero el truco es que nadie se entere. No avisar.
Va media hora de partido. Messi es un francotirador rodeado de belgas. Witsel y De Bruyne lo tienen enfrente mientras retroceden, mientras saben que Messi hará algo. Pero no saben qué algo será lo que hará Messi. Hazard se acerca al trote. Más allá, por el costado izquierdo, Alderweireld intenta volver a su posición. Messi duerme la pelota en los pies. Tiene a la derecha a Higuaín y a la izquierda a Di María. Amaga que la va a largar. Pero no la larga. Empuja la pelota con el pie izquierdo. Y se frena. Witsel y De Bruyne debe estar desesperados. Messi empuja la pelota otra vez y ahí sí. Mete el pase. Son siete segundos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Di María corre hacia el arco de Courtois. Cinco. Kompany va a la par, pero ya está en desventaja. Seis. El pase de Messi le pasa por adelante al belga, que mira más a la pelota que a Di María. Siete. Ahí se hace la luz.
Messi lleva la responsabilidad de una comandancia que puede significarle el cielo o el infierno. Cuando no hace goles, como en los tres primeros partidos del Mundial, entrega pases. Lo hizo contra Suiza. Otra vez a Di María. Esa vez fue gol. Messi es el superhéroe que sale al rescate, pero que puede convertirse en villano si sus trucos no aparecen. El Mundial de Brasil podrá es el Mundial de los grandes partidos y los cracks, pero todavía no es el Mundial de los grandes equipos. Por eso pensamos en las figuras y no repetimos formaciones.
A Messi le cuelga en las espaldas un mundo. Carga con la idea de que alzar la copa será tomar el legado de Diego Maradona. El fútbol, que es un deporte con límites de edad aunque las jugadas se repitan en You Tube como si hubieran ocurrido ayer, vive reclamando esas sucesiones. La lucha es abstracta, sin resolución posible. La sucesión es un hecho simbólico, apenas un cambio generacional en permanente discusión, porque lo que no puede hacer es desplazar a la memoria emotiva. Es difícil -¡pero se puede!- explicarle a un niño de diez años por qué Maradona es mejor que Messi. Y es posible que los adolescentes del 86 -los hombres del 90- jamás acepten que el pequeño extraterrestre ya no necesita ganar nada más para sentarse a la mesa de los reyes a comerles la cena. Nuestros abuelos insisten con que el Charro Moreno y Alfredo Di Stéfano fueron mejores que Maradona. Y que Pelé. Vayan a discutirle lo contrario.
Carlos Valderrama declaró a James Rodríguez como su sucesor, el reemplazo que le buscaron durante dos décadas, desde ese choque frontal a trescientos kilómetros por hora que fue la eliminación de la selección colombiana del Mundial 94. En Francia, una vez que se retiró del fútbol Michel Platini también se le buscó sucesor. Hasta que apareció Zinedine Zidane. Y ahí la discusión viró hacia quién era el mejor de la historia, el mejor de los dos. La Copa del Mundo de 1998 cerraba cualquier debate: era Zidane. Pero todavía hay franceses que dicen que no, que aunque Zidane haya sido campeón y finalista –aún con el cabezazo- el mejor sigue siendo Platini. No es sólo una cuestión de gustos, sino también de emociones personales. De lo que vimos y de cómo lo vivimos.
Los argentinos trajeron hasta Brasil esa canción de que Maradona es más grande que Pelé. La cantan pibes que no vieron jamás a Maradona en una cancha y, mucho menos, a Pelé. Porque no importa tampoco. Hay memoria del relato en eso y está muy bien: el fútbol también es transmisión de boca a boca, de tuit a tuit con un link para clickear. Las hazañas de Messi son del presente y con botines de colores. Vimos lo que hizo contra Bosnia. Vimos lo que hizo contra Irán. Vimos lo que hizo contra Nigeria. Siempre al rescate. El instante de su gol a los iraníes es una pintura de Dalí. El diario alemán Süddeutsche Zeitung puso la foto en una de sus páginas. Messi sale a gritarlo y deja atrás a once tipos de camisetas rojas. El arquero está tirado patas para arriba. Un defensor queda arrodillado. Otro queda inclinado agarrándose las rodillas. Hay uno que parece comenzar a patalear y el resto son muñequitos clavados en una torta inmensa.
En el partido contra los suizos, Messi hizo otras travesuras además del pase a Di María, como esa en la que, encerrado contra una de las rayas del campo, sin salida posible, movió la pelota de un lado al otro y dejó tirado a dos suizos. Una maniobra de dibujito animado. Algún día esa escena –y otras- será parte de la mitología, de lo que se cuenta. Como el pase de Messi a Di María, aunque haya terminado en desgracia. Por ahora son un goce del presente, una foto para fondo de Twitter o para que se viralice en Facebook. Pero Messi no es una foto, es una imagen en movimiento. Su pase es una repetición de Vimeo en las redes sociales. Al día siguiente de la faena en Suiza, en Río de Janeiro se estrenó la película de Messi que dirigió Alex de la Iglesia. ¿Qué podía resultar de ese debut cinematográfico con Argentina y Messi afuera del Mundial? Son los riesgos que se toman cuando se escribe la historia en movimiento. Messi, que nació en la era del VHS, ya tiene dedicada una película a los veintisiete años. Maradona, que vivió mil vidas, recién ingresó al género tiempo después de ser campeón del mundo. Y ni convertido en mito termina de completarse. El periodista Marcelo Gantman, que vio la película, da una buena definición sobre las distintas personalidades de ambos: “Maradona vive narrando su propia historia, mientras que Messi siempre es contado por otros”.
Los héroes del presente difícilmente se expliquen sin los héroes del pasado, que como demuestra la canción que se repite en los estadios y las calles donde juega la Argentina, también pueden ser del presente. La historia es más bien una carrera de postas. No se olvida a quien estuvo atrás. Messi no pudo haber sido un fruto argentino sin Maradona. Es herencia y tradición. Pase lo que pase, lo que suceda de aquí en adelante, Messi no bajará el poster de Diego, su gol a los ingleses, el toque a Caniggia. Tampoco necesita hacerlo, tampoco necesita más. Hay una foto que se tuiteó y se subió a Facebook que muestra dos momentos distintos, con veintiocho años de diferencia. Uno sucede en México, en 1986; el otro, en Brasil, en 2014. Uno es Maradona rodeado de belgas. El otro es Messi rodeado de belgas, controlando la pelota, amagándoles sin moverse del lugar, y dando una vuelta –dándolos vuelta. No se trata de una premonición sino de dos hombres dedicados a la genialidad, a la maestría de la pelota. Dos hombres diferentes en dos momentos diferentes. Uno en el Azteca y el otro en el Mané Garrincha. Debe ser eso lo del parecido.

Desde Brasilia.

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