Tema del Mes

JULIO 2014

Uruguayos, del primero al último

06 / 07 / 2014 - Por Franco Bronzini

Teorías conspirativas y delirios de grandeza rioplatenses que nos dejan cada vez más afuera del mundo (y de la realidad).

Recuerdo el sentimiento pro uruguayo de los argentinos antes de que jugaran el último partido de la etapa clasificatoria para el mundial Corea/Japón, en el Estadio Centenario. La Argentina de Bielsa era un avión, y Uruguay -como en casi todas las clasificatorias-, un desastre. Empatamos y el diario El País tituló su portada -no sin una pizca de malicia- algo así como “Demasiado buenos hermanos”. Unos meses después Batlle se atrevió a decir en público lo que en secreto dicen todos: “Los argentinos son unos ladrones del primero al último”. Con esa efusividad senil que lo caracterizaba, la de un hombre que no estaba a la altura de su cargo, como una resaca de un pasado que se olvidó de jubilarlo, se lo veía una y otra vez en la televisión y en las redes sociales repitiendo ese exabrupto. Uno o dos días después, el lamentable espectáculo en la casa de Gobierno (o en Olivos) con Duhalde escuchándolo por cortesía (Argentina vivía una crisis terrible). Los dichos de Batlle solo servían para los primeros programas de chismes low cost, que hoy son el corazón de la televisión y la sociedad. Neorrealismo del subdesarrollo. Afortunadamente había otro cine, el Nuevo cine argentino (con egresados de la Universidad del Cine, FUC) que generaba un verdadero lenguaje. Batlle decía que era argentino, no uruguayo, y lloraba frente a las cámaras. Duhalde terminó la reunión con un frío e indiferente “incidente terminado” dejando aún más en ridículo el llanto de telenovela de Batlle.

En estos días escuchamos a Kicillof decir: “¡NO PASARÁN!”. Confundir el relato político, absolutamente válido, con una arenga de manual de historia de primaria es grave, sobre todo cuando la realidad marca que hay que tomar un avión e ir a negociar. “Los argentinos son corruptos del primero al último”, decía Battle para después llorar y declararse argentino ante las cámaras de ambos países. ¡No pasarán!, vociferaba el ministro para un grupo muy reducido de aplaudidores, mientras preparaba su pasaporte para viajar a USA a rogar. Y rogar no está mal. No estuvo mal que Battlle una vez que se hizo público su disparate político viniese a humillarse ante el presidente de un país en la miseria pero que para Uruguay seguía siendo su imperio (las relaciones económicas definen los roles). No está mal que Kicillof vaya a arrodillarse ante el poder económico, militar e institucional globalizado de EE.UU. Para el mundo -aunque nos pese-, EE.UU. es el imperio. Lo que está mal es no entenderlo, o peor aún, no comprender lo inevitable de esta realidad. En este juego de roles uno debe saber el lugar que ocupa. No hay que adherir, simplemente saber coexistir. De lo contrario además de la dignidad vamos a perder mucho dinero. 

Hace mucho tiempo ya que la jerarquía de la Argentina en el juego de las naciones se reduce a espasmódicos acontecimientos: Messi y el Papa, si no me equivoco son los únicos (a pesar de los esfuerzos de 6 7 8 y de los grandes grupos opositores de comunicación que se esfuerzan por encontrarle un lugar y una importancia a la Argentina que sólo en la ficción de una narración tergiversada existe. Literalmente Argentina no cuenta, ni en lo bueno, ni en lo malo. Y claro está, fueron dos eyectados del sistema: por chiquito uno, por ser opositor destituyente, el otro. Como se dice en la calle, la argentinidad al palo. 

Ahora son los K, antes eran los neoliberales, los gorilas, y Perón. No entender el contexto mundial es una lamentable característica de la Argentina. Las “relaciones carnales” y el “No pasarán” son dos versiones de la ignorancia de la sociedad argentina (ergo, también de sus políticos) con respecto a su verdadera dimensión. Cada vez más recuerdo le definición de Hugo Vezzetti sobre los dos tipos de olvido que distorsionan la memoria: por amnesia y por alucinación; “relaciones carnales” y “No pasarán”.

Hay algo muy hipócrita, perverso y decadente en el aspecto del juez Griessa que todavía no puedo definir, pero que tiene con seguridad una relación fuerte con la realidad. Que los destinos de nuestra nación estén en sus manos tienen mucho de la famosa máxima jesuítica: “por donde pecas, pagas”.

La teoría del complot de la cual somos tan amigos -y con mucha razón histórica- los latinoamericanos, poco tiene que ver con las realidades futbolísticas de los mundiales. En el magnífico libro del mexicano Jorge Castañeda, La utopía desarmada, leemos cómo en el único lugar donde la guerra fría tiñó de sangre la sociedad fue en Latinoamérica. El complot y lo artero del poder económico internacional estaban a la orden del día. Para el resto del mundo fue guerra de escritorio y diplomacia. Pero en el fútbol, las cosas no son así, aunque Maradona niegue lo que hizo en el 94, o digamos que en Italia 90 nos querían sacar (por favor recordar que si hubiese sido así, el gol de Caniggia a Brasil no habría existido porque, aunque no lo fuera, un árbitro mal intencionado hubiese cobrado off side). ¿Cuánto tardamos en gritar el gol ese día esperando ver la bandera en alto? Y la mano de Maradona salvando a una Argentina que acaba de perder a Pumpido quebrado, en su partido definitorio contra Rusia que hubiese significado penal y expulsión y, por consiguiente, el gol contra Brasil jamás hubiese existido. Si Caniggia no se hubiera hecho expulsar tan estúpidamente en la semifinal, u Olarticoechea se hubiese cuidado un poco más, y por supuesto, Bilardo en lugar de convocar a jugadores como Lorenzo o Monzón, hubiese llamado a otros, Alemania -muy asustada- no hubiese ganado. No fue Codesal (dudoso penal cuando es en contra, clarísimo si es a favor). El complot que ven los uruguayos en este Mundial es inclusive más decadente que el que veíamos nosotros: Argentina era realmente candidata en el 90. Maradona era realmente odiado por el poder económico deportivo del norte de Italia en ese momento. Uruguay no era candidato a nada en este Mundial, salvo en el épico recuerdo de aquella hazaña del Maracanzo. Desde entonces Uruguay solo puede ser sorpresa, pero no candidato. Los brasileños no estaban preocupados por Cavani y Suárez, pero sí están obsesionados con Messi. Si hubiese existido un complot, Marchisio no hubiese sido expulsado y Suarez sí. 

Que quedará de Mujica una vez que termine su mandato pensaba yo cuando escuchaba su defensa de Suárez, poco más que lamentable. Claramente no el recuerdo de un líder sino el de un adolescente a destiempo que legalizó la marihuana, con sus fotos en el rancho de siempre, de su siempre austero rancho que poco tienen que ver con los favores políticos a empresarios y amigos que salpican su gestión, como un argentino más, diría Batlle. Montevideo es la Buenos Aires que fue, escribe Borges en un poema. Y es así, aunque le pese a los uruguayos. Aunque un grupo de argentinos -que suben cada comentario de Mujica a Facebook como si fuera una revelación divina y levantan los deditos- se regodean con la fácil comparación con nuestros políticos, y cuando los saludás te responden con el tan bello y ajeno “bien, ¿y tú?”; esos mismos no podrían soportar un día de Mujica como presidente de la Argentina. Que quedará de Mujica, después de esta oportunidad perdida de ser grande. Y de Tabárez, y de Lugano haciendo una apología de la hombría del futbolista dentro de una cancha -aunque venga con mordiscos histéricos-, de esos códigos de cancha que solo sirven para ocultar miserias , del compañero perseguido por el poder que los quiere ver afuera… y los uruguayos llenando de banderas el país como si fuera una guerra de la resistencia. Es a Suárez a quien le deberían ir a exigir y recriminar, no a apoyarlo, como nosotros a Maradona, a quien no le cortaron las piernas sino que él nos cortó la ilusión y nos robó la alegría con su irresponsabilidad. Es él responsable, el único. No hay complot, Uruguay no es una víctima, simplemente es un país que hace mucho tiempo que no festeja nada, que se aferra desesperadamente a una historia de gloria y de héroes, más cercana a las revoluciones del Rio de la Plata que al siglo XXI, como único gran triunfo para transmitir de generación en generación. 

Esta era una gran oportunidad para ese pueblo futbolero y pasional, con jugadores como Cavani y Suárez que en un Mundial lleno de goles y de pésimo nivel podrían haber marcado una diferencia y llevado a su país mucho más alto. Pero Suárez no estuvo a la altura y Uruguay hoy lo mira por TV, y por más marchas peregrinas a su casa, arengas mediocres de un presidente sin gloria, entrenadores obsoletos y compañeros erróneamente solidarios, Uruguay perdió una gran oportunidad deportiva en vísperas de la mordida; y como pueblo, una vez que la inevitable suspensión tuvo lugar. Uruguay perdió su aura, y con ello también el relato épico del Maracanazo, dejó de ocupar el lugar que antes tenía. Lo que se construye con paciencia y tiempo, se destruye en un instante. Es evidente que no es la injusticia de una sanción impresentable -como la misma FIFA- que atenta contra la continuidad del trabajo de Suárez. No son esos cuatro meses de suspensión total lo que perturba a los uruguayos, sino que no podrían tenerlo en la cancha durante el Mundial. No es la persona la que interesa, ni los derechos de un trabajador, lo que importa es esa versión mezquina del orgullo nacional que se pone en juego en uno o dos partidos de fútbol, en un espectáculo mediático del cual se participa, y cuando los resultados son adversos, se descalifica con gestos insignificantes.

No comprender cómo funciona el mundo y sobre todo cuál es el verdadero lugar que ocupamos hace que nuestras decisiones sean cada vez más equivocadas. Y en un mundo globalizado, los errores de apreciación se pagan caros y la dignidad se resiente. No comprender cómo funciona el mundo nos hace a veces ver fantasmas donde no los hay, o peor aún, nos hace inventarlos para que no veamos la realidad. Una realidad mucho menos espectacular de lo que miles de uruguayos vivando a Suárez, y de lo que un “No pasarán” de un ministro sin recursos ante la contundencia de la realidad quieran hacer parecer.

La memoria tergiversada solo conduce al fracaso, a actos grotescos y desesperados.

Borges tenía razón, Montevideo es la Buenos Aires que fue, mal que le pese a Batlle y a los “bien, ¿y tú?” de este lado del río, también.

Desde Buenos Aires.

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