Tema del Mes

JULIO 2014

Ver el Mundial sin Perú

08 / 07 / 2014 - Por Víctor Vich

El fútbol es amor. ¿Qué otro hecho unifica a todo el planeta?

¿Cómo se ve el Mundial desde un país que no está participando en el torneo? Más aún, ¿cómo se ve cuando el país de uno no participa hace muchísimo tiempo? Hace pocas semanas me encontraba fuera del Perú y algunos amigos latinoamericanos se sorprendían de mi ilusión declarada y hasta me hicieron algunas bromas que a mí ya no me dolieron mucho. Por aquí, los restaurantes se han llenado de televisores grandes, los periódicos han publicado detalladas guías del mundial, algunos padres recogen a sus hijos más temprano de los colegios, los partidos son televisados todos de manera gratuita y los niños (y algunos grandes) han coleccionado con pasión los álbumes de figuritas: tanto el Pannini como el nacional de Navarrete que se han vendido como “pan caliente” al menos en los diversos kioscos de la capital. 

Perú no asiste a un Mundial desde 1982.  Siempre que fuimos a uno destacamos en un inicio y luego caímos estrepitosamente en los octavos de final. Yo nací en 1970, un año después de haber eliminado a la Argentina y luego de una presentación mundialista muy digna. De Alemania ´74, Chile nos eliminó con las justas y quizá sea trágico repetir que tuvimos “mala suerte”. Nuestra presentación en Argentina ´78 fue de extremos. De la gloria de la primera rueda hasta la vergüenza del  misterioso partido en que fuimos goleados por la Argentina. Todo el mundo recuerda los goles de Cubillas de ese mundial, de ese primer partido con Escocia y, sin duda, ese día brilla en mi infancia con una intensidad tal que creo que verdaderamente no puedo enumerar muchos recuerdos con tal magnitud. Cuando terminó ese partido, mi vecino que era escocés me dio la mano con mucho honor y me pagó los 10 soles que le había apostado (en ese billete rojo que de un lado al Inca Garcilaso y del otro, a los balseros del Titicaca) y entonces yo salí con mi primo al parque que quedaba a unas cuadras de mi casa a patear la pelota y nos peleábamos por imitar a Ramón “el chupete” Quiroga atajando ese increíble penal que hizo que la historia pudiera cambiar de la manera más bacán. ¿Puede cambiar la historia? ¿Las cosas pueden transformarse aun cuando todo se ha configurado de otra manera? A veces el fútbol demuestra que sí. 

Aunque tenemos buenos jugadores, el fútbol peruano sigue en una crisis lamentable. Se ha vuelto una práctica que encarna y reproduce mucho de la condición más vergonzosa de la cultura que tenemos: crisis institucional, mafias asentadas, falta de profesionalismo y, sobre todo, un juego que se ha vuelto sucio. Más allá de la falta de técnica y de la precariedad de algunas habilidades, el fútbol peruano se ha vuelto uno lleno de jugadores tramposos (como nuestros congresistas), lleno de penales absurdos, de errores cerca del área que terminan siempre en goles y con un plantel de jugadores que no puede mantener la concentración en los momentos de máxima tensión: muchos partidos los perdemos por eso que nosotros llamamos “mala suerte” pero que no es más que una falla estructural, una irresponsabilidad de algunos o la irrupción de fouls tontos que se han vuelto hábitos y que siempre ocurren cerca o dentro del área. Los entrenadores que hemos tenido no han sabido extirpar eso que se ha asentado en nuestra cultura futbolística. Ninguno de ellos ha sabido hacer del fútbol algo que se diferencia de la mala cultura de la calle.

Lo cierto es que como cualquier peruano yo he disfrutado mucho de este Mundial que además ha estado interferido por una espléndida final del Wimbledon que nos ha hecho deconstruir al propio fútbol y darnos cuenta, con la misma pasión, del grado extremo de tensión y belleza que tienen otros deportes. ¿Qué otros hechos unifican a todo el planeta? En un mundo dominado por el capital y los yuppies, estamos lejos de pensar que el primero de mayo (el día de los trabajadores del mundo) pueda volver a convertirse en un nuevo y vibrante universalismo. 

Durante estas semanas, sin embargo, el Mundial ha servido para restablecer y profundizar vínculos con amigos y conocidos. Estos días yo he tenido la suerte de ver algunos partidos con mi viejo, con mis hijos, con mi primo y su familia, de quedar con algún buen amigo, con algunas personas a las que quiero mucho. Vi los partidos de Uruguay con un queridísimo amigo uruguayo con quien todavía no dejo de polemizar sobre la sanción de Suárez. Fui invitado a ver otro partido –en realidad a pasar un domingo entero– a una reunión grande donde casi no conocía a nadie y donde la pasé extraordinariamente bien. Por lo demás, he comentado algunos jugadas en el medio de muchos mails de trabajo. Estas semanas he tomado más cerveza y creo que he comido más rico (“Oe, un cebiche y vemos juntos el partido”). También he tenido la suerte de ver algunos goles y formidables tapadas (¿No ha sido este un Mundial de tapadas extraordinarias?) parado en una calle cualquiera, con desconocidos a los costados, en el medio de los múltiples trabajos y reuniones en varios sitios de Lima. Alguna vez acabé una clase más temprano para ver, al menos, el segundo tiempo. Pero también he visto algunos partidos solo, ya sea por el propio trajín de la vida o porque el Mundial se inscribe en el corazón de lo cotidiano: varios partidos han caído en esos días en que nos confrontamos con nuestros propios errores, con nuestros propios fantasmas, con nuestras propias fatalidades y no queremos ver a nadie.

¿Quién ganará el mundial? No lo sé. No lo sabemos. Así es el fútbol. Pero lo cierto es que durante este mes la vida ha sido, como siempre, igual de intensa, pero quizá esa intensidad se ha hecho un poco más visible. Muchas veces he fantaseado con el hecho de que Perú hubiera estado en el mundial. Por ejemplo, he fantaseado preguntándome cómo serían las figuritas de los jugadores peruanos en el álbum (la verdad es que he deseado ver ahí inscrita la palabra “Alianza Lima”) y he imaginado ver típicas jugadas peruanas en el medio de algunos partidos de equipos importantes. He pensado qué pasaría si alguna vez Perú hiciera lo mismo que ha hecho Colombia en este Mundial o si tuviera la gran campaña que ha tenido la Costa Rica de José Luis Pinto a quien por aquí conocemos bien y algunos de nosotros queremos mucho. Un Mundial sin el país de uno también se vive intensamente. A veces las lealtades van cambiando, pero siempre hay algo que se mantiene firme. Ver el Mundial sin Perú no se ha hecho algo tan dramático, o quizá sí: es como el amor, algo que nos obliga a tener que lidiar con el desgarro pero a veces con algo de fe. Es tal y como el amor ha sido siempre representado por la gran tradición literaria y por lo más intenso de la cultura popular: esa fantasía de encuentro que consagra la vida a una terca insistencia a pesar de las imposibilidades existentes: ese permanente y clandestino aún.

Desde Lima.

 

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