Tema del Mes

JULIO 2014

Los gitanos del tablón: tribus urbanas en las rutas brasileñas

08 / 07 / 2014 - Por Andrés Burgo

Es tentador estigmatizar al hincha promedio de la selección y a veces hay motivos. A Brasil llegaron tipos que van al Mundial como al shopping. Relativistas que dudan de Messi y son acompañados por mujeres que saben más de siliconas que de si Ferro tiene la camiseta celeste. Pero también están los futboleros: fanáticos que priorizan a sus equipos por sobre la selección y que se suman a la causa un mes cada cuatro años. Ahora peregrinan en búsqueda de la maradonización de su Mesías.

Hay Mundiales que invitan a viajar en tren, como el de Alemania; otros que se hacen en avión (o barco), como el de Japón y Corea del Sur; otros que se harán a camello, como el de Qatar; y también hay Mundiales, como el de Brasil, que son recorridos en auto.
Brasil 2014 también se alimenta de ese paisaje, el de las patentes de coches argentinos en las rutas brasileñas. Muchos hinchas llegaron en avión (la tarifa más barata era Buenos Aires-Puerto Iguazú más trasbordo en Foz de Iguazú hasta San Pablo) pero otros, con más tiempo, eligieron un auto, una camioneta o un motorhome para desandar su travesía por el primer Mundial en Sudamérica desde 1978, y el segundo desde 1962.
Aunque es imposible soslayar el demencial peligro de algunas rutas y calles brasileñas (un salvajismo cuyas consecuencias son de público conocimiento), los hinchas que recorren el Mundial por tierra no dieron marcha atrás: su salud económica y el sentido de la aventura los convocaban. El auto compartido por tres, cuatro o hasta diez amigos minimiza los costos para los traslados internos, una gambeta necesaria para llegar con agua y pan al último día del Mundial. En cambio los fanáticos de última hora, los que debutaron contrarreloj en los cuartos de final contra Bélgica, debieron pagar hasta 15.000 pesos por un vuelo desde Buenos Aires hasta Brasilia. Ya para la final, los precios a Río de Janeiro subieron hasta 30.000. Atrás empieza a quedar un torneo en el que los aéreos dentro de Brasil tampoco eran accesibles para la mayoría de los hinchas-mochileros que se desplazaron a la conquista del tricampeonato.
Fue natural entonces que la BR 050, la ruta que une a San Pablo con Brasilia a través de 1.100 kilómetros y cuatro estados (provincias), los de San Pablo, Minas Gerais, Goias y el Distrito Federal, se convirtiera el fin de semana pasado en un goteo de autos en celeste y blanco. Eran los gitanos del tablón. Las estaciones de servicio parecían pequeños aeropuertos: escenarios bilingües en los que se hablaba en portugués y castellano (y argentinos que confundían el portugués con el italiano). Sucedió a la ida y al regreso del derechazo de Gonzalo Higuaín, de un Messi proletario magníficamente al servicio del equipo y de una foto con destino de poster, la calva de Javier Mascherano entre las porras de Axel Witsel y de Marouane Fellaini: si no fuera por las camisetas que vestían, la imagen podría pasar como la extraña negociación entre un monje franciscano y dos managers de Macy Gray.
La postal de los hinchas en los caminos empezó a repetirse el miércoles entre San Pablo y Río de Janeiro, después de la semifinal contra Holanda. Los trashumantes de las rutas brasileñas y quienes se quedan al borde de la taquicardia enfrente de los televisores en Argentina son testigos del paso del cometa Halley futbolero: la primera final de la selección en más de un cuarto de siglo. Si un argentino tiene 76 años de esperanza de vida, en promedio esperamos este momento un tercio de nuestras existencias. Pero para los pibes, los que tienen de 30 para abajo, nunca hubo un antes: los penales de Sergio Goycochea y los goles de Diego les suenan a relatos homéricos.
Son horas efervescentes en las que el contrato emocional que une a la selección y los argentinos quedó impugnado. La correspondencia es habitualmente asimétrica. De un lado están los futbolistas, no sólo los de este plantel clasificado entre los cuatro mejores del Mundial, sino también los que “fracasaron” en primera rueda de Copas anteriores, que se desviven para jugar y triunfar en el seleccionado. Salvo algún caso aislado, no hay antecedentes de argentinos que hayan rechazado o maldecido una convocatoria. Uno de los motivos que terminaron desgastando la relación de buena parte del plantel con Carlos Tevez fue cuando el delantero de la Juventus (entonces en el Manchester City) lamentó que haber jugado en la selección le hiciera perder prestigio. “Con la selección no se jode”, sería un grafiti de Messi y su pandilla en un callejón de Mataderos o de Floresta, una bandera originalmente plantada por Diego Maradona en su época de jugador. La camiseta argentina no es, para ellos, un amor complementario.
Del otro lado, la contraprestación al seleccionado es inversamente proporcional: durante tres años y once meses, la mayoría de los hinchas (los futboleros, los que saben quién es el arquero de Independiente y los que no dudan si Los Andes es un club de Mendoza o de Lomas de Zamora) prioriza a sus clubes. Pregúnteles a los fanáticos de San Lorenzo qué título elegirían, si la Copa del Mundo en manos de Lionel Messi o la Copa Libertadores entre los tatuajes de Leandro Romagnoli. Lo más probable es que una mayoría elegirá a Boedo campeón de América y hasta serán entendidos por los de River, Boca, Racing e Independiente.
No está claro desde cuándo ocurre esta exacerbación de los hinchas por sus propios equipos, si sucedió siempre o si se profundizó en estos últimos años en los que desear el mal del prójimo pasó a tener más valor que alentar al club propio, pero el público futbolero suele mirar a la selección con cierta distancia, como si apenas fuera una novia perdida en la adolescencia. Un público que además desdeña a la gente que concurre a los partidos de Eliminatorias: los apuntan como hinchas más teatrales que futboleros, más espectadores que apasionados, más de Lady Gaga que de Pappo.
Parte de ese fenómeno argentino, el de hinchas de selección pero en segundo orden de preferencia, recién detrás de sus equipos, se advirtió en el Maracaná, el Mineirao, el Beira Rio, el Itaquerao y el Mané Garrincha, los cinco estadios en los que jugó Argentina. Nuestra hinchada, según reconocen las crónicas de periodistas de todo el mundo, es la mejor y más ingeniosa del Mundial. Su otra particularidad también es fácil de percibir: es la tribuna con mayor proporción de camisetas de clubes. Basta con haber visto los partidos de, por ejemplo Brasil, Colombia o Holanda, para advertir que casi nadie alienta a su selección vestido de Atlético Mineiro, Millonarios o PSV Eindhoven. Entre los argentinos, en cambio, vemos cientos de pibes de Argentinos Juniors, Vélez, Los Andes, Dock Sud o General Lamadrid que apenas llegan al estadio se sacan fotos con sus colores de cada fin de semana y las viralizan enseguida: primero su comarca, después su país. Apología barrial.
El único momento en que tiende a equilibrarse la relación entre estos dos grupos con objetivos distintos, el de los futbolistas que se desviven por triunfar en la selección y el de los fanáticos que prefieren su patria chica antes que la albiceleste, es justamente el Mundial. No llega a convertirse en un amor simétrico, pero se le parece, y ni hablar en la proximidad de una final en Brasil. Por primera vez en años, la selección se convierte en un amor complementario que no choca contra la pasión barrial. Y entonces surgen imágenes como las de la BR 050 el fin de semana pasado. Si hay tribus urbanas que cada cuatro años se despabilan por la selección, eran ésas, las que conectaban por tierra San Pablo-Brasilia-San Pablo. Iban hacia Finisterre movilizados por una fidelidad ricotera.
Jóvenes y no tanto de entre 25 y 45 años que dejaban atrás haciendas, minerías a cielo abierto, cebúes, autos que eluden a velocidad de Fórmula 1, monte brasileño, pueblos sin nombres y carteles de prevención contra el dengue. A la ida, los esperaba el paisaje lunar de Brasilia, la arquitectura de Oscar Niemeyer, el estadio Mané Garrincha y el partido con Bélgica. A la vuelta, el regreso a San Pablo, el horizonte con helicópteros, la rareza del invierno en Brasil y el cruce con Holanda. En la ruta convergían pibes futboleros y no tanto, muchos que en Argentina van a la cancha cada fin de semana para alienarse con sus equipos y otros que un poco menos, grupitos de amigos a los que les encanta la pelota pero que se asquearon de la mierda que está enquistada desde hace rato en el fútbol argentino.
Es tentador estigmatizar al hincha promedio de la selección, y a veces hay motivos. En Brasil también hay mucho personaje que, apenas habla, dan ganas de pedir asilo diplomático y reclamar la ciudadanía de Kamchatka. Arrogantes a fuerza de billetes. Tipos sin sensibilidad deportiva que van a la cancha como al shopping. Acompañados por mujeres que saben más de siliconas que de si Ferro tiene la camiseta celeste o si Temperley juega de verde. Relativistas que dudan de Messi. Al menos –el Papa es argentino- son una minoría, la misma minoría que los barrabravas: grupos a los que no podemos imaginar discutiendo de fútbol a la ida o al regreso de Brasilia, un viaje de 11 horas por cada trayecto.
Que cuál rival nos convendría una final. Que no seas yeta que primero tenemos que ganar la semifinal. Que Holanda tiene más méritos tácticos. Que Holanda no es confiable en defensa. Que Brasil es el local. Que Brasil sin Neymar ni Thiago Silva no sobrevive. Que Alemania es el más completo. Que Alemania no le ganó a Argelia en 90 minutos. Que la lesión de Agüero favoreció a la idea original de Sabella. Que Sabella tenía razón y está tapando bocas. Que un triunfo de un discípulo de Bilardo será insoportable. Que Sabella es mucho más que bilardismo rancio. Que Argentina hizo demasiado tiempo en los últimos minutos contra Bélgica. Que Argentina es el semifinalista que menos faltas cometió. Que el equipo está muy bien. Que un equipo que jugó mal cuatro partidos no puede estar muy bien. Que Messi lleva dos partidos sin hacer goles. Que Messi jugó su mejor partido contra Bélgica. Que Basanta jugó bien. ¿Qué cómo Basanta va a jugar bien?
Y así durante todo el Mundial: cuatro días después, gracias a los tapones de los botines de Javier Mascherano y a las manos de Sergio Romero, las mismas disyuntivas volvieron a la ruta, esta vez desde San Pablo hacia Río de Janeiro, camino a la final y al encuentro con 100.000 argentinos en Copacabana y alrededores. Son las tribus urbanas de la selección en un peregrinaje que quedará en la historia: el de Messi hacia la maradonización.

Desde San Pablo

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