Tema del Mes

JULIO 2014

La pasión llega con delay

11 / 07 / 2014 - Por Alejandro Wall

En Río de Janeiro, el centro del mundo, se mira por internet las imágenes de un país en las calles. Desde Brasil quizá se pierde la perspectivas de lo que ocurre con la selección, del reguero de noticias deportivas y de las eternas polémicas por televisión.

Llegamos a Urca por la tarde, aunque ya está oscuro y llueve y las nubes tapan al Cristo iluminado. Le pusimos ocho horas con el auto, una buena parte para intentar pegarle a la única entrada que tiene el barrio, la avenida Portugal, que corre apretada entre el morro y el agua. Acá no hay ruido, acá no hay argentinos pidiéndoles a los brasileños que les digan qué se siente y tampoco alemanes paseándose tan rubios y europeos, tan campeones del mundo. Urca son trece calles nada más, angostas y al pie del Pan de Azúcar, con casas estilo art decó y la vista a la Bahía de Guanabara, donde empezó todo: los portugueses llegaron hace miles de años y con los restos de lo que dinamitaron en el centro rellenaron la costa, lo que creían que era una laguna y era mar.
No hay nada en Urca que diga que acá en Brasil se juega un Mundial. Nada, excepto que le preguntemos al mozo del restaurante por el partido del domingo y nos diga que todavía no sabe por quién va a torcer. Es la cuestión de hoy, una decisión vital, saber para qué lado se va. No hay tibios en las disputas futbolísticas, donde funciona a la perfección el sistema binario en el que se está de un lado o del otro. Aunque Brasil, ya se sabe, Brasil juega para otra cosa que sólo importa al escalafón FIFA, a los estadígrafos, y al orgullo, porque tampoco es cuestión de andar perdiendo por ahí. Brasil juega con Holanda por el tercer puesto después de la humillación alemana y es, de algún modo, el partido más amateur del mundial, el que se juega por el honor deportivo.
¿Qué hubiera sido de ese partido si después de Brasil el que seguía su camino a Brasilia era Argentina? ¿Hubiéramos viajado en masa hacia la ciudad futurista, la ciudad lunar que ideó Oscar Niemeyer? Ya estuvimos ahí. Argentina jugó con Bélgica por los cuartos de final. Pero ahora era volver en viaje hacia la frustración. El fixture parece hecho por un guía turístico bajo la premisa de que si perdés vas a la burocrática Brasilia y si ganás vas a la carnavalesca Río de Janeiro. ¿Se hubiera revalorizado un partido de tercer puesto entre Brasil y Argentina? ¿Se hubiera convertido en la final sudamericana, quizá la verdadera final del Mundial, la que todos queríamos ver? Revisás y revisás en la cabeza, así de memoria, para que te salga de una, y no te acordás de un partido de tercer puesto. Es sólo una víspera de la final, un tentempié futbolístico. Y no está mal ahora que empezamos a tener esas ganas de que nos inyecten partidos del Mundial en las venas porque ya lo extrañamos. Quedan dos partidos y ya contamos las horas que pasaremos en abstinencia.
Los brasileños, en cambio, prefieren el olvido. “El foco ahora es el Brasileirao”, dice O Estado do Sao Paulo y muestra a hincha brasileños que se cambian la camiseta. Ya no tienen la de la selección, tienen las de sus equipos. “Mi ídolo no es Neymar, es Rogério Ceni. El 15 ya tengo partido de San Pablo contra Bahía, y eso es lo que estoy pensando ahora”; cuenta Decio Sobrinho, de treinta y siete años. “Para mí, lo importante es que le ganamos una Copa Libertadores a Boca. No cambio eso ni por otros cinco mundiales”, dice William Silva, de veintidós años, hincha del Corinthians. Pero para olvidar y dejar atrás el trauma Alemania -que tampoco será tan fácil- un buen futbolero tiene que buscar buenos argumentos. “Es una paixâo –le dice al diario Enrique O Reis- que pasa de un padre a un hijo, la de un club”. 
Pero no se puede apagar la luz del Mundial, que además es la luz de tu propia casa, porque la televisión te taladra. Los diarios, la radio, y los canales. La vida sigue, Brasil, le dice el Mundial. Y Brasil dice que bueno, y va. No hubo catástrofe en este país con la derrota, si es que eso que pasó en Belo Horizonte, los seis minutos de masacre, puede llamarse sólo derrota. El cataclismo que todos esperaban no llegó. El efecto de los siete goles fue una procesión interna en la que no dieron ganas de salir a romper todo. Hubo unos micros quemados, algunos saqueos, pero este es un país de doscientos millones de habitantes, enfermo por completo de ese juego que tantos nos gusta; es un país de infartos y suicidios por el fútbol. Pero el desastre del 8J fue tan brutal que no dio tiempo ni al paro cardíaco. Ya vendrá el tiempo de psicólogos, sociólogos, brujas y cronistas que revisen el caso.
En un parador sobre la rodovía Presidente Dutra, la BR-116, que te lleva de San Pablo a Río de Janeiro. Carlos dice que quiere que gane Argentina. Que no quiere a los alemanes, los verdugos del país del futebol. Ese brasileño es una de las pocas muestras de pasión argentina en más de cuatrocientos kilómetros de viaje. Pero cuando después de ocho horas llegamos a Urca y encontramos un lugar con wi fi la pasión argentina se aparece en whatsapps, tuits, mensajes de facebook, y mails. Apenas el teléfono se conecta a la red empiezan a caer como el premio de la máquina tragamonedas. Amigos y familiares me preguntan por entradas, para ellos o para conocidos de ellos, o lo que sea, no importa, si sé de algo, alguito, si me cruzo con alguna, o al menos si sé por dónde ir, si conozco cuál es la ruta de la reventa. Fue así durante todo el Mundial, pero nunca, ningún día, como estos previos al domingo.
Me resulta muy lógico que suceda. Una final, acá al lado de casa, que te subís al auto y llegás, la querés ver. Porque hacés la cuenta y aun le vaya bien a la Argentina, Rusia y Qatar -¿será Qatar?- quedan muy lejos, son el otro mundo. Y otro tiempo. A la Argentina le va bien ahora, en Brasil, y hay pibes que no habían visto jamás a la selección en una final de Copa del Mundo. Pibes que veían cómo sus estrellas se volvían en cuartos de final mirando el suelo, o llorando en la primera fase, o con un doping positivo maradoniano en los octavos de final, y ni siquiera. Están a un partido –uno solo- de ser la generación de Brasil 2014, como hubo una generación de México 86.
Silvina, mi hermana, me cuenta que salieron a festejar por Caseros con Florencia. Me manda fotos y veo mucha gente en la avenida San Martín. “Esto es una locura”, me dice. Y veo fotos del Obelisco y de otros barrios, gente, gente y más gente en la calle, y te das cuenta que estás en el centro del mundo pero lejos de la euforia. Porque la locura de la que me cuenta Silvina desde Buenos Aires en San Pablo está en la Vila Madalena, pero después el planeta es brasileño. Entonces salís del Itaquerao después del partido contra Holanda, te subís al último shuttle de FIFA, los micros de Cometa que llevan desde el estadio hasta los hoteles, y entrás como en un tubo oscuro, un cono de silencio en donde no hay vencedores y vencidos. Es un día de angustia, lleno de contradicciones, donde al final de todo te sentís mal. La muerte de Jorge López cruzó a todos. A sus familiares y amigos, obvio, a sus compañeros y a los que apenas lo conocíamos, los que no teníamos relación salvo la de compartir una cobertura, un saludo, o un viaje en auto, como lo hicimos, desde Belo Horizonte hacia San Pablo.
Era difícil permitirse la euforia.
La distancia, además, genera otras cosas. Es lo que pasa en los Mundiales, la pregunta de dónde se vive mejor, si acá o allá. Ni mejor ni peor, cada uno en su lugar.  O sí, no seamos tan relativistas, digamos que es mejor estar acá. Que preferimos llegar de tarde a Río de Janeiro, comer unos salgados y esperar las horas para la final. Para estar en el Maracaná. Acá, eso sí, estamos lejos de la televisión argentina. Lástima. Vemos la brasileña, que ahora, esta noche, pasa Inglaterra-Italia, un partido de la prehistoria del Mundial. Entonces te perdés los relatos de asustadores, los relatos con llantos y voz quebrada, los relatos que intentan –y no les sale- ser épicos, y los que ya no saben qué decir para tratar de quedar en la memoria. Por ahí los escuchás al día siguiente en alguna página o por You Tube, pero si podés lo evitás. Y tampoco ves las veinticuatro horas de canales deportivos, y no ves los resúmenes, y no ves las discusiones eternas sobre quien tiene que reemplazar a Di María. Me dicen también que te perdés –ufff- a relatores celebrar con pasión los goles alemanes.
Pero también te perdés el estado de celebración callejera. Y eso te aleja en cierta forma de la pasión, te quita de la locura, lo que puede estar muy bien, y no tanto. Porque hay momentos en que te dan ganas de levantarte del asiento periodístico, dar la vuelta por abajo del estadio y tirarte a la tribuna. O te dan ganas de abrazarte con tu viejo. O con tu hermano. O con tus hijos, ahora mismo, ya. Sólo cada tanto, mientras manejamos, mientras el auto avanza por la ruta a la velocidad máxima permitida -porque lo contrario es que te agarren las cámaras de multas- sólo cada tanto nos preguntamos si nos damos cuenta de que estamos yendo hacia Río de Janeiro para ver a la Argentina en la final. Es como pellizcarse. La última vez que pasó algo así yo tenía once años. Fue en Italia 90. Mi viejo tenía un problema en una pierna y estaba en cama desde hacía un mes. Pero se quiso levantar para festejar y nos fuimos juntos por las calles de Caseros. Son las mismas parecidas imágenes que mi hermana me manda ahora por Whatsapp y que miro veinticuatro años después frente a la Bahía de Guanabara. Desde acá. 

Desde Río de Janeiro.

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