Tema del Mes

JULIO 2014

Un espectáculo para una felicidad o una tristeza inútiles

12 / 07 / 2014 - Por Sergio E. Visacovsky

Ritualización, carnaval y tiempo extraordinario.

Muchos son los amigos y colegas que han expresado su desinterés por lo que sucede en el Mundial. He leído y escuchado a muchos y muchas expresarse con molestia respecto a quienes estamos interesados en el Mundial y en el fútbol. Como era de esperar, no faltó algún intelectual o académico aquí o allá sosteniendo la tesis del fútbol como alienación de masas, donde los pueblos son capturados por ideologías que los desvían de sus “auténticos intereses”, dirigiendo su atención más a la suerte de sus equipos que a los graves problemas políticos, económicos y sociales en los que están inmersos. A veces uno se encuentra con posiciones militantes: gente que decide no ver los partidos, pero que además te enrostra que ellos están haciendo algo útil y productivo, no como uno, que está perdiendo el tiempo. “La vida es muy corta para dedicarla a noventa minutos de enajenación”, me dijo una amiga. Imagínense a alguien que te llama justo en el exacto momento en el que está por comenzar un partido de la Argentina, sólo para saludar: “¿Estás viendo Burkina Faso contra Vanuatu?”. “No, Argentina contra Suiza”, contesto molesto. “Es lo mismo”, escucho despectivamente. Está también quien se encierra en un archivo o una biblioteca durante los partidos de la Argentina (lo cual no está nada mal, cada uno hace lo que quiere, puede o le gusta). Y quien brama a los cuatro vientos que el Mundial constituye una “involución de la especie humana”. Como si tratasen de purificarse de una contaminación, algunos amantes del fútbol no han querido quedar desacomodados dentro del espacio intelectual que suponen habitar, razón por la cual se han visto compelidos a dar muestras tanto de corrección política como de conciencia y sensibilidad social, publicando o reproduciendo en las redes sociales cuestionamientos a los aspectos políticos y económicos del Mundial en Brasil, y a las consecuencias ideológicas de su consumo por parte de las masas, sobre todo en los países más pobres, donde el fútbol como espectáculo público y mediático alcanza notables niveles de adhesión.

En este escenario, tampoco han faltado aquellos a los que el fútbol y el Mundial les importan un bledo, pero no cuestionan a quienes se interesan por él. Son los que viven y dejan vivir, y por supuesto, como en tantas otras cuestiones de la vida, algo puede interesar o no. Se puede participar, se puede no hacerlo, como esa gente que sin saber cómo, se ve de repente en el medio de un baile, y como no le gusta bailar (o le gusta, pero se siente cohibida), decide apartarse a un costado, dejando que el resto se divierta. A ellos los dejamos tranquilos; nunca me gustó esa costumbre de empujar a las personas a la pista. Pero me preocupa más el activismo anti Mundial de quienes se asumen como intelectuales, posicionándose en un lugar privilegiado respecto del resto, viendo con claridad lo que otros no ven porque no quieren o no pueden. Se autoproclaman como profetas que pretenden explicar los sufrimientos de las mayorías, tratando de convencerlas de la necesidad de abandonar la devoción por el fútbol espectáculo

Claro, cuando los leo o escucho, no les falta razón para odiar ese fútbol espectáculo. La FIFA lleva adelante los Mundiales ignorando leyes locales (como la prohibición del consumo de alcohol en los estadios de Brasil), alienta o hace la vista gorda a la reventa de entradas en manos de dirigentes y periodistas corruptos o permite la presencia de personajes con graves antecedentes penales relacionados con la violencia en el fútbol en sus respectivos países. Los países sede aceptan estas imposiciones, entendiendo que las inversiones en infraestructura o telecomunicaciones serán luego beneficiosas para la población en su conjunto, o que ingresarán ganancias merced al turismo. Aunque todo esto suene promisorio, al parecer no necesariamente es así, a juzgar por algunos hechos y la información estadística sobre lo que sucede en Brasil. Su Mundial fue duramente cuestionado durante meses, especialmente dentro del mismo país, cuestionamientos que se expresaron en demostraciones públicas de protesta con las que simpaticé; lo cual me valió –sorprendentemente– alguna reprimenda de colegas brasileños, que sostenían que toda esta crítica no era sino parte de un movimiento de la derecha contra las conquistas del gobierno de Dilma Rousseff.

No obstante, estoy casi seguro que si no hubiesen existido las serias condiciones económicas y políticas en Brasil, o las características siniestras de la FIFA como organización, igualmente estos profetas hubieran cuestionado al Mundial y al fútbol como una especie de mal contemporáneo. Mi sensación es que estos ataques suelen estar dirigidos más a las consecuencias que el espectáculo tendría sobre el “hombre común”, el “pueblo”; es decir, ese sujeto individual y/o colectivo que está empleando sus energías en conseguir (si se me permite el uso libre de la noción de sufrimiento inútil, de Gabriel Levinas), una felicidad inútil, como de ahora en más la llamaré, que en el caso de una derrota, puede volverse una desoladora frustración inútil

Quiero centrarme inicialmente en los que tienen una militancia crítica sobre el fútbol como espectáculo de masas. Debo decir que sus posiciones no son en absoluta novedosas; estoy seguro que desarrollarlas aquí de modo pormenorizado resulta innecesario. Menosprecia a los protagonistas directos e indirectos, tratándolos de seres no pensantes, irracionales (“descerebrados” suele ser un calificativo bastante usual por aquí, aplicado tanto a los futbolistas como a los espectadores, sean barras bravas o no). Recuerdo haber leído a un periodista muy conocido en la Argentina, que en una red social sostuvo que el interés por el fútbol es banal o fútil, y que todo se debía a la falta de educación de las masas. Conociendo sus gustos artísticos o literarios (que pueden ser perfectamente los míos), yo podría ser su portavoz. Afirmaba que el gozo por el fútbol no podía compararse al deleite generado por escuchar la Séptima Sinfonía de Beethoven, leer a Alice Munro, contemplar La compañía militar del capitán Frans Banning Cocq y el teniente Willen van Ruytenburg, o la última película de Michael Haneke (aparentemente, para él no sería lo mismo asistir a un concierto de Calle 13). Por argumentos como estos es que me gusta situarme a mí mismo en el lugar de esas personas no pensantes, irracionales, “descerebradas”. Porque a mí me gusta el fútbol, me interesa el Mundial, y en la medida de lo posible, trato de no perderme ningún partido (aunque lamentablemente no he podido verlos todos, o he visto muchos incompletos). 

En efecto, soy un crítico de muchos de los aspectos que han devenido en lo que puede considerarse la espectacularización del fútbol. En realidad, es el capitalismo el que ha transformado en espectáculo innumerables rituales, ceremoniales, juegos y puestas en escena, y ha producido nuevas formas a partir de la hibridación de las formas preexistentes. El fútbol es sólo una de ellos, pero claro, su lugar, su impacto, el modo en que ha colonizado las vidas de millones de personas en todo el planeta, lo hace muy especial. Me disgusta,  pero a la vez soy un espectador que no puede rechazar la tentación de ver un encuentro entre Inglaterra y Uruguay, o Brasil y Colombia. Esto no es de ahora. Veo fútbol desde la época en que había mucho menos fútbol por la televisión, un tiempo en el que se “escuchaba fútbol” (por la radio que alguna vez destruí luego de una larguísima definición por penales entre San Lorenzo e Independiente en 1972), y “leía fútbol” (por las notas de La Nación y El Gráfico). Pero mi afición por el fútbol no se formó sólo viendo, escuchando y leyendo. Tratemos de evadir la hipótesis más sencilla, la que otorga mayor responsabilidad a los medios de comunicación masivos (y en especial a la televisión) como instrumentos del poder global, que diariamente inculcan mensajes y valores en una población inerme. Tampoco se trata de negar su influencia. Pero me interesa destacar el lugar de la vida cotidiana, el de la socialización a través de la práctica. Para ello, necesito retornar un poco a mi infancia y adolescencia, e intentar hacerlas objeto de una apresurada reflexión. Hasta los diez años no tenía el más mínimo interés por el fútbol. No lo jugaba, no lo miraba, no lo escuchaba. Todo ello, pese a que mi papá sí era “futbolero”, aunque él estimulaba más la lectura y mis presumidas habilidades artísticas. Ese chico que era yo desconocía qué estaba sucediendo en el torneo local de Primera División, en la Copa Libertadores de América o en la Intercontinental. Mi papá y mis maestros de la primeria se enorgullecían especialmente de mis conocimientos sobre mitos griegos e historia de la Antigua Roma, hablaban maravillas de mis dibujos, pero de tanto en tanto me presionaban para que le tomara un poco de gusto al fútbol. Sospecho que de acuerdo a la concepción dominante en la Argentina y en muchas partes de América Latina, ellos podían pensar que si a un niño varón no le gustaba jugar a la pelota, “algo raro” debía suceder con él. A fines de 1969, durante una excursión, nuestro joven maestro organizó un partido de fútbol, no me acuerdo en qué parque de la ciudad. Como en la imagen del baile (que para el protagonista se volvió una pesadilla), no tuve más remedio que jugar. No puedo siquiera conjeturar cómo sorteé el ridículo, pero si recuerdo que una pelota me rebotó de casualidad en un hombro, y salió desviada por la línea de fondo. Mis compañeros de equipo me felicitaron y lo celebraron, porque parece que había evitado una jugada de gol. Esa fue mi iniciación al fútbol. Ya en 1970, con mucha ayuda de mis compañeritos con más experiencia, me empecé a adentrar en el mundo del fútbol: empecé a jugar, a escucharlo por la radio y mirarlo por televisión, a leer las crónicas, a sufrir y a gozar con Independiente (que ese año saldría campeón, como era costumbre por entonces). En mi niñez y adolescencia temprana soñé ser un jugador total como ese Johan Cruyff que nos había visitado en 1972, y al que vi caer derrotado a manos de Alemania en 1974, provocándome una de mis primeras frustraciones (quizá me identificaba porque el holandés era muy flaquito, como yo entonces, consumido por la celiaquía no diagnosticada). Ya de más grande, anduve por el medio del ataque (un “centroforward” que le pegaba fuerte y corría mucho y rápido), por el centro del campo (me hubiera encantado tener el estilo de un Claudio Marangoni, lento, cerebral, elegante), y casi al final de mi “carrera”, allá por 1995 o 1996, intenté ser un jugador más pensante, de mitad de cancha hacia adelante, jugando “a un toque” y aprovechándome de la mayor fuerza y velocidad de los jóvenes. Algún desgarro, una herida en un arco superciliar, esguinces, dolores terribles en los pies, y al final, adiós al juego. Con el tiempo, dejé de estar tan pendiente de los torneos del fútbol argentino, a excepción de lo vivido con mi Independiente desde su descenso en 2013 hasta su retorno a primera hace unas semanas atrás.  Pero nunca dejé de ser un amante fiel del fútbol como juego. Lo que quiero mostrar con esto es que mi pasión, mi adhesión al fútbol, se inició tanto como un juego en el que me socialicé con otros varones en mi infancia, un tema de conversación recurrente, una identificación con un club y su historia (que era el club de mi papá). Simultáneamente, comencé a participar del fútbol espectáculo por radio, por televisión, por los diarios, y eventualmente como concurrente a los estadios (a los que me llevaba mi tío Buby). 

Ahora bien, a pesar de mi historia (cuya única peculiaridad es que quizá mi iniciación fue tardía), no creo ser un representante de ese personaje que participa directa o indirectamente del fútbol espectáculo. En el caso concreto de nuestra selección en los Mundiales, quiero que gane, por supuesto, pero si pierde no me arruina el día. Si gana, no saldré a festejar desaforadamente por las calles. Tampoco soy de los que alientan fervorosamente. Con mi Independiente, la cosa es en parte similar, en parte distinta. No soy de gritar, no soy de festejar. Pero mi pasión está mucho más metida en el cuerpo que con la selección, por ende, en este caso un triunfo o una derrota cambian significativamente mi estado de ánimo. Para defenderme, lo que trato de hacer (una vez que el dolor o la alegría lo permiten) es tratar de entender racionalmente qué es lo que sucedió, o por qué sucedió lo que sucedió. Bien o mal, me ha ayudado a sobrellevar las frustraciones y a colocar las alegrías en su justo lugar. Pero me temo que todo esto habla más de mí que de los simpatizantes típicos del Mundial que hoy vemos no sólo en Brasil, sino junto a nosotros, en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestro grupo de amigos. 

Siendo esto así, ¿puedo sentirme afectado por las críticas al fútbol y al Mundial que he definido como elitistas? Creo que sí. Como anticipé, me acusarían de interesarme por algo que no tiene demasiada importancia, diríamos banal, y que al hacerlo estoy dilapidando mi tiempo, el cual se podría usar en algo productivo (escribir un nuevo artículo, o avanzar con un libro), o en encontrarme con amigos, pasear, tomar un café, aprender a bailar un estilo que desconozco, visitar un museo, ir al cine, en fin. Lista que es presentada como una alternativa moralmente superior. En mi caso personal, hago muchas de estas actividades, pero además veo el Mundial de fútbol. Si de lo que se trata es de defenestrar a quienes participan como público de este espectáculo, preguntándose cómo podemos ser tan idiotas, o cómo podemos entregarnos tan mansamente a estos instrumentos de control social, o, en suma, cómo podemos ser tan irracionales, estamos frente al tipo de situación que –recordando el célebre análisis de Peter Winch sobre Evans-Pritchard– solemos llamar conflicto de racionalidades. En estos casos, la imputación de irracionalidad no tiene otro sentido que la desaprobación de una forma a favor de otra. No quisiera proponer como alternativa el clásico relativismo axiológico que rige estos tiempos en las ciencias sociales. La tolerancia es algo bueno, pero insuficiente; ella no te saca de encima el mote de irracional. Por el contrario, estoy seguro que vale la pena preguntarse cómo y por qué estamos ahí (siendo ese “ahí”, nuestro lugar como espectadores). Mucho avanzaríamos si reconociésemos las propiedades rituales que conservan los espectáculos, aunque sé que para muchos no es decir demasiado, en la medida que siguen concibiendo la ritualización como un tipo de acción irracional. Yo creo que es aún peor: quienes encarnan el elitismo intelectual difícilmente reconozcan la propia y supuesta irracionalidad en los varios escenarios rituales en los que ellos mismos participan, excepto que pudiésemos diferenciar arbitrariamente rituales aceptables de inaceptables. 

¿Qué quiero decir con ritualización? La respuesta no es nada sencilla, pero podría afirmar que son varias cuestiones las que están implicadas. Primero, se trata de una disrupción o discontinuidad respecto a la vida cotidiana; cuanto sucede durante su vigencia no es parte del tiempo normal. Quienes participan, hacen y dicen cosas que no son usuales, como bailar, gritar, cantar o disfrazarse. Segundo, quienes intervienen están convencidos de mantener un vínculo entre sí, formar parte de un colectivo, de una comunidad con una identidad; es más, se trata de una oportunidad para afirmarla. Tercero, esta unidad, esta pertenencia está asegurada en razón de compartir un pasado común; dependiendo de cada caso, puede ser un pasado glorioso que, al recordarlo, se pretende hacer presente; si es un pasado sufrido, puede ser recordado como un camino de aprendizaje. En todo caso, los participantes pretenden no sólo compartir un pasado y una descendencia, sino una continuidad. Quinto, la afirmación de los vínculos y de la identidad, así como de la continuidad pretendida con un pasado y un origen común, está sustentada en valores trascendentes, es decir, en un orden moral profundo al que se concibe como esencial y al que se debe guardar respeto y devoción. Sexto, los concurrentes están expuestos y dispuestos a atravesar las más variadas emociones para aprehender estos valores, las cuales son despertadas a través de diferentes recursos. Séptimo, la vivencia de estas situaciones transforma: incluye en un colectivo a quienes no pertenecen a él, renueva a quienes ya están dentro. En todos los casos, nadie es igual tras pasar por ellos (“somos mejores personas”; “estamos más unidos”).

Entiendo que ahora estamos en otras condiciones para examinar la cuestión que más preocupa a los críticos de los Mundiales, elitistas o no: la ligazón entre fútbol y nacionalismo. Veamos. Se enfrentan equipos de fútbol que representan a naciones. El espectáculo gana espectadores que no necesariamente forman parte usual del público de fútbol. Se calzan camisetas, vinchas, gorros, se pintan los cuerpos con los colores de sus países. Hasta algunas damas confiesan en las redes sociales usar ropa interior con los colores de sus equipos-países. En el triunfo o en la derrota, se invoca el orgullo de ser argentino, brasileño, colombiano, holandés… Hay un asunto de honor colectivo en juego. Los jugadores pueden ser héroes, ejemplos o arquetipos, o pueden ser también vistos como un factor de unión colectiva. No es que las personas estén especialmente confundidas; así está planteado por la FIFA: se tocan los himnos, se cantan con pasión, con la intensidad apropiada para las grandes causas. Junto a celebridades del mundo del cine o la televisión, están los representantes de cada país, a menudo reyes, presidentes, primeros ministros. Los cánticos de apoyo suelen adoptar la forma de memorias sobre épicas pasadas, así como vergonzosas derrotas de los rivales más acérrimos. Hay promesas o juramentos de un retorno a los gloriosos triunfos pasados. Y, por supuesto, una y otra vez la dignidad de ser de tal nacionalidad, frente a la ignominia de ser de tal otra. Evidentemente, si en algún lado parecen subsistir con vigor los aspectos simbólicos y rituales del nacionalismo en el mundo de hoy, es en el espectáculo del fútbol.

Sabemos que los estados de ánimo de los espectadores estarán supeditados a la suerte de sus equipos en la Copa del Mundo. Podrán pasar de la alegría a la tristeza motivadas por una derrota o un triunfo, una eliminación o un pase de ronda, o un revés o una victoria en una final. Pero estas oscilaciones anímicas acontecerán no sólo en relación con los resultados cambiantes, sino con los momentos de transición entre un partido y otro, al nerviosismo que acompaña la espera de un partido, la incertidumbre debido a un tanto que no puede concretarse, la angustia de sobrellevar durante un partido una derrota y tener que remontarla, o el goce pleno, la felicidad, la liberación catártica una vez consumada la victoria, o la desolación ante una derrota. No quiero decir que todos y todas vivan el espectáculo del mismo modo. Simplemente, quiero decir que como buen ritual o ceremonial, constituye un mecanismo capaz de movilizar las emociones. Es un error que repitamos las palabras de los simpatizantes, que definen al espectáculo que viven (sobre todo, cuando están en los estadios) como una “fiesta”. Puede o no serlo: también puede ser un acto parecido a un velatorio.  

Ya he confesado que cuando juega la selección argentina no me transformo en ese “hincha” mundialista que brota por doquier. No me gusta disfrazarme, rara vez festejo con mucho énfasis un gol de la Argentina, prefiero no saltar, aun con el riesgo de ser confundido con un inglés, y estoy casi seguro que no saldré por las calles a bailar, gritar y emborracharme si la Argentina gana el título. Pero sí me alegro por los triunfos, y me produce un placer especial si lo hace con buen juego. Creo que por estas características personales, puedo jugar un rato al extranjero, en su versión descripta por Alfred Schütz. Tratemos de visualizar un típico día de Mundial cuando juega la selección argentina. El país se paraliza. El transporte público se reduce manifiestamente. A medida que llega la hora, la mayor parte de la gente busca con desesperación un lugar donde ver el partido. Los cafés y restaurantes se atestan de personas frente a los televisores. Las oficinas públicas y privadas, pero también los hospitales, sindicatos o instituciones universitarias convierten sus salas en improvisados auditorios visuales. Las personas pueden compartir con sus compañeros de trabajo, y aún con extraños, una experiencia inédita. Miles y miles se visten con las prendas de ocasión, se disfrazan. En la superficie, parece una erupción nacionalista. Desde la Televisión Pública, el relator de turno no tiene inconvenientes en estimular a su audiencia con expresiones en las que invoca una “argentinidad hermosa y amada”. Por un camino similar, son establecidas analogías entre las ansias de victoria futbolística, las virtudes de los jugadores y, o bien la naturaleza de un pueblo probo en las publicidades comerciales, o bien el modelo de país o los logros de gobierno en la publicidad oficial. Es posible que en muchas personas de la audiencia se corporice esta apelación a un honor colectivo que está en juego, personas que, casi con seguridad, el resto del año más de una vez afirmarán con odio vivir en un “país de mierda” ante un nuevo caso de corrupción, un golpe de la economía o un trámite que parece irresoluble en los laberintos burocráticos. Para ellos, como para muchos, ganar un partido o el Mundial producirá una alegría muy grande, lo gozarán un tiempo, y después saben que eso se desvanecerá. Lo mismo si se pierde, la tristeza podrá calar hondo, pero tendrá fecha de vencimiento. Si la conexión entre nacionalismo y fútbol puede ser para muchos perturbadora, no deberíamos pasar por alto que este proceso ritualizado tiene un principio y un final que, a priori, se desconoce. Las transiciones entre la alegría y la tristeza, el nerviosismo y la calma, se entrelazan con el acto de disfrazarse de “argentinos” u otra nacionalidad, con cantar y bailar con excitación, con beber alcohol, con guardar silencio ante el peligro, con protestar o gritar desaforadamente un gol, con saltar y abrazarse, con conocidos o no. Presuntamente, el disfraz iguala a los pobres y a los ricos (aunque los primeros no puedan adquirir las marcas de ropa que ostentan los segundos). Si ponemos atención en los discursos, pareciera que un impulso especial lleva a hablar y a hablar. ¿Sobre qué? Obviamente, primero sobre fútbol. Hablan los expertos a través de los medios en tanto intérpretes legítimos, pero no solo ellos. Todos y todas están habilitados y habilitadas para hablar. El límite entre saber y no saber desaparece. De pronto, todos pueden saber. Pero también el saber de los expertos es impugnado: se aduce que a los especialistas les falta la pasión del fanático; muchos análisis son cuestionados, aduciendo que hay que apoyar con el aliento, y no criticar. Pero no solo se habla de fútbol. Se expresan deseos que vinculan una moralidad política con las selecciones de los países participantes. Deseos y hasta convicciones de victoria son comunes. Aún más. Este espectáculo propagado mediáticamente en forma global, cuyos actores principales son varones jóvenes, resulta propicio para la circulación de discursos femeninos en los que se expresa una sexualidad pública y abierta, infrecuente en otras circunstancias (“Con Lavezzi quedamos todas mojadas, hasta Sabella”; o “¡Lavezzi metemela a mí!!!”). Discursos que reubican a las mujeres en un papel sexualmente activo, y en varias ocasiones masculinizado (“Lavezzi te parto al diome”). Todo esto se aproxima en demasía a lo que llamamos inversión ritual, una de cuyas formas más conocidas es el carnaval. Quienes participan saben que durante el tiempo extraordinario que permanece vigente la ritualización, muchas normas quedan suspendidas. ¿No es una buena ocasión, también entonces, para que se desarrollen discusiones más infrecuentes durante el tiempo considerado ordinario

Es cierto que en la medida que se establezca una articulación entre los logros deportivos con un pretendido “honor nacional”, estamos más cerca de transformar al rival en un enemigo, en odiarlo aunque más no sea durante un lapso limitado. “Vencer” puede ser dicho de varias maneras: del “destruir” al someter sexualmente, tan típico de las canchas argentinas. Hay algo imposible de evadir: el espectáculo constituye una representación o puesta en escena de una lucha, una arena agonística que conforman diversos actores, entre ellos, los jugadores y las diversas audiencias. La violencia es constitutiva del juego, una violencia domesticada por reglas que lidian segundo a segundo por moderarla. Los jugadores no se matan, pero pueden lastimarse seriamente. Participar de esta representación implica involucrarse con esta violencia disciplinada. Una posibilidad sería ver en estos espectáculos un modo de capturar algunas de las violencias efectivas en las que viven inmersos los seres humanos. Dicho de otro modo: los espectáculos pueden ser concebidos como una simulación de batallas, o un modo elaborado de gestionar conflictos manifiestos. Los rituales y otras formas de conducta emparentadas tienen esta propiedad: recordemos lo que sostenía Malinowski respecto al kula en las Trobriand, como sustituto de la caza de cabezas y la guerra; algo similar se ha dicho del juego de pelota mesoamericano.

Por supuesto, como toda ritualización, sus efectos esperados, su eficacia, no garantizan nada. También es posible verlo al revés: salvo excepciones históricas, los partidos del Mundial (u otros partidos entre selecciones) no dan lugar a declaraciones de guerra. Aun así, comprendo el pavor que suscita este modo de desplazar los conflictos y la violencia efectivas a una arena agonística sometida a reglas rituales en la intelectualidad elitista o no, cuando se acopla a las exigencias nacionalistas. Pero no es posible orientar las culpas exclusivamente al espectáculo: este acontece como parte de un proceso social complejo y multidimensional, sucede en un contexto. Toma los motivos, los temas, los estilos de algún lado, los procesa y los devuelve, una y otra vez. Ahora bien, en lugar de ver un enfrentamiento entre el nacionalismo esencialista reproducido por cuanto rodea al fútbol, y un coro de críticos externos que alertan proféticamente sobre la superficialidad, banalidad e incluso, a veces, peligrosidad del nacionalismo futbolero, ¿por qué no ver todo esto como un espacio común de debate y reflexión sobre la nación? Tal vez, lo que propicia este espectáculo en algunos contextos es la posibilidad de poner en foco el sentido de lo nacional, el cual a menudo adquiere un perfil controversial, al menos en estas partes del mundo. 

Puede que, aun así, los detractores consideren exagerado atribuirle este cometido al espectáculo del fútbol en el Mundial. A un simple partido de fútbol. Y si así fuese, bien podrían decir que sería mejor que estas reflexiones y debates públicos sobre la nacionalidad se llevasen a cabo de otro modo, y por otros medios. Para mí que no espero ser un mejor argentino si la selección triunfa, que acaso no sepa a ciencia cierta qué quiere decir “ser un mejor argentino”, que no veo en el equipo argentino y en sus jugadores y cuerpo técnico ningún modelo a seguir a escala nacional, que no habrá un país distinto ni desaparecerán las divergencias (afortunadamente) perdamos o ganemos, estoy dispuesto a retomar y discutir la versión del nacionalismo que proponen algunos argentinos en función de las esperanzas futbolísticas en el Mundial. Del mismo modo que a mi modo, desearé la victoria, me alegraré si se alcanza, y me entristecerá si la misma no llega, ya advertido de que se trata de una felicidad o aflicción inútil que pasa antes de que te des cuenta, pero que al fin y al cabo no está tan mal. Al fin y al cabo, bien entendida su cualidad de simulación de una guerra, de transposición entre lo real y lo simbólico, si acaso pudiese cada vez más desarticularse un nacionalismo bélico, entonces, tal vez, no lo sé, quedaría más liberado el goce por el juego, la satisfacción por el esfuerzo, la felicidad o la congoja por el resultado. Inútiles, y por eso, suficientes. 

Desde Buenos Aires.

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