Tema del Mes

JULIO 2014

Zombies en la zona mixta

12 / 07 / 2014 - Por Jonathan Wiktor

Ahí, en esa sala en la que desfilan jugadores para mostrarse y hacer declaraciones, un ejército con ojos rojos busca su lugar y el título para mañana. Necesitan la acreditación que los eleve al paraíso, que los haga entrar. El cronista los mira de costado, dándose codazos o hasta amagando piñas. Y, de pronto, se da cuenta que también es un zombie. Esta la parte de atrás del Mundial, lo que no se ve.

En ese preciso momento son como zombies desesperados por cerebros a los que nunca nadie les inyectó ningún antídoto. En sus ojos, cientos de venas inflamadas y rojas se cruzan armando un cuadro psicodélico, abstracto e irracional. Sin la ropa desgarrada pero con un pragmatismo absoluto y una velocidad supersónica, con una agenda que los lleva a mendigar por una ayuda que vaya a saber por dónde diablos va a aparecer, los periodistas que viven de la zona mixta desatan su instinto animal –incontrolable- apenas termina el partido. La sangre les hierve con el pitazo final: ahí, acaso, empieza la cacería. La obsesión por una estrategia que los deje bien parados en una lucha en la que regularmente todo resulta un sálvese quien pueda traicionero y desleal. Después de un trabajo intenso por conseguir un ticket que les permita el ingreso a esa sala donde los jugadores desfilan y hablan y se muestran, la batalla se transforma en un cuerpo a cuerpo entre colegas mundialistas, todos juntitos bien juntitos en un paso de comedia delicioso.
Todo empieza temprano, varias horas antes del inicio del partido, cuando la espera resulta para los zombies un martirio insoportable. En la fila donde aguardan por el despacho de las entradas, en un círculo vicioso, se imaginan dos caminos: el cielo de una acreditación que los habilite para la zona mixta o el infierno de una que diga, en inglés, press conference. Para ellos, ahí, se termina el mundo. Y si se les termina el mundo, no les queda otra que cambiar la historia. Y para cambiar la historia, con una perspectiva revisionista, se acercan a su niñez y juegan a cambiar figuritas con aquellos que, metidos en otras cuestiones, no le revisten demasiada importancia al bizarro baile de la zona mixta. Esas entradas no se revenden porque es ilegal pero muchos de los zombies pagarían por tenerla.
Pero retomando la legalidad, si no les toca la que quieren, se desviven por canjearla con colegas. “Te doy esta mixed zone, vos dame esa conferencia de prensa, pero yo esta noche duermo en la cama matrimonial y vos en el piso”, dice uno. “Dale, papá, hacemos esa”, responde otro, desesperado, aceptando pasar la noche sometido a un colchoncito precario que te la regalo levantarte al otro día, con la columna en cualquier parte. La zona mixta lo vale. Esa no es más que una escena real de una negociación infantil por un ingreso al lugar donde los futbolistas dan sus declaraciones.
Y cuando consiguen lo que quieren, entonces, desatan el festival. Porque a veces parecen obsesivos compulsivos que no se conforman con un único ingreso. Como aquellos que se lavan las manos una y otra vez sin más razones que un desequilibrio emocional, repiten una y otra vez el mecanismo en el que se exponen a las decisiones de sus compañeros. Por momentos ese TOC no tiene sentido porque ya tienen garantizada la zona mixta pero lo que importa, en estos tiempos de Mundial, es acumular suministros. Después con eso pueden devolver favores que ya les hicieron a ellos en otras oportunidades otros periodistas también perdidos en esa obsesión. Van al frente, tiran paredes, son una mezcla entre bielsistas –atacan sin parar- y bilardistas –el fin justifica los medios-. Muchos de ellos, no todos, venderían hasta lo que no tienen con tal de colgarse ese plastiquito verde que abre las puertas a lo que ellos llaman el cielo y que, en verdad, es el infierno.
Pero el verdadero show empieza después del partido. Ahí, cuando lo importante termina, a ellos, los zombies, les agarra un hambre descomunal. Como si les picara el estómago, en su cabeza se repite con una cadencia casi tonta una y otra vez zonamixtazonamixtazonamixta. Y como un ejército de feligreses parten hacia la locura para conseguir los testimonios que más tarde, con mucha suerte, serán reconocidos por sus jefes de turno. A veces nadie les dice nada y ellos, contentos en esa competencia con sus propios colegas, lo toman como un mero hecho del cumplimiento del deber.
En los parámetros normales que ofrece la FIFA, la zona mixta siempre está en el subsuelo de los estadios y para bajar los zombies no suelen usar el ascensor porque tienen que esperar más de lo normal. Y si hay algo que los zombies no hacen es esperar. En cambio, se tiran por las escaleras en una burda y pintoresca carrera que, de vez en vez, resulta dramática. Se tropiezan, a veces se meten codazos, se pierden entre cables de radios y micrófonos gastados por el tiempo y anécdotas repetidas. Una vez, dicen, uno se golpeó la cabeza mientras bajaba y el resto casi que lo pasa por encima. Porque les aseguro que en ese instante vale todo. Todo.
Ahora, mientras tomo oxígeno y me interno en ese lugar sin ventanas y lleno de prohibiciones, los veo con sangre en los ojos y con una desesperación irracional por hacer lo que saben. El escenario es como un laberinto en el que los protagonistas van caminando y, si quieren, se detienen a hablar. Lo que observo, de hecho, es que dentro del grupo de zombies hay divisiones: los de radio, que suelen exasperarse con más rapidez, confeccionan una fracción que se queda parada en la inmediata salida del vestuario. De primera mano, tienen la capacidad de ver quiénes vienen antes que el resto. No avisan, juegan la suya, y dicen burdamente “Leo, preguntarte”, “Leo, felicitarte”, “Leo, agradecerte”. Y ahí preguntan, previa perorata sin sentido. Muchos de ellos usan un arma que descoloca al resto: un ínfimo auricular. Con eso, mientras el jugador habla, se lo ponen en la oreja del entrevistado y dicen “estamos en vivo para Sandunga Radio y te escucha Jorgito desde estudios centrales” y el resto, sacado, queda en offside. Es un mano a mano sin códigos. Se usa mucho. Una noche, después del triunfo de Bélgica sobre Corea del Sur, dos periodistas españoles casi se van a las manos entre ellos. Con el arquero belga Thibaut Courtois en el centro de la escena, uno le puso un auricular en su oreja derecha y el otro, en la izquierda. Courtois, que escuchaba en sintonía dos radios diferentes y que no sabía qué responder, se enojó y se fue. Segundos después los encargados de seguridad tuvieron que separar a los cronistas de ambos medios antes de que, a la vista del grueso de los zombies, se llenaran la cara de dedos.
Los de los diarios separan su ejército: los que van a primera línea luchan con los de radio por conseguir las declaraciones que saldrán publicadas en la edición inmediata. Los de la retaguardia, más calmos pero con poco tiempo para maniobrar, trabajan para el día siguiente y buscan entrevistas que apunten al futuro más que a lo que acaba de suceder. Tratan de hacer notas individuales para publicar con el ya célebre “en exclusiva con”. Es totalmente válido porque lo que hacen es adaptarse a los medios que le tocan. No mienten.
Los de la televisión, en cambio, tienen privilegios: están en una zona apartada en la que no se mezclan con el resto. Son los menos, es cierto, pero normalmente están más organizados. No suelen pisarse. Usan traje, corbata y siempre están más elegantes que los del otro grupo, en el que abundan las bermudas y las zapatillas sin medias y remeras con cuellos horriblemente estirados. Claro que también hay gente bien vestida, no haremos de esto algo arbitrario y que, vamos, cada uno se viste como quiere.
Pero también hay excepciones. No todos se dejan seducir por la paranoia. Todavía hay periodistas que están inmunizados al virus: pueden moverse tranquilamente sobre ese desfile de preguntas repetidas y poco ingeniosas. Tienen la capacidad de caminar sobre el límite que demarca la frontera. Es verdad que el fragor del momento no permite preguntar sobre las leyes de la física cuántica pero, cada tanto, se puede buscar un foco más elaborado. Y ese selecto grupito suele hacerlo.
¡Ay cuando salen los jugadores! La reacción es la misma que tienen las nenitas de 12 por el pibe Justin. En gritos masculinos, graves, se lo exhorta a tal o cual jugador a hablar. Se lo llama primero y cuando parece que no acepta, se lo obliga. Si sigue caminando y no se detiene, por lo bajo, le tiran “y este muerto quién carajo se cree que es” u otros chistes que hacen siempre entre los mismos y que se festejan puertas adentro. Aburren. Los jugadores suplentes, con poca demanda, pasan de largo, pocas veces los llaman y generalmente salen en banda. Apenas los saludan.
Y entonces yo, en mi primer Mundial, con todas las dudas que puedan existir, compruebo en persona lo que pensaba. Los miro de costado, los advierto moverse, trato de estudiarlos mientras hago mi trabajo y de repente me doy cuenta de que me empieza a hacer ruido el estómago. Tengo un apetito irracional y los ojos rojos con venas que se entrecruzan pintando un cuadro abstracto sobre mi esclerótica y pierdo la noción del tiempo. La sangre me arde. Creo que me mordieron. No tengo antídoto. Zonamixtazonamixtazonamixta, repito tontamente y me doy cuenta de que yo ya soy un zombie más.

Desde Río de Janeiro

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