Tema del Mes

JULIO 2014

Me quedo con Messi

14 / 07 / 2014 - Por Alejandro Wall

Se terminó el Mundial. Dan ganas de huir ya mismo de Brasil. También de querer un poco a los alemanes. Y de tratar de entender por qué los brasileños los alentaron en la final, aunque eso importe tan poco. No podía haber otra respuesta después de pasarse un mes mojándoles la oreja. La canción ya venció. Y lo que era un culto a Messi derivó en una especie beatificación de Mascherano, convertido en un Obdulio Varela argentino.

Te podés levantar fastidioso en Río de Janeiro y tener muchas ganas de irte. Existe eso. Me desperté hace una hora, es lunes, y lo acabo de comprobar. Les debe pasar mucho a las personas que viven acá, las que siguen la rutina de la ciudad, porque en algún momento te cansás. No pensé que también les podía pasar a los que estaban de visita. Bueno, les pasa. Te asomás por la ventana, ves el sol sobre la Bahía de Guanabara, los edificios de Botafogo, el Cristo limpito bien arriba, sin nubes que lo borroneen, los brazos abiertos, justo mirando para vos, y lo único que querés, lo único que se te pasa por la cabeza, y por lo que darías todo ahora mismo, es por huir de acá, corriendo si se pudiera, y sacarte de la cabeza ese cotillón mundialista que ahora te resulta infame, los cartelitos con el horrible Fuleco y la flecha que te dice hacia dónde está el Maracaná. Ya sé en dónde está el Maracaná, Brasil, no me lo digas más.
Darías todo por tomarte un avión ahora mismo. Un micro en el peor de los casos. Que TAM o Aerolíneas Argentinas te saquen de esta ciudad, de este país, o que te saque Lufthansa, que es más o menos una metáfora de todo esto. Total, qué importa. Anoche entendí por qué tantos brasileños alentaron por Alemania. Aunque no fueran todos. Hubo una encuesta que hizo un diario brasileño en estos días y que daba que un treinta y siete por ciento quería que ganara Argentina. Era una minoría, pero no era poco. Igual entendí por qué la mayoría eligió a los alemanes, a sus verdugos, a los que los humillaron, a los que les hicieron siete y los convirtieron en parias dentro de su propia casa. Los eligieron porque los alemanes no te gastan. No te joden. Te gritan el Deutschland, Deutschland; el Doiiiichland, Doiiiichland, y ya está. Se ríen.
Saquemos la pavada de que no les entendemos. Anoche en un bar de Copacabana, frente a la playa iluminada, rodeada de una marabunta de argentinos y de un puñado de brasileños, una pareja de alemanes se divertía con el tiroteo cancionero. Se abrazaban con brasileños y le gritaban cheirador a Maradona, pero al rato sacudían las manos imitando a los argentinos y cantaban que Maradona es más grande que Pelé. En un momento, el flaco alemán se levantó de la mesa, ehhhh, Brasil, decime qué se siente, y se acercó a la de unos argentinos y les zarpó una porción de pizza de la bandeja. Sin drama. Son divinos los alemanes. Y juegan como sudamericanos. Juegan bien. Los alemanes tienen talento y capacidad para la reconstrucción. Rearmaron todo. Se dedicaron en los últimos diez años a tejer esto que son, esto que vemos, esto que sufrimos. Jürgen Klinsman inició la tarea. Organizaron el Mundial 2006 y perdieron en semifinales contra Italia. La siguió Joachim Löw, que reivindica un fútbol latino. ¿Vieron cómo la para y le pega Goetze en el gol? La soberbia alemana será muy conocida, lo que sea, pero fueron capaces de mirar hacia fuera, de mirar a España, de llamar a Pep Guardiola, como hizo el Bayern Munich.
¿No les cae bien Kroos? ¿No les cae bien Schweinsteiger? ¿No les cae bien Müller?¡Ozil! Sé que es muy temprano, un lunes, mientras queremos huir de Río de Janeiro, para hacer estas preguntas. A los brasileños no les costó mucho, igual, y les hicieron siete. Ni a Gigghia, el autor material del Maracanazo, trataron así. Los alemanes les hicieron siete y ellos les devolvieron amor. Se acordaron de que Podolski y Schweinsteiger se fueron hasta un bar de Bahía a mirar el partido que Brasil jugó contra Chile. Los tipos se pusieron banderas verdes y amarillas y alentaron por los locales. Vivieron ahí cómo fue que los brasileños abrían la puerta del infierno en los penales. Y todavía no se habían encontrado con ellos.
Pero bueno, los brasileños alentaron a los alemanes. ¿Y qué querían? Un mes dale que va con el decime qué se siente, con que tienen en casa al papá, con que la gambeta del Diego y la vacuna de Caniggia, con que Maradona es mejor que Pelé; un mes entero mojándoles la oreja en cada esquina. A cada rato. Ahí vienen los argentinos y ahí viene la cancioncita. Ya la cantaban los holandeses, los ticos, los mexicanos, los alemanes, y hasta los brasileños, porque era insufrible pero pegadiza. Un mes copándole el rancho a Brasil, abriéndole la heladera de la casa, jugándole en el patio. Y encima riéndonos, riéndonos bien fuerte, haciéndoles siete con los dedos. Ahí va. Imposible la unión de la patria grande en el fútbol.
Así que tampoco hay que horrorizarse por lo que hayan hecho los brasileños en la final, aunque digamos que cambiarle los colores a tu bandera, como hicieron rápidamente los cráneos del comercio express, que salieron a venderla por las calles de Río de Janeiro unas horas antes de la final, es un gesto fuerte fuerte fuerte. Porque ponerse la camiseta de otro país lo hacen todos. Lo hacen los pibes en la Argentina. Y los grandulones que se ponen la de Holanda porque es linda. Y la de Francia porque también. Y hasta la de Alemania, que se ve mucho, aunque ahora la quieran ocultar. Ya se digerirá la caída y vendrá el tiempo para la camiseta de Flalemania, la negra y roja, que es hermosa y fue la que usaron para el siete a uno. Así que ponerse otras camisetas está bien. Pero cambiarle los colores a la bandera es de colonizados. Muy de la elite blanca brasileña que pagó los tickets para los estadios padrão FIFA.
Ahora que es lunes ya no se escucha el decime qué se siente, el ritmo del Bad Moon Rising, eso que nos acompañaba a cada hora. Y que si la escuchaba algún grupo de brasileños seguía con la respuesta: mil goooools, mil gooools, mil gols, mil gols, mil gols, só o Pelé, só o Pelé, Maradona cheirador (aspirador, adicto a la cocaína). Pero los argentinos tapan la frase a los gritos: ¡con un pibe debutóooo! Los brasileños tenían bien guardado a Pelé, lo habían puesto a un costado. La canción argentina, dicen en los diarios de acá, hizo que volvieran a valorarlo como símbolo. Es un juego de contrapesos. Y buenísimo todo, pero hasta acá llegamos. La canción argentina –y la respuesta brasileña- será un recuerdo porque ya no se escucha más. Anoche sí se repetía, aunque te generara un cosquilleo en el estomago cuando se llegaba a eso de que a Messi lo vas a ver, la Copa nos va a traer. Ay. Era una canción con fecha de vencimiento y se venció. Por unos pocos minutos. Hay que desempolvar el volveremos, volveremos, volveremos otra vez, volveremos a ser campeones, como en el 86, y otros clásicos de los tiempos mundialistas.
Se terminó la reivindicación de la última corajeada maradoniana contra los brasileños. Y el anuncio de que Messi iba a llevar la Copa a la Argentina. Que la selección haya llegado a la final pudo ser el antídoto para frenar el hinchisimo, que los argentinos se convirtieran en hinchas de la hinchada. Acá Andrés Burgo lo llamó la racinguización. El avance argentino hasta el último partido, el decisivo, lo frenó porque el equipo se puso por encima de los hinchas. Del hinchismo al jugadorismo. La reivindicación por haber llegado hasta acá fue para esa idea colectiva que es la selección, para los que la ejecutaron y para el que la pensó, Alejandro Sabella. Pero del culto a Lionel Messi se pasó a la santificación de Javier Mascherano. A los #Maschefacts. A Mascherano San Martín. A Mascherano guevarista. A Mascherano hacedor de milagros. Hay un riesgo ahí, que es convertirlo en nuestro Obdulio Varela, que le decían el Negro Jefe como a Mascherano le dicen el Jefe.
Es la garracharruaización argentina. La sobredimensión del esfuerzo, el coraje, la valentía, la emoción, el pongahuevo, ufff. La idea de que hay que tener mil Mascheranos, o por lo menos once, y que con eso ganás. ¡Falso! Mascherano es un jugador enorme, que además tiene dos oros olímpicos y ahora un subcampeonato del mundo, merecidísimo su lugar en el olimpo. Pero hay que jugar al fútbol. Él hace bien su parte –también hace mal algunas otras, porque es humano- y después hay que hacer todo lo demás. Necesitás a Messi. Necesitás que te hagan los cuatro goles de la primera fase, y que le den el pase a Di María contra Suiza, y que te amontonen belgas para generarle espacios a los demás. Porque si Messi no jugó bien en la semifinal y la final –no jugó bien- fue porque hubo semifinal y final.
A la ubicación de la garra charrúa por sobre el fútbol, Oscar Tabárez la llamó “la deformación del Maracanazo”. Porque aquel equipo de Uruguay que fue campeón en 1950 en Brasil y contra Brasil no era sólo un grupo de cuchilleros. Si estaba Obdulio Varela -un nombre que hay que decirlo con la voz de Jaime Roos- también estaba Juan Schiaffino, el Pepe Schiaffino, de quien se recuerdan sus pases geniales y sus goles. Pero Obdulio, el Negro Jefe, dijo que los de afuera son de palo y en esa estación quedó estancado el mito. En la garra, la tesón, y el coraje, las señas del fútbol uruguayo.
Mascherano, como el Negro Jefe, quedará por siempre anunciándole a Sergio Romero que se convertirá en héroe. Así empezó esto de pedir Mascheranos y más Mascheranos. Mascherano presidente. Mascherano Papa. Mascherano haceme mil hijitos. Bien por Mascherano, que parece un tipo tan sencillo, tan agradable y que además será un gran entrenador algún día. Pero no me prendo. Les pido disculpas. Quédense con Mascherano que yo me quiero quedar con Messi. Habrá jugado mal la final. Habrá jugado mal la semifinal. Se habrá llevado un premio que no tenía que ser suyo. No será Maradona. Pero yo me quedo con Messi. Me quedo con el gol contra Bosnia, el gol contra Irán -¡qué alivio!-, los goles contra Nigeria. Me quedo con el pase a Di María, con las mil veces que se les escapó a los suizos. Me quedo con el otro pase a Di María, contra Bélgica. Ahora lo veo en You Tube tomado por la spidercam, la camarita que sobrevuela las canchas y que parece una mosca gigante persiguiendo a los jugadores. Desde ahí arriba, la obra de Messi sobre el suelo de Brasilia parece más maravillosa todavía. Y es un disparador que te lleva a otras imágenes, a otros momentos. Es una forma de volver. También es una forma de irte. Chau, Brasil, gracias por eso que vimos. Y todo bien.

Desde Río de Janeiro

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