Tema del Mes

JUNIO 2014

La calentura nacional de un gol

14 / 06 / 2014 - Por Ximena Espeche

Etapas de una reflexión: el fútbol, la Patria y nuestro lugar en el mundo (Mundial).

I. Después de la mordida

Había una vez un hincha de Peñarol que escribió un artículo sobre cómo era posible pensar la historia latinoamericana, cómo era posible pensar la relación de América Latina en el marco interpretativo de, entre otros, "centro-periferia", "desarrollo-subdesarrollo", "imperialismo-antiimperialismo" y así. Decía que hay enfoques como el de la "culpa" (tenemos un "mal", sea la pobreza, la barbarie, el atraso, etc. que nos impide levantar cabeza), el de la "inversión de la culpa" (es el modo en que otros miran lo qué hacemos desde una vara que miente), el de la "conjura" (son otros quienes nos quieren mal y complotan de formas múltiples para hacernos caer), el de la "situación/condición". Prefería esta última clave interpretativa porque decía que "no concluye sobre los actores causantes de nuestros males, su número, su personalidad, su cercanía o su distancia trasatlántica, la premeditación o indeliberación de su actuar. Tampoco sobre la necesidad y fijeza de aquellos males: le basta con no saberlos fugaces. En cada aspecto que aborde está en el caso de hacer jugar nociones ya vistas de rémora, de culpa, y de conjura y de regular su relevancia factorial, de hacerlas transitables, de vigilar sus posibles desmesuras". Ese hincha era Carlos Real de Azúa, y este texto es de 1964: "Los males latinoamericanos y su clave. Etapas de una reflexión"

La mordida televisada de Suárez abrió a todas estas caracterizaciones. Leo los diarios, veo la tele, leo acá los posts, leo los blogs y las hipótesis se superponen: Que lo condenó la tv antes y que entonces la FIFA aprovechó la volteada. Que lo condenó la FIFA a pedido de Brasil, o como venganza de Inglaterra. O que los porteños en algo estaban metidos. Que se autoboicoteó por cómo viene "de origen". Que en realidad son las leyes de un juego, el mundialista, que es espectáculo hipócrita. Que son las leyes de un juego por el que y en el que Suárez es un profesional del fútbol, que sabe lo que hace. Que se hizo muy de abajo, que la luchó como nadie y que siempre tiene miedo de perderlo todo, por eso lo de "uñas y dientes". Lo de Suárez es una cagada: para él, para el equipo, para nosotros, para mí. Mañana voy a sufrir, quiero que ganemos. Quiero seguir con el impulso. No quiero el freno.

 

II. El día después

Perdimos. Yo perdí por dos: Uruguay y Argentina. Y me vino un no sé qué de tristeza y dolor. Es sólo un juego, me digo. Peor, es un Mundial. 

Y ahí me vienen a la cabeza gacha los comentarios sobre el nacionalismo en el Mundial: que es chauvinismo, que es violencia. O los comentarios sobre el Mundial como una mercadotecnia traducida en “pan y circo”. Para muchxs, decir “Mundial” o “selección nacional” o “FIFA” es un signo terrible de que lo que empieza no es un juego sino una cosa del mercado y de la nación, en el peor de los sentidos: es pura lógica del interés y de una identidad que quiere que los otros estén muertos (aunque más no sea volviéndose en un avión, muy lejos de la copa). Es una cosa que no es un juego sino que es una suerte de prepotencia despectiva con lo diferente, con el verdadero fair-play de la asignación de recursos y su distribución. El fútbol mundialista que se juega a través de selecciones que dicen representar un país se trata de una ficción de lo nacional que la vemos jugando en la cancha. Y decimos aún más: se trata de una ficción que es una mentira, que es igualada a una mentira. Como si dijéramos: “Nación, vos no existís”.

Pero este abordaje no deja de resultarme insuficiente. Porque el Mundial, y este Mundial, es eso y es mucho más. Esta es una percepción que a mi vez percibo como si le faltara ubicarse dentro de ese mundo en el que se juega el Mundial, en el que el mercado nos tiene también como sujetos consumidores y la nación, aunque mal nos pese, define –con nosotros- nuestros lugares de pertenencia. Al menos nos definimos ahí si a la vez tenemos que negarlos: nunca nos corrimos del par que esa ficción de lo nacional arma: ser o no ser.

Y mientras escucho el disco de un uruguayo, Fernando Cabrera, que se llama “Viva la Patria”, que canta a contrapelo sobre la Patria, pienso en ese hincha de Peñarol, Carlos Real de Azúa, que escribió algunas palabras sobre este tema del nacionalismo.Y que se preguntaba en 1975, en medio de la dictadura uruguaya que había organizado el “Año de la Orientalidad”, cómo luchar contra lo que dictadura definía qué era “lo oriental” (lo nacional). Y lo decía problematizando el uso mismo del concepto, permitiéndose pensar –incluso- en palabras nuevas, en lo que llamaba “relevos terminológicos”.

Sin llegar a tales extremos, todo esto me hizo volver a mirar el Mundial, y escuché entonces el lamento borincano sobre el "nacionalismo" mundialista y su "mal". Y me pregunto, porque no puedo dejar de hacerlo, si vamos a regalar el nacionalismo a la derecha, al mercado, y a lo que venga. En definitiva, que más que acomodarnos esbozando la sonrisita de "uh, se vino el nacionalismo pedorro con el Mundial" vamos a ponernos a pensar qué nos mantiene o nos tendría que mantener juntos y porqué. Y si ese es o no es el problema. Y si eso se llama o no se llama de una sola forma. Hace poco, Alejandro Grimson lo decía muy claramente: ya sabemos que las naciones son construcciones, valdría la pena que empezáramos a preguntarnos por su eficacia. Porque, además, el lamento del “pan y circo” esconde una verdad histórica: la plebe se levantó contra los ricos y famosos de la Roma Antigua, y ese “pan y circo” es la voz de los vencedores sobre los vencidos. Así que, digamos todo el “pan y circo” que queramos, pero a las audiencias del fútbol, a los hinchas, a los comentaristas de la tele, a lo que venga, no los definimos solamente con ese par cómodo.

Entre el Mundial y lo nacional, lo pienso así: quisiera preguntarme por el modo en que un gol calienta (o no calienta) el corazón.

Desde Buenos Aires.

 

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